Sin fronteras

Sin fronteras.

Yo no crucé una frontera.
La frontera me atravesó a mí.

Atravesó mi historia, mi cuerpo, mi nombre.
Se metió en mis zapatos rotos, en mi mochila ligera,
en el silencio que aprendí a usar para sobrevivir.

Porque cuando eres mujer migrante,
aprendes pronto que hablar puede ser peligroso
y callar, a veces, la única defensa.

Nací en un lugar que ya no existe para mí.
No porque haya desaparecido del mapa,
sino porque dejó de ser hogar.
La violencia lo ocupó primero.
Luego el miedo.
Y finalmente, la decisión más difícil: irme.

Me fui sin despedidas largas.
Sin promesas seguras.
Con una niña tomada de la mano
y otra dormida en mi espalda.

Me fui cargando preguntas que aún no sé responder:
¿cómo se explica a una niña que no huimos por cobardía,
sino por amor?
¿Cómo se le dice que dejarlo todo también puede ser un acto de valentía?

En el camino entendí algo muy claro:
migrar no es solo cambiar de país.
Es cambiar de identidad.

Dejas de ser maestra, vendedora, estudiante, vecina.
Te conviertes en “la migrante”.
Y si eres mujer,
en una migrante a la que muchos creen débil,
pero a la que todos exigen fortaleza.

Dormí donde se podía.
Comí cuando alcanzaba.
Caminé con el miedo como sombra,
ese miedo que no se ve
pero que te obliga a mirar atrás,
a apretar más fuerte la mano de tus hijas,
a rezar en silencio para que nadie note tu cansancio.

Porque el cansancio también atrae peligro.

Ser mujer en ruta es vivir en alerta permanente.
Aprender a leer miradas.
A reconocer pasos.
A proteger tu cuerpo como si fuera territorio sagrado
en un mundo que insiste en invadirlo.

Y aun así, seguimos.
Porque rendirse no es opción
cuando llevas una infancia dependiendo de ti.

Mis hijas no entendían de documentos.
No sabían qué era un estatus migratorio.
Ellas solo sabían que tenían frío,
que extrañaban su casa,
que preguntaban cuándo podrían volver a la escuela.

Escuela.
Esa palabra tan simple
y tan lejana para tantas niñas migrantes.

Porque hay niñas que cruzan fronteras
antes de aprender a leer,
que aprenden a huir
antes que a jugar,
que memorizan rutas
antes que canciones.

Niñas que no deberían saber
lo que es el miedo de una noche oscura
ni el silencio forzado de una amenaza.

Pero lo saben.
Lo viven.
Y aun así, sueñan.

Sueñan con ser doctoras, artistas, maestras.
Sueñan sin papeles,
sin permisos,
sin fronteras.

Y entonces llegamos.
O creemos llegar.

Porque el destino no siempre es refugio.
A veces es otra prueba.

Otra mirada que juzga.
Otro acento que delata.
Otra puerta que no se abre.

Nos llaman “ilegales”.
Como si una persona pudiera serlo.
Como si nacer en un lugar equivocado
anulara nuestra humanidad.

¿Ilegal por qué?
¿Por salvar a mis hijas?
¿Por negarme a aceptar la violencia como herencia?
¿Por creer que la vida puede ser más que sobrevivir?

No pedimos privilegios.
Pedimos lo básico.
Lo justo.
Lo humano.

Que una mujer migrante no tenga que elegir
entre denunciar una agresión
o ser deportada.

Que una niña migrante no tenga que esconder su origen
para ser aceptada en un aula.

Que nuestras historias no se reduzcan
a cifras,
a titulares,
a discursos vacíos.

Porque detrás de cada mujer migrante
hay una red invisible de cuidados.
Madres que sostienen.
Hijas que resisten.
Abuelas que esperan noticias al otro lado del teléfono.

Migrar también es duelo.
Duelo por lo que se deja.
Por quien se queda.
Por la versión de ti que no pudo continuar.

Pero también es resistencia.
Es reconstruirse con lo poco que se tiene.
Es levantarse cada día
aunque el mundo te recuerde que no perteneces.

Yo pertenezco a mis hijas.
Ellas son mi país.
Mi bandera.
Mi razón.

Y por ellas sigo hablando.
Aunque tiemble la voz.
Aunque duela recordar.

Hablo por las que no llegaron.
Por las que desaparecieron en el camino.
Por las que callaron por miedo.
Por las niñas que aún caminan con una muñeca en la mano
y un futuro incierto en la espalda.

Hablo para que el mundo entienda
que ninguna mujer migra por gusto,
que ninguna niña debería crecer sin derechos,
que ninguna frontera vale más que una vida.

Soñamos con un mundo
donde la protección no dependa del pasaporte,
donde la infancia sea sagrada sin importar el origen,
donde ser mujer migrante
no signifique estar en riesgo constante.

Un mundo sin fronteras para la dignidad.
Sin fronteras para la justicia.
Sin fronteras para las mujeres y las niñas migrantes.

Porque mientras exista una niña obligada a huir,
ninguna frontera será legítima.

Y mientras exista una mujer dispuesta a proteger,
la esperanza seguirá caminando.

José de Jesús Ceniceros Ojeda
México.

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