El Café y el Sueño Navideño de Pilarcito
Diciembre llegaba a la finca en Los Potreros Pequeños, envuelto en el aroma terroso del café y la promesa dorada de la Navidad. No era una época de descanso, sino de una alegría trabajadora, donde la zafra se mezclaba con el fervor de los aguinaldos. Para Pilarcito, un muchacho vivaz con ojos color de la madera noble que reflejaban la luz de las estrellas, la Navidad no era solo una fiesta: era un sueño que vivía de un año a otro, alimentado por la magia de las tradiciones.
La atmósfera festiva de aquella época era una sinfonía en las montañas del poblado Los Tres Canales de Agua. Al atardecer, cuando el sol se escondía por encima de los cafetales, comenzaban las Caravanas, seguidas de las Posadas y día siguiente, las Misas de Aguinaldo. Estas celebraciones diarias correspondían a varias aldeas e instituciones. Era una peregrinación que llenaba de luz y canto las callejuelas.
Cuando le correspondía a la aldea de Los Potreros Pequeños, la emoción le apretaba el pecho a Pilarcito. A él siempre le tocaba el papel de San José, una tarea que asumía con digna solemnidad. Su corazón infantil se sentía grande al cabrestear al burrito que, paso a paso, llevaba a la joven que representaba a la Virgen, junto con otros niños que hacían el papel de pastores. Era un honor, un momento de profunda inmersión en la historia sagrada que le permitía sentir la humildad y el viaje de aquella primera Nochebuena.
Pero la cúspide de su dicha llegaba en la madrugada. El frío de la montaña se rompía con el estruendo gozoso de la Misa de Aguinaldos. Antes de que el gallo cantara, Pilarcito ya estaba despierto, esperando el anuncio: ¡Pum, Pum, Crack!
La quema de pólvora despertaba al pueblo, seguida por el repique frenético de las campanas y la música vibrante del aguinaldo. Los cuatros, los furrucos y las maracas llenaban el aire de una cadencia dulce y festiva. Pilarcito se unía a la multitud, su rostro iluminado por las lucecitas de la pólvora que explotaba como flores en el cielo oscuro. Cantaba con toda su alma, sabiendo que esa alegría profunda no era solo un recuerdo, sino la fuerza que lo haría vivir soñando de Navidad a Navidad.
Al llegar la Nochebuena, Pilarcito, con el recuerdo fresco de haber sido San José, se acercó al pequeño pesebre de la iglesia, sus manos aún sintiendo la soga del burro. Contempló al Niño Jesús, rodeado de pastores. En ese instante, sintió que el sueño de la Navidad no terminaba en la escena; continuaba en la alegría compartida y una semana más tarde, en las actividades correspondientes al Año Nuevo, todo acompañado por el aroma del café que se preparaba para la fiesta y en la dulce espera de un nuevo diciembre. La magia estaba en el ciclo, en la tradición que lo convertía de un simple muchacho en un peregrino de Belén cada año.
Moraleja: La verdadera magia de la Navidad reside en la alegría de revivir la tradición; es el hilo de esperanza que teje los sueños de un año al otro.
William García Molina.
Venezuela.



