Donde haya desesperación, ponga yo esperanza

DONDE HAYA DESESPERACIÓN, PONGA YO ESPERANZA.

“Donde haya desesperación, ponga yo esperanza”, es la petición del séptimo verso de la oración de San Francisco. Nos ha tocado un tiempo difícil, las crisis económicas, la violencia social y otras circunstancias adversas que atosigan el alma humana sin darle descanso, esto genera en muchas personas desesperación, ese estado anímico de alteración extrema producto de la frustración de no alcanzar los objetivos planteados, o por no tener la oportunidad de conseguir la paz, la tranquilidad; genera cólera en contra de todas las causas internas y externas de insatisfacción personal; provoca la pérdida de la esperanza. Como lo explica Søren Kierkegaard en su Tratado de la desesperación, “el desesperado es un enfermo de muerte” cuando llega al grado extremo. Dicen que uno desespera cuando le falta paciencia al no obtener en el primer intento el resultado apetecido; cuando falta la habilidad psicomotora en una actividad manual y hace que se abandone lo que se estaba haciendo; malhumorarse por la lentitud del tráfico vehicular en la hora de mayor afluencia cuando uno lleva una urgencia; molestarse por la obcecación estulta del interlocutor. El filósofo danés especifica que “desesperar de algo no es, pues, todavía, la verdadera desesperación; es su comienzo; se incuba, como dicen los médicos de una enfermedad. Luego se declara la desesperación: se desespera de uno mismo.” Cuando se llega a este grado la inconformidad llega al grado de “querer deshacerse del yo”.

“La virtud de la esperanza (explica el Catecismo de la Iglesia Católica) corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna. El impulso de la esperanza preserva del egoísmo y conduce a la dicha de la caridad.”

Para comunicar la esperanza al otro hay que hacerlo con mucho tacto en el trato humano, mucho amor. Es proporcionarle tranquilidad, seguridad en sí mismo, confianza en la humanidad y en Dios. De esta forma también se contribuye a dotarle de armonía interna en su ser, y cuando esto se logra, al desaparecer su angustia, esa persona llega a reconciliarse consigo misma y como consecuencia con toda la sociedad.

Phillip H. Brubeck G.
Del libro: “La oración de San Francisco”.
Ediciones Bellas Letras.

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