Casida rota para un invierno triste

CASIDA ROTA
PARA UN INVIERNO TRISTE

«Seguid vuestro camino
hacia la nada
y borrad este nombre
en la memoria».
José CORREDOR-MATHEOS

I

LO HUMANO DE LOS SIGNOS pertenece a la nieve.

Como el agua que vemos
respirar en lo oscuro,
como el árbol dorado que se quiebra
desde la perspectiva de los pájaros.

Muy cerca de nosotros,
detrás de lo imposible,
la noche está encendida sobre los manantiales
bajo su propia noche.
Intacta en su costumbre, detenida
en la concavidad de su reflejo.

Muy cerca de nosotros,

junto a las alambradas,

el camino se estrecha alrededor del frío.

II

CAMINAMOS DELANTE de la infamia,
entre sus dos tristezas.

Oficiamos el tiempo de los justos.

Sobre una piedra blanca suspendida en la tarde,
al borde de una hoguera que todavía es ceniza,
ofrecemos el diezmo para los sacrificios,
el vino fermentado y el pan ácimo,

estatuillas de jade, amuletos de bronce,
recipientes de mimbre para guardar especias.

Por debajo del día,
mientras la cera arde al fondo del silencio
interior de las cosas,

una luz amarilla ensucia el mundo.

Junto al pueblo quemado,
la playa es el refugio de los lobos.

III

ESCUCHAD EL CANSANCIO, la agonía
nocturna de las bestias,

su prolongada búsqueda.

Respiran sigilosas,
dormitan al acecho hasta romper el círculo.

Después de tanta muerte
nos observan esquivas,
vigilantes.

Mañana serán suyos nuestros sueños.

IV

CASI TODAS LAS LUNAS se parecen.
Casi todos los gritos.

Tiemblan en lo profundo de la tierra,
junto a los grandes lagos,
entre las altas ramas de nuestra mansedumbre.

¿Qué queda de la noche cuando es noche cerrada?

Bajo esta sombra inmóvil,
el cerco inevitable,

la farsa, el abandono.

La vida se confunde con la vida.

V

LA MADERA TALLADA de los setos
con los bordes de ámbar,
la hiedra que respira en las molduras
de los bosques pintados
mientras cubre de arena los cerezos silvestres.

La semilla de brezo junto a la flor del fondo.

A pesar de esta dulce vocación del poema,
bajo el cielo plomizo de las litografías,
el ruido de las hojas
no pudo conducirnos a ser hospitalarios.

VI

PROBABLEMENTE EL MAR no entiende de naufragios.
Al menos en lo oscuro.

En el último instante de la luz.

Ana Garrido Padilla.

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