Motivación

MOTIVACIÓN

La semana pasada terminábamos con una palabra que encierra un concepto importante y que surge tanto entre docentes como entre literatos: la motivación.

Cuando yo empecé a trabajar, ya se hablaba del tema, tanto que en una de mis primeras charlas a la que me sometieron en aquel curso iniciático de mi carrera profesional, con toda la inocencia de mis 24 años y toda la ilusión de aprender, me atreví a preguntar en voz alta por el “cómo” motivar a los alumnos. Sin más respuesta que la decepción de no obtener una y sin poder adivinar lo que iba a pensar tras casi cuarenta años de brega con la tiza, salí de allí tan disgustada que aún lo recuerdo.

Hoy creo que la motivación es algo personal y si me apuran, intransferible. Es cierto que las emociones se contagian y que un profesor que sabe comunicar, y se desvive por llegar a cada uno de sus alumnos, motiva. Igual que la lectura de los buenos autores que nos gustan y de cuyos libros disfrutamos, nos satisface y hasta nos anima a emularlos y a manchar unas hojas de cuaderno. Pero a la hora de enfrentarse a los deberes, o a la hoja en blanco, ya en la soledad de nuestra mesa de trabajo, no siempre sigue brillando la ilusión o el deseo esperanzado de lograr el éxito. Más bien al contrario, la pereza, la incertidumbre y la desgana nos invade a todos a la hora de acometer las tareas, bien del estudio o bien del relleno de la página sin escribir.

“Motive usted a mi hijo”, exigen algunos papás. La respuesta sólo es una: “No, no señora, al chico me lo trae usted motivado de casa. Y educado, si puede ser.” Igual que las musas nos susurran a los escritores: “Ponte a trabajar aunque no te apetezca”. Porque no todo es divertido, ni lo es durante todo el tiempo. El aula no es un parque de atracciones, la página en blanco, tampoco. La vida no es una fiesta continua, no engañemos a los chicos ni a los escritores noveles. Y para poder aprovechar la satisfacción de lograr un buen párrafo o el relax de la risa ante chiste que en clase regala el maestro, hay que disfrutar ese momento extrayéndolo del esfuerzo, del mucho tiempo empleado en el trabajo y de superar el cansancio y la apatía. Y esto es la motivación, hermana de la voluntad y de la disciplina. Algo personal, en el fondo, aunque algún destello luminoso exterior, de vez en cuando, la anime. Sin olvidar que un niño sometido a motivación externa constante genera dependencia de la aprobación del adulto.

Cuando surge la idea de lo que se quiere contar, hablo de los escritores, empezar el relato, dejar que fluya, narrar casi sin pensar, sobre todo cuando llega el momento en que los personajes toman la iniciativa, es un auténtico placer. Pongamos un cuento, un relato corto. En dos o tres días tenemos el texto en bruto y hemos disfrutado, estamos pletóricos. Llega el bajón ante la ineludible tarea de empezar a leer frase a frase, párrafo a párrafo, en voz alta para detectar cacofonías y repeticiones, marear a los diccionarios para encontrar la palabra que mejor exprese nuestra idea o nuestro sentimiento, dudar, corregir, volver a leer, a veces retornar y profundizar en la documentación sobre el tema, borrar lo innecesario, y releer de nuevo. Lo que en nuestro argot se conoce como el trabajo de pico y pala. A sabiendas de que nuestro sufrido lector cero encontrará pegas y el corrector fallos. Todo esto es tedioso y cansado, tan aburrido que yo, por ejemplo, lo hago a trocitos, de dos en dos páginas, porque se satura el oído y el sentido crítico. Pues hay que acometer la tarea. “No tengo ganas” y la Voluntad responde “y eso qué importa, hazlo sin ellas”. “Lo dejo para mañana”, y la Disciplina interviene “de eso nada, te organizaste para utilizar este tiempo y es lo que toca”. Y el escritor suspira y se pone a trabajar.

La decisión de atender para aprovechar las clases en vez de distraerse, de sentarse a estudiar o a resolver los problemas o a completar esa redacción en inglés que trae de cabeza al estudiante, pasa por un proceso idéntico.

El escritor puede motivarse pensando en cuánto le gustará al público su obra; el alumno puede hacerlo imaginando un boletín de notas por encima de la media. Son ejemplos. Y nadie ni nada externo puede ejercer esa motivación personal.

Eva Barro
España.

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