Baquiano
Pisar una y otra vez aquella alfombra mágica del páramo andino era sencillamente extraordinario. Observar su frailejones, sentir la naturaleza, tiene un efecto especial sobre el ser humano que lo hace sensible cuando ama de verdad cuanto le rodea y trata como su propia hermana.
La casa del paso me hizo recordar con la nostalgia tantas cosas bellas e inolvidables. El posadero me recibió como siempre con amabilidad, no había terminado de acercarme al fuego del patio cuando un murmullo de voces atrajo mi atención…
—Lo mató el entierro —dijo el hombre de barba.
—No, el conjuro, amigo —intervino otro.
—Fue la codicia —expresó el hombre de estatura alta y una chamarra azul marino con rojo, de doble uso y sombrero de ala ancha sobre el rostro que se encontraba sentado en un rincón de la sala.
Todos voltearon su mirada hacia el lugar desde donde provenía la voz.
—Disculpen, si me lo permiten, les contaré lo ocurrido —insistió el forastero.
—Y ese, ¿quién es? —preguntó en voz baja, Germán.
—Siempre aparece cuando caen aguaceros como el de hoy —respondió, Camarita, ante la pregunta inoportuna de su amigo.
El hombre sorbió otro trago y comenzó a relatar la historia de Daniel, “El Buscador”. La escasa luz impedía ver su rostro con claridad; pero no su notable figura flanqueada por la luz de la chimenea.
—Una serpiente y un toro, son los encantos que cuidan el entierro —dijo mi madre—vi cuando realizaban el conjuro. A Daniel lo mató eso —comenzó.
Recordaba cómo había sido aquella trágica muerte. Le escuché con mucha atención. Durante años, Daniel había estado investigando cómo vencer las fieras de la imaginación y logró su cometido llevando una tela roja que colocó sobre el árbol muy cerca de su raíz y una botella de agua bendita que vertió sobre el lugar la noche de luna llena.
—¿Quién es, de dónde viene? —insistió, Germán.
—De dónde viene, no se sabe. Algunos dicen que del portal —explicó, Camarita, como restándole importancia a las palabras del forastero.
—Santísima Trinidad —respondió su interlocutor y se santiguó.
—La noche es la que mejor sabe guardar secretos —dijo el hombre.
Ante sus palabras, el fuego se avivó como si recibiera una extraña orden. El miedo y espanto se apoderó de algunos que disimuladamente se acercaron al altar en busca de protección divina.
“¡Levántate! ¡Levántate!”, Juan, y pica en el lugar indicado; sí, no temas. Allí encontrarás lo que tanto has deseado. ¡Allí donde está la luz!” —insistió la voz.
“¡Uf! ¡Qué sueño! Pero allí he buscado muchas veces, cuando las horas se hacen día. No entiendo. Llevo noches soñando lo mismo.
»¡¿Por qué, Dios mío?! Será qué… No puede ser…” Todavía me pregunto ¿quién movió el árbol?
»¡Lástima que el pico se cayó. Pudimos haber”…
Así, Juan intentó retomar el sueño, pero los minutos se hacían interminables horas que recorrían lentamente el espacio del reloj como sus ojos marcando en la oscuridad su tic, tac, tic, tac…
—Le llaman Baquiano —intervino, Camarita.
—Escuchen —dijo, José, El Campesino—: “Los espíritus se manifiestan de tres formas: en fuego; una gran luz en forma de llama que se ve a lo lejos y mientras se acerca se hace más intensa como cegadora que parece quemar sus pupilas; en lluvia, que surge de pronto sin que las nubes hayan tenido parte en el espectáculo, y grandes gotas de lluvia lo cubren todo con visos de tempestad que aterroriza; en viento, que parece hablar y quejarse como viejo achacoso de las visitas inoportunas, arrastra cuanto hay, pero desaparece repentinamente como llegó, acompañado de un silencio aterrador”.
»—¿Y cómo vamos a superar todos esos obstáculos? —preguntó Juan.
»—Con el silencio —contestó, José—. No se debe hablar mientras se esté en el lugar, pues donde se manifiesta el espíritu, ahí está el entierro.
»—Entonces debemos permanecer callados —concluyó, Melquiades.
»—¡Ajá!, nos comunicaremos por señas —insistió—. El “aparato” marcará el sitio; nosotros, haremos lo demás; especialmente, no perder el control.
»—¡¿Aparato!? ¿Dónde está? —expresó, Melquiades.
Juan señaló a su lado derecho, mientras explicaba en qué consistía el instrumento para rastrear entierros: “Es una aguja metálica en forma de cúpula, cargada con mercurio, metales y minerales, sujeta por una cuerda que se mueve en forma circular, como un péndulo, atraída por el tesoro, y poco a poco va marcando el blanco”…
—Cuando viene es de noche y sale en la madrugada luego que ha pasado la tempestad, su ropa esté seca, haya tomado su taza de chocolate caliente, además de miche callejonero, y dado alimento a su negro caballo azabache, como le dicen —expresó el pequeño hombre en voz casi inaudible.
»El Buscador colocó una moneda sobre el piso, he hizo una demostración; en efecto, la aguja giró y se detuvo justo arriba del metal.
—Entonces no será tan difícil lograr nuestro objetivo. Sin embargo, ¿Cómo sabremos dónde buscar? —preguntó una vez más Melquiades.
»—“Aquí hay algo… Se aparece un espanto… Aquí sale una luz…Hay un entierro… Los sitios visitados son frecuentes…” Conversaciones como esta son pan de cada día entre personas mayores como nosotros que a lo mejor nos criamos escuchando historias de entierros… —explicó el hombre en cuyo sombrero de cogollo llevaba grabada una estrella.
»—¡Interesante! pero tengo una duda; mejor, una preocupación: el miedo ¿Qué haremos con él? —expresó Marcos, que hasta entonces sólo se había limitado a escuchar.
»—¡Espantarlo! –señaló el campesino, y echó a reír.
Los demás hicieron lo propio.
»—Tiene razón, sí, claro; si le demostramos miedo al espanto representado en el espíritu, no haremos nada; excepto, fracasar. Pero…no me preocupa tanto el miedo como el encanto del entierro: la conjura; esa sí me da pánico, tanto como la avaricia.
»—¿Por qué dices eso, Marcos? —intervino Juan.
»—Les voy a contar algo que vivió un familiar que dedicó su vida a conseguir un entierro —interviene, Marcos.
Los presentes permanecían callados, algunos con miedo otros con temor. El único que se atrevía conversar era Camarita, quien con sus tragos decía una y otra vez que no le tenía miedo a los espantos.
»“Daniel subía todas las noches, durante un mes, a la montaña que se encontraba cerca de la casa; cargaba un costal y una linterna, así como un enorme poncho o chamarra que le cubría de la lluvia y el frío. Esta escena se repetía noche tras noche”…
—¡Buenas noches, Candelario, Doña Rosa!
»—¡Buenas noches, Daniel!, ¿para dónde va con esta oscurana y esta noche tan fea?
»—Por ahí, Doña Rosa, por ahí.
»—¡Mucho cuidado, Daniel! Mire que por estas noches así es cuando más peligro acecha en los caminos.
»Daniel simplemente sonrió y continuó su camino hasta perderse en la oscuridad que parecía tragarlo.
—Debe andar en algo bueno, Rosa, no en vano saldría a esta hora de noche y con tanto afán.
»—¡A lo mejor, Candelario! Por el camino que lleva, va en dirección a la casona que está en el zanjón; ahí dicen que hay un entierro…
»—¿Y cree que ande tras eso?
»—¡Ya lo creo! ¡Ya lo creo!
“Yo lo seguí un día hasta el barbecho cerca de la casa de tapia roja y al despabilar en un cerrar y abrir de ojos ya no estaba; había desaparecido, era como si la tierra se lo hubiera tragado” —comentó, Germán.
»Los perros de Don Humberto ladraron con fuerza. La noche pareció oscurecerse de pronto, y un aire que congelaba sopló sobre el corredor, y golpeó fuerte sobre las ventanas.
—¡Santísima Trinidad Bendita! —gritó, Doña Rosa.
Candelario se levantó de la silla, miró hacia el cielo, e invitó a su esposa a entrar en la casa.
»—Vamos, vieja, esto no es normal.
»—¿Qué no es normal, viejo?
»—Esos perros, esa… Mejor vamos a dormir. Mañana sabremos, ¿qué pasó? ¡Ojalá no sea nada malo!
»Daniel atravesó el portón del potrero, y con un silbido suave acalló a los perros que se aproximaban a él.
—Tranquilo mi tigre, soy yo, Daniel; sí, tranquilo. Acompáñame. ¡Vamos!
»Siguió el repecho por un camino estrecho, y pronto estuvo alumbrando, con su pequeña linterna de 12 tacos, la fachada de la antigua casona, cuyas paredes de bahareque aún demostraban la opulencia de otros tiempos. Tigre, aulló y desapareció. Esto molestó al hombre que simplemente se lamentó:
»¡Ah! Ese perro, y que Tigre y es más cobarde. “Pero bueno ya estoy aquí y esta noche si no se me escapa” —pensó en voz alta, El Buscador.
»Se dirigió a la tapia en la que llevaba noches trabajando; sacó el pico y la pala que escondía bajo un montón de hojas secas, y comenzó a cavar. La lluvia caía con fuerza, y las gotas se confundían con el sudor que lleno de pensamiento se deslizaba por el rostro del humilde hombre. Un extraño grito se escuchó a su espalda; como un aullido.
—Otros lo han visto desaparecer en el filo, antes de oír el canto del gallo. Yo sigo sin saber de verdad quién es y por qué cuando viene no come, no duerme y sólo toma café o chocolate bien caliente y licor —dijo, Camarita, y guardó silencio por un instante para escuchar al hombre que permanecía sentado en la penumbra de la noche, contando la historia.
“—¡Ese Tigre! Santo Dios —dijo— quiere asustarme, pero no será fácil”.
»Cada palada de tierra que extraía hacía más profundo el hueco. Y la fuerza parecía multiplicarse en los músculos del buscador. De pronto un golpe seco sobre algo sólido lo hizo reaccionar.
»¡Listo! —pensó—. Ahora sí que es mío, y siguió cavando esta vez con más tranquilidad. “No quiero dañarlo” “Debo trabajar con sumo cuidado”.
»Dejó la pala a un lado, y se inclinó a remover con las manos la capa que aún cubría lo que fue surgiendo de entre lo más profundo. Parecía un objeto rectangular, que fue mostrando su plena forma a medida que las manos emocionadas y llenas de barro se deslizaban por sobre la superficie. La naturaleza seguía mostrándose y un fuerte trueno acompañado de un relámpago que iluminó claramente el rostro de Daniel, se dejó escuchar. Daniel se persignó y siguió.
“¡Ya casi está listo! —Logró pronunciar en baja voz—: ¡Es mío!”
»Abrazado sobre el baúl lloró de la emoción que lo embargaba y permaneció un instante en silencio cuando sintió que algo…
—Hace días que no sé ve Daniel por estos lados ¿Qué le habrá pasado?
»—¡Ni lo veremos, Candelario! —expresó la mujer.
»—¿Por qué dices eso, Rosa? —preguntó, su compañero.
»—Porque está muy enfermo —explicó, su esposa.
»—¡Cómo! —intervino, Candelario, sorprendido por la terrible noticia.
»—Sí, está en cama; con una fiebre muy alta. No quiere comer nada y delira: dice que ve fantasmas que se lo van a llevar; suda mucho, y está como… loco.
»—¡No puede ser! —reflexionó, el humilde hombre del campo.
»—Sí, el médico del pueblo no le da esperanzas a su familia —agregó, Rosa y acercó su mano a su esposo.
»—¡Pobre Daniel! ¿Y eso se debe a qué? —inquirió el hombre.
»—Por ahí dicen que se sacó el entierro del zanjón, y el conjuro lo dejó enfermo —dijo la mujer.
»—¿No creo? —susurró con duda, Candelario.
»—Sí, eso es el decir de todos; especialmente de quienes lo vieron una y otra noche por los caminos que llevan a la vieja casa… —comentó la campesina.
»—Y nosotros también lo vimos pasar…
»—Entonces era cierto —concluyó, Rosa.
»La cama había sido su único lugar. Daniel había dejado de ser el hombre entusiasta y emprendedor. Ahora sólo permanecía acostado…
—Esta noche lo volveré a seguir a ver qué pasa, dije que no descansaría hasta saber de dónde viene y a donde va cuando no aparece aquí, dijo finalmente el hombre de setenta años.
»—Mucho cuidado, Camarita, mire que le puede pasar algo.
»—Que me puede pasar; si quieres vamos así no se queda con la duda.
»—No que va, zape gato, yo me quedo tranquilito hasta que amanezca —respondió Arcadio.
»El humilde hombre nacido y criado en la tierra con olor a poesía y sabor a vida, deliraba permanentemente. No dormía y cuando lograba conciliar el sueño, despertaba con cara de espanto.
—¡Déjenme, déjenme! no, no, no quiero, no me lleven, no sé nada, no…
»—Así está desde hace una semana —Dijo su hermana Marta.
»—¿Qué pudo haberle pasado? —preguntó su sobrino, Mauricio.
»—No sé, el último día que salió, llegó en la madrugada, muy cansado; hablando solo. Por momentos reía a carcajadas; otro, su mirada era fija como si hubiera vista una cosa fea; su rostro era de espanto.
»—¡Qué nadie me toque el saco! ¡Qué nadie me lo toque..!
Luego se fue al cuarto. Al día siguiente era lo único que repetía.
»—No lo toques.
»—Su mirada era fija; estaba como nervioso. Medio se desayunó y se acostó hasta…
»—¿Y qué tiene ese saco que yo no pueda tocarlo? ¿Y dónde está el saco, Marta? –preguntó con curiosidad su interlocutor.
»—No sé. Él lo guardó. Yo no lo veo por ningún lado.
»—“Está aquí. Sería bueno saber dónde lo escondió mi tío.” —pensó el hombre.
»—¿En qué estás pensando, Mauricio?
»—En nada mujer, en nada.
Marcos dio media vuelta. Miró por la ventana, y agregó:
»¡Tres días después, murió!
»—¿Qué pasó? ¿De qué, Marcos? —preguntó, Juan.
»—Ustedes saben cómo son los misterios…Nada fácil de descifrar. Pero…
»—Pero, ¿qué? —insistió, Juan, con curiosidad.
»Dicen que él sacó el entierro, y murió de un paro respiratorio, una neumonía mal curada.
»—¿Quién dijo eso, amigo? —intervino, Antonio.
»—El médico, Antonio —respondió, Marcos.
»—Eso dijo el médico —se extrañó, El Campesino.
»—Y con el botín del entierro. ¿Qué pasó? —preguntó, Melquiades.
»—Fui hasta el sitio, y el hueco todavía está abierto. Si eso fue cierto, como creo, lo aprovechó uno de sus sobrinos, que ahora es rico; aun cuando siempre ha negado saber algo, mantiene un bajo perfil de hombre de negocios.
»—¡Mauricio! —gritaron a coro.
»—Sí, el saco estaba enterrado debajo de la cama.
»—¡Mal..! —iba a pronunciar, Antonio, cuando Marcos lo detuvo.
»—No, Antonio, esa palabra no debe salir de labios de un…
»—Tiene razón, Marcos. Dejemos que el espíritu del entierro se encargue de cobrar sobre todo la mentira —concluyó, Juan.
»—Sí, mejor sigamos planificando nuestra búsqueda —agregó, José.
El baquiano se levantó, su figura se hizo más prominente. Un trueno que pareció abrir el cielo en dos, seguido de un relámpago, hizo resaltar su rostro y su sombra se dejó ver hacia el pasillo central. Caminó hasta la hoguera, colocó un trozo de madera para que diera más fuego, y prosiguió…
»La excavación comenzó cuando la oscuridad se hizo dueña de la tierra, y todo lo cubrió con su negro manto. El aparato había marcado el sitio y el entusiasmo reinaba en torno a los buscadores que se miraron cuando uno de ellos tocó fondo, y un silencio tétrico cubrió el ambiente. El hombre levantó el pico y observó con asombro a la luz de la linterna que la punta arrastraba tras sí algo; acercó su mano derecha y tomó parte de lo que parecía ser un cúmulo de cabellos. Los demás miraron con curiosidad.
—Creo que destrocé un cráneo —dijo Antonio, y acercó lo que contenían sus dedos.
»—¡Santo Dios! —expresó, El Campesino, que llevaba días guiándolos por sitios donde según costumbres y leyendas podían existir entierros repletos de morocotas y…
»—Vamos, sigamos cavando, quiero saber qué hay —intervino Juan.
»—Es un ataúd cubierto con una laja de piedra —observó Antonio.
»—¡Qué maravilla! —comentó, Melquiades— es sólo un cuerpo indígena, mire los collares, están hechos con semillas, y estas son vasijas de barro, objetos, atuendos, reliquias…necesarios para su viaje. Dejémoslo donde está, quizás es de los pocos que existen en un sitio donde los dueños del conocimiento han saqueado el tesoro autóctono en nombre de la arqueología, para exhibirlo en museos donde la gente poco valora el lado histórico.
»Tenían horas en el lugar. El frío arreciaba, y la madrugada no había dejado espacio más que para la tenue luz de la linterna que intentaba ampliar sus alas para cubrirlo todo; pero dama de negro se lo impedía con fuerza.
—Me parece bien dejarlo donde está —agregó, Juan.
»—Hay algo allí, miren el árbol de naranjo se mueve —dijo, Juan, apenas separando sus labios—. “El Campesino tenía razón” —pensó.
»—¡Siií! —susurró, José.
»Fue una sacudida tan extraña que los paralizó. Las linternas se apagaron inexplicablemente, y una luz en forma de cocuyo que pareció surgir de las entrañas del árbol, comenzó a recorrer el lugar marcando círculos; de pronto se detuvo, y avanzó hacia donde se encontraban los buscadores. A medida que se acercaba era más intensa. El Campesino cerró los ojos:
—“Virgencita del Carmen ayúdeme” —pensó.
»Marcos sentía que su corazón se detenía, y su mente quedaba en blanco.
»Antonio apretó su escapulario con la mano derecha:
»—“Ayúdame, Dios mío” —se dijo.
»La luz dio un último círculo en torno a ellos y se detuvo. El calor era insoportable, parecía que el sol se había levantado de madrugada a espiar los movimientos de la luna.
»Melquiades, sin querer dejó caer el pico, su sonido retumbó en el lugar. Hubo un silencio espectral. La luz dio vueltas en forma de remolino y desapareció, dejando en penumbras la vieja casa.
—¡Lo siento, amigos! Creí que lo tenía asegurado —dijo el hombre.
»—¡Esto es más difícil de lo que pensé —agregó Antonio, sin darse cuenta que aún llevaba tomado el escapulario.
»—¡Lo perdimos! —concluyó, Juan—. ¡Vámonos, otro día será!
»Así ocurrió —expresó, El Baquiano, mientras tomaba el sombrero negro de fina hechura, que retiraba de la estufa y colocaba sobre su cabeza. El auditorio apenas reaccionaba ante las palabras de aquel extraño hombre del páramo andino, que tomó sus cosas y salió del lugar como siempre de madrugada para ocultarse en la nada.
“Germán fue tras él. Nunca más supimos de nuestro amigo” —comentó con tristeza, Camarita, visiblemente consternado—: desde entonces no volví a tomar un trago.
Tulio Aníbal Rojas.
Venezuela.



