El puente de las mentiras y la sombra de las agujas

El Puente de las mentiras y la sombra de las agujas

En el corazón del apacible caserío Los Potreros Pequeños, donde la flora exhibía sus más vibrantes galas y la fauna entonaba una melodiosa sinfonía, crecía Pilarcito. Apenas asomándose a la adolescencia, una dolencia lo aquejó, llevándolo don Baudo, su padre, al hospital del cercano pueblo Los Tres Canales de Agua. Allí, el diagnóstico fue claro: celulitis en la pierna izquierda, consecuencia de una herida traicionera causada por un viejo alambre de púas. El médico extendió las recetas, indicando siete días de inyecciones diarias de penicilina. Tras adquirir los medicamentos, regresaron al hospital para la primera dosis. La punzada, intensa y dolorosa, dejó a Pilarcito casi paralizado al levantarse del diván, necesitando un momento para reponerse antes de emprender el camino de vuelta a la finca. Al día siguiente, doña Nico, con la mejor intención, le encomendó a Pilarcito la tarea de ir solo al hospital para recibir la segunda dosis y así sucesivamente. Sin embargo, mientras caminaba hacia el hospital, antes de alcanzar un puente colgante de cemento, metal y madera, sobre un río cristalino, una idea traviesa germinó en su mente. «No volveré a soportar ese dolor,» se dijo, «mejor arrojo las inyecciones al río y le digo a mi mamá que me la colocaron sin problemas.» Y así lo hizo, regresando a casa con el engaño urdido. Día tras día, repitió la misma artimaña, lanzando las dosis desde el puente hasta completar los siete días, todo esto ocurrió durante unas vacaciones escolares. Tiempo después, ya estudiando en el liceo y residiendo en el pueblo, Pilarcito, frente a su casa, ayudaba a descargar un cilindro doméstico con gas cuando este resbaló, arrancándole la uña del dedo pulgar izquierdo. Inicialmente sin darle importancia, la herida se infectó, obligándolo a acudir nuevamente al hospital. El médico prescribió otras inyecciones, cuyo nombre Pilarcito no recordaba. Cuando la enfermera le indicó bajarse el pantalón para aplicarla en la nalga, Pilarcito vislumbró de reojo una jeringa de gran tamaño con un líquido rojizo en su interior. Al expulsar el aire, unas gotas de la medicina se deslizaron por la aguja. La memoria del dolor de la penicilina lo invadió y con sigilo, se abrochó el pantalón y huyó despavorido a su casa. Se dice que aquella enfermera aún aguarda su regreso. Años más tarde, en la ciudad de Zumo de Yuca, donde residía, Pilarcito se convirtió en donante voluntario de sangre, gracias a sus constantes y elevados niveles de hemoglobina. Un día, al disponerse a donar, el temor a la gruesa aguja utilizada en las extracciones lo asaltó ¿Cuándo inventará la ciencia médica un sistema inalámbrico que nos extraiga la sangre sin la punzada de estas enormes agujas? preguntó a la enfermera. Ella, con una sonrisa comprensiva, respondió: «Llegará el momento, mi estimado, con los avances de la ciencia» y todos en el recinto se reían.

Moraleja: Las pequeñas mentiras siembran desconfianza y los miedos no enfrentados crecen con el tiempo.

William García Molina.
Venezuela.

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