1, 2, 3… ¡Te atrapé!

1, 2, 3… ¡Te atrapé!

La luna roja anunciaba un presagio estremecedor: de aquellos que horrorizaban a los pueblos originarios. El ulular es alternado con su compañero el silencio. Hay a lo lejos una silueta que repite su andar. Sus pasos son continuos, fluidos y sin freno: una mimesis al Aqueronte. El camino es oscuro y el ruido que acompaña son las pisadas continuas de unos zapatos desgastados. A lo lejos se escucha el cantar de un tunkuluchú.

El viento golpeaba, en forma de caricia brusca, el rostro de aquel joven. El ceño de los espectadores seguía una dirección. Su andar seguía un derrotero. Los actores secundarios seguían su papel, estáticos e inertes. El actor principal no dejaba de caminar, cada vez más y más rápido; sin llegar todavía a empezar el trote. El ambiente era denso, la extraña participación de aquel joven mantenía en incertidumbre a sus circunstantes. Iba y venía. El espectáculo empezó por un mirón. Éste, en su pensar, lo mejor que pudo hacer fue llamar al vecino, y así, hasta que toda la cuadra fuera el juez de tan insólito suceso.

Sus manos tiritaban al son de un abrir y cerrar; con tal fuerza que sus uñas quedaban marcadas en la palma. Sus pasos torpes, seguían a la música disonante. Su espalda, con el peso de una gran desconfianza. Un rostro bailaba, joven y desconcertado, con la soledad, buscándola de un lado a otro. Se dirigía a un lugar, no importaba la distancia, debía alejarse de aquello que lo tensionaba.

En un acto de misericordia, uno de los espectadores se empezó a acercar al joven. Los pasos eran lentos, pero su duda se convirtió en confianza. Tomó con su mano izquierda la chaqueta de su pareja en señal de que regresaría. Continuó su camino. Sus piernas en forma de campana temblaban por la reacción de aquella silueta. Se arrepintió repentinamente de seguir. Sin previo aviso y sin indicación alguna, el joven empezaba a detener el paso. Acercarse era la única intención del hombre misericordioso.

Los ojos miraban a las dos siluetas encontrarse. A lo lejos una familia se abrazaba en señal de alivio por el acto heroico. Vecinos sacaban su celular para tener captado el momento de la detención. Otros, más discretos, observaban desde la ventana con la luz apagada. Había quienes estaban disfrutando del espectáculo, que hasta sillas habían sacado junto a un refresco. Por último, unos más cínicos, una botana para disfrutar. Todos observan las dos siluetas a punto de encontrarse.

A una distancia de dos metros, el cuello del joven empezó a realizar un giro. La tensión volvió con más fuerza, no había hecho contacto visual con nadie hasta ese posible momento. Los pies del ídolo se detuvieron, sus manos empezaban a cerrarse. De su frente caían gotas de estrés. El tiempo seguía su curso natural, lo que no podía era ser medido normalmente. Los segundos pasaban, pero el espectáculo parecía una eternidad. En un movimiento brusco el rostro del joven terminó de girar. Los ojos se pudieron encontrar. No había movimientos, los espectadores estaban en trance. El hombre empezó a mover su mano en dirección al joven. La reacción fue dirigir su vista a la mano con un movimiento ascendente. La mano empezó a abrirse para decir:

Tranquilo, quiero ayudarte.

Sus ojos cambiaron a un tamaño de alerta. Sus manos se dirigieron a sus bolsillos con afán de encontrar algo. La alarma de los sentidos sonaba y los celulares apuntaban con más atención a las dos siluetas. El aire se intensificó ocasionando que hojas cayeran de los árboles. Los latidos aumentaban de ritmo. Los sentidos se intensificaron, un movimiento decidiría la siguiente jugada de los dos bandos.

¿Puedo hacer algo por ti?

Los demás vecinos empezaron a caminar en dirección a ellos. La ayuda iba en camino por manos de personas desconocidas. La luna seguía su curso, anunciando que la noche se hacía cada vez más inquietante. La calle iluminada por lámparas que no cobijaban completamente. La noche estaba acompañada de la música de pisadas lejanas acercarse.

¡Aléjate! ¡Él me quiere hacer daño! –Gritó el joven enérgicamente–.

Un paso más fue el que no permitió avanzar más. El grito fue directo, no quería a nadie acercarse y menos ofreciéndole ayuda. El paso, que con tanto esfuerzo se había logrado, fue retirado sin pensarlo por el grito de aquel joven. Al mismo tiempo que el hombre, los vecinos se detuvieron.

¿Quién te quiere hacer daño? Déjame… –Fue interrumpido–.

¡No quiero a nadie cerca! –Volteó en dirección al hombre que tenía a su espalda– ¡Dije que te alejaras! –Sacó un cuchillo del bolsillo del suéter–.

Los celulares centraron la atención a los movimientos del joven con un arma. El rescate de un alma perdida cambió a una situación de defensa. Los demás vecinos empezaron a moverse en dirección contraria, pero al mínimo movimiento se escuchaba un grito: ¡Nadie se mueva, él está aquí y lo voy a encontrar!

¿Quién te está persiguiendo? Nosotros podemos ayudarte a encontrarlo y detener esto.

La obra no se detenía. Un trueno anunció la aparición de otro personaje. A lo lejos se escuchó el crujir de hojas. El joven en un movimiento drástico centró su atención a la dirección donde el ruido había sido efectuado. Un alarido se dejó oír por toda la zona en peligro: ¡Ya te vi! Los pies estáticos empezaron a direccionarse a una velocidad inalcanzable por los espectadores. En la cabeza del joven se escuchaban voces decir: ¡Tú puedes! ¡Hazlo! ¡Ya estás más cerca de terminar todo! Los pies culpables del ruido empezaron a correr lo más rápido posible.

¡Ayuda! –Sus pasos empezaban a deteriorarse–.

La persecución llegaba a su clímax, la gacela huía del león por un terreno completamente abierto, era imposible escapar o distanciarse del depredador. Los dientes del león se mostraban para intimidar a su presa. Un mal paso tumbó a la víctima. La oportunidad de eliminar el problema se presentó derrumbada y vulnerable. La madre de la gacela, a lo lejos observaba la cacería: sus manos unidas en forma de plegaria, pedía auxilio a un ser que se había olvidado, en su omnipotencia, de aquel joven perdido en la oscuridad de sus pensamientos. Al llegar a la figura tendida en el suelo y adolorida por la caída, el joven se dejó caer sobre él, repitiendo:

¡Te atrapé! ¡Te atrapé! ¡No podrás hacerme nada! –La energía de sus puñaladas eran intensas y con determinación– ¡Te has burlado mucho de mí! ¡Deja de perseguirme! –El brazo seguía un ademán vertical con una intensidad alta al inicio y bajando por cada encuentro con el cuerpo–.

Los espectadores quedaron atónitos ante la escena que el joven había dibujado. El espacio ocupado estaba rebosante del mar rojo que salía desbordante. La carrera había terminado, los celulares seguían grabando el repetido ademán. El líquido rojo salpicaba el rostro lloroso de una madre que intentaba quitar al joven del cuerpo atravesado varias veces. Solo se escuchaba repetidamente:

¡Te atrapé!

Gabriel Eduardo Avalos Vales.

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