Tepito. Red Bliss 2
Los sobres de Tepito
Tepito no era un lugar, era un universo paralelo. En el corazón de la Ciudad de México, este barrio bravo y legendario se alzaba como un laberinto de callejones angostos, puestos improvisados y edificios que parecían sostenerse por pura terquedad. Aquí, lo moderno y lo ancestral se mezclaban sin permiso. En un mismo puesto podías encontrar celulares de última generación junto a amuletos prehispánicos que prometían protección contra el mal de ojo, trabajos de santería y pequeños frascos con líquidos de colores imposibles.
El aire olía a tacos al pastor, a incienso quemado, a sudor y a la humedad rancia de las paredes, que habían visto pasar décadas de historia. Pero, por encima de todo, Tepito olía a peligro.
Los youtubers llegaban en manada, con sus cámaras y micrófonos, buscando capturar la esencia del barrio. Grababan los puestos de ropa pirata, los vendedores de discos ilegales, los tacos que costaban menos que un chicle. Pero lo que nunca mostraban era lo que sucedía en las sombras. No hablaban de los murmullos en los callejones ni de las advertencias que se susurraban entre los locales:
—Aquí puedes encontrar lo que quieras… pero algunas cosas te encuentran a ti.
Era un secreto a voces. Algunos entraban a Tepito y nunca salían. Otros se iban, pero algo los seguía.
En una esquina mal iluminada, un grupo de jóvenes repartía volantes de Red Bliss. Pero lo que llamaba la atención no eran los volantes, sino los sobres. Pequeños, negros, sellados con un adhesivo rojo que parecía latir bajo la luz mortecina. No pesaban casi nada, pero al sostenerlos, algo frío se arrastraba por la piel, como si una mano invisible recorriera los huesos desde adentro.
Los repartidores no eran como los demás. Eran figuras altas, con uniformes rojos impecables y rostros que parecían máscaras demasiado perfectas. Sus movimientos eran mecánicos, como si estuvieran siguiendo un guion predeterminado, y sus sonrisas, aunque amplias, transmitían una frialdad que helaba la sangre.
—Toma, carnal —dijo uno de ellos con una voz que sonaba hueca, como si viniera de otro mundo—. Pa’ la buena suerte.
Un chavo flaco, con sudadera Jordan pirata, tomó el sobre con desconfianza. La yema de sus dedos hormigueó al tocarlo, como si una corriente eléctrica le recorriera el brazo. Se le erizó la piel, pero lo abrió ahí mismo, incapaz de resistir la curiosidad.
Adentro había una tarjeta negra con el logo de Red Bliss, opaca, siniestra. Pegada a ella, con un pedazo de cinta amarillenta, había una carta vieja de la lotería mexicana. El papel estaba desgastado, amarillento, manchado en las esquinas, como si hubiera pasado por demasiadas manos… o por una tumba. Era «El Diablito».
El chavo sintió un escalofrío. Algo en la imagen parecía moverse. Un truco de la vista pensó. Pero no pudo evitar la sensación de que el dibujo lo miraba fijamente, como si supiera algo que él ignoraba.
—¿Qué chingados es esto? —murmuró, con un nudo en la garganta y los dedos temblorosos sosteniendo la tarjeta.
El repartidor sonrió. Su boca se curvó, pero sus ojos permanecieron muertos.
—Suerte, carnal —dijo con voz mecánica, inhumana—. No todos tienen el privilegio de recibirla.
El chavo sintió que algo se retorcía dentro de su estómago, como si algo pequeño y con garras se hubiera alojado ahí. Tragó saliva y levantó la vista.
El repartidor ya no estaba. El aire se volvió más denso, como si el callejón respirara junto con él. Los ruidos de la calle parecían desvanecerse, dejando solo el latido de su corazón y el susurro del viento. Sintió un aliento helado en la nuca y al voltear, no había nadie. Solo el sobre, ahora entreabierto en su mano, latiendo suavemente como un segundo corazón.
Valeria y los sobres rojos
Valeria era una madre soltera de 32 años que trabajaba en un call center. Su vida era una rutina interminable de llamadas, facturas y noches en vela cuidando a su hijo, Mateo. El cansancio se había instalado en su rostro, marcando líneas finas alrededor de sus ojos, que alguna vez brillaron con energía, pero ahora reflejaban el peso de las responsabilidades. Una sombra perpetua se extendía bajo sus párpados, testigo de las noches sin dormir. Su piel, antes luminosa, lucía ahora pálida y un poco cetrina, como si la luz del sol ya no la tocara. Su cabello castaño, que antes caía en ondas suaves y brillantes, ahora estaba opaco y recogido en una cola baja y descuidada, como si no tuviera tiempo ni fuerzas para arreglarse. Sus manos, ásperas por el trabajo constante y las preocupaciones, tenían pequeñas marcas y callosidades, pero siempre encontraban la manera de acariciar a Mateo con una ternura infinita. A pesar de todo, su sonrisa, aunque rara vez aparecía, conservaba un destello de calidez que solo Mateo podía sacar a relucir. Él era su razón de ser, su luz en medio de la oscuridad de la ciudad.
Vivían en un pequeño departamento en un edificio viejo de la colonia Doctores. Las paredes estaban cubiertas de grietas que parecían cicatrices, testigos mudos de décadas de historias. El sonido de los vecinos discutiendo, los perros ladrando en la calle y el traqueteo de los camiones de basura eran el soundtrack constante de su vida. Pero ese lugar, por modesto que fuera, era su refugio. Era el único espacio donde podía estar con Mateo, lejos del caos y el bullicio de la ciudad.
Mateo, de 8 años, era un niño curioso y lleno de energía. Tenía una imaginación desbordante y pasaba horas dibujando cohetes, planetas y astronautas. Soñaba con viajar al espacio, con explorar mundos lejanos donde todo fuera posible. Valeria hacía lo que podía para darle una vida normal, pero la realidad era dura. El dinero nunca alcanzaba. Las facturas se acumulaban como una montaña imposible de escalar, y cada mes era una carrera contra el tiempo para llegar a fin de mes. A veces, en las noches más silenciosas, Valeria se sentía abrumada por la culpa. Culpa de no poder darle a Mateo todo lo que merecía, de no tener más tiempo para jugar con él, de no ser la madre perfecta que él se merecía.
Una tarde, después de un turno particularmente agotador en el call center, Valeria regresó a casa con los hombros caídos y los pies doloridos. Mientras subía las escaleras del edificio, notó algo en la puerta de su departamento. Un sobre rojo, pequeño y elegante, brillaba bajo la luz tenue del pasillo. No recordaba haber visto a nadie dejarlo, pero ahí estaba, como si hubiera aparecido de la nada.
Lo tomó con curiosidad, sintiendo su textura suave y fría bajo sus dedos. Al abrirlo, encontró un código QR y una nota que decía: «Red Bliss: Tu vida, mejorada. Un nuevo comienzo te espera.»
—¿Qué será esto? —murmuró para sí misma, mientras sacaba su teléfono.
Sin pensarlo dos veces, Valeria escaneó el código con su teléfono. La app se descargó casi instantáneamente, como si ya estuviera esperándola. La interfaz era minimalista, con un diseño limpio y moderno. En el centro de la pantalla, un logo rojo brillaba con una intensidad que parecía latir, como si tuviera vida propia. Era hipnótico, casi cautivador.
Al principio, todo parecía normal. La app le ofrecía descuentos en productos para Mateo: ropa de marca a precios irrisorios, juguetes educativos con un 70% de descuento, incluso medicamentos para el asma de Mateo a un costo casi simbólico. Valeria sintió un destello de esperanza, como si una mano invisible le hubiera tendido un salvavidas en medio de un mar de deudas y preocupaciones.
—¿Esto es real? —murmuró para sí misma, deslizando el dedo por la pantalla.
Cada categoría estaba llena de opciones tentadoras. En la sección de alimentos, encontró cupones para cenas gratis en restaurantes cercanos y descuentos en supermercados. En la sección de salud, había promociones para consultas médicas gratuitas y tratamientos especializados. Incluso había una sección de «Ayuda inmediata», donde podía solicitar un préstamo pequeño sin intereses.
Valeria no podía creer lo que veía. Era como si la app hubiera sido diseñada específicamente para ella, para sus necesidades, para su vida. Por primera vez en meses, sintió que el peso sobre sus hombros se aliviaba un poco.
—Mamá, ¿qué es eso? —preguntó Mateo, acercándose curioso.
—Es una app que nos va a ayudar —respondió Valeria, sonriendo—. Mira, podemos comprarte esos zapatos que tanto querías, y también hay descuentos en tus medicinas.
Mateo sonrió, y esa sonrisa fue suficiente para que Valeria sintiera que todo valía la pena. Rápidamente, comenzó a explorar las opciones. Seleccionó un par de zapatos deportivos para Mateo, un juego de bloques de construcción y un inhalador nuevo. Al finalizar la compra, la app le mostró un mensaje: «Gracias por confiar en Red Bliss. Tu pedido será entregado en 24 horas.»
—¿En serio? —pensó Valeria, incrédula—. ¿Tan rápido?
Pero lo que realmente la dejó sin palabras fue lo que sucedió al día siguiente. Mientras desayunaban, sonó una notificación en su teléfono. Era un mensaje de su banco: había recibido un depósito de $5,000 pesos. El asunto decía: «Bono de bienvenida de Red Bliss.»
Valeria casi deja caer el teléfono.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Mateo, mirándola con curiosidad.
—Nada, cariño —respondió Valeria, tratando de contener la emoción—. Solo… algo bueno.
Ese dinero extra era un respiro. Pagó las facturas atrasadas, compró comida para la semana y hasta se permitió el lujo de llevar a Mateo al cine. Por primera vez en mucho tiempo, se sintió menos estresada, más en control. La app no solo le ofrecía descuentos, sino también oportunidades que nunca había imaginado. Consultas médicas gratuitas para el asma de Mateo, clases extracurriculares en línea, incluso un curso de inglés para ella. Era como si Red Bliss estuviera diseñada para mejorar cada aspecto de su vida.
—Esto es increíble —le dijo a su amiga Luisa por teléfono esa noche—. Es como si alguien hubiera escuchado todas mis plegarias.
—Ten cuidado, Valeria —le advirtió Luisa—. Nada en esta vida es gratis.
—Lo sé, pero… ¿y si esta vez es diferente? —respondió Valeria, con un tono de esperanza que no había tenido en años.
Primeras semanas: La ilusión de la mejora
Durante las primeras semanas, todo parecía perfecto. Los pedidos llegaban a tiempo, los descuentos eran reales, y el dinero extra le permitió a Valeria respirar un poco. Mateo estaba feliz con sus nuevos zapatos y juguetes, y Valeria incluso comenzó a tomar el curso de inglés que tanto había querido. La app se convirtió en una herramienta indispensable en su vida, y Valeria la usaba casi a diario.
Sin embargo, poco a poco, comenzaron a aparecer pequeñas señales de que algo no estaba bien. Las notificaciones de la app se volvieron más frecuentes y personales. Mensajes como «Tu hijo no es feliz… pero nosotros podemos cambiarlo» o «¿Qué darías por verlo sonreír para siempre?» aparecían en su pantalla en los momentos más inesperados. Valeria intentó ignorarlas, pero eran difíciles de pasar por alto.
—Mamá, ¿qué es eso? —preguntó Mateo una tarde, señalando una notificación en el teléfono de Valeria.
—Nada, cariño —respondió Valeria, apagando rápidamente la pantalla—. Solo un mensaje de la app.
Pero en el fondo, algo le decía que no todo era tan perfecto como parecía.
Fue en la tercera semana cuando Valeria comenzó a notar cambios en Mateo. Al principio, eran cosas pequeñas: se despertaba en medio de la noche con pesadillas, hablaba en susurros como si temiera que alguien lo escuchara, y pasaba horas sentado en silencio, mirando fijamente la pared como si algo invisible lo hipnotizara.
—Mamá, ¿quién es el hombre rojo? —preguntó Mateo una mañana, mientras desayunaban.
Valeria se quedó helada. La cuchara que sostenía se detuvo a medio camino entre el plato y su boca.
—¿El hombre rojo? —repitió, tratando de mantener la calma—. ¿De qué estás hablando, cariño?
—El que viene en mis sueños —dijo Mateo, como si fuera lo más normal del mundo—. Dice que quiere jugar conmigo.
Valeria sintió un escalofrío recorrer su espalda. No supo qué responder. Solo alcanzó a sonreír débilmente y le acarició el pelo.
—No te preocupes, Mateo. Son solo sueños.
Pero en el fondo, sabía que algo no estaba bien. Algo muy, muy malo.
La espiral descendente
Pasando pocos meses, la situación había empeorado. Las notificaciones de la app se volvieron más insistentes, más inquietantes. Mensajes como «Él ya no te necesita a ti… nos tiene a nosotros» o «¿Sabes qué les pasa a los niños que no cumplen con nuestras expectativas?» aparecían en su pantalla en los momentos más inesperados. Valeria intentó desinstalar la app, pero el botón de eliminación parecía desvanecerse cada vez que lo intentaba.
Mateo, por su parte, ya no era el mismo. Sus dibujos, antes llenos de colores y formas alegres, ahora mostraban figuras humanoides sin rostro, con ojos brillantes y sonrisas demasiado grandes. Sus pesadillas se volvieron más frecuentes, y a veces, Valeria lo encontraba sentado en la cama, murmurando cosas que no podía entender.
—Mamá, el hombre rojo dice que es hora de jugar —dijo Mateo una noche, con una sonrisa que no era la suya.
Valeria sintió que el mundo se le venía encima. Sabía que tenía que hacer algo, pero no sabía qué. La app se había convertido en una parte esencial de su vida, y no estaba segura de querer renunciar a ella. Pero en el fondo, sabía que no tenía otra opción.
El punto de no retorno
Esa noche, mientras revisaba su teléfono, una nueva notificación apareció: «Él ya no es tuyo.» Al levantar la vista, vio a Mateo parado en la puerta de su habitación, con una sonrisa que no era la suya. Sus ojos brillaban con un resplandor rojo, y sus palabras resonaron en la habitación:
—Mamá, el hombre rojo dice que es hora de jugar.
Valeria sintió que el suelo se abría bajo sus pies. Sabía que había llegado al punto de no retorno. La app ya no era solo una herramienta; era una maldición que había consumido a su hijo. Y ahora, no sabía cómo salvarlo.
Los repartidores de Red Bliss
Esa misma noche, los rumores comenzaron a esparcirse como un virus, pero no solo por el vecindario. Las redes sociales explotaron con hashtags como #RedBlissMisterio, #SobresRojos y #Desaparecidos. Al principio, eran publicaciones aisladas: un tuit de alguien que decía haber visto a un repartidor con un rostro «demasiado perfecto», un video borroso en TikTok donde una sombra se movía de manera antinatural al entregar un sobre rojo. Pero pronto, las historias se multiplicaron.
Un hilo en Reddit se volvió viral. Un usuario contaba cómo su hermano había recibido un sobre de Red Bliss y, horas después, había desaparecido sin dejar rastro. «Lo último que dijo fue que iba a ‘cumplir su destino'», escribió el usuario. Los comentarios se llenaron de testimonios similares: gente que había recibido los sobres, personas que aseguraban haber visto repartidores en lugares imposibles, incluso alguien que juraba haber grabado a uno de ellos deslizándose por una pared como si la gravedad no existiera.
En Instagram, los stories se llenaron de videos cortos y perturbadores. Uno mostraba a un repartidor de Red Bliss parado frente a una casa en plena madrugada, completamente inmóvil, con esa sonrisa inquietante que parecía tallada en su rostro. Otro video, subido por un adolescente, capturaba el momento en que un sobre rojo aparecía en su puerta sin que nadie lo hubiera entregado. «¡No hay nadie afuera!», gritaba el chico, mientras la cámara temblaba. El video se compartió miles de veces en cuestión de horas.
Doña Carmen, la vecina de Valeria, no era ajena a todo esto. Se acercó a Valeria con el rostro pálido y las manos temblorosas, sosteniendo su teléfono con un video en reproducción.
—Mira esto —dijo, su voz apenas un susurro—. Es mi sobrino. Lo publicó anoche, justo antes de desaparecer.
En el video, un joven de mirada desesperada hablaba directamente a la cámara: «No usen Red Bliss. No acepten los sobres. Ellos… ellos te eligen. Te encuentran. No importa dónde te escondas». De fondo, se escuchaba un golpeteo en la puerta, cada vez más fuerte, hasta que la pantalla se volvía negra.
Valeria intentó calmarla, pero doña Carmen continuó, su voz cada vez más agitada.
—Yo he visto el logo de Red Bliss en todas partes —dijo, mirando a su alrededor como si temiera ser escuchada—. En las luces del metro, en los reflejos de los charcos después de la lluvia, incluso en los ojos de la gente cuando pasan frente a mí. ¡Está en todas partes, Valeria! ¡No puedes escapar de ellos!
Valeria sintió un nudo en el estómago. Abrió su propia app de Twitter y buscó el hashtag #RedBlissMisterio. Los testimonios se acumulaban: gente que decía haber visto el logo de Red Bliss en lugares imposibles, como en los reflejos de los espejos o en las pantallas de sus dispositivos cuando estos se apagaban. Alguien publicó una foto de un charco en la calle, donde el agua reflejaba el logo de Red Bliss, aunque no había ningún cartel o anuncio cerca.
Pero lo más aterrador eran los mensajes directos que algunas personas comenzaron a recibir. Cuentas anónimas con nombres como @RedBlissDestino enviaban mensajes crípticos: «Tu turno está cerca», «El rojo es tu destino», «No puedes escapar». Algunos usuarios compartían capturas de pantalla de estos mensajes, solo para desaparecer de las redes horas después, sus cuentas borradas como si nunca hubieran existido.
Valeria cerró su teléfono, sintiendo que el aire a su alrededor se volvía más pesado. El miedo ya no era solo local; se había convertido en una epidemia digital, un virus que se propagaba más rápido de lo que cualquiera podía comprender. Y lo peor era que, en el fondo, sabía que no podía hacer nada para detenerlo. Porque Red Bliss ya estaba en todas partes.
Intrigada y cada vez más alarmada, Valeria decidió investigar. Abrió su laptop y buscó información sobre Red Bliss, pero cada intento fue en vano. Las páginas web relacionadas con la app aparecían en blanco, o mostraban mensajes crípticos que parecían dirigirse directamente a ella: «No puedes escapar», «Ellos ya te eligieron», «El rojo es tu destino».
Frustrada, cerró la laptop y se recostó en su sillón, mirando fijamente la ventana. Afuera, la lluvia comenzó a caer, golpeando los cristales con fuerza. En el reflejo de la ventana, por un breve instante, creyó ver el logo de Red Bliss brillando en la oscuridad.
Al día siguiente, mientras caminaba hacia el trabajo, Valeria notó algo extraño. La gente a su alrededor parecía distante, como si estuvieran bajo algún tipo de hechizo. Algunos llevaban sobres rojos en las manos, y sus rostros mostraban una expresión vacía, casi robótica.
Entonces, lo vio. Otro repartidor de Red Bliss, idéntico al primero, estaba parado en la esquina de la calle. Esta vez, sus ojos se encontraron con los de Valeria, y una sonrisa demasiado amplia se dibujó en su rostro.
—Tu turno está cerca —murmuró, aunque sus labios no se movieron.
Valeria sintió que el mundo giraba a su alrededor. Sabía que no podía ignorarlo por más tiempo. Algo siniestro se escondía detrás de Red Bliss, y estaba decidida a descubrir qué era, antes de que fuera demasiado tarde.
Pero ¿y si ya lo era?
El horror se intensifica
Mateo siguió actuando de manera aún más extraña. Una noche, Valeria lo encontró de pie en la cocina, mirando fijamente la pared. La luz de la luna entraba por la ventana, iluminando su rostro pálido y sus ojos vidriosos.
—Mateo, ¿qué haces despierto? —preguntó Valeria, acercándose a él con cuidado.
Mateo no respondió de inmediato. Luego, giró lentamente la cabeza hacia ella y dijo con una voz que no era la suya:
—Ellos quieren que juegue con ellos.
Valeria sintió un escalofrío recorrer su espalda. Esa voz no era la de su hijo. Era grave, casi gutural, como si algo más estuviera hablando a través de él.
—¿Quiénes son «ellos», Mateo? —preguntó, tratando de mantener la calma.
Mateo solo sonrió, una sonrisa demasiado amplia, demasiado perfecta. Luego, volvió a mirar la pared y murmuró algo que Valeria no pudo entender.
Figuras en la oscuridad
Valeria comenzó a ver sombras en los rincones de su casa, especialmente cerca de Mateo. Una noche, despertó escuchando risas infantiles. Al principio, pensó que era Mateo, pero cuando entró a su habitación, lo encontró dormido. Las risas provenían de afuera, en la calle vacía. Al asomarse por la ventana, vio a un grupo de figuras rojas paradas bajo la luz de un farol. No tenían rostro, solo sonrisas demasiado grandes y ojos brillantes que la miraban fijamente.
—Mamá… —susurró Mateo desde su cama, sin despertar—. Ellos quieren que juegue con ellos.
Valeria corrió hacia él, pero cuando lo abrazó, notó que su cuerpo estaba frío, como si llevara horas expuesto al viento de la noche.
La noche del terror
Una noche, Valeria escuchó ruidos en la habitación de Mateo. Cuando entró, encontró la ventana abierta y a Mateo parado en el borde, mirando hacia afuera con una sonrisa vacía.
—Mateo, no… —gritó Valeria, corriendo hacia él.
Pero antes de que pudiera alcanzarlo, Mateo saltó hacia la oscuridad. Valeria corrió hacia la ventana, pero no había rastro de él en la calle. Solo vio a un repartidor de Red Bliss, sosteniendo la mano de Mateo. El repartidor la miró y le dijo con una voz fría y mecánica:
—Gracias por confiar en Red Bliss.
Luego, ambos desaparecieron en la oscuridad.
El inicio de una pesadilla
Valeria quedó paralizada, incapaz de entender lo que acababa de suceder. En su mesa, encontró otro sobre rojo. Al abrirlo, el mensaje decía: «¿Quieres ver a tu hijo de nuevo? Descarga la actualización».
La app de Red Bliss se actualizó sola en su teléfono, mostrando una nueva interfaz con un mensaje: «Bienvenida a la familia».
La app se actualiza
Valeria intentó desinstalar la app, pero no pudo. Cada vez que lo intentaba, el teléfono se congelaba y la app volvía a aparecer. Las notificaciones se volvieron más frecuentes, más urgentes.
—¿Quieres ver a tu hijo? —decía una.
—Solo tienes que pedirlo —decía otra.
Valeria se sentó en el suelo, llorando. No sabía qué hacer. No sabía a quién acudir. Lo único que sabía era que su hijo estaba en peligro, y que ella haría lo que fuera necesario para salvarlo.
La revelación en el callejón
Las figuras rojas se apartaron, revelando a Mateo suspendido en el aire. Su cuerpo brillaba con un resplandor dorado, como si su energía vital estuviera siendo extraída.
—Es delicioso… —rugió una voz que venía de todas partes—. La inocencia tiene un sabor único. ¿Verdad, Valeria?
Valeria cayó de rodillas, sintiendo el peso de una presencia ancestral. No era un demonio… era algo peor: un parásito cósmico, tan viejo como el miedo mismo.
—¿Qué le hiciste? —gritó.
—Nada que no hicieras tú —respondió la voz—. Nos diste acceso a su mente cuando descargaste la app. El dinero que recibiste… los descuentos… todo era tu energía convertida en números. Los humanos son tan fáciles de chantajear con sus propias ambiciones.
El chantaje energético
—Tú creíste que te ayudábamos, pero solo estábamos cocinándote a fuego lento —continuó El Diablito—. Cada compra, cada depósito… era una gota de tu esencia volviéndose nuestra. Y cuando te asustaste… ¡Ah! Ese miedo fue un banquete.
Valeria entendió. Red Bliss no quería almas: quería la chispa que hacía humanos a los humanos. Ese algo único que ni la ciencia ni la magia podían replicar. Y El Diablito se alimentaba de ello, como un vampiro digital.
El destino de Mateo
—Tu hijo es especial —susurró la voz—. Su energía es… pura. No como la tuya, llena de culpa y deudas. Él durará décadas.
Valeria vio entonces la verdad: Mateo estaba encerrado en una celda de cristal etérea, flotando en un vacío rojo. Su energía dorada era drenada lentamente a través de tubos que conectaban con miles de sobres rojos en el mundo real.
—¡Suéltalo! —exigió Valeria.
—Claro —rió El Diablito—. Pero necesitaremos un reemplazo… Alguien que reparta nuestros sobres y cace nuevas energías. ¿Adivinas quién?
El pacto
Valeria firmó. No tuvo opción. Al hacerlo, sintió cómo su energía se mezclaba con la de Red Bliss: ahora era inmune al envejecimiento, pero también incapaz de morir. Su cuerpo se convirtió en un puente entre lo humano y lo parásito.
Al salir del callejón, encontró a Doña Carmen esperándola. La vecina tenía un sobre rojo en la mano y lágrimas en los ojos:
—Lo siento, m’ija —dijo—. A mí me chantajearon con la diabetes de mi marido. Pero a tu hijo… yo lo cuidaré.
Valeria asintió. Doña Carmen era ahora la «nodriza» de Mateo, otra víctima atrapada en el sistema. Su rol: mantener vivo su cuerpo en un departamento en Tepito, mientras su energía seguía siendo explotada.
Epílogo: Red Bliss se expande
Un mes después, Guadalajara.
Valeria, ahora con ojos rojos y piel tan pálida que translucía venas oscuras, dejó un sobre rojo en la puerta de una influencer famosa. La joven tenía deudas, adicciones… y una energía que a El Diablito le encantaría saborear.
En su teléfono, una notificación de Red Bliss brilló:
«Nuevo chantaje disponible: Fotos íntimas de @MarianaGzz. Recompensa: $500,000 MXN».
Valeria apretó el puño. Cada chantaje alimentaba la red, pero también dejaba rastros. En algún lugar, pensó, habrá una manera de invertir el flujo… de quemar a El Diablito con su propio fuego.
Mientras caminaba hacia la siguiente víctima, susurró para sí:
—Mateo, espérame.
Y en las sombras, algo rojo y ancestral sonrió.
Gardenia Verchiel.