La peste de los que no ven

LA PESTE DE LOS QUE NO VEN.

(Quinta parte de El Guardián de la Cueva del Diablo).

Cuando la ignorancia habita en cuerpos de mujeres secas por dentro, cuya soledad resecó la piel, las convierte en monstruos hambrientos. Ser llamadas las “bienhechoras” del pueblo, por la iglesia y por la autoridad, era un privilegio que debían proteger. Esas ancianas arrastraban la soledad vestidas de negro, con encajes cubriendo sus rostros y en sus huesudas manos, el rosario negro que bailaba con sus pasos.

La peste ya se había llevado a muchos, sin embargo a ellas parecía que la muerte las ignoraba. Eran las dueñas de muchas tierras, de animales que generaban comida y por eso eran consideradas unas buenas mujeres. Sin embargo, en sus cuerpos la frustración había encorvado su espalda, doblado sus rodillas y hecho crecer sus cabellos canosos que una vez fueron hermosos y con piel juvenil.

Una de ellas había sido la esposa fiel, mientras su esposo le llevaba los hijos de otras porque ella era una hiedra seca. Otra, lloraba por aquél que vino y se fue, prometiendo regresar pero nunca volvió. Las demás no conocieron los labios del amor, siempre lo vieron llegar en la acera de enfrente, nunca fueron ellas. Entonces se convirtieron en ejemplo de la rectitud del pueblo y luego en los murmullos de las jóvenes casaderas y de las madres solteras.

La peste no llegó sola. Llegó con rumores. Con cadáveres colocados como ofrendas de odio. Con ojos que no lloraban a los muertos, sino que los usaban como armas. Los cuerpos aparecieron en la salida del pueblo. Primero uno, luego tres y después siete. Todos con los ojos abiertos. Todos mirando hacia la casa de Alia.

—Es ella —susurraban las ancianas, envueltas en encajes que ya no ocultaban su podredumbre.

—Los hechiza. Los enferma. Los mata.

Pero nadie vio que estaban limpios. Sin barro. Sin sangre. Como si hubieran sido lavados antes de ser colocados. Como si alguien quisiera que parecieran ofrendas. Como si alguien los hubiera traído desde otro lugar.

Las ancianas no estaban solas, este trabajo no podía haber sido hecho por ellas, se habían aliado con forasteros de mirada turbia y manos que olían a pólvora.

Hombres que no preguntaban, solo obedecían. Hombres que no creían en la cueva, pero sí en el oro que les prometieron, atraídos por la leyenda del tesoro perdido oculto en el páramo.

—Colócalos cerca de la casa —ordenó una de ellas, con voz temblorosa.

—Que el pueblo vea. Que el miedo haga lo que nosotras no podemos —dijeron las demás sonriendo entre ellas, complacidas por la maldad hecha realidad.

Y el pueblo vio los cuerpos, la casa, vieron a Alia de pie con el bastón en la mano mirando los muertos y los ojos que acechaban con la mirada, sin hacer preguntas.

Los cadáveres acomodados parecían una fila que guiaba hasta la entrada de la casa, en la carretera. Esa mañana los sorprendió a todos, Alia sabía que era el pueblo que no la quería cerca, pero sobre todo ellas.

Los niños lloraban, los jóvenes temblaban tomados de la mano entre ellos, cubriendo con sus brazos a los más pequeños.

Alia no habló. No se defendió. Entró a la casa de nuevo y los llamó a dentro, solo encendió el fuego y les dijo mirándolos con ternura:

— No teman, los muertos solo son cuerpos sin alma, ya no sufren ni lloran. Hay que temerles a los vivos, no a ellos.

—¿La policía vendrá por ellos?, como cuando aparecen dormidos en la entrada de la cantina o en las escaleras de la iglesia.

—No creo. No se inquieten. Hagamos nuestro día, trabajemos en la tierra y preparemos la comida.

Y esa noche, mientras el pueblo dormía con miedo, ella veló a los muertos, aunque no los conocía, pero no podía dejarlos solos con los ojos abiertos como sorprendidos por lo que veían: ese amor por los demás. Poco a poco, con los adolescentes después que los niños durmieran, le ayudaron a llevarlos fuera de la carretera y apartados de la casa.

Les cantó como Darío le había cantado a ella. Les cerró los ojos. Los cubrió con mantas tejidas por sus propias manos. No había a quién preguntar sobre ellos, reconoció que habían sido llevados hasta el camino, todos esos días, uno tras otro.

Esa semana finalizó sin más cuerpos. No fue un grito. Fue un murmullo. Una palabra sembrada con veneno en la plaza, entre las piedras calientes y los rezos tibios. La autoridad y el resto de los ricos del pueblo debían hacer algo en contra de esa mujer de larga cabellera que había hechizado a esas criaturas.

—Bruja.

Y bastó. Las ancianas no regresaron solas. Fueron con hombres. Con cruces. Con miedo. Con la certeza de que lo que no se entiende, debe ser destruido. Esa noche en la plaza, el pueblo gobernado por la ignorancia de esa desconocida, decidieron hacer lo impensable: Destruir a la bruja.

Una tarde, cuando el sol aún no se decidía entre quedarse o huir, llegaron a la casa. No tocaron la puerta. Entraron.

Los niños se escondieron. Los adolescentes se interpusieron, pero Alia no se movió. Estaba junto al fuego, moliendo anís, como cada tarde. Su bastón descansaba a su lado y su túnica olía a tierra y a pan.

—¿Qué haces con ellos? —preguntó una voz que no buscaba respuesta, dijo el hombre con un palo retorcido y con aliento a alcohol.

—Los cuido —dijo Alia, sin alzar la vista.

—¿Con qué derecho? —respondieron las mujeres con encaje en sus rostros.

—Con el que da el hambre. Con el que da el abandono. Con el que da el amor.

Pero no escucharon. Solo vieron el cabello largo, la piel pálida, el fuego encendido. Y en su miedo, vieron brujería donde solo había ternura.

—No tienes derecho sobre ellos, son huérfanos, la iglesia se encarga de ellos, no tú.

—No voy a dejarlos solos, no esta vez. Voy a cuidar de ellos, aunque ustedes no lo hayan hecho antes.
—No tienes permiso para eso —gritaron las mujeres señalando su rostro.

—Hasta ahora nadie me lo ha impedido. Ya vieron lo que querían descubrir. Déjenos en paz, salgan de esta casa —les respondió Alia levantándose y apoyándose en el bastón que comenzó a emitir pequeños destellos de luz.

Asustados salieron de la casa y la acusaron de hechicería, de manipulación, de robar lo que el pueblo había desechado.

Y esa noche, por primera vez desde que la cueva la había devuelto al mundo, Alia sintió frío. No por ella, por ellos. Porque el verdadero miedo no venía de aquellos muertos que la peste se había llevado, venía de los ojos que no saben ver.

En casa el fuego no solo crepitaba, respiraba. Como si supiera que afuera, el mundo se preparaba para apagarlo.

Alia se sentó en el centro, con el bastón apoyado en su regazo. Los adolescentes llegaron en silencio, uno por uno, como ramas que buscan el tronco. Se acomodaron a su alrededor, formando un círculo imperfecto. Sus rostros eran distintos, pero sus ojos tenían la misma luz: la de quienes han sido elegidos por el dolor, y han decidido no rendirse.

—No vamos a dejar que te lleven —dijo uno, con la voz quebrada pero firme, aquél que tenía un pequeño bigote sobre sus labios rosados y sus piernas largas que temblaban de rabia. Cerró los puños con furia.

—No somos huérfanos. Somos tuyos —dijo otra, tomando su mano. La joven de rostro sereno y pecas rosadas le sonrió con afecto.

—Si vienen, nos encontrarán juntos —dijo el más joven, con los puños cerrados, dispuesto a utilizarlos.
Alia los miró, uno por uno. Vio las cicatrices en sus brazos, las sombras en sus espaldas, las lágrimas que no habían llorado y los sueños perdidos cuya esperanza se asomaba temerosa en la comisura de los ojos sin miedo. Y supo que no eran niños, eran raíces, eran fuego que pronto arrasaría, que no puede controlarse. Hay mucha rabia y dolor en ellos, son las ramas secas que la chispa eleva para ser un gran fuego.

—No quiero que peleen —susurró ella.

—No vamos a pelear. Vamos a resistir —respondieron todos, como si fueran uno solo.

El fuego iluminó sus rostros. Las mantas tejidas cubrían sus hombros. La casa olía a pan, a tierra, a musgo y en ese instante, Alia entendió que no estaba sola. Que la cueva no la había devuelto al mundo para esconderse, la había devuelto para sembrar.

Y esa noche, mientras el pueblo dormía con miedo, una familia se preparaba para defender lo que había nacido del abandono: el amor que no pide permiso.

Mary Agnes Vega.
Venezuela.

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