La esperanza en el viento

LA ESPERANZA EN EL VIENTO.

(Cuarta parte de El Guardián de la Cueva del Diablo).

Alía caminaba envuelta en la túnica de musgo, con el bastón latiendo en su mano, pero dentro de ella, la niña rota aún temblaba, sufría y tenía miedo. Cada paso que daba sobre el polvo del pueblo removía memorias enterradas. No eran fantasmas, eran heridas con nombre, con rostro, con olor a cantina y a miedo. El miedo helaba hasta los huesos y los gritos del estómago vacío la hizo estremecerse, así como tantas veces le había pasado en ese camino, entre esas paredes enmohecidas por el frío.

Las casas la miraban como antes: con indiferencia. Pero ella ya no era la misma. El viento le susurraba que debía recordar, no para odiar, sino para comprender. Porque solo quien ha sido quebrado puede aprender a sostener a otros.

Su padre había sido su mundo. Un hombre justo, de manos fuertes y voz suave, que la enseñó a escuchar el río y a respetar el fuego. Pero la muerte lo llevó cuando ella aún no sabía defenderse. Y entonces, la oscuridad comenzó.

Quedó bajo el cuidado de una mujer que limpiaba una de las casas de su padre. Al principio, le prometió protección, pero pronto, la promesa se volvió cadena. La mujer la trataba como carga, como estorbo. Le quitó sus ropas, sus libros, sus juegos. Poco a poco,
todo lo que Alía había tenido desapareció.

Hasta que un día, harta de su presencia, la vendió.

La cantina olía a sudor, a licor barato y a desesperanza. El hombre que la recibió era gordo, sucio, con manos que no sabían de ternura. Le dijo que debía pagar su comida, y que lo haría limpiando, sirviendo, obedeciendo. Pronto comprendió que no era trabajo: era esclavitud.

Desde niña, fue golpeada por razones que nunca entendió. La cambiaban por licor, por favores, por silencio. Nadie la defendía. Nadie la veía. Y cuando su cuerpo comenzó a transformarse, la violencia se volvió más cruel. Aprendió a callar, a esconderse, a no mirar a los ojos.

Hasta que un día, el miedo se volvió insoportable, haciendo que en ella brotaran fuerzas indescriptibles que la hicieron huir lejos de ese destino.

Corrió sin rumbo, con los pies descalzos y el alma hecha cenizas. El páramo la recibió como herida abierta. Y allí, la cueva la eligió.

Ahora, al regresar, esos recuerdos no la aplastan. Dolían, sí y aún lo sentía en su piel, en sus huesos. Luego de reconocerlo comprendió que, a pesar del dolor en su piel, le mostraban lo que había sobrevivido. Lo que había aprendido. Lo que la había convertido en las enseñanzas de Darío, quien la había recibido sin cobrarle nada a cambio.

El pueblo que una vez la rechazó no había cambiado. Las casas seguían grises, las miradas esquivas, y el silencio de las calles aún pesaba como una condena. Ese pueblo donde una vez fue golpeada por manos crueles, donde su nombre fue escupido como si no valiera nada. Cerró los ojos. El viento sopló. No como castigo, sino como testigo.

—Estoy aquí —susurró—. No para vengarme. Sino para sanar, este lugar que marcó mi alma, ahora, necesita de mí. Aun cuando nadie me recuerde, mis fantasmas siguen aquí, escondiéndose detrás del frío, y de las sombras entre una casa y otra.

Pero Alía sí había cambiado. Ya no era la niña que huía con los pies sangrantes y el alma rota. Era una mujer fuerte, tal vez la Guardiana. Portadora de memoria. Y aunque el miedo aún vivía en su pecho, ya no gobernaba sus pasos. Sus pasos lentos y silenciosos, con su túnica que cubría sus pies y borraba sus huellas, parecía la riza del viento o la neblina que, a primeras horas de la tarde, bajaba del páramo a recorrer el pueblo.

El bastón vibraba con cada paso, reconociendo el dolor que aún habitaba en las piedras del pueblo. Nadie la saludó. Nadie la llamó por su nombre.

Al principio, solo los más pequeños la miraban. Niños que aún no sabían del miedo, que no habían sido tocados por la sombra. Le sonreían cuando sus miradas se encontraban, como si vieran en ella una chispa que les recordaba el sol, aunque el cielo estuviera gris.

Alía les devolvía la sonrisa con ternura. Sabía que esa inocencia era frágil, que el páramo del dolor podía alcanzarlos en cualquier momento. Pero mientras durara, ella la protegería.

Los otros niños, los que ya habían sido golpeados, los que habían perdido a sus padres en la fiebre o en el abandono, no sonreían. La miraban desde las esquinas, con ojos que no pedían nada, pero lo decían todo. El hambre los acechaba como un ladrón silencioso, robándoles primero la risa, luego los sueños, y finalmente la esperanza.

Alía los reconoció. No por sus rostros, sino por sus miradas. Eran los ojos que ella había tenido. Ojos que aprendieron a no llorar porque nadie respondía. Ojos que se cerraban para no ver la mano que golpeaba, el plato vacío, el frío que helaba los huesos, los labios rotos y las mejillas quemadas, pero sobre todo la puerta cerrada.

Ellos no la vieron al principio. Pero cuando el viento comenzó a susurrar su nombre, cuando el bastón brilló al tocar la tierra, cuando los más pequeños corrieron hacia ella sin miedo, entonces los otros niños la vieron.

No como una mujer extraña. Sino como alguien que había sobrevivido. Como alguien que entendía.

Y en ese instante, Alía supo que no había regresado para sanar solo cuerpos. Había regresado para encender memorias, devolverles la ilusión que el hambre les había robado. Para que, algún día, pudieran volver a sonreír sin miedo.

Los días pasaban uno tras otro, como hojas que caen sin hacer ruido. Alía caminaba por el pueblo con paso sereno, envuelta en su túnica que parecía respirar con el viento. Su presencia ya no era extraña para los más pequeños. Aquellos que la habían visto una vez, ahora corrían hacia ella sin miedo, como si el tiempo les hubiera enseñado que su rostro era refugio.

Con ternura silenciosa, comenzó a darles lo que nunca había recibido: amor sin condiciones. De los bolsillos ocultos en su túnica, sacaba bollitos de pan dulce, tibios aún, con un leve toque de anís que perfumaba el aire. Los niños los tomaban con manos pequeñas y corrían calle abajo, como si llevaran un tesoro. En casa, los comen despacio, junto a sus madres, como si el pan contuviera algo más que alimento: una promesa.

Pero había otros niños, los hambrientos, los que no corrían. Los que solo observaban desde las sombras, con ojos grandes y vacíos. No habían visto los bollitos. Solo veían cómo los más pequeños regresaban con sonrisas que ellos ya no sabían dibujar.

Una tarde lluviosa, cuando el agua arrastraba la arena por las calles y el cielo parecía llorar con ellos, los hambrientos esperaban. No pedían. Solo estaban allí, quietos, como si el barro los hubiera plantado.

Alía se les acercó. No dijo nada. Solo extendió la mano y comenzó a caminar. Ellos la siguieron, sin saber por qué, como si el viento los empujaba suavemente.

Los condujo a una vieja casa, una de esas que nadie habitaba, donde el polvo había cubierto los recuerdos y los muebles dormían bajo telarañas. Era una casa de los que ya habían partido, en las afueras del pueblo, donde el silencio era más profundo.

Dentro, Alía había trabajado en secreto. Había limpiado, reparado, acomodado. Con los muebles olvidados de otras vidas, creó un refugio. Una mesa larga con sillas desiguales. Catres de palma tejidos con sus propias manos. Una chimenea encendida, que no solo daba calor, sino abrigo al alma.

Por primera vez, comieron pescado tostado, servido con cuidado. Tazas de café caliente que les temblaban en las manos. Alía los observaba sin hablar, dejando que el fuego hiciera su parte. Cuando terminaron, sacó los bollitos de pan dulce. Esta vez, los vieron. Esta vez, los probaron y luego sonrieron.

Después, uno por uno, se acostaron en los catres, envueltos en mantas tejidas con musgo y ternura. El fuego crepitaba. La lluvia golpeaba el techo como una canción lejana. Alia se sentó junto a ellos, sin tocar, sin hablar. Solo estaba allí.

Y esa noche, los niños hambrientos tuvieron su primer sueño dulce. Cerca de la que, sin saberlo aún, se convertiría en su madre.

El pueblo comenzó a preguntarse por ella.

Ya no veían a los niños deambulando por el mercado, buscando comida entre los desperdicios. Ya no robaban frutas de los costales ni llamaban a las puertas que sabían que permanecerán cerradas. En los días de lluvia, cuando el frío calaba los huesos y la neblina se colaba por las rendijas, los niños no pedían refugio. Simplemente, desaparecen.

—¿Dónde están? —murmuraban los vecinos, mientras barrían sus portales o cerraban sus ventanas con más fuerza.

La respuesta estaba en las afueras, en una casa que había vuelto a respirar. Allí, donde antes sólo vivían el polvo y el olvido, ahora se encendía una fogata cada tarde. Los niños llegaban en silencio, como si supieran que el ruido podía romper el encanto. Comían juntos, dormían juntos, soñaban juntos.

Y poco a poco, comenzaron a llegar los más grandes.

Adolescentes como Alia cuando huyó. Rostros endurecidos por el abandono, cuerpos marcados por el trabajo precoz, por la violencia, por el hambre. Algunos no hablaban. Otros no miraban. Pero todos entraban, atraídos por algo que no sabían nombrar.

La casa los recibía sin juicio. Alia los miraba con los mismos ojos con los que Darío la había mirado a ella: ojos que no preguntaban, solo reconocían.

Pero mientras la casa se llenaba de vida, el pueblo comenzaba a vaciarse.

La peste había regresado. No como un rumor, sino como una certeza. La fiebre hacía temblar a los cuerpos. Los ojos perdían su brillo. Las casas se llenaban de silencio. Muchos sabían que esos síntomas anunciaban la muerte.

Alia lo sintió antes que nadie. El bastón vibró. El viento cambió de dirección. El musgo en su túnica se oscureció, como si la tierra misma se preparara para resistir.

Ella no temió. Ya había visto la sombra negra. Ya había perdido. Ya había huido.

Pero esta vez, no huiría. Esta vez, se quedaría. Porque ahora, ella era fuego, el fuego no huye, cuida.

Cada uno de ellos, los más grandes, comenzaron a ayudarla. Ya no eran solo bocas hambrientas, eran manos dispuestas. Aprendieron a sembrar antes de que la peste llegara, como siempre lo hacía: sin anunciarse, sin tocar la puerta, deslizándose entre los respiros del pueblo.

Cultivaban en silencio, con la tierra húmeda entre los dedos y la esperanza creciendo como brotes verdes. Algunos pescaban al amanecer, otros recogían raíces y musgo, y al final del día, todos se reunían para preparar el pan de anís que se repartía con café caliente, como un ritual de consuelo.

Una tarde, las ancianas del pueblo comenzaron a sospechar. Habían notado que los niños ya no rondaban la plaza, ni se acercaban a las puertas de la iglesia con las manos extendidas. Ya no lloraban bajo los aleros, ni se escondían de la lluvia en los portales. Los pequeños que antes mendigaban pan duro a los recién llegados —mientras las ancianas se regocijaban en darles un mendrugo para luego entrar a la iglesia y ser llamadas “bienhechoras”— ahora simplemente no estaban.

Intrigadas, los siguieron. Vieron cómo los adolescentes caminaban hacia las afueras del pueblo, llevando canastas de frutas, ramas secas, y a veces, a los más pequeños de la mano. Las ancianas se cubrieron los rostros con encajes, como si el anonimato les diera autoridad. Sus manos huesudas temblaban, no por la edad, sino por la sospecha.

Y entonces la vieron. En aquella casa donde antes solo vivía el olvido, ahora había luz. No solo de fuego, sino de algo más profundo: paz, calma. Una armonía que ni siquiera en los muros de la iglesia se sentía. Allí, los niños reían. Los jóvenes trabajaban la tierra, cocinaban, tejían, cuidaban unos de otros. Nadie mandaba. Nadie temía.

Pero las ancianas no vieron eso. No vieron la ternura. No vieron la transformación.

Vieron a una figura encorvada, envuelta en una túnica oscura, con el cabello largo cubriéndose el rostro. El frío del páramo la había vuelto más delgada, más pálida. A sus ojos, no era una joven. Era una anciana. Una bruja.

—¿Qué clase de mujer vive sola con tantos niños? —murmuró una.

—Los hace trabajar. Los hechiza. Les roba el alma —susurró otra.

No vieron la huerta. Vieron un conjuro.

No vieron los árboles frutales. Vieron trampas. No vieron la comunidad. Vieron una amenaza.

Porque esa mujer —esa “bruja”— había logrado lo que ellas no pudieron: un hogar. Un terreno fértil. Una familia sin sangre, pero con raíces más profundas que cualquier linaje.

Y eso, para ellas, era imperdonable.

Mary Agnes Vega.
Venezuela.

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