El primer amanecer de Pilarcito

El primer amanecer de Pilarcito

Un domingo de ambiente dorado, don Baudo regresó a su finca ubicada en la aldea Los Potreros Pequeños, su refugio de paz, donde lo aguardaban su esposa, doña Nico y sus dos hijos, Pilarcito y Blady. Venía del pueblo Los Tres Canales de Agua, donde había adquirido los útiles escolares para Pilarcito, quien al día siguiente iniciaría su primer grado de educación básica.

Con una sonrisa, entregó a su hijo los tesoros recién comprados. Al abrir la bolsa, un aroma a nuevo y a sabiduría inundó el aire: cuadernos y block de dibujo marca «Caribe», un sacapuntas de metal brillante, un borrador blanco como la nieve, lápices de grafito «Mongol», crayones «Prismacolor» de colores vibrantes, una cantimplora plástica anaranjada con tapa blanca con un cargador para llevar la bebida, una vianda azul con un dibujo animado y un morral negro de tela resistente. Pilarcito, con el corazón henchido de emoción, abrazó el morral y lo guardó en su cuarto, ansioso por el día siguiente.

Al caer la noche, doña Nico sirvió la cena, anunciando que debían acostarse temprano. La emoción de Pilarcito era un torbellino en su interior, impidiéndole conciliar el sueño. Soñaba con su primer día de clases, con su maestra y sus compañeros. Incapaz de dormir, salió al corredor, donde la luna y las estrellas brillaban como pinturas hechas con sus nuevos crayones.

A pesar de tener que estar en la escuela a las 8 de la mañana, su mamá le informó que lo iba a levantar a las 6 para ayudar con las labores de lavar la cochinera y buscar en el potrero a las vacas y llevarlas hasta el establo para ella ordeñarlas más tarde. Pilarcito, con diligencia, cumplió con sus tareas desayunó y emprendió su camino a la escuela ubicada en una aldea frente a la suya y en compañía de su perro «Caicer», había una laguna cerca, tenía que pasar el río cristalino por encima de un puente colgante. A medida que avanzaba, sus compañeros se unían a él, formando un alegre cortejo.

Al llegar a la escuela, la maestra una flor de Dalia organizó a los alumnos y juntos entonaron el Himno Nacional. Luego, en el aula, se presentaron y comenzaron las actividades. La hora del recreo fue un festín de risas y meriendas y a las 2 de la tarde, las clases terminaron. Pilarcito regresó a casa, listo para sus deberes en el campo, sus tareas escolares y los juegos con su hermano.

El tiempo transcurrió y Pilarcito se enamoró del aprendizaje, destacándose como uno de los mejores alumnos. Cuando llegaron las vacaciones, las pasó soñando con el inicio del nuevo año escolar. Para este, su hermano Blady comenzó a acompañarlo y así continuó en los siguientes años escolares.

Moraleja: La educación es un tesoro que abre las puertas del conocimiento y la sabiduría. Con esfuerzo y dedicación, podemos alcanzar nuestros sueños y convertirnos en personas de bien.

William García Molina.
Venezuela.

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