Enlazados.
Ven, toma mi brazo, caminemos juntos, así, enlazados.
No hay prisa, vayamos a tu ritmo, pasito a pasito, por las calles de la ciudad, gocemos el aire fresco de esta mañana, dejemos penetre hasta el fondo de nuestros pulmones para revitalizarnos, sentir el aliento divino en todo nuestro cuerpo.
Escucha los trinos de los pajarillos, están contentos de verte pasear. Escondidos entre las ramas de los árboles comparten sus cantos para deleitarte como todos los días, quieren que los busques, igual que cuando recién casados salíamos a caminar.
Han pasado ya treinta y siete años, siempre juntos, con los brazos enlazados, para nunca separarnos. Sentir al contacto de tu cuerpo la energía de la vida, del amor que fluye sin cesar. Tu brazo reposa ligero en el mío, nos apoyamos el uno al otro, así caminamos mejor por esta vida. Este es nuestro momento, el presente de dos almas unidas por Dios, mientras la fragancia de las flores enmarca nuestra tranquila felicidad.
Así como vamos, no son necesarias las palabras, sin ellas nos transmitimos los pensamientos; es la armonía de dos vidas que, por el paso del tiempo, en realidad es una sola compartida.
Dame tu mano, dejemos que nuestros dedos se mantengan entrelazados como cuando éramos novios, recorramos las calles que nos vieron tantas veces pasar, para ir al cine, o a tomar un café o un simple paseo para ir tejiendo los sueños de un futuro que ahora ya son hechos pasados. Recordemos los momentos maravillosos que hemos vivido, lo que tantas satisfacciones nos ha producido. ¿Te acuerdas cómo jugábamos con los niños aquí en el parque? Sus gritos de alegría, las risas de los juegos y nosotros correteando con ellos, ¿o las fiestas con los amigos cuando reíamos sin parar?
Sentémonos un rato en esa banca, a la sombra de los árboles, te noto un poco cansada de tus piernas, a veces es necesario hacer un pequeño descanso para recuperar las fuerzas, ya nuestros cuerpos no responden igual. Recuerdo aquellos dolores, los achaques de nuestros cuerpos, las enfermedades tuyas o mías. Pero lo más fuerte eran las penas del alma, aquellas que hacen sufrir hasta lo más profundo, pero que unidos hemos podido superar, nos han fortalecido; experiencias que nos ayudan a seguir adelante.
Caminemos juntos, así enlazados, hacia ese futuro que nos espera. Sólo Dios sabe lo que vendrá, pero en cumplimiento a la promesa que nos hicimos ante el altar, seguiremos juntos, con ese amor que aquel 8 de abril nos unió, con ese amor en constante crecimiento.
Phillip H. Brubeck G.



