Cuento: Acribillada

Acribillada

Me centro en la vista que la ventanilla del avión en el que estoy me brinda. Eso, para evadir lo mejor posible el hilo que mis traicioneros pensamientos siguen.

Aun después de un mes de su partida, sigo sin poder echar a un lado la culpabilidad que me carcome por dentro, pues a pesar de tener en cuenta que no podía hacer nada para evitar la tragedia que le arrancó la vida a mi prometido Jason, yo misma sigo atormentándome con el pensamiento de que pude haberlo evitado.

Cada vez que visualizo esa viva memoria, la figura de Jason sentado al lado mío en el asiento del piloto de su auto, es como si cargara miles de piedras de gran tamaño en mi espalda; y, mientras siga presente el recuerdo de él siendo transportado en una camilla por los pasillos del hospital de Busan en Corea del Sur, poco a poco ese insoportable peso hace que mi fuerza vaya en declive, se abre paso a mi interior y lo inunda en abatimiento y melancolía.

Si tan solo lo hubiese escuchado, si hubiese pospuesto el viaje a otro día. Si no hubiésemos salido en una noche de tormenta, tampoco hubiéramos experimentado ese accidente que acabó con la vida de decenas de personas, además de la suya.

Opté irme de Busan, para regresar a mi ciudad natal en Colombia. Pues hace seis años tomé la decisión de viajar a Busan para terminar mis estudios, lo cual logré concluir tres años después, pero me quedé y conseguí trabajo allá puesto que quería permanecer con Jason, en aquel entonces con dos años de relación.

Una vez anuncian y permiten el descenso de los pasajeros, me pongo de pie y me encamino a la salida.

Cuando me encuentro en el exterior, el viento remueve mi cabello y me impide la vista, lo cual me hace trastabillar y perder el equilibrio al bajar por la escalera. Afortunadamente, consigo sostenerme del barandal y evitar estrellarme contra el suelo.

Continúo mi camino hacia el interior del lugar, hasta llegar a las bandas negras del aeropuerto para obtener mis maletas.

Mientras espero reconocer mi maleta entre las demás, comienzo a replantearme lo que acabo de hacer, si está bien o mal. Si fue una buena decisión o un actuar impulsivo. Pienso en que ya tenía un trabajo bien establecido en Busan y también pienso en donde viviré ahora que estoy aquí, pues el único hogar que tenía aquí en Cartagena era la casa de mi madre. Y no me gustaría llegar a invadirla ―o tal vez el orgullo no me permite regresar ahí―.

Consigo ubicar mi equipaje, en cuanto puedo lo tomo y hago mi camino hacia la salida para pedir algún taxi o transporte. Pero antes de que pueda continuar, mis oídos y la parte irracional de mi mente me hacen detenerme en seco, debido al rumbo que ha tomado la conversación entre una de las empleadas del aeropuerto y un cliente.

― Pero señorita, yo reservé ese vuelo desde hace una semana ―explica una joven mujer acompañada de quien parece ser su pareja, me lo dice el fuerte agarre en su cintura―, es imposible que ahora nos digan que no podemos tomarlo ― continúa su reclamo.

― Una disculpa, pero ya le informé acerca de las contingencias por las cuales el equipo de centro de control está pasando ―responde la empleada.

¿Algo importante está ocurriendo aquí?

― Joven, llevamos esperando más de treinta minutos a que nos reasignen un vuelo a cualquier otra hora ―logro escuchar una conversación similar entre una familia y otro empleado en la otra caja.

― Disculpe pero actualmente es imposible realizar vuelos hacia cualquier destino en California ―le responde el encargado―. Uno de los aviones rumbo a San Diego ha detenido su curso, y está regresando a Cartagena. No conocemos el motivo, pero nos prohibieron rotundamente realizar o reasignar vuelos hacia California. Una gran disculpa.

La parte curiosa de mi cerebro me pide a gritos que averigüe el porqué de la problemática. Pero la parte racional parece haber dominado y simplemente decido seguir el curso de mi camino.

Hasta que, de pronto, se desencadena el caos.

Un montón de guardias gritan órdenes para que ―absolutamente― todos desalojen el aeropuerto. Pero yo me quedo inmóvil en mi lugar viendo cómo todo el mundo corre, cómo cada una de las personas que se encuentran aquí se abren paso a la salida de este lugar en busca de una escapatoria, pero ¿escapatoria a qué?

Un mar de llanto, alaridos y órdenes lanzadas en voz de mando es lo único que perciben mis oídos y pensamientos, cada uno ahogándose en el otro, dándoles paso a otros más desgarradores y llenos de pánico.

Me toma unos momentos regresar a mi yo activo, mi mundo pasa de haber ralentizado su marcha completamente, a ver la realidad y gravedad del asunto, y ahí es cuando me percato…

Al elevar mi vista al enorme techo de material cristalizado, mis ojos se abren como platos al observar cómo un avión cae en picada directo hacia el sitio donde se encuentra el tumulto de gente, y no parece haber posibilidades de que se detenga. Se encuentra demasiado cerca.

En ese momento mis piernas parecen responder, se mueven a la mayor velocidad que mi motricidad les permite. Mientras huyo por mi vida, me tomo un segundo para ver lo que pasa detrás de mi espalda, mis ojos apenas logran divisar al gran transporte aéreo a tan solo unos cuantos metros del techo del lugar, antes de regresar mi vista al frente y abrirme paso entre el bullicio para conseguir escapar. Eso, mientras lágrimas de puro terror me nublan la vista.

Pero, un estallido a mis espaldas me hace perder el equilibrio y la caída brusca que le sigue, hace que el aire se me escape de los pulmones, seguido de un dolor agudo en cada parte de mi anatomía. Apenas me da tiempo de reaccionar cuando siento un insoportable peso encima y después, silencio…

Por un doloroso instante, no puedo ver nada. La penumbra total en mi visión, me llena de una sensación oscura e insidiosa.

Pero, de repente, la luz me da de lleno en la cara. Un resplandor que logra traspasar la delgada piel de mis párpados. Mis ojos apenas logran abrirse un milímetro, e inconscientemente, comienzo a parpadear en un intento desesperado de despabilarse por saber qué hay detrás de ellos.

Aun así me es imposible abrir los ojos, a duras penas logro distinguir una conversación que dos personas comparten:

― Por supuesto joven, solo hay que esperar a que el efecto de la morfina termine, y en unos días podrá volver a casa ―dice una voz femenina que no logro reconocer.

― Qué alivio, muchas gracias doctora ―escucho, la voz de… ¿Jason?

Seguido del sonido de una puerta siendo cerrada, no logro escuchar nada más. Hasta que después de unos segundos, siento la presencia de alguien a mi lado. Esa persona comienza a hablar:

― Tranquila Lisa, todo saldrá bien y podrás regresar conmigo ―dice. Alguien que reconocería donde fuera; Jason―. Salí hace una semana de aquí, unas cuantas fracturas leves, nada grave. Pero tú… te rompiste una pierna y varias costillas, además llevas inconsciente tres semanas ―continúa. ¿Qué está diciendo?―. Debí haberme negado a salir esa noche, nos habríamos ahorrado mucho. Pero ya no te preocupes, todo terminará bien, lo prometo ―acaso… ¿todo fue un sueño?

Belinda Xitlali Elizalde Núñez.

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