Poema: A la vieja estación Yungay

Tren urbano

A LA VIEJA ESTACIÓN YUNGAY.

Cuando camino por tu esqueleto de vieja piedra no hay nadie esperándome. Los pájaros no suenan
y herraduras vacías galopan, sin duda, a través de tus patios.
El ser se fue de las cosas, sellando tu dentadura careada con tablas y hollejo verde:
sopla tu estación barrotes desde la calle,
un caudal de tubos fatigados, colores de muebles vacíos, Carrascal,
como hierro averiado o podrido pasto en aceites, agitándose por la luz de invisibles bufandas.
Sopla y acompaña tu estancia las pezuñas de la sombra,
difunta bodega del viaje que recibes la sed
de la madera deshecha, de los peces amargos,
de los rieles muertos.

En tu memorial de trochas asesinadas
alguna vez los fantasmas de los barrios tristes guardaron tu nombre, tu enredadera de metales,
y temblaron con el paso de oscuros elefantes eléctricos,
ondearon la noche grande de impenetrables úteros y palos
y lentos círculos en vano que continuaron, arrastrando el tiempo con pies descalzos.
Hoy tu materia sin traje, tus flores sin dedos
son el vestigio de cantidades rotas, motores de fuerzas divididas y negras,
de bolsas parturientas con forma de viento, de cartones que huelen a olvidado licor,
acumulando el atardecer herido en tus venas, ronco, a través de las paredes frías:
sin consuelo y casa
entre neumáticos tienes las escaleras deshojadas y los trapos te velan en absoluto silencio.

Hay algo humano que insiste en tus espacios de luto, algo que hunde el día sobre tus costillas:
al lado de la lluvia y los huesos cerrados, cuando el domingo tiene las hojas azules
las señaléticas roídas repiten en sus cuencas vacías
la dirección de errabundos trenes
que se arrodillan, derrotados, ante los árboles
y el fuego vuelve a quemarse con la lucha que asoma a través de los ventanales ahora rotos.
Como una viudez sin tumba
el viento mueve los vagones hacinados por el polvo, una actitud de podredumbre con puertas,
puentes marchitos en mitades
y almas con pena rodeando los peldaños quebrados del día;
en tu estómago abandonado brota la lejanía, y el hambre
ocupa tus bodegas de catenaria arrancada
con desahuciados animales que no tienen fondo ni cerraduras,
y el ramal va recordándose para sí el infinito incendio de los pobres, otra vez,
a través del corazón gris que agita sus membranas con nuestra sangre.

Gonzalo Maire

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