Castañas

Castañas

Volvía  a mi ciudad, un año más, en otoño. Hacía ya varios, que por trabajo, me encontraba con la amable obligación de retornar, y respirar por unos días la húmeda atmósfera de los recuerdos universitarios, el ambiente dulce y ensoñador de la proyección de futuro, de las ilusiones, tantas veces utópicas, que empaparon mi despertar adulto en la recoleta y elegante ciudad de Oviedo.

Hace dos noviembres, me llevaron mis pasos de sábado al mercado. Me gustó la remodelación de la plaza de abastos, los puestos de ahora brillan, dignos de los mejores expositores del mundo. Pero justo por eso, porque esa estética de revista podría haberla encontrado en cualquier otra ciudad, me llevaron mis pies hacia las placitas al aire libre. Disfruté de la callejuela de las flores, tránsito obligado hacia los soportales de los vetustos palacios decimonónicos convertidos hoy en sedes municipales de cultura o administración, y desemboqué en la plazuela de las aldeanas. Al raso si no llueve, o bajo un enorme paraguas, casi siempre escaso, si las nubes desaguan su tristeza habitual, unas cuantas mujeres exponen los productos de la tierra, dicen que provenientes de su propia hacienda, de las quintanas que rodean la urbe con su brillo verde intenso, frío y fecundo.

Las manzanas carecían de la uniformidad y perfección de las que acababa de contemplar en las fruterías del interior, pero se les adivinaba un sabor inconfundible y perfumado imposible de plagiar. Las verduras no contaban con bandejas blancas ni plásticos protectores, el único etiquetado consistía en leves agujeritos que denunciaban el paso de alguna oruga o algún pájaro glotón, rememoraciones de la huerta de la que carecían los productos, casi industriales, de dentro.

Vi de pronto una caja con castañas; pequeñas, brillantes… Casi al mismo tiempo se revolvieron mis recuerdos y me llegó el aroma del “magüestu” que mi madre hacía a veces en la cocina del pueblo, con sidra dulce, si había, las más de las veces con leche que yo me resistía a beber porque yo degustaba las castañas solas, sin brebaje alguno que menguara su delicioso paladar. La viejilla que las vendía era menuda; su rostro parecía también una castaña asada una vez libre de la primera piel dura, por su color y textura, por los surcos entrecruzados. Me acerqué, y mientras lo hacía, otras vendedoras llamaban mi atención, aún era temprano y la escasez de clientes les permitía disputárselos. “¡Lléveme manzanas, mocina, que son de las mejores!  ¡Mire qué berza, no la hay igual en parte alguna! ¡De todo llevo yo, oiga, todo de casa, venga, venga aquí!”

Como si fueran talismanes, las castañas me atraían. Una de las más ancianas, vecina mercantil de Carmina, adivinó y me avisó: “Si va a por castañes, non se equivoque, les mejores llévoles yo”. Le sonreí, pero seguí adelante, como si la caja de cartón de aquella Carmina, las primeras castañas que había divisado yo, tuvieran poderes. Me sorprendió el precio elevado, pero valoré la procedencia natural, casi salvaje, de los frutos y no dudé en comprarlas. Quizá influyese también la mirada opaca y mustia de aquella viejecita, demasiado mayor para pasarse horas a la intemperie cruel del norte; o el abrigo raído que hacía mucho había dejado de ser negro, o las medias gruesas, de color verde botella, enrolladas bajo las huesudas y macilentas rodillas. Alguien debía haberle regalado aquella bufanda de lana color violeta que protegía su cabeza y rodeaba su cuello, y que se veía mucho menos ajada que el resto de los trapos que la vestían. No recuerdo sus pies, comprendo ahora que porque se escondían tras las cajas y los saquitos de mercancía, pero sí sus manos, deformadas, flacas como perchas diminutas que sostenían los jirones de piel amarronada; las uñas, del mismo color, necesitaban una poda.

El año pasado, otra vez en noviembre, volví. Adicta a los madrugones, a primera hora de la mañana, me sentí importante de nuevo en la calleja de las flores, con tanta belleza flanqueándome el paso a ambos lados, aunque el cielo estaba gris; en la ocasión anterior hacía sol. Todavía algún vendedor descargaba macetas de una pequeña furgoneta blanca y las colocaba en los tableros ambulantes del puesto. Iba directa en busca de aquella Carmina. No sabía cómo decírselo, pero estaba decidida a hacérselo saber: de los dos kilos de castañas que me había llevado doce meses antes, apenas pude aprovechar dos docenas, las demás estaban agusanadas. Pero ya en el centro, en la ubicación que tan bien recordaba, no se encontraba la mujer. Mi leguaje no verbal debe de ser muy eficiente, porque al momento me llegó una voz familiar.

—¿Qué busca usté? Lo mejor de la plaza llévolo yo.

—Buenos días, en realidad busco un puesto que estaba por aquí.

—No sé, estamos les de siempre. Mire qué puerros, no los encuentra como éstos ni encargándolos.

—Una mujer que vendía castañas, pequeñita…

—Ay, pero de eso ya hará mucho.

—Un año.

—A lo mejor pregunta por Carmina — terció una segunda vendedora detrás de mí. Y ellas entablaron una conversación a gritos a la que se unieron algunas más, dejándome a mí en el centro, eso sí, bien informada.

—A lo mejor. ¿Una paisana como un figu secu?

—Claro, pregunta por Carmina. Pero haz ya mucho que no…

—En diciembre hará un añu que morrió. Un buen día non volvió, y acabose.

—Fíjate, ya va a cumplise un añu

—Pero arrastraba el mal de tiempoatrás, lo que pasa es que no se daba de baja por nada.

—Porque non podía, muyer. A ver de qué iba a comer, si se quedaba en casa.

—Ni una pensión tuvo, Carmina, cierto.

—Ya la podía haber recogido el sobrino.

—Ni querría él, ni querría ella tampoco, vete a saber.

—Eso sí, su vida era ir al monte a castañas, a setas, a hierbas…

—Y a les pumaraes de los vecinos a robar fruta.

—También, también.

—Pero ya por estas fechas se notaba que no…

—Claro, ya no vendía más que porquería.

—Lo primero que encontraba.

—Hasta se había deshecho del gallinero, no podía más. Y de la huerta, que mira que trabayó, Carmina. Antes traía lo mejor de lo mejor, pero la enfermedá… ya se sabe.

—Ya lo creo. Total, para nada.

—Pues como todos, Tina, como todos.

—¡Qué vida ésta! Tanta esclavitud para después dejar la herencia para un sobrino.

—Ni siquiera eso, que Severino no cogió ni un céntimo.

—¿Y la casa? ¿Y el terreno? No era gran cosa pero…

—Pero nada. De tíos a sobrinos, los impuestos son un escándalo, con casi la mitad se queda Hacienda. Y encima, si no hay dinero para liquidar en unos meses, ni eso.

—Que venda las propiedades… por lo menos quedará un piquín

—¿Y quién compra, hoy? ¿Y a qué precio? ¿Y cuánto se tarda en vender?

—Pues eso fue lo que pasó, que Severino tuvo que renunciar a la herencia.

—¡Qué pena! Quería más no saberlo. La huerta, enseguida, un matorral, y la casa… en cuanto le falten cuatro tejas… desaparecer así, toda una vida… Quería más no saberlo.

—Ya. Por cierto, ¿dónde se metió la mozaque preguntaba por Carmina?

—Mira qué raro, tú, si ya ni nos acordábamos de ella.

Había empezado a sentirme mal. Retrocedí hasta desaparecer del corro de aldeanas vocingleras, sin ninguna necesidad de reclamar por aquellas castañas que aquel día había comprado, moribundas. Y desaparecí con discreción, tal vez como lo habría hecho Carmina de este mundo, después de cumplir los tres últimos pasos de su calvario: la enfermedad, la pobreza y la soledad. Las flores multicolores no me parecieron tan alegres, al volver; el olor a humo de leña de la tahona, me transportó, como siempre, a mi primera infancia, pero no con el mismo deleite de otras veces. Tuve la sensación de que algo muy importante se me alejaba y la nada me provocó vértigo. Empezó a orvallar, el cielo me acompañaba en mi pena y en cierta culpabilidad que amagaba con roerme el estómago. Me esforcé para que dos lágrimas impertinentes se evaporaran antes de rodarme por las mejillas. Se acaba la vida campesina, se muere al ritmo que desaparecen las Carminas; y se agosta una parte de mi alma, la más tierna, la infantil.

Camino del hotel, dejé atrás el casco antiguo, encontré una tienda de alimentación, encajada entre una sucursal bancaria y una farmacia. Entré, y compré castañas, pero no pudieron asegurarme que fueran de la tierra.

El regreso al terruño este año es muy diferente.

 De vuelta a Madrid, colmena gigante que acoge a todo el que llega pero se lo traga en sus prisas, la nostalgia no me abandonaba. Me comí las castañas, que en vez de producirme la satisfacción del recuerdo hostigaron mis remordimientos. Algunos de mis compañeros se dieron cuenta de que algo me obsesionaba, incluso Lola, la coordinadora de mi departamento, llegó a preguntarme que por dónde andaban mis pensamientos mientras tomábamos el café de media mañana. No le conté la conversación del mercado de El Fontán que se me había quedado grabada a fuego, ni le hablé de las castañas, no estaba segura de que lo entendiera.

Que la vida es un cúmulo de casualidades es algo que tengo asumido desde que tuve uso de razón, quizá porque era una de las frases que repetía a menudo mi abuelo materno, hombre tan sabio que supo adelantarse al futuro cuando ya muy enfermo  le encomendó a mi madre que cuidara la hacienda y que empleara el dinero que le dejaba en acondicionar la casona, que no dejara que la huerta se perdiera, que supiera arrendar los prados para que no se hicieran monte; y ella cumplió bien la encomienda, incluso me la traspasó cuando el cáncer se la llevó, como a Carmina y antes que a ella, aunque no en soledad.

Y yo, siguiendo las directrices que me marcaba la vida, me fui allá a donde me esperaba un trabajo, recalé en la metrópoli y empecé una vida nueva de aislamiento y saturación de pantallas, desde mi mesa de oficina a mi apartamentito alquilado y al contrario. Soy programadora y analista de sistemas. Y reo de haber desatendido la voluntad de mis mayores, de la contribución a la pérdida de mi cuna y por tanto, de la degradación de mi patria.

No seré yo quien le dedique una palabra amable al maldito virus que aterrorizó a los hospitales y que asoló las residencias de ancianos esta primavera; que se vaya al infierno y no vuelva a resurgir. Sin embargo, la circunstancia nefasta del confinamiento puso de relieve las bondades y ventajas del teletrabajo, sobre todo en profesiones como la mía.

Al contrario que Severino, el pobre sobrino de Carmina, yo pude hacer frente a todos los trámites legales y económicos de mi herencia, en su momento. No obstante, cerré persianas y eché la llave a las dos puertas, la del patio y la principal; la cancela de la verja sólo cuenta con un pestillo de hierro, y dejé atrás mi pasado.

Durante esas difíciles semanas de miedo y dolor, encerrada en mi cubículo de hormigón de la ciudad más azotada de España por la pandemia, cada click  del ratón resonaba en mi cabeza como el clong de aquel cerrojo de mi pueblo que había dejado a la intemperie; ya cercana cierta liberación social, llamé a Lola, y le conté aquella conversación del mercado de El Fontán, la que se me había quedado grabada a fuego, y le hablé de las castañas, dispuesta a explicarle lo que necesitara para entender mi petición de instalarme en la quintana de mi tierrina; además, argumenté, estaría más cerca de nuestros clientes de la zona, y en vez de desplazarme de cuando en cuando al norte, podría hacerlo al revés, si es que necesitaba hacer acto de presencia en la central de la empresa.

Así que este año el regreso es muy diferente. Me estoy instalando. He arrendado la huerta grande a una de las pocas familias que quedan en la zona, que además ya no cumplen la cincuentena, por la desorbitante renta de que me mantengan surtida de frutas y hortalizas, sin exagerar, porque la semana pasada Carmina, la mujer de Laureano se llama Carmina, se me presentó con una caja de pimientos y se la tuvo que llevar, a ver qué voy a hacer yo con tanto. Prometió devolvérmelos en conserva.  El huerto pequeño de delante de la casa lo estoy dejando para jardín, me está enseñando el vecino, un octogenario que fue jardinero del ayuntamiento del concejo y vive solo. Lo de las fincas todavía está por solucionar, ya apenas queda ganado, pero todo se andará; a Laureano le tienta comprar alguna vaca ahora que se prejubiló, no sé si se decidirá.

He descubierto que caleya arriba, subiendo desde mi casa a la ermita, hay dos castaños que están empezando a regalarle al suelo sus erizos, fui a la gueta, es decir, a apañar castañas, y ya tengo un saquito de la mejor calidad. Cuando volvía, me encontré con Carmina.

Poques cogiste.

—Bastantes para mí sola. Tú podrías cocer y embotarlas, se me ocurre…

—Mira por dónde, a mi sobrino le ha entrado la misma comezón que a ti con la historia de las conservas. Desde que estuvo tan malín del maldito virus de los demonios, no calla con arreglar la casa y el hórreo de junto a la fuente. Que va a montar un negocio y que le tengo que enseñar lo de los tarros. El que anda mal del tarro es él, el bicho ese que Dios confunda se llevó a mi hermano, casi acaba con el fíu y algo le dejó mal en la cabeza porque ahora dice que quiere dejar el trabajo y perder los ahorros. Pero no se atreve él solo, es natural, aunque no sé qué líos se trae con unos préstamos especiales, extranjeros, qué sé yo.

—Tu sobrino… no será Carlos tu sobrino…

—El mismu. Claro que os conocéis, poco os llevaréis, tal vez un año. Viene el domingo a comer.

No sé si se notó que me ardía la cara. Íbamos juntos al instituto en la capital del concejo, en efecto, él un curso por delante, coincidíamos en el autobús y en los recreos, lo miré de lejos mucho tiempo sin atreverme ni a saludarlo. Después le perdí la pista pero no se me olvidaron sus ojos azules y sus rizos oscuros. Ni su sonrisa. Estaré colorada como un tomate porque no se me va el calor de las mejillas y se me acelera el pulso aún ahora, al recordar la conversación de esta tarde con Carmina y al reconocer que cada vez que conocí a un chico no pude evitar compararlo con él y todos salieron perdiendo.

No seré yo quien le dedique una palabra amable al maldito virus que nos robó tantos meses; que se vaya al infierno y no vuelva a resurgir. Sin embargo una especie de gratitud a las circunstancias me está invadiendo, “no hay mal que por bien no venga”, que decía mi abuelo, y para completar el dicho añadía “y viceversa”.

El domingo hablaré con Carlos a propósito de lo que me contó su tía Carmina y le ofreceré soporte informático a su idea, que me parece de lo más acertado. Los prados podrían ser huertas, se necesitará materia prima; crearemos empleo, pasearemos con orgullo el nombre de nuestra aldea por lo más alto de las redes sociales, resucitaremos el valle. No tendrá que atreverse solo, yo estaré a su lado y seré su motor, su apoyo, su…

Respiré con profundidad, con más profundidad que nunca, el aire puro de un futuro.

Eva Barro.

Primer Premio en el XX Certamen Literario de Narrativa Corta

“Escrits a la Tardor”

Vila de L´Eliana (Valencia)  

Noviembre 2021

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