Allegro

ALLEGRO

Recostado en la hierba, un allegro vivace molto presto en sol menor, primero el tímido trino de un gorrioncillo, a él le sigue otro en contestación y se unen en un bello dueto de flautines que despiertan de pronto.

El canto del gallo, amo y señor del clarín, toca a diana avisando a toda la naturaleza el surgimiento del nuevo día, y tras él, rompen en un coro con todo su esplendor el graznido agudo y poco enfático de la urraca negra en la copa de un fresno, posada en una frágil rama, desafiando las leyes naturales.

En una palmera imperial, escondidos a la vista de los curiosos, los jilgueros elevan sus cánticos, y en un añoso roble el cardenal, con su vistoso plumaje encarnado, gorjea alegremente.

El campo despierta y los bajos tonos del rebuzno de un asno y el ronco mugido del becerro completan el cuadro sinfónico.

La brisa suave trae el delicado olor campestre, el sol menor me permite ver el colorido de un pasto verde pálido casi amarillento, en contraste del verde oscuro del hule, las bugambilias moradas y lilas contribuyen al embellecimiento del escenario, los geranios rosados y las florecillas amarillas, al fondo los dos peñones cortados a tajo esperan como dos timbales el turno de dejar escuchar su trueno, y el gallardo Popocatépetl engalanado de blanco se deja ver al norte.

La mañana es fresca y tranquila, eleva su espíritu y me lleva a ti, a ti pequeñita que tanto alegras mi vida en la selva gris de asfalto y concreto, la añoranza me hace recordar tus negros ojazos y tu alegre sonrisa, jugueteando juntos entre los prados y a la vera del arpa cristalina que se desplaza armónicamente entre las piedras cuesta abajo.

Aquí vida mía, en que el movimiento de allegreto presto vivace en sol menor termina y da paso al allegro en sol mayor, las nubes se deslizan ceremoniosamente en la bóveda celeste que Velasco intentó plasmar en sus cuadros con azules jamás igualados por el pincel de los pintores.

Sinfonía en sol mayor que Beethoven trató de grabar en la partitura de su sinfonía Pastoral, pero que ante los ojos y las vidas de los mortales no es ni la mínima parte de la sinfonía natural.

Todo me invita a reflexionar en tu figura, a meditar en la trascendencia del amor a la vez que nos une nos mantiene separados, en ese amor que nos une en el que todo es Amor.

Desde lo alto de uno de los peñones, en la soledad, acompañado siempre de Dios y de tu imagen, con las manos polvorientas y fortalecidas por el esfuerzo de haber estado aferradas a las grietas, empapado por el sudor de un sol mayor en el cenit, veo el valle con sus mil tonalidades de verdes y amarillos, contemplo el majestuoso vuelo del águila, y allá, al fondo, tus formas me impulsan a seguir cada vez más alto para lograr alcanzarte en tu nicho de pureza.

Phillip H. Brubeck G.
México.

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