Sepelio.
Las campanas del viejo campanario tañen de ecos anunciando tu partida y un nuevo recorrido.
El alma se enreda en ellas, despacio, tranquila, en paz y serena, mientras se escapa a un celeste cielo.
Como las notas más sublimes emitidas desde un tierno piano.
Dejas un te amo y una sonrisa hablando con el silencio, en un velorio repleto de familiares y amigos tristes. Llorando mucho, llorando tantito.
No temas a la muerte, la muerte es buena, no le temas como yo le temo.
A tu entierro no iré yo, si algún día jamás podrás ir al mío, ni por ruego.
Te daré mi mano, cuando la muerte venga por mí, en algún largo o corto momento. Por ahora tu epitafio me imagino: Aquí yaces, Tú.
William García Molina.