Gemelo

Gemelo

—Cuando la conocí, sentí que justificaba cada una de mis locuras, pero el tiempo me haría ver lo equivocado que estaba. Nuestra relación fue una auténtica historia de amor —comenzó el hombre—. Superaba incluso a los famosos cuentos de hadas… “Había dicho que se quedaría para siempre en mi corazón, y aquella noche, luego de hacerme el amor, clavó un puñal en mi pecho”.

Una expresión de dolor acompañó el gesto de los espectadores que se solidarizaron con el relator. Excepto alguien que rodeado por la oscuridad simplemente escuchaba y observaba mientras fumaba y consumía licor de penca del más especial.

—Pero se equivocó —prosiguió—: “el objeto punzo penetrante fue tan noble que dejó medio corazón con vida, la suficiente para buscarla y completarlo con el suyo”— comentó mientras tomaba un palo del mejor miche “callejonero” de la región, ante la mirada de quienes se habían acercado a la barra y no paraban de observarlo con inusitada curiosidad.

—Ustedes pensarán que es imposible y tienen razón. No tienen por qué sorprenderse. Pueden ver la cicatriz en mi pecho. —Y con un sorprendente movimiento desnudó su torso que dejó ver una cicatriz de unos veinte centímetros, apenas perceptible, en su pecho.

Los murmullos se dejaron escuchar entre cuchicheos de incredulidad y duda.

—Durante nueve lunas y otros tantos soles, no existió más luz que sus ojos; más encanto, que su amor; más lujuria, que nuestra pasión. Me llevó años recuperar mi corazón, es decir, la parte faltante, completar mi búsqueda entre líneas negras y figuras emblemáticas que me ofrecía la vida sin ella en otros cuerpos que de a poco iban inyectando parte del suyo —hizo otra pausa—. Me costó mucho, nunca volví a ser el mismo.

Otro palo justificó el breve espacio que resonó con fuerza cuando dejaba con furia la botella sobre la madera. Sus ojos cambiaron de expresión, parecía desvariar; había entrado como en estado de trance.

—No piensen que estoy loco ni nada por el estilo, es simplemente que… —se carcajeó—, lo hice, la encontré —sus ojos brillaron—; pero esta vez no cometió el mismo error. Se levantó de la cama, todavía caliente de sexo, giró hacia la ventanilla que daba hacia el purificador valle de la mágica ciudad —reza el parte policial—, recitó a Neruda al ritmo del ademan del humo que expedía el cigarrillo y la sensualidad de sus labios que cerraron magistralmente el acto poético: ¡sólo espero que no tenga más corazón! —expresó con rabia—. Cerró lentamente sus encantadores ojos, especialmente maquillados para la ocasión, y depositó un certero golpe que hizo reaccionar de inmediato al hombre todavía rendido por el placer que sólo es capaz de dar una verdadera mujer como ella. Sus ojos se dilataron de inmediato, apenas un gesto bastó para saber lo que ocurría, sus manos intentaron inútilmente detener el ataque. Fue la última mirada al mundo, y quedó inmóvil. No satisfecha con la acción, la hermosa mujer repitió una y otra vez el movimiento; extrajo el órgano sangrante, todavía palpitante y lo cortó en cuantos pedazos se desprendían con cada embestida de su brazo.

Pronto la habitación era un cuadro impresionista, cuyas pinceladas salpicaban el techo porque ya sus paredes habían tenido suficiente color. El cigarro se había acabado. La sangre se detuvo cerca de la puerta que daba hacia el pasillo, gracias a la pequeña alfombra que identificaba el lugar. La dama se acercó al espejo, colocó cada una de sus prendas en tributo al hombre que yacía en el lecho sin poder observarla más que con su inerte presencia, y se retiró del lugar, dibujando con su silueta su oscura decisión.

El invitado los miró con asombroso detenimiento: es ella —y dejó ver la foto, acto que hizo reaccionar a los presentes, impulsados, tal vez, por el gesto de su delicado rostro o la hermosura de su sonrisa—, sorbió el restante del líquido afrodisiaco, bajó la botella —esta vez con suavidad para disimular el temblor en sus manos—, y antes de marcharse, expresó en voz clara para que todos oyeran: si la ven díganle que era mi gemelo.

Tulio Aníbal Rojas.
Venezuela.

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