DE CUENTOS Y DE MARTILLOS
Crecí entre cuentos, los que me leía mi mamá, luego los de los libros de texto. Un poco más grande, leí a Tolstoi, Dostoievski, Chéjov, que, por cierto, eran compatriotas. Emilia Pardo Bazán y Clarín, que, por cierto, me encantan, Dickens, Rulfo, Bradbury, Castellanos… y los relatos que contaban mis abuelas, mis tías y alguna que otra vecina que me relataban recuerdos personales y tradiciones orales que pasaban de madre a hija, de tía a sobrina, a través de décadas y hasta cientos de años.
Mi mundo, en cierta forma, está fincado sobre mis libros: se cuelan en mis conversaciones serias, en las cotidianas, en cualquier aspecto de mi vida. Muchas veces he comentado que, tal como Sancho le replicó a Don Quijote, que su caudal era refranes y más refranes, el mío es cuentos y más cuentos…
—Está interesante tu disertación sobre “los cuentos y el Quijote” —dijo Ana—, pero ya me tengo que ir, se me va el autobús y luego llego tarde, mañana me hablas más de eso ¡Adiós!
Fernanda se quedó en la parada, pero luego prefirió irse caminando a su casa, al fin que no estaba lejos.
Al día siguiente, las amigas fueron a desayunar en la hora de descanso.
Pidieron unos burritos en la cafetería, con mucha crema y mayonesa, pero eso sí, con café sin azúcar, pues se cuidaban. En la sobremesa, Ana le preguntó a Fernanda:
—Oye… lo que me decías ayer ¿Siempre has hablado con tanto entusiasmo de los cuentos? ¿O es una moda nueva que agarraste?
—¡No! ¿Cómo crees? Siempre me ha gustado leer y siempre comparto mis lecturas —exclamó Fernanda—, pero hubo una temporada, cuando era estudiante, en la que no hablé casi nada de literatura.
—¿Por qué? ¿Qué pasó? —preguntó intrigada Ana.
—En una fiesta a la que fui, conocí a un muchacho. Bailamos un rato, luego nos sentamos a platicar. Me pidió mi teléfono y, en menos de un mes, ya estábamos saliendo; en otro mes más, nos hicimos novios. Él me parecía tan listo, tan hábil, sabía arreglar casi cualquier artefacto eléctrico, mecánico o de plomería, por lo menos eso me aseguraba él. Yo, la verdad, era una inocente, le creí todo lo que él quiso contarme. Entonces ¡Imagínate! ¡Yo no sabía ni agarrar un martillo!, Me tenía embobada. Mi abuelita lo quería mucho, ante ella se portaba educado y caballeroso, así, a la antigüita, y a mi abuela le encantaban esas cosas.
—Y habiéndose ganado a tu abuelita…
—Él me hablaba de los problemas que resolvía, se me mostraba como un superhéroe, valiente y astuto; yo, en cambio, le exponía mis reflexiones. Al principio no lo noté mucho, pero cuando yo le quería platicar algo, ponía cara de impaciencia, eso los primeros meses, después ya era un gesto francamente de enojo. Un buen día, después de que me invitara a una reunión familiar, en la que yo me entretuve todo el rato
conversando con sus primos, me dijo que tanta fábula aburría, que la gente se queda con la idea de que es una muy mensa o muy ridícula.
—¿Eso te dijo? ¡Qué patán! Terminaste con él ¿no?
—No, tristemente no; creía que él era el amor de mi vida. Me sentí tonta y pedante al mismo tiempo, tuve vergüenza, supuse que todos en su familia y en todos lados se burlaban de mí; me mordí los labios cada vez que se me quería escapar un relato que, según yo, venía al caso en una conversación.
—Me imagino que fue trabajo difícil, tú siempre tienes uno en la punta de la lengua.
—Sí, mucho… lo que yo no sabía era que, por cuidar cada palabra que decía, me fui poniendo gris, seca, como la cáscara que dejan los insectos al mudar de piel, que parece el insecto completo, pero si la tocas, se te apachurra entre los dedos.
—Ya te pusiste poética…
—¡No! ¡Para nada! ¡Te juro que así me sentía! En fin, que dejé de ser yo para complacerlo a él.
—¡Ya van a dar las siete! —Exclamó Ana—¡Vámonos, que mañana tenemos trabajo! ¡Hay que descansar un poco!
La semana siguiente, después de un día largo y tedioso, las amigas acordaron ir por un café.
Mientras comían un pedazo muy cremoso de pay de zarzamora y unos churros con cajeta, acompañándolos con café con leche light y sin azúcar, pues se cuidaban, Ana se dirigió a Fernanda:
—¡Oye! Termina de platicarme lo de tu novio, el anti-cuentos, no me dejes con la duda.
—Veo que te gustó la historia, pero no fue tan divertida mientras pasaba. Pues seguí con él, cada vez me parecía menos hábil, más monstruoso, pero no podía dejarlo. Para esto, mi abuela y mis tíos ya lo trataban como de la casa, él era un estuche de monerías frente a ellos. Yo no estaba tan a gusto, pero cada vez que me decidía a dejarlo me llevaba unas flores, chocolates y me hacía creer que todo iría bien.
—¡Qué triste, amiga!
—En todo este tiempo, él seguía marcando lo que yo tenía que hacer y decir. Me alejó de mis amigos, pues decía que todos ellos querían andar conmigo y todas ellas eran unas “voladas”. Luego empezó a hablar de casarnos, de tener unos cuatro hijos que yo cuidaría mientras él se iba para el otro lado a trabajar… ahí sí que me asusté, yo no tenía la edad ni las ganas. Ya desesperada, hablé con una prima a la que le tenía mucha confianza, unos años mayor que yo, que me hizo ver las cosas y me aconsejó que hacer; ella, en cierta forma, fue el Virgilio que me sacó de la selva oscura.
—¿Quién?
—No importa. Así que, armándome de valor, le exigí a mi Mr. Hyde que no se parara ni por mi escuela ni por mi casa nunca más.
—¿Y él qué hizo?
—Primero me amenazó con decirle a mi familia y a mis amigos que yo lo había engañado, para que no me hablaran nunca más, como no cedí, muy apenas, siguió con que me amaba, que no podría vivir sin mí, que no tenía ojos para otra mujer; cuando esto tampoco funcionó, exclamó que lejos de mí se moriría, es más, que se mataría ahí mismo. Yo estaba aterrada y empecé a llorar, él me abrazó y quiso besarme a la fuerza, no podía zafarme.
—¡Qué miedo! ¿Qué hiciste?
—Empecé a gritarle a mi abuela, para que saliera a ayudarme.
—¿Qué hizo tu ex?
—Se escabulló. Luego de eso, me la pasé llorando toda la noche, entre asustada y dolida. Me dormí casi a la hora de ir a la escuela; ese día no asistí, mis ojos parecían dos rendijas de alcancía.
—Oye ¿Y ya no lo volviste a ver?
—Sí, en cada fiesta familiar.
—¿Cómo?
—Saliendo de mi casa, esa noche que terminamos, fue directamente a ver a una prima, hija de un primo de mi mamá. Le contó que me había confesado que estaba enamorado de ella, casi desde que la conoció, que por eso me había dejado; le hizo una declaración de amor en la que sacó a relucir todas las frases que recordaba de lo que yo le narraba y que, según él, eran tontas; así que su declaración fue como una colcha de retazos literarios.
—Y tú ¿cómo sabes eso?
—Porque mi prima regó el chisme con toda la familia, emocionada de tener un amorcito “tan culto, tan dulce, al que yo no había sabido apreciar”.
—¿Entonces ellos sí se casaron?
—Sí, pero resulta que él no es tan hábil como yo creí: tampoco sabe agarrar un martillo.
Marcela Quiñones.