Hacia una paz desarmada y desarmante

HACIA UNA PAZ DESARMADA Y DESARMANTE.

En estos días la mayoría de la gente vive atemorizada por la violencia generalizada, en el seno del hogar los hermanos pelean entre sí. Los delincuentes se han adueñado de pueblos y ciudades, por todos lados vemos robos, violaciones, secuestros, asesinatos. Malos gobernantes solo buscan el beneficio propio con la mentira y el engaño, el abuso de la fuerza, se enriquecen a costa del pueblo con total impunidad, tal parece que no existen la ley ni la justicia. Las naciones cierran las puertas a los migrantes. Los países despliegan su fuerza bélica unos contra otros destruyendo todo a su paso. En su desesperación la gente levanta su clamor a Dios: “Hasta cuando Señor, hasta cuando habrá justicia y paz.”

Con el inicio del nuevo año, este 1 de enero de 2026, en el marco de la LIX Jornada Mundial de la Paz, el Papa León XIV ha lanzado a todo el mundo su mensaje “Hacia una paz desarmada y desarmante”, son palabras de esperanza con una exhortación al desarme para lograr la paz en todo el orbe, a suspender todas las guerras.

“Pareciera que faltan las ideas justas” –puntualiza el Papa–, “las frases sopesadas, la capacidad de decir que la paz está cerca. Si la paz no es una realidad experimentada, para custodiar y cultivar, la agresividad se difunde en la vida doméstica y en la vida pública.”

Pero es una esperanza que no se queda en el aire como una utopía, porque todos los seres humanos podemos ser los artífices de esa paz. El sumo pontífice nos invita a experimentar la paz, a cultivarla, a custodiarla, y para ello es necesario interiorizarnos para lograr en primer lugar la paz en nuestras almas, tener la armonía de nuestro ser con Dios, para ello recuerda las palabras de San Agustín: «Tened la paz, hermanos. Si queréis atraer a los demás hacia ella, sed los primeros en poseerla y retenerla. Arda en vosotros lo que poseéis para encender a los demás».

Esto es posible, lo vemos en ciertas personas cercanas a nosotros, disciernen con claridad el bien del mal, lo verdadero frente a lo falso, guiados por la luz del Evangelio. Saben ser justos, se mantienen firmes en sus principios, en sus valores, no se dejan llevar por la ira o el odio. Vemos la bondad en sus ojos, saben escuchar con paciencia, son comprensivos, sus palabras amorosas dan el buen consejo en el momento oportuno.

Esto se logra cuando uno acepta el saludo de Jesús: “La paz esté contigo”. Esta paz se vive cuando se ama Dios, y como consecuencia esa acción amorosa penetra en el ser para amarse a sí mismo, aceptándose como es, pero a la vez buscando superar sus pasiones, sus defectos y perfeccionar las virtudes que le impulsan a amar a todos cuantos le rodean. Por eso el León XIV, repitiendo las palabras del Papa Francisco, nos recuerda también a San Francisco de Asís, quien «acogió la verdadera paz en su interior, se liberó de todo deseo de dominio sobre los demás, se hizo uno de los últimos y buscó vivir en armonía con todos», y de esta manera difundió el luminoso calor de la paz desarmada y desarmante de la bondad de Jesús.

Es así como cada uno de nosotros debemos abrirnos a la paz, acogerla, reconocerla, “en vez de considerarla lejana e imposible. Antes de ser una meta, la paz es una presencia y un camino. Aunque sea combatida dentro y fuera de nosotros, como una pequeña llama amenazada por la tormenta, cuidémosla sin olvidar los nombres y las historias de quienes nos han dado testimonio de ella.”

En este camino de la paz desarmada, debemos amar a los enemigos de ella, así como Jesús nos enseñó a amar a nuestros enemigos, para ello, al momento en que tengamos una desavenencia con alguien, en lugar de dar paso a la ira, al rencor, al odio, con gritos y reproches que rompen toda comunicación, San Agustín recomendaba que demos preferencia al camino de la escucha atenta, para ello, en primer lugar requerimos recuperar la calma para conocer las causas del enojo de la otra persona, conocer sus razones, y actuar en consecuencia, tender los puentes entre ambas partes para corregir el rumbo de una manera eficaz, reconociendo las diferencias entre unos y otros, pero fortalecidos con las cosas que los unen.

De esta manera, los esposos que se encuentren en una situación conflictiva, o los hermanos que estén peleados entre sí, deben escucharse el uno al otro, reconocer los errores propios, saber pedir perdón y perdonar las ofensas recibidas para empezar una vida nueva.

Cuando se tiene esta armonía de la paz interna y se logra en el interior de las familias, la acción se va difundiendo hacia las personas que nos rodean: la familia extendida, los amigos, los vecinos, los compañeros de trabajo o de la escuela, y así, se va expandiendo el círculo de la paz por toda la sociedad.

Tras recalcar que la paz de Jesús es desarmada y desarmante, León XIV puntualizó que “es una historia que quiere continuar en nosotros, y que requiere que unamos esfuerzos para contribuir recíprocamente a una paz desarmante, una paz que nace de la apertura y de la humildad evangélica.”

Esto nos debe llevar a que los gobernantes actúen de manera honesta con vistas a alcanzar el bien común de la sociedad, aplicando la justicia para corregir las conductas antisociales, evitar la impunidad y erradicar la violencia social, acabar con las guerras internas e internacionales, usar el diálogo para comprender a los demás, respetar su dignidad como individuos y como naciones.

En pocas palabras, “junto con la acción, es cada vez más necesario cultivar la oración, la espiritualidad, el diálogo ecuménico e interreligioso como vías de paz y lenguajes del encuentro entre tradiciones y culturas. En todo el mundo es deseable «que cada comunidad se convierta en una “casa de paz”, donde aprendamos a desactivar la hostilidad mediante el diálogo, donde se practique la justicia y se preserve el perdón».”

Phillip H. Brubeck G.
México
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