LA REVELACIÓN DE LA LUZ.
(Sexta parte de El Guardián de la Cueva del Diablo).
Mientras Alia y los adolescentes sembraban en la ladera, recogiendo frutas con las manos llenas de tierra y esperanza, el pueblo se movía en silencio. Las ancianas, vestidas de negro, caminaron con pasos lentos pero seguros.
No llevaban rosarios esta vez. Llevaban órdenes, llenas de odio y con la certeza de que estaban haciendo lo correcto, sin dudar.
Los más pequeños fueron tomados por la fuerza. Sus gritos se perdieron entre los rezos falsos y las campanas que sonaban como advertencia.
—¡Alia! —gritaban, con las voces rotas.
—¡No nos separen! —lloraban, mientras eran arrastrados por hombres con cruces y sogas.
Cuando Alia regresó, la casa estaba vacía. El fuego apagado, las mantas revueltas. El bastón tembló en su mano y comprendió que debía ir al pueblo por los suyos.
Los adolescentes la acompañaron, pero un grupo de hombres la interceptaron, no tuvo tiempo de defenderse. No caminó. Fue empujada. Los adolescentes fueron atados con cuerdas gruesas, amarrados a sillas de madera. Los arrastraron hasta la plaza del pueblo, frente a las escalinatas de la iglesia donde había una tribuna improvisada.
Sus rostros estaban cubiertos de polvo, algunos fueron golpeados y sus mejillas rojas, con sangre que bajaba de sus narices, pero sus ojos ardían.
Alia subió los escalones. No dijo nada. El pueblo la miraba como se mira a lo que no se comprende. Las ancianas sonreían.
Los niños, retenidos detrás de una valla, gritaban su nombre con desesperación.
–¡Alia! ¡No nos dejes!
–¡No somos suyos, somos tuyos!
–¡No somos huérfanos, somos familia!
La autoridad del pueblo, con voz engolada y mirada vacía, ese hombre alto, barrigón y con bigotes gruesos, leyó las acusaciones: Hechicería. Manipulación. Desobediencia.
Pero Alia no tembló, miró a los adolescentes y a los niños, tratando de transmitirles serenidad para que el miedo no se apoderara de ellos. Miró a los niños y les esbozó una pequeña sonrisa para tranquilizarlos.
Miró al bastón, que comenzaba a emitir una luz suave, como si la cueva estuviera presente, aún lo mantenía entre sus manos, arrastrándolo mientras era empujada por hombres más fuertes que ella y de cuerpos gruesos, pero con miradas despiadadas.
La tarde se ennegreció sin aviso. El cielo, antes tibio, se volvió plomo. Una brisa helada comenzó a correr entre los muros del pueblo, como si la montaña respirara con furia.
Alia fue tomada por la fuerza. La amarraron con sogas ásperas que le cortaban la piel. Le arrebataron el bastón, ese que había sido testigo de su renacer.
El celador lo sostuvo con manos temblorosas, como si el objeto ardiera en su palma. La llevaron a la plaza. La tribuna estaba lista.
Los adolescentes seguían atados a las sillas de madera, rodeando el estrado como testigos silenciados. Los niños lloraban detrás de la valla, gritando su nombre como si al nombrarla pudieran protegerla.
—¡Alia! ¡No nos dejes!
—¡No es una bruja! ¡Es nuestra madre!
Pero el pueblo no escuchaba. Las ancianas, con sus encajes húmedos por la brisa, sonreían.
La autoridad levantó la voz, pero el viento la apagó, no pudo pronunciar palabra alguna, su voz se apagó. Y entonces, Alia habló, no gritó, ni suplicó. Sus labios se movieron con lentitud, pronunciando palabras que no pertenecían a ese tiempo, esas palabras venían de la cueva no le pertenecían.
El fuego del bastón, aún en manos del celador, comenzó a vibrar. Una luz tenue se encendió en su punta y el hombre lo soltó, como si le quemara los huesos y la piel de sus manos comenzó a sangrar, gritando de dolor.
El bastón cayó al suelo, rodó entre los pies de los presentes, y se detuvo justo frente a Alia.
Las sogas que aprisionaban sus muñecas se deshicieron como ceniza. No se rompieron. Como si nunca hubieran tenido poder sobre ella.
Alia tomó el bastón. Lo levantó con ambas manos y la luz se expandió, tocando los rostros de los adolescentes, que comenzaron a llorar sin miedo.
Los niños se abrazaron entre ellos y el pueblo retrocedió.
—Bruja —gritaron algunos, con la voz quebrada por el asombro.
—Bruja —repitieron otros, sin entender que lo que veían no era hechicería, era el poder de la cueva del diablo que había despertado por la injusticia de alguien que solo había venido a ayudar.
La luz del bastón se expandió como un suspiro antiguo. No era fuego, tal vez la voz de Darío, aquella que escuchó Alía, entre la brisa de la tarde, era el canto del musgo, el temblor de la tierra cuando duele.
Los adolescentes, aún atados a las sillas, comenzaron a temblar, pero no de miedo. Fueron liberados del dolor, la luz borró el dolor oculto en sus ojos, como si la memoria de los golpes se deshiciera en la brisa. Sus corazones se liberaron y las marcas que aún vivían en sus cuerpos —esas que nadie había querido ver— se desvanecieron como ceniza en el viento.
Uno a uno, las sogas que los ataban se soltaron. No fueron cortadas. Las sogas construían el dolor de los años de maltrato y soledad, a lo que su inocencia fue arrebatada y entregada a cambio del miedo y la frustración de quienes solo sufren sin sentido.
Las ancianas, al ver aquello, comenzaron a llorar. Sus encajes se humedecieron. Sus rosarios se soltaron de sus manos huesudas y cayeron de rodillas al suelo, temblando.
–¡Es el Diablo de la Cueva que ha bajado! —gritaron.
–¡Protégenos, Señor! ¡La muerte va a venir por este pueblo!
Pero no era la muerte. Era la verdad, y la verdad, cuando se revela, no mata.
Alia seguía repitiendo las palabras, con la voz firme y los ojos cerrados, como si las pronunciara desde el centro de la tierra: “Venio liberare corda innocentium qui male tractati sunt.”
El sacerdote asombrado por lo que pasaba, repitió la frase en perfecto castellano. Dijo con voz clara :
—Vengo a liberar los corazones de los inocentes que han sido maltratados.
Alia levantó los brazos en alto. El bastón despedía destellos de luz que no quemaban, pero sí revelaban, eran suaves y se movían por todas partes.
La lluvia comenzó a caer. Primero ligera, como caricia, luego con fuerza, como llanto antiguo.
Las gotas golpeaban los techos, las piedras, los cuerpos. Iban a limpiar las calles del dolor, de la pérdida, de la muerte y de la soledad. Iban a lavar los nombres que nunca fueron pronunciados, los abrazos que nunca llegaron, los cuerpos que la muerte se llevó vacíos de amor, de compasión, de perdón, de corazones como piedras que pesaban para respirar.
Entonces, un trueno estremeció el aire, partiéndolo en dos. El cielo se abrió como una herida, las nubes negras parecían piedras a punto de ser arrojadas a la tierra.
Los truenos cayeron, uno detrás de otro, como pasos de un gigante invisible que corrían para bajar a la tierra. Y detrás de la cortina de gruesas gotas, una figura comenzó a distinguirse. Venía por el camino principal, avanzando con lentitud, pero con firmeza. Era un hombre alto, de barba cerrada y dedos largos. Su capa negra, pesada, tenía destellos de oro, como la de Alia. Su bastón tocaba el suelo con un sonido que no era de madera, sino de memoria antigua. Profunda.
Los niños lo vieron primero. Se quedaron en silencio, asombrados. ¿Sería aquel hombre que veían escondidos cada inicio de año? ¿Aquel que llegaba con las primeras luces del primer día del año? Aquél que llamaban el Guardián, el Guardián de la Cueva del Diablo.
Los adolescentes se incorporaron, aún con las sogas deshechas a sus pies. También en su memoria, aquella figura fue reconocida. ¿Es ese el Guardián o era el mismo Diablo que bajaba de la montaña para darse a conocer y llevarse a los malos del pueblo?
El pueblo contuvo el aliento. Alia bajó los brazos y su bastón se iluminó una vez más. Y entonces, lo reconoció. Alia lo siguió con la mirada hasta que él se colocó a su lado. La miró a los ojos. Y en ese instante, supo que no era el Diablo, pero tampoco era el Guardián. Ni Darío. Al menos, no el Darío que ella había conocido.
¿Había pasado tanto tiempo en el pueblo que otro había tomado su lugar? ¿O era él mismo, transformado por el tiempo, por la cueva, por el dolor?
El hombre de cabello negro y largo se detuvo frente a ella, mirándola con ternura. Y luego bajó la cabeza, en señal de reverencia, de reconocimiento, como si ambos se conocieran desde siempre. Después, despacio, giró el rostro hacia los demás. Los miró uno por uno, pero ninguno le sostuvo la mirada. Ninguno pudo verle el rostro completo. Todos tenían miedo, inclusive el sacerdote. Este cayó de rodillas, temblando, su traje blanco mojado por la lluvia y sus manos se aferraron al suelo como si buscara raíces. Y con la voz quebrada, dijo en latín:
–Tu es Lucifer, quem exspectavimus ut descenderet de monte, qui habitat in caverna. (Tú eres Lucifer, aquel que esperábamos que bajara de la montaña, el que habita la cueva.)
Un murmullo recorrió la plaza. Las ancianas se cubrieron el rostro. Los niños se abrazaron. Los adolescentes se mantuvieron de pie, como árboles que no se doblan.
Pero Alia no retrocedió. El bastón en su mano brillaba con una luz suave, como si reconociera al recién llegado. Y en su pecho, algo se encendió, no era miedo, era memoria. El hombre tomó su bastón. Lo alzó apenas, como si el aire mismo se abriera a su paso. Sus ojos, oscuros como la piedra húmeda de la cueva, se posaron sobre el sacerdote arrodillado. Y entonces habló, con una voz que no era grave ni aguda, sino antigua. Una voz que parecía venir desde el fondo de la tierra.
—Venit hora. Adimplere scriptum est. Quod semper scivistis: Caverna Diaboli est fatum vestrum. (Ha llegado la hora. He venido a cumplir lo que estaba escrito. Lo que ustedes siempre han sabido: la Cueva del Diablo es el destino de cada uno de ustedes.) —Se detuvo nuevamente y les dijo con palabras que todos entendieron: —La Cueva del Diablo no es un castigo. No es la puerta del infierno, es el destino que les pertenece a cada uno de ustedes, sobre el cual deben decidir.
Un silencio denso cayó sobre la plaza, ni el viento se atrevió a moverse. Las gotas de lluvia parecían suspendidas en el aire, como esperando el juicio. Ya no caían, se quedaban quietas, podían verlas claramente frente a sus ojos.
Las ancianas comenzaron a temblar. El sacerdote bajó la cabeza, como si esas palabras hubieran abierto una grieta en su fe, tuvo un miedo que le heló los huesos, sus rodillas seguían clavadas en la tierra.
El sacerdote tembló. Sus labios se movieron sin sonido, como si buscara una oración que ya no recordaba.
Y entonces, el hombre continuó:
—Non sum Diabolus. Diabolus habitat in vobis. Vos estis qui eum sinitis manere in caverna cordis vestri. (No soy el Diablo. El Diablo vive en cada uno de ustedes. Son ustedes quienes le permiten habitar en la cueva de su corazón).
Los niños, aún mojados, se acercaron a Alia, la rodearon, tocándola, aferrándose a ella como si su piel fuera la única tierra firme en medio del derrumbe.
Un murmullo recorrió la plaza como un viento helado. Las ancianas se cubrieron el rostro. Algunos retrocedieron. Otros cayeron de rodillas, no por fe, sino por miedo. Pero Alia no se movió. El bastón en su mano brillaba con una luz suave, como si reconociera la verdad en aquellas palabras. Y en su pecho, algo se encendió. Y Alia, con el bastón aún encendido en su mano, no apartó la mirada del hombre, porque aunque no era Darío, ni el Guardián, ni el Diablo, eran todos a la vez. Era la voz de lo que ha sido negado. Era la justicia que llega cuando ya nadie la espera.
El hombre seguía de pie frente a todos. Luego levantó su bastón, apuntando al cielo. Las nubes negras, pesadas, se arremolinaban sobre la plaza, acompañadas por las gotas de agua que seguían sin caer, como detenidas en el tiempo. Como si el mundo contuviera el aliento.
Un rayo cayó en la tierra, partiéndola. Un crujir de dientes, de madera que se raja por la mitad. El dolor de un hueso que se parte.
Y entonces, el hombre habló en latín:
– Unusquisque habebit judicium suum. Reddere debet rationem de gemma sibi data ad custodiendam. (Cada uno tendrá su juicio. Deben dar cuenta de lo que han hecho con la joya que se les ha dado para cuidarla).
Luego, en la lengua que todos entendieron, su voz se volvió clara como el agua que aún no caía:
—La cueva es su corazón. Y los tesoros que ella guarda son los valores, los sentimientos, y el perdón que los hacen brillar para otros. Ese es el verdadero tesoro que la cueva guarda.
Se detuvo mirando a cada uno:
—La cueva puede ser un tesoro. O puede ser un hueco hondo y negro, que solo sirve para llorar, arrepentirse por el mal que han hecho. Si no lo hacn entonces la cueva siempre será negra y un sitio aterrador.
Las gotas comenzaron a caer, una a una, como si cada palabra hubiera liberado el cielo. Y en ese instante, nadie habló. Porque todos sabían que el juicio no era de Alia, era de ellos. Las mujeres comenzaron a llorar, se arrodillaron sobre la tierra húmeda, y aterradas, no podían levantar la vista del suelo. Sus demonios comenzaron a rodearlas. No eran figuras. Eran memorias y voces que habían callado por años. Y tuvieron mucho miedo.
El sacerdote también lloraba. Lloraba como un niño. Arrepentido por todo lo que había hecho durante su vida: por no haber actuado, por no haber defendido a Alia, que solo había venido a hacer el bien a los más débiles. Había dejado de ser sacerdote, para convertirse en un monstruo. De sus ojos, las lágrimas se transformaron en sangre, al igual que las ancianas, al igual que los hombres fuertes que habían llevado a Alia. Todos pidieron clemencia, no por lo que ella había hecho sino por lo que ellos habían permitido.
Y entonces, los cadáveres se acercaron, salieron del fondo de la tierra, arrastrando sus cadenas de sufrimiento. No venían a castigar, venían a recordar. Cada uno vio a sus padres, a cada uno de sus ancestros, llorando no con odio sino con compasión, y escucharon sus voces, como un eco que venía desde la cueva, desde el corazón:
–Pide perdón por tus pecados.
–Pide la oportunidad de mejorar.
–Aún tienes la joya en tus manos.
–Aún palpita. Esta es tu oportunidad de sanar tú y contigo nosotros, el pueblo entero.
Las ancianas no pudieron con su dolor. La culpa las consumió una a una. Sus cuerpos se doblaron sobre la tierra húmeda, y sus voces se apagaron como velas en tormenta.
Los hombres que habían matado y maltratado a inocentes fueron tragados por la tierra. Se abrió bajo sus pies sin aviso, como si la montaña reclamara lo que le pertenece. Y desaparecieron sin dejar rastro.
El sacerdote, arrepentido, no pudo aceptar liberarse de su pecado. Había matado a su hijo en el vientre de su novia, porque había faltado a su promesa de casamiento. No pudo con el dolor. No se sentía digno del perdón. Debía seguir sufriendo por lo que había hecho.
Una figura delgada apareció frente a él, con un niño en brazos. No habló. Solo lo miró, y la tierra se lo tragó de un solo golpe.
Así, uno a uno, cada miembro del pueblo que había juzgado a Alia fue sentenciado. No por ella, por la cueva, sino por su propio corazón.
Solo aquellos que pidieron perdón, que se arrepintieron de verdad, pudieron ver la luz.
La luz se abrió sobre sus cabezas, iluminando como si el cielo les devolviera el nombre. Como si la cueva les diera una nueva joya, palpitante, viva y les mostraba el camino a la cueva resplandeciente llena de tesoros.
Entre la bruma de los que aparecieron, Alia pudo distinguir a Darío y a Elena, tomados de la mano, le sonrieron, y entonces, lo supo, ese hombre no era el Diablo, no era Darío, era el nuevo Guardián, el que custodia la entrada a la Cueva del Diablo, ala cueva que cada uno lleva en su corazón.
Alia se sintió liberada. Comprendió que su destino no era custodiar la entrada, sino sanar a los niños y jóvenes que habían sufrido como ella en su niñez, por eso nunca fue la Guardiana, no podía dejar este mundo hasta completar su tarea, y su tarea era remendar corazones rotos, salvar a aquellos que, por el perdón, liberaran su alma y así encontraran la entrada a la cueva.
Cada uno era el Guardián de su propia cueva, el tesoro que le dan con la vida es cuidar de ella y hacerla brillar.
Mary Agnes Vega.
Venezuela.



