Caicer, el perro fiel de Pilarcito
Desde el cerro El Angustioso, las águilas volaban en círculos, vigilando los campos donde la vida florecía. Entre la hierba esmeralda, la fragancia embriagadora de las hortensias, las intensas rosas rojas y las exóticas cayenas perfumaban el aire de la aldea Los Potreros Pequeños, cercana al poblado Los Tres Canales de Agua. Allí crecía Pilarcito, un niño cuyo mundo dio un vuelco a los siete años. Su madre, Doña Nico, encomendó a Pabliyo, un fiel obrero de la finca, una singular misión: traerle un perrito de su tierra El Valle de Los Mucujiros.
Pasaron los días y Pabliyo regresó a la finca con una sorpresa maravillosa. Era un cachorro hermoso, de pelaje salpicado de negro, blanco y amarillo. Sus ojos grises irradiaban una ternura que enterneció a todos. «Se llamará Caicer,» anunció Doña Nico a su hijo, presentándole a su nuevo compañero.
Desde aquel instante, Caicer se convirtió en la sombra de Pilarcito. Lo acompañaba en cada aventura. Cuando Doña Nico enviaba al niño a llevar o traer encargos a otras fincas o al pueblo, Caicer trotaba a su lado. Pacientemente, esperaba afuera de los establecimientos mientras Pilarcito realizaba sus mandados.
La escuela tampoco fue una excepción. Cada mañana, Caicer seguía a su joven amo hasta las puertas del colegio. A las ocho, Pilarcito entraba a clases y a mitad de la mañana, durante el recreo, encontraba a su fiel amigo esperándolo. Al sonar la salida de las dos de la tarde, ambos emprendían felices el camino de regreso a casa.
Al volver de la escuela, Pilarcito se unía a las labores del campo para ayudar a sus padres y Caicer, incansable, lo seguía en cada ida y vuelta por los sembradíos.
Dos años después, una campaña nacional de fumigación sanitaria se extendió por todo el país Tricolor para erradicar el chipo, una plaga portadora del mal de Chagas. La comisión llegó a cada rincón y la casa de los padres de Pilarcito no fue la excepción. Al día siguiente de la fumigación, algunos animales domésticos comenzaron a morir. Caicer enfermó rápidamente y en pocos días, su corazón dejó de latir.
Don Baudo, conmovido por la pérdida, tomó el pequeño cuerpo inerte de Caicer y lo llevó hasta el límite con la finca de Don Marce. Allí, junto a la orilla de una pequeña corriente de agua, lo depositó. Al regresar a casa, encontró a Pilarcito sumido en un llanto desconsolado.
Durante los dos días siguientes, Pilarcito acudía al amanecer y permanecía hasta el anochecer en el lugar donde yacía su amigo. Con rabia y dolor, lanzaba piedras y pedazos de palo a los inquietos zamuros que intentaban devorar el cuerpo de su fiel compañero.
Muchos años después, Pilarcito se convirtió en un hombre y sirvió durante veinte años en las filas del ejército. Ya retirado, visitó a Doña Engra de La Mora. En sus conversaciones sobre la vida militar, Doña Engra exclamó: «¡Santo Dios, Pilarcito, ya eres un militar retirado! Cómo pasa el tiempo de rápido… parece que fue ayer cuando llegabas enviado por tus padres a comprar a nuestro establecimiento comercial acompañado de aquel maravilloso perro”. Y Pilarcito con tristeza respondió: «siempre he llevado en mi corazón a mi perrito Caicer, él abría y cerraba las puertas de la casa, pero en mí dejó abierto su recuerdo en el alma».
Moraleja: La lealtad y el amor incondicional, como el de un perro hacia su amo, dejan una huella imborrable en el corazón, trascendiendo el tiempo y la distancia.
William García Molina.
Venezuela.



