Crónica de Nüremberg

Valioso incunable.

 

 

El libro incunable.

Un tesoro de la Biblioteca de Durango.

«Hic et nunc». Aquí y ahora, hoy soy yo quien habla…

con la deferencia que me da la edad de ser el mayor de todos mis hermanos que desde este momento nos hospedamos en este nuestro nuevo hogar.

Sí, vengo desde tierras muy lejanas, nací en Nüremberg, en la rivera del Pegnitz, en la Franconia Central, la célebre Ciudad Imperial Libre del Sacro Imperio Romano Germánico. Esta es la tierra que me vio nacer en aquel año del señor de 1493, honor de origen que comparto con el gran maestro pintor, mi contemporáneo Alberto Durero, quien me regaló algunos de los grabados que me adornan.

De la pluma de Hartmann Schedel, mi idioma de origen es el latín de aquella época, expresado con letra tipo gótica bastarda en el texto general. Al salir de la prensa en el taller del maestro Anton Koberer, me vistieron con un hermoso y fuerte cuero de chivo, pues habrán de saber que soy un incunable impreso 43 años después de que Juan Gutenberg inventara la tipografía móvil que revolucionó la imprenta, y hay quienes afirman soy la obra maestra de la imprenta incunable. Mi nombre es Crónica de Nüremberg, tuve un tiraje de 700 ejemplares, de los cuales ya nada más sobrevivimos 552 en todo el mundo, de ellos, seis estamos en México. Contengo la historia del mundo recopilada hasta ese momento, aunque todavía no me tocó narrar el glorioso viaje realizado por el genovés Cristóbal Colón un año antes de mi nacimiento. Quien iba a decir que años después, en las manos de un culto español habría de seguir el mismo camino hasta las tierras de la Nueva España.

La Crónica de Nüremberg en la Biblioteca de Durango.

Después de mi tercer centenario, llegué a la casa del erudito José Fernando Ramírez, en la ciudad de Durango en México, ahí conocí a otro incunable, un «Panormitanus» de siete tomos, y por coincidencia él es siete años más joven que yo, es del 1500. Ahí se inició nuestra amistad bajo el cuidado amoroso de Don José, quien en repetidas ocasiones nos consultaba. Sin embargo, un buen día tuvimos que dejar ese lugar tan hermoso, una parte del acervo fue vendido a la Biblioteca Británica, la otra al Gobierno del Estado de Durango. Fue en este segundo lote donde el destino me llevó a formar parte del inicio de la biblioteca central del estado en 1851, junto con otros siete mil hermanos. Luego se unieron a nosotros los libros que integraron la biblioteca del Marqués de Castañiza.

Mientras que Panormitanus y yo fuimos cayendo en desuso, porque la gente dejó de estudiar el latín, o decían que nuestras ideas estaban atrasadas, poco a poco fueron llegando nuevos huéspedes, jóvenes, fuertes, de ideas modernas, y por lo tanto, los más solicitados, así nos fueron relegando a un rincón donde de vez en cuando, un curioso ratón llegaba a quitarnos el polvo y consentirnos al acariciar nuestras hojas con sus manos, hasta terminar como los grandes tesoros, escondidos en un oscuro rincón.

Cada vez que escuchábamos el estallido de una guerra, muy comunes en los primeros tres cuartos del siglo XIX, nos poníamos a temblar. Sin poder movernos ni defendernos, somos pasto fácil de las llamas. Muchos de nosotros lo decimos con claridad, como cuando se incendió la biblioteca de Alejandría. Así sobrevivimos a la Reforma, la Intervención Francesa y luego, ya en el siglo XX la Revolución Mexicana. Durante el Porfiriato pudimos estar tranquilos, aunque a quienes tenemos algo que ver con los aspectos religiosos, los positivistas nos relegaron aún más, y el terror se apoderó de nosotros cuando los extremistas revolucionarios sólo aceptaban como válidas las ideas marxistas.

El mundo giró nuevamente, lloré mucho cuando un amigo, recién llegado a nuestro hogar, me platicó como una segunda gran guerra europea había dejado en ruinas mi Nüremberg natal, aunque aquí en Durango gozábamos de una santa paz.

Hemos cambiado de casa en diversas ocasiones, de las últimas que recuerdo es aquel edificio que se encontraba en las alamedas, a un costado de la Plazuela Baca Ortiz, en la calle Juárez. Luego nos pusimos muy contentos cuando Don José Ignacio Gallegos Caballero, ese bondadoso y sabio historiador y cronista de la ciudad, nos llevó a la cumbre del cerro del Calvario. Ahí celebré con gran alegría mi quinto centenario, junto con mis antiguos compañeros. Sin embargo, permanecimos aislados del resto de nuestros compañeros, como en un asilo de ancianos, en el piso bajo, separados por una austera cortina de madera. De vez en cuando, por las noches, algún alacrán, antiguo habitante de las rocas de este cerro, ávido de sabiduría se metía entre nuestras páginas para aprender de las cosas antiguas, nuevas para él.

En la Torre del Libro Antiguo.

En los últimos años, Óscar Jiménez Luna ha tenido una gran preocupación por nosotros, amoroso nos atendió, a todos nos quitó el polvo. Tanto a Panormitanus como a mí, con una buena limpieza nos regresó la belleza de nuestras pastas de cuero de chivo; a otros les restauró las pastas y a varios los reencuadernaron.

Hoy, los viejos del siglo XV al XIX estamos de gran fiesta, Óscar nos ha trasladado a nuestro nuevo hogar, es una torre alta desde donde podemos ver la belleza del Valle del Guadiana durante sus coloridos amaneceres. Me colocó en sitio de honor, como diciendo: “He aquí la obra maestra de los incunables, nuestra joya más grande”. Sí, me puso en una vitrina, al fin abiertas mis páginas a todo el público, y a mi lado dos libritos de pastas negras escritos por nuestro benefactor de hace dos siglos: Don José Fernando Ramírez, con quienes puedo seguir conversando. Gracias a los avances de la tecnología, tenemos una atmósfera controlada, con la temperatura y la humedad requeridas para conservarnos mejor, libres del polvo y los hongos.

Una noche, Óscar trajo a sus amigos para conocer nuestra nueva casa. Hubo de todos, desde los políticos y otras personas que pusieron su cara de circunstancia “muy interesante”, aunque en realidad no entendieran ni les interesara nada, hasta los historiadores, escritores e intelectuales que nos miraron con asombro, admiración, respeto; veía cómo se les movían los dedos controlando sus ansias por tomarnos entre sus manos para hojearnos, para leernos. Espero que estos bibliófilos algún día vengan a visitarnos, pues no hay nada más alentador, gratificante, para nosotros los viejos, que la visita de los humanos, siempre jóvenes, pues rara vez traspasan la frontera de la centuria, pues con ellos podemos dialogar, compartir nuestros conocimientos. Al final de esa noche, todos los invitados brindaron por nosotros, por nuestro protector.

Phillip H. Brubeck G.

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