El jardín mágico.

EL JARDÍN MÁGICO.

Pasó veloz entre la gente que caminaba por la banqueta, esquivándola con agilidad, era más rápida que otras niñas de ocho años. Le gustaba mucho correr por todos lados, sentir volar su cabello largo. Una vez su maestra les explicó en clase que en las extensas sabanas de África las gacelas corrían grandes extensiones, para escapar de las garras de los leones que querían cazarlas. Al llegar a una esquina se detuvo un momento, volteó a izquierda y derecha, por ningún lado venían carros, y sin pensarlo más continuó con su carrera hasta llegar a la tortillería de la colonia.

En ese momento había una larga fila, como de diez personas, así que se formó atrás de la última. Por un momento se quedó quieta aminorando el ritmo de su respiración. Se escuchaba el chirriar de la máquina tortilladora. Las señoras que estaban delante de ella se quejaban del calor que hacía y de la necesidad de las lluvias que todavía no llegaban. El olor de las tortillas recién hechas flotaba agradablemente en el ambiente. Una pareja de jóvenes salió del establecimiento con el paquete de tortillas en las manos. La fila avanzó un par de pasos, un señor con cara de cansancio se paró detrás de ella. Le dio la impresión de que la espera se alargaba, aunque en realidad no habían transcurrido más de cinco minutos. Otra persona salió, avanzaron otro metro, sus piernas se empezaron a mover ansiosas de retomar la velocidad, pero se mantuvo en su lugar a pesar de que pareciera que estaba parada sobre un comal caliente, y así estuvo hasta que llegó al mostrador.

–Hola, buenas tardes –le recibió la empelada.

–Me da un kilo por favor.

Vio cómo la señorita puso una pila de tortillas sobre la báscula, luego, atenta a los números que aparecían en la pantalla quitó un par de tortillas y quedó el peso exacto, las envolvió en la servilleta con flores bordadas que la niña había puesto sobre el mostrador.

–Son veinticinco pesos.

–Aquí está –dijo María depositando el dinero sobre el mostrador. Cogió una tortilla volviendo a acomodar la servilleta, le puso un poco de sal y la enrolló; tranquila salió del establecimiento con el paquete en el brazo izquierdo, mientras se comía la tortilla recién hecha.

En cuanto terminó de comer sus piernas adquirieron velocidad, apretó la mercancía contra su pecho y se echó a correr nuevamente. Una gacela surcando los altos pastizales de la sabana, eludía a las jirafas, las cebras, los elefantes, pero de vez en cuando debía dejar pasar a los pesados rinocerontes que amenazaban aplastarla, hasta que al fin llegó al oasis donde se encontraba su familia.

–¡Ya regresé mamá! –anunció con un grito al momento de cerrar la puerta de la entrada.

–Gracias hija –se escuchó la voz de su madre desde la cocina–, deja las tortillas en la mesa y lávate las manos.

Durante la comida, entre bocado y bocado, la niña, les narró la historia de la pequeña gacela que había salido a cumplir una misión secreta para entregar un paquete al jefe de la manada, debiendo pasar por un gran trecho de aquella extensa planicie de pastos dorados.

–Y luego, de repente, una pandilla de malvados leones la atacó, le querían robar el valioso encargo que llevaba, pero ella con ágiles saltos, sin bajar la velocidad, se movía de un lado a otra, esquivándolos, pero las garras de uno de esos malvados le alcanzaron a rozar el lomo. Ella sintió un agudo dolor, la sangré empezó a brotar, lo que envalentonó más a los malandrines, pero no se dejó atrapar, a toda velocidad se metió entre una manada de búfalos que le abrieron el paso, pero al ver a los leones, con sus enormes cuernos los ahuyentaron. Y así fue como llegó hasta el lugar donde estaba el jefe de la manada de gacelas, quien la felicitó por el éxito de su misión, y la mamá le curó sus heridas.

Al terminar la comida le ayudó a su mamá a recoger los trastes sucios y a limpiar la mesa, se lavó los dientes y de inmediato se encerró en su cuarto para hacer la tarea de la escuela. Cuando concluyó sus obligaciones, con el permiso de su mamá fue al parque de la colonia en busca de sus amigos.

Al llegar a la esquina de una calle ancha, el semáforo la detuvo junto a una señora delgadita, pequeña, de cabello blanco y más años que arrugas en la cara, se apoyaba en un bastón…

Con rostros insolentes, tres adolescentes se colocaron a los lados y atrás de la señora, empezaron a hablar entre ellos diciendo cómo era posible encontrar por las calles esas antiguallas, no las deberían dejar salir de sus casas, y otras barbaridades más; conforme los escuchaba, la molestia de María iba en aumento, y al ver que querían quitarle el bolso a la señora y arrebatarle el bastón, tales abusos la indignaron.

–¡Dejen en paz a la señora! –les gritó.

–¡Tú no te metas en lo que no te importa, mocosilla! –le dijo uno de los muchachos mientras le tiraba un manotazo.

Esas palabras insolentes encendieron su justa ira, por lo que con la habilidad de una experta en kung fu atacó al que pretendía arrebatarle el bastón a la anciana, el muchacho no se dejó y le respondió el ataque, sin embargo ella le desvió el brazo y provocó que golpeara en la cara a su compañero, luego el otro también se abalanzó contra ella, y así, los tres al mismo tiempo la atacaron, pero en el centro de sus agresores, sus manos y piernas se movían con precisión dando en el blanco en todo momento, y esquivaba los golpes que le lanzaban, hasta que al fin los tres salieron huyendo.

La luz del semáforo cambió, solícita tomó del brazo a la señora de cabellos blancos.

–Abuelita, ¿me permite ayudarla a cruzar la calle?

–Gracias, hija –contestó la señora–, eres muy linda.

Despacio empezaron a cruzar la calle, pero cuando llegaron a la mitad, los vehículos que daban vuelta les interceptaron el paso, pero María, con la mano extendida, se paró frente a otro que apenas empezaba a dar la vuelta y lo detuvo, por lo que pudieron terminar de cruzar la calle sin prisa alguna.

–¿Hasta dónde va, Abuelita?

–A mi casa, aquí cerquita, del otro lado del parque.

–¿La puedo acompañar?

–Claro que sí –le respondió afable–, si no te cansa ir a mi paso.

Continuaron su camino, la anciana sostenida del brazo de la niña mientras con la otra mano se apoyaba en el bastón, para cruzar en diagonal el parque. Un poco más adelante la señora se paró, con mucho cuidado se agachó y levantó una piedra que estaba a la orilla del camino, la observó por todos lados sin decir nada y la metió a su bolso. La niña intrigada la vio, pero no le dijo nada. Cuando llegaron al área de los juegos infantiles, sus amigos le gritaron a María para que se uniera a ellos, pero les dijo que en un ratito más lo haría, pues solo iba a llevar hasta su casa a la anciana. Poco antes de terminar el último prado, la anciana se volvió a detener, en esa ocasión levantó la hoja seca de un árbol, igual la revisó por ambos lados, pero no la metió al bolso, sino que la mantuvo en su mano. La niña, en silencio se preguntaba por qué recogía piedras y hojas, se le hacía muy raro eso.

Terminó el parque, cruzaron otra avenida ancha, caminaron una cuadra más, atravesaron otra calle, y a mitad de la manzana llegaron a una casa, al frente tenía una reja metálica blanca que protegía un pequeño jardín donde florecían rosales, geranios y pensamientos. Cuando la abuelita abrió la puerta, un gato blanco con botas amarillas en las cuatro patas y en el extremo de la cola una mancha del mismo color, las recibió con un maullido mientras pegaba su lomo a las piernas de ella.

–Ya estoy aquí de regreso mi querido D’Artagnan –saludó mirando al gato–. Mira te presento a mi nueva amiguita –agregó señalando a la niña con la mano en la que traía la hoja seca.

–¡Ay, qué lindo gato! –Exclamó la niña y se agachó a acariciarlo.

–Pasa, estás en tu casa, ¿quieres un vasito con limonada?

–Sí, por favor.

La anciana dejó su bolso y la hoja del árbol sobre la mesa del comedor y se metió a la cocina. María se sentó en el sofá de la sala, las manos entrelazadas sobre las piernas y la espalda derechita. Sus ojos curiosos recorrieron la estancia, en las paredes estaban varias fotos, pero al centro destacaba una en blanco y negro que se veía muy viejita con una pareja de recién casados. En otra pared unas pinturas de flores y gatos con un estilo particular. En un esquinero había figuritas de porcelana, y en una vitrina objetos de barro, figurillas de papel. En la mesa de centro de la sala, a los lados del florero de cristal que tenía un par de lirios rojos grandes como trompetas, había algunas piedras con figuras pintadas. Ella lo veía todo llena de admiración, como si hubiera entrado a otro mundo.

Al poco rato regresó la anfitriona regresó con la limonada, le dio su vaso a la niña y ella se sentó en el sofá de enfrente.

–¿Usted es la de la foto?

–Sí, fue el día de mi boda, de eso hace ya como setenta años, yo tenía veintidós, mi marido era muy guapo, muy atento y alegre. Siempre andábamos juntos para todos lados.

–Era usted muy hermosa y él muy guapo. ¿Usted pintó esas piedras?

–Sí. Cada piedra trae en su interior una forma, ellas me la dicen. Fíjate, este es D’Artagnan, está acostadito con la cabeza muy atenta –dijo mostrándole una pieza que efectivamente resaltaba al frente una parte redondeada y hacia atrás una ligeramente aplanada y alargada, lo que daba la impresión del gato. Luego una pequeña piedra ovalada estaba pintada como una catarina de alas rojas, motitas blancas y cabeza negra; a un lado un caracol con su concha de tonalidades cafés y el cuerpo verde.

María terminó de tomar su limonada, dejó el vaso sobre la mesa de centro y se acordó que había quedado de jugar con sus amigos en el parque.

–Abuelita, ya me tengo que ir. ¿Puedo regresar otro día a visitarla?

–Claro que sí, hija, cuando quieras, ya casi no salgo, me dará mucho gusto verte de nuevo.

En cuanto estuvo en la banqueta, sus piernas adquirieron toda la velocidad, solo paraba en las esquinas de las calles para cruzar con seguridad, y así rápido llegó a donde estaban sus amigos y se unió a lo que estaban jugando.


Días después, cuando María llegó al parque, todavía sus amigos no habían llegado, inquieta se puso a caminar por entre los prados, mirando para todos lados, de pronto una piedra medio escondida por las hojas de una flor, le llamó la atención. La recogió, le quitó la tierra que tenía pegada, entonces se acordó de su nueva amiga, por lo que, en ese momento, decidió ir a visitarla.

Con su afabilidad de siempre, la señora la recibió y la pasó a la sala, donde la niña se sentó en el sofá, muy recta, con las manos sobre sus piernas.

–Abuelita, mire, encontré esta piedra en el parque –le dijo mientras se la entregaba.

–Muchas gracias –respondió mientras pasaba sus dedos sobre la superficie de la piedra–, veamos de qué tiene forma –empezó a observarla con detenimiento, pero de pronto levantó la vista y exclamó–. Pero qué mala anfitriona soy, ¿quieres agua de jamaica?, está haciendo mucho calor, debes traer sed.

Sin esperar respuesta dejó la piedra sobre la mesa de centro y se dirigió a la cocina. Mientras esperaba, la mirada inquieta de María se paseaba por todos los rincones de la sala, y de pronto vio sobre la mesita de centro a un hombrecito de escasos diez centímetros de altura, le miró llena de curiosidad, tenía barba y estaba totalmente vestido de verde, en su sombrero tenía una pluma, usaba una capa corta y unos simpáticos zapatitos terminados en punta hacia arriba.

–Hola, mi nombre es Abelardo –saludó haciendo una caravana a la usanza de la corte de Carlos V, con su sombrero en la mano derecha–, soy amigo de Helga desde hace muchos años, cuando ella era un poco más pequeña que tú –se le acercó al oído bajando el volumen de la voz–. Te voy a decir un secreto, yo tengo más del doble de años que ella.

Los ojos de la niña se abrieron como platos y se rio de lo dicho por el duendecillo.

–Hola, mi nombre es María. Tu traje es muy bonito.

– Este me lo hizo Helga hace como cincuenta años…

–¿Tanto? –interrumpió asombrada la niña.

–Sí, lo hizo con una tela mágica que le dieron las hadas, no se desgasta, por eso siempre parece nuevo. Mira –le dijo enseñándole el sombrero– ella le puso esta pluma de colibrí que había encontrado en su jardín.

La pequeña puso en el dedo índice de su mano izquierda el sombrero y observó con detenimiento la pluma. En eso regresó Helga, puso sobre la mesa de centro el vaso con agua de jamaica y un plato de galletas de naranja.

– Veo que ya se presentaron, Abelardo es un muy buen amigo.

–Te recomiendo las galletas de naranja –le dijo el duende mientras partía una de ellas–, son las más ricas que he probado en todo el mundo.

Helga tomó la piedra que le había llevado María y se sentó en un sillón.

–Vamos a ver si ya me dice qué trae adentro –dijo cerrando los ojos para concentrarse mejor, mientras sus dedos recorrían su superficie.

De un salto D’Artagnan subió a las piernas de la niña, se acurrucó y empezó a ronronear.

–Me dice que tiene adentro un elefante –afirmó la señora.

Apoyándose en el descansabrazos del sofá se puso de pie.

–Ven conmigo, te voy a enseñar algunas cosas que te van a gustar mucho.

Abelardo se subió al hombro derecho de María y el gato los siguió. Abrió la puerta de un cuarto, los grandes ojos negros de la niña se iluminaron fascinados por tantas manualidades y sencillas obras de arte, en las paredes colgaban algunos cuadros hechos con hojas y flores, acuarelas y óleos. En un estante una colección de piedras pintadas con figuras de animales. Comprendió que estaba en el taller de trabajo, donde las manos de Helga transformaban las cosas con la magia de la imaginación.

–Mira, este es el rey sapo –dijo poniendo una mano sobre una piedra grande, como de veinte centímetros de altura–, y esta es la Señorita Primavera –afirmó señalando un cuadro con el rostro de una mujer dibujado con lápiz, pero su cabello estaba formado por hojas secas y estaba coronada por una guirnalda de flores secas.

–¡Guaauuu! –fue la expresión de la niña y entendió la razón por la cual Helga recogía las hojas secas.

La abuelita dejó la piedra sobre su mesa de trabajo donde tenía perfectamente acomodados frasquitos con pinturas de muchos colores y pinceles de diversos grosores. Del cajón de una cómoda sacó un álbum y le enseñó los dibujos sobre cartulinas negras, de flores, libélulas, mariposas, colibríes. La niña no se había imaginado que se pudieran hacer dibujos tan bonitos sobre fondo negro, acostumbrada siempre a las hojas blancas.

–¿Y de dónde saca ideas para hacer todas estas cosas tan bonitas?

–El arte está en el corazón, solo hay que saber escucharlo, sin prisa, para que las palabras, las formas, los colores, los sonidos, broten solos, con su ritmo.

Hizo una breve pausa para ver la reacción de la niña, y continuó.

–El universo tiene muchas cosas aparentemente ocultas, a veces son tan obvias que no las vemos, por eso debes a aprender a ver todo con los ojos del alma y así saldrán las formas de cada cosa, se quedarán grabadas por siempre en tu mente, y cuando los ojos se empiecen a cansar, entre las sombras, brotarán con todo su esplendor, por eso, nunca dejes de imaginar. ¿Qué te parece si vamos tantito al patio? –la invitó tomándola de la mano. Abelardo se sentó en el lomo de D’Artagnan para seguirlas cómodamente.

El aire fresco se metió en sus pulmones, la luz era brillante sin encandilarla, le daba una claridad especial a todo lo que les rodeaba. La Señorita Primavera se les acercó y extendiendo la mano saludó a la pequeña, quien con toda la educación que le había enseñado su mamá le respondió que le daba mucho gusto conocerla. Las mariposas de muchos colores revoloteaban alrededor de las flores de la guirnalda que coronaba la cabeza de la Señorita Primavera. Desde la rama de un árbol el tucán, con su pico grande y amarillo como un plátano, las saludó con una inclinación de cabeza.

–Espera sin moverte ni hacer ruido –le susurró al oído Abelardo, sin que se hubiera dado cuenta cómo había llegado a su hombro–, mira hacia allá, toda una familia de colibríes.

La niña miró en la dirección hacia donde le señalaba, alrededor de un bebedero rojo varios colibríes, sin dejar de mover sus alas a gran velocidad, tomaban agua. En un macizo de tulipanes con su anaranjado brillante, vio a las catarinas envueltas en sus vestidos rojos y bolitas blancas.

–¿Ves aquel caracol que tiene la concha muy blanca y brillante? –le preguntó el duendecillo señalando hacia la base de un rosal–, se llama Charcol, el otro día Helga me contó que está enamorado de la luna, y cuando le dio un beso su concha adquirió ese brillo –la niña se agachó para verlo mejor y el caracol la saludó cortésmente.

Cuando terminaron el recorrido por el jardín, regresaron a la sala de la casa. Después de unos minutos de plática, María se acordó que sus amigos deberían estar en el parque esperándola para jugar, por lo que se despidió de Helga, Abelardo y D’Artagnan, y corriendo fue al encuentro de ellos.


Una tarde María estaba en el parque jugando a las escondidas con sus amigos, todo era como cualquier otro día, el sol brillaba sin que ninguna nube le estorbara para comunicarle su alegría a los chiquillos; agazapada detrás de unos arbustos de pronto una sensación extraña la empezó a invadir, ese algo le producía una especie de tristeza y de pesar, sin embargo, se mantenía alerta vigilando al amigo que le había tocado buscarlos. Bajó la vista, se sorprendió cuando vio a Abelardo a su lado, con el índice enfrente de su boca le hizo seña de que no hiciera ningún ruido. Se dio cuenta que el buscador se había alejado en dirección contraria, lo que ella aprovechó para salir corriendo hasta la base. El amigo oyó sus pasos y de inmediato fue en persecución de ella con el propósito de alcanzarla y hacerla perder; los niños que ya habían sido encontrado le gritaban para que se apresurara; pero ella con la agilidad de la pantera aceleró más y con un salto tocó el monumento que les servía de base y gritó:

–¡Uno, dos, tres por mí y por todos mis amigos!

Alborozados los demás niños salieron de sus escondites en dirección al monumento central del parque. Mientras se ponían de acuerdo para seguir con el juego, María volvió a sentir esa sensación inquietante, se separó un poco del grupo, entonces Abelardo le dijo algo al oído.

–¡Ya no juego! –gritó–. En un ratito regreso.

Emprendió la carrera, Abelardo se tuvo que afianzar del cuello de la blusa para no caerse.

Agitada se paró frente a la reja metálica blanca que protegía el pequeño jardín de la casa de Helga. Sintieron algo raro en el ambiente, D’Artagnan les salió al encuentro, con sus maullidos que transmitían su preocupación por las circunstancias les urgió a pasar. La niña abrió la puerta del jardín y se dirigió a la entrada principal de la casa, pero el gato les dijo que estaba cerrada con llave la puerta, por eso era mejor entrar por la puerta de servicio que se había quedado emparejada.

A pesar de que no tenía techo, el pasillo que llevaba al patio trasero estaba en penumbras. La pequeña detectó un silencio muy raro, ni siquiera se escuchaban sus pasos. Conforme avanzaban todo se fue oscureciendo más, al grado que sus ojos ya no distinguían nada más que la fosforescencia que brotaba de la punta de la cola y las patas del gato, quien los iba guiando con su visión nocturna.

Caminaba con pasos firmes pero despacio, al ritmo del gato. Con el oído trataba de romper el misterio de ese silencio oscuro y profundo. Se dio cuenta que ya había caminado un largo trecho, mucho más que el tamaño del patio de la casa. Sus pies le indicaron un descenso constante. Sintió algo de frío, algo raro en pleno verano. D’Artagnan se detuvo. El brillo de sus patas y de la cola se apagó. María alcanzó a distinguir, al fondo, una luz diminuta.

–Espérenme aquí –les ordenó el gato y siguió su camino.

María se quedó quieta. No tenía miedo, Abelardo estaba sentado en su hombro. En medio de la oscuridad sus oídos se volvieron más sensibles, escuchó una respiración agitada. Sin hacer caso a la orden del gato, cautelosa caminó hacia el punto luminoso, y en cada paso se le hacía más nítido el sonido de esa respiración.

Llegó a una habitación iluminada por las llamas que salían de un fogón donde en una olla hervía un caldo con olor amargo. De manera instintiva se llevó la mano a la nariz para no olerlo. Sorprendida, su mirada recorrió la estancia de paredes y piso de piedra oscura, a un lado de la hoguera estaba una mesa con platos sucios y restos de alimentos. De nuevo el leve sonido de la respiración captó su atención, de manera brusca volvió la vista al rincón opuesto, entre la penumbra vio acostada a Helga sobre un viejo camastro, con las manos y los pies atados.

–¡Abuelita! ¿Qué te han hecho? –exclamó angustiada mientras se acercaba a la anciana.

Una leve risa mordaz y el bufido del gato emitidos al mismo tiempo detuvieron su movimiento. Volteó el rostro hacia donde los escuchó, era el rincón más oscuro de la habitación. Primero vio a D’Artagnan con el lomo arqueado y los pelos erizados, y después distinguió la silueta de una mujer.

–¿Quién está ahí? –preguntó temerosa.

La extraña mujer dio unos pasos adelante mientras volvía a emitir su risa burlona. Al llegar al espacio donde la penumbra se empezaba a desvanecer por la luz del fogón, el asombro de María fue mayor al ver enfrente a una giganta, su rostro tenía la blancura de la nieve escandinava y los ojos de azul grisáceo.

–¿Quién eres? –mientras se paraba volvió a preguntar, cobrando valor–. ¿Qué le has hecho a Helga? –dijo en tono desafiante mientras veía a la extraña. Sus largos cabellos canosos descendían sobre su cuerpo delgado cubierto por un vestido muy antiguo.

–Soy Elli…

– ¡Por el Santo rey Olaf! –exclamó Abelardo con asombro, parado sobre el camastro junto a la anciana–. Hacía más de mil años que no veía a la diosa de la vejez.

–…solo hice lo que Odín me encomendó –continuó ignorando al duendecillo–, todos los humanos, tarde que temprano, están sujetos a mí…

–Te aprovechas de tu tamañote –le respondió retadora–, verás cómo la llevo de regreso a su casa, lejos de ti.

La giganta soltó una sonora carcajada que hizo temblar las paredes de la habitación.

–Eres una chiquilla ilusa, nadie puede derrotarme, incluso al poderoso Thor le hice hincar la rodilla en el suelo.

–Verás como sí podemos –la interpeló Abelardo señalándola con el índice.

–¿Cómo te atreves, miserable enano?, ¿crees que seres tan pequeños podrán conmigo? –le contestó furiosa y luego se dirigió de nuevo a la niña–. Entiende chiquilla, ya no tarda en venir Hela para llevarla a su morada en el inframundo.

La niña volteó hacia su amiga.

–Vamos abuelita, levántate, es hora de irnos –le urgió mientras la movía con ambas manos.

–Es inútil que lo intentes –le advirtió burlesca la diosa–. Ya no te puede ver ni oír, no tiene caso, ya ha vivido los años que le correspondían, ha perdido toda su voluntad, sus manos ya no le obedecen, ella ya no tiene ganas de nada.

–Eso es mentira, lo que pasa es que eres una envidiosa que no puede aceptar la felicidad de las personas.

Mientras María discutía con la diosa de la vejez, Abelardo y D’Artagnan trabajaban para desatar a Helga.

–Yo nada puedo hacer en contrario –afirmó la giganta–, solita llegó aquí.

–No es cierto, tú le tapaste los ojos y los oídos, le amarraste los pies y las manos, no quieres que siga haciendo cosas bonitas.

–¿Para qué?, todas son fruslerías, no valen ni un peso, no se pueden vender en ninguna tienda, ni siquiera en las redes sociales. Ya te lo dije, es una inútil que no puede hacer nada.

–¡Men-ti-ro-sa! –protestó furiosa separando las sílabas–. El otro día, ella me dijo que debemos ver el universo con los ojos del alma para descubrir toda su belleza, escuchar su música con los oídos del corazón para darle ritmo a la existencia, y dejar que la imaginación mueva las manos para que la vida se exprese en mil formas.

En cuanto terminaron de quitarle sus ataduras, Abelardo empezó a entonar una canción al oído de Helga; María se dio cuenta, dejó de discutir con Elli para acompañar a su amigo en el canto, primero muy quedito y poco a poco fue aumentando el volumen para que su amiga la escuchara. En lo profundo de su sueño, Helga empezó a escuchar la canción, por encima de la voz de sus amigos resaltó una más tierna y conocida, era su madre, la cantaba como cuando era una niña y se sentía triste.

Eli se quedó congelaada en medio del oscuro invierno Ártico. Conforme Helga se recuperaba, la luz empezó a disipar las tinieblas de la estancia. María la tomó del brazo, cariñosa la ayudó a levantarse, pasito a pasito, con Abelardo montado sobre D’Artganan, emprendieron el camino de regreso al jardín. Se escuchó el trino de un pájaro escondido en las ramas de un árbol.

–Ven, –le dijo María–, ¿me puedes ayudar? Por favor, pósate en el hombro de Helga y cántale las canciones que te hacen famoso.

– Ripiti, ripiti –le contestó.

Obediente hizo lo que la niña le había pedido, los oídos de Helga dejaron pasar la magia de la melodía, sus ojos adquirieron un nuevo brillo. Flores y árboles, aves e insectos, con todo su color la recibieron de regreso en su jardín mágico.

–Bueno, abuelita, ya me tengo que ir a la casa, mamá debe estar esperándome preocupada porque ha pasado mucho tiempo.

–Gracias, hijita, vuelve pronto.

–Claro que sí. Hasta luego Abelardo. Adiós D’Artagnan –se despidió levantando su mano abierta, y dio media vuelta.

Cuando pasó por el taller, sobre la mesa de trabajo vio la piedra que le había llevado a Helga el día en que se le presentó Abelardo: ajustándose a su contorno tenía pintado un elefante.

Phillip H. Brubeck G.

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