LA HUMILDAD
Hoy, más que en tiempos pasados, se confirma la teoría de Jean Piaget en el sentido de que el educando es el descubridor de sus conocimientos, así como de María Montesori en cuanto a la importancia del aspecto lúdico del proceso de aprendizaje, todo ello con la ayuda de la computadora que permite al niño ingresar con facilidad a infinidad de juegos y enciclopedias que se presentan en discos compactos, o a través de la Internet que nos auxilia a conocer todo el mundo, sus museos y bibliotecas.
Es por ello que ahora los niños aprenden más cosas fuera de la escuela que lo que reciben en las aulas, lo que hace más difícil la labor del maestro, ya que al tener los niños mayor información, y por ser poseedores de un sistema lógico puro, pueden deducir con facilidad muchas cosas.
Hace poco más de un año, me tocó conocer el caso de un niño de tercer año de primaria, a quien en un examen mensual le preguntaron los pasos para la redacción de un texto, a lo que contestó, siguiendo exclusivamente los principios lógicos: 1) Seleccionar el tema, 2) Ordenar las ideas, 3) Redactar el borrador, 4) Revisar el texto, 5) Corregir. La maestra dijo que el orden de los dos últimos pasos era inverso, sin presentar fundamento alguno, y el niño, auxiliado por su padre, presentó copias de libros que le daban la razón, pero la maestra no cedió.
Lo único que se consiguió en este caso, es que al haber sido apoyado por su padre y los textos de maestros en redacción, el conocimiento del niño se confirmó, pero el alumno consideró que ya no podía confiar más en su maestra, por lo que el padre tuvo que señalarle que no era motivo suficiente para que siempre desconfiara de ella, ya que como humanos todos podemos cometer errores.
Este caso nos demuestra que una de las principales virtudes que debemos cultivar los educadores, incluyo aquí a los maestros y a los padres de familia, es la de la humildad, saber reconocer nuestras limitaciones frente a los pupilos e inclusive nuestros errores para poder corregirlos, y aún más, estar siempre dispuestos a aprender de ellos, aunque en nuestros tiempos de la infancia no fuera así, ya que seguíamos mucho la máxima escolástica de “magister dixit”, y por lo tanto lo que decía el maestro siempre era lo correcto.
Las reacciones que los niños pueden tener ante la falta de humildad del maestro al no reconocer sus errores o no permitir que el alumno lo corrija o enseñe algo nuevo, pueden ser lo que se constató entre varios de los niños del mismo grupo. El primero ya expuesto, es el de la desconfianza, porque para el niño si alguien se equivocó quiere decir que siempre estará mal. Otra reacción es la tradicional de que si el maestro lo dijo, está bien sin discusión alguna, y por lo tanto el niño seguirá con el error, probablemente por muchos años. La última, puede ser la de desincentivar a los niños en el proceso de enseñanza-aprendizaje, al nulificar su espíritu de investigación, lo que puede empujarlos a la apatía.
El ejemplo lo tenemos en uno de los maestros más humildes que ha tenido la humanidad: Sócrates, quien dijo “Yo sólo sé que no sé nada”, porque mientras más información se adquiere, más dudas aparecen, y a final de cuentas no es posible obtener la suma de los conocimientos desarrollados por la especie humana a través de los siglos.
A final de cuentas, todos los grandes educadores han aprendido muchas cosas directamente de sus pupilos, así lo han aceptado ellos, y más ahora, en este mundo cibernético que es la ruta de navegación por el cosmos de nuestros niños, en que los adultos apenas empezamos a incursionar, que todos debemos cultivar más la virtud de la humildad y permitir que sean los pequeños que tenemos en el aula o nuestra casa, los que nos enseñen cosas nuevas.
Phillip H. Brubeck G.
México.



