El cielo de plata

EL CIELO DE PLATA.

A Carlos Romo,
amigo inolvidable.
In memoriam.

El sol se afanaba por salir del profundo laberinto de túneles de las minas de la sierra de Otáez. Un tenue reflejo oro y plata luchaba al oriente contra la profundidad negra, entre el azabache de los cerros erizados de pinos untados de gel para que no se doblegaran y el carbón de la cúpula dominada por el lucero del amanecer. En el patio de la bocamina se veía gran movimiento, como las hormigas entrando y saliendo de las entrañas terrestres, era el cambio de turno.

–¡Ánimo Manuelito! -se escuchó la voz potente y alegre de Carlos, dominando el barullo de la maquinaria y los mineros que entraban, pues los que salían poco hablaban agobiados por el cansancio de la jornada nocturna.

–Ánimo es lo que sobra inge -contestó un hombre chaparro de piel morena como la tierra del bosque, contrastante con sus canas tiesas y rebeldes- lo que falta es plata pa’ que chille bien la olla.

–Ya, no reniegue, se va a volver un viejillo gruñón.

–Viejo usté’ que ya le está arañando las paredes a los sesenta.

–Y usted que no se queda atrás, nomás que no lo quiere aceptar, ¡mírese nomás! -le dio unas palmadas fuertes en la espalda ancha del minero.

–Sí, pero recuerde que siempre va a ir adelante y nunca lo voy a poder alcanzar en eso, además como usté’ es de los jefes hasta le sobra la lana, mientras que a uno lo maltrata más la vida porque siempre anda batallando pa’ que alcance pa’ lo necesario.

–Pero ¿para qué quiere más? si ya vive solo con su vieja.

–Sí, pero mis hijos están llenos de chilpayates y hay qué ayudarlos.

–Pos es que no compraron tele para que se entretuvieran. De tal palo tal astilla, parecen conejos. Ya mejor póngase el casco para que detenga los malos pensamientos.

–Mejor póngaselo usté’ pa’ que su pelona no nos encandile con el reflejo del sol, y eso que todavía no sale bien.

–Ganas tiene, recuerde que la frente amplia es signo de inteligencia y usted tiene cerebro de pistache.

–Pues nomás es el puro signo y el exceso de frente que casi llega hasta la nuca, a usté’ ni se le nota que tenga algo en medio aunque sea ingeniebrio.

–En medio tengo otra cosa que le puede dar un buen susto.

–Le digo que nomás presume si ya ni puede levantar el talacho.

Conforme se acercaban a la entrada de la mina se les unieron varios mineros más, con sus saludos estentóreos y recias palmadas en la espalda (que si fueran propinadas al término de la jornada les sacudiría todo el polvo de la ropa), bruscos signos de camaradería entre esa gente sencilla acostumbrada al trabajo rudo. Con esa algarabía, entre bromas y albures, en el malacate fueron descendiendo hasta el nivel más profundo. En esa zona todavía no estaba instalado el sistema de ventilación, a los cinco minutos de estar ahí sus uniformes de trabajo, con sus franjas amarillas reflejantes ya estaban empapadas de sudor. Cada uno de los integrantes de la cuadrilla se puso a trabajar en la parte que le correspondía siguiendo las instrucciones que habían recibido desde el día anterior. Carlos se puso a escudriñar las paredes con detenimiento, de vez en cuando con una palmada en el hombro les decía a los mineros que detuvieran el trabajo para permitirle recoger muestras y las analizaba bajo la luz de su lámpara, a pesar de que la nube de vapor se empezaba a espesar a la altura de sus hombros. Algunas piezas que consideraba importantes las guardaba en un morral de cuero que traía consigo. En un momento de descanso su vista se fijó en una parte donde nadie estaba trabajando, ahí vio destellar la mirada firme y alegre de Rita, sus cabellos oscuros delimitaban perfectamente su rostro entre las irregularidades del mineral. Recordó aquella vez, cuando era joven, allá en Durango, ella estaba preciosa con su cuerpo delgado, esbelto, la piel morena clara, su mirada inteligente, no por algo ya había concluido su carrera de ingeniería y estaba haciendo planes para estudiar la maestría. Todo en ella le atraía con una seducción discreta y elegante desde hacía ya varios días. Acostumbrado al trato burdo de los mineros, Carlos batallaba para encontrar las palabras adecuadas, hasta que al fin logró declararle su amor y desde ese día unieron sus destinos. Se quedó mirando fijamente la pared, posó su mano justo donde estaba la boca sonriente de la imagen amada que siempre lo acompañaba a todos lados cuando se alejaba de su esposa.

–A ver Samuel, venga para acá -llamó a un joven minero, de piernas largas y tan delgado al grado que parecía que el peso de la perforadora neumática le iba a ganar- escárbele aquí tantito por favor.

–Pero si de este lado va la veta inge.

–¡Chingado hombre, cuándo se le va a quitar lo pendejo!, mire chapulín, tiene que aprender a obedecer órdenes, y lo que ahorita le digo es una de esas, si yo le digo que por aquí, es por algo, no por simple capricho, ¿ve los colores en la roca aquí donde le estoy diciendo que escarbe?

Al haz de luz de la lámpara del casco del geólogo se unió la del joven minero, reflejándose en el lugar indicado.

–Pos no le noto nada especial inge.

–¡Ah que mi chapulincito! Fíjese bien, los colores de la roca nos están diciendo que aquí empieza una buena galena argentífera, pele bien los ojos, estas partes que brillan más son de plomo, pero ve estos puntos que menos brillan aquí, aquí y aquí -dijo poniendo el índice en diversas partes de la pared en un radio de medio metro- es plata, y estos de acá y acá tienen oro.

–Pero si no se ve bien inge, ¿cómo le hace para distinguirlo?

–Pues con los ojos mi chapulín, ¿con qué más?, no le digo, más sabe el diablo por viejo, así que además de aprender a obedecer, debe también aprender a ver lo que le está diciendo la roca.

–Está bueno, usted manda, inge.

–Usted haga lo que le digo y llegará a viejo.

El muchacho se puso a perforar justo en la dirección en que el geólogo le había indicado, hasta que con unas palmadas en el hombro este le dijo que parara. Carlos revisó nuevamente la roca, con la pica desprendió una muestra del mineral.

–A ver chapulín, échame para acá tu luz -con la lupa, a la luz de las dos lámparas analizó la muestra y luego la guardó en el morral-. Bien, ahora dale de este lado -le instruyó señalando un punto distante aproximadamente un metro del punto anterior.

La operación se repitió, tras la revisión de las muestras le llamó a Manuel para indicarle que la cuadrilla se dividiera, pues mientras unos seguían trabajando en la zona donde estaban, otros dos le ayudaran a Samuel en el nuevo frente de excavación. Entre el estruendo de las perforadoras y el ruido de las palas que llenaban los carritos para sacar el mineral a la superficie, los dejó trabajando y se fue a supervisar otras partes de la mina. Poco antes del fin de la jornada regresó para evaluar el avance del nuevo frente, sin decir nada se quedó unos minutos a espaldas de Manuel y el chapulín, cuando de pronto pareció que a este le jalaban hacia adelante la perforadora, sin embargo alcanzó a mantener el equilibrio y controlar con pericia la pesada herramienta, para sacarla del barreno que se había formado. De inmediato Carlos con el tradicional golpe en el hombro de Manuel, quien estaba al lado de Samuel, le ordenó que suspendiera el trabajo, e hizo que el muchacho se hiciera a un lado. Observó las paredes de algunos barrenos, desprendió unas piedras que estaban flojas y se asomó para conocer la causa por la cual se había hecho el abra. Hacia el fondo vio nuevamente el rostro de Rita que le estaba sonriendo en medio de destellos fascinantes.

–A ver Manuelito y chapulín, hay una cueva, rómpanle un poco más para que podamos pasar.

En un par de minutos el abra tenía las dimensiones suficientes para que un hombre pudiera pasar por él, los ayudantes retiraron de inmediato el mineral suelto cargándolo en el carro minero para permitir mejor el paso. Cuando la montaña con amor maternal le abrió sus entrañas, el geólogo traspuso el umbral recién abierto, se quedó anonadado por esa bóveda cuyo techo ascendía de manera irregular desde los dos metros en la entrada, hasta casi los cinco metros de altura y como unos diez de ancho. Detrás de él pasaron Manuel, el chapulín y los demás integrantes de la cuadrilla, con la boca abierta, fascinados, pues toda la bóveda con los haces de luz de las lámparas de los mineros emitía el peculiar reflejo de la plata mezclada con el plomo y el zinc de la galena argentífera asociada con esfalerita. En algunas partes se colgaban las estalactitas por donde las tierras calcáreas se habían escurrido con el agua para dejar el lugar exclusivo a los metales, el piso en su irregularidad tenía un declive hacia una grieta estrecha de cuyo fondo salía el plip plip de las gotas de agua que lo alimentaban y el susurro de su suave movimiento eterno. En sus treinta y cinco años de incursionar en los recovecos profundos de la tierra jamás había visto algo semejante, una veta de mucha ley y de tan grandes dimensiones. El primero en hablar fue Samuel.

–¡Híjole inge!, bien tenía usted razón, esto es un cielo de plata.

Las palabras del joven les devolvieron el habla, sus expresiones todas eran de asombro y alegría. Aprovechando las salientes en la pared, de un par de tramos Carlos tomó sus muestras para depositarlas en su morral de cuero. De manera mecánica vio su reloj y se percató que era hora de suspender el trabajo.

–¡Ánimo muchachos! -se escuchó su voz potente- por hoy se acabó el jale, vámonos pa’fuera.

Con el espíritu encendido por el brillo del cielo de plata, los integrantes de la cuadrilla pusieron sus herramientas en el carro minero y a bordo de la góndola llegaron hasta el malacate donde empezaron a mezclarse con sus otros compañeros de turno. Desde el malacate hasta la superficie y en la bocamina, emocionados comentaban a todos el descubrimiento con hipérboles y superlativos, tanto a quienes entraban como a los que salían.

–…nomás hubieran visto, ya ven cómo está de ñango el chapulín, pos ándale que de repente se hizo el abra y le jala con ganas la perforadora, por tantito y se lo lleva hasta el otro lado, nomás se vio cómo hizo el esfuerzo pa’ no estamparse en la pared, y aluego que el inge le ayudó a sacar la perforadora del abra y se asoma, pos que nos dice: “A darle duro aquí muchachos”, pos cuando tumbamos esa pared había más luz que aquí ajuera ahorita, por esta -cruzó el índice y el pulgar de la mano derecha y le dio un beso-, verdá’ de Dios, me cai que no nos la acabamos de tanta plata que tiene esa cueva…

Desde ese momento en el pueblo ya no se hablaba de otra cosa. Por su parte Carlos de inmediato fue a informar el hallazgo al gerente general, cómo superaba en mucho todas las previsiones que habían hecho, así como las dimensiones de la gruta, lo cual implicaba superar diversos retos de tipo técnico para extraer el mineral de la bóveda, debido a su altura.

En medio de la emoción generalizada y el inicio de la explotación de las paredes del “cielo de plata”, llegó el viernes; a mediodía la avioneta de la empresa llevó a Carlos y otros dos ingenieros a la ciudad de Durango. A la hora de la comida, con la emoción propia de un niño se puso a platicarles a su esposa y sus tres hijos todos los pormenores de aquella jornada inolvidable, la forma en que Rita le fue enseñando el camino hacia la veta con su sonrisa reflejada en la roca, así como los detalles con Manuel y el chapulín. Al terminar el postre les pidió que lo esperaran por unos momentos, rápido fue a donde tenía el morral del cual extrajo un par de muestras y orgulloso se las enseñó, mientras que ellos las miraban asombrados por la ley que a primera vista les dejaba ver, pues él, en su pasión por su profesión les había enseñado a leer el lenguaje misterioso de las rocas, ese reino natural considerado por muchos como mudo e inerte, pero para Carlos era mucho más, solamente se podía comparar con la belleza de su esposa; ni el bosque, ni el desierto, ni la ciudad le causaban ese gran placer, la tranquilidad, la armonía que encontraba en su hogar y en la mina.

Cuando ya el sol se disponía a descender por las laderas del cerro de los Remedios, salieron a pasear los cinco por el centro de la ciudad, compraron helados a un costado de la catedral, aprovechando cada minuto se divirtieron gozando de la convivencia familiar que el trabajo de Carlos no les permitía tener de manera cotidiana.

Totalmente relajado se fue a acostar, una vez más le dio las gracias a Rita por haberle enseñado en la oscuridad del socavón, con el brillo de sus ojos y su sonrisa, el camino de la veta maravillosa, ella quedó muy complacida por el hecho y se puso a acariciarle en el cabello; él cerró los ojos, poco a poco fue descendiendo entre la oscuridad, deslizándose de manera suave, hasta llegar al cielo de plata, el rostro de su amada esposa le dio la bienvenida y lo dejó pasar, pues lo estaba esperando el padre amoroso con los brazos abiertos, al fin había llegado a su hogar eterno.

–De esto han pasado ya cincuenta años -explicó el hombre de más de setenta a los jóvenes mineros que estaban sentados alrededor de la mesa metálica de aquella cantina del pueblo-. Nunca se me van a olvidar los consejos del inge; él me puso el apodo de chapulín no sé por qué -tomó un trago de mezcal-, era re bueno pa’ los apodos, a una de las secretarias, flaquita ella y friolenta le puso “la lagartija panteonera”, con eso de que siempre buscaba estar parada en el solecito pa’ agarrar calor, y a un licenciado güerito “el pollito” -ingirió otro trago de su bebida-. Sí señores, dicen los compañeros que cada año, en el aniversario de aquel día inolvidable, en “el cielo de plata” se escucha cómo bromean el inge Carlos y don Manuelito, y pa’ rematar, al final oyen el grito potente: “¡Ánimo muchachos!”

Phillip H. Brubeck G.

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