La muerte me ha visitado

LA MUERTE ME HA VISITADO

En el hospital

Estaba en ese cuarto frío viéndole por el vidrio que nos separaba. Mamá tomaba su mano y la acariciaba muchas veces con ternura, sentada en una silla blanca de hierro cerca de la cama, a la altura de la cabecera. Papá por su parte solo contemplaba la escena, mirándola esperando porque ella le diera alguna señal para acercarse. Desde donde estaba solo podía ver los pies cubiertos por la sábana azul y rodeado de varios monitores que solo mostraban en su pantalla el movimiento de los signos vitales. Debía ser abuelo el que estaba recostado en esa cama porque era un anciano un poco enfermo, desde donde estaba no podía distinguirlo, pero debía ser él, si no fuera él mamá no le acariciara la mano que reposaba en la cama con tanto cariño y suavidad, la levantaba y la llevaba a sus labios besándola. Vi solo un lado de su rostro, sus mejillas estaban rojas y se acomodó detrás de sus orejas el cabello arremolinado de sus rizos.

Tal vez la noticia nos llegó inesperadamente, debimos llegar con urgencia porque mi madre llevaba debajo de su abrigo negro su pantalón de seda blanco que utilizaba para dormir, su melena negra estaba sin peinar mostrando sus cabellos rizados como bailando sobre su cabeza. Mi padre solo la contemplaba, él si estaba vestido con su ropa de trabajo, su pantalón negro y su chaqueta azul oscuro, pero no tenía corbata, resaltaba su camisa blanca con sus brazos cruzados en el pecho. Estaba preocupado, porque acariciaba su rostro una y otra vez para después dejar caer los brazos a los lados relajados y solo unos minutos después volver a acariciar su rostro. Creo que lloraba, no había razón para limpiarse el rostro tantas veces.

Una enfermera entró a la habitación con una carpeta en su pecho y se acercó a los monitores. De repente el sonido de los latidos del corazón se paralizó y se escuchó un chillido fuerte, mi padre se acercó a mi madre levantándose de la silla para que la enfermera pudiera atender a mi abuelo, debía ser él que estaba en esa cama, ¿quién más podía ser? Al instante entraron a la habitación una enfermera y un doctor obligando a salir a mis padres de la habitación y cerrando la puerta.

Un fuerte dolor sentí en el brazo izquierdo, muy profundo, como si me atravesaran el pecho con un filoso cuchillo, llevé mis manos al pecho para tocarme el corazón y después no vi, ni sentí nada más.

La luz de la bombilla sobre mi rostro me cegó unos instantes, una corriente eléctrica recorrió mi cuerpo y la cara del médico con el estetoscopio revisándome sobre el pecho gritando.

─Atenta enfermera con la inyección, debe colocarla cuando le diga.

─Sí doctor ─respondió.

Solo escuché sus voces, la voz del doctor y de unas mujeres, de nuevo se acercó el doctor con una especie de plancha que colocó sobre mi pecho y me hizo levantarme de la cama y caer de nuevo, era electricidad, la sentí en mi pecho que me ardía. El doctor se acercó de nuevo y con el estetoscopio revisó mi corazón y las pulsaciones. Cerró los ojos y retiró el estetoscopio. Se levantó de la cama y colocó su estetoscopio en su cuello.

Lo vi alejarse con ellas hacia la puerta. Mis ojos estaban dilatados, así los sentía y no podía cerrarlos hasta que logré pestañear y una gran oscuridad me invadió, un frío recorrió mi cuerpo inmovilizándolo lentamente hasta que dejé de sentir sensación alguna y solo comencé a soñar muy profundamente.

Mis padres discutían todas las noches a la hora de la cena, siempre era lo mismo, papá se levantaba porque habían discutido de nuevo por cualquier cosa arrojando la servilleta sobre la mesa. Algunas veces era porque llegaba después de la hora, a veces se le olvidaba pasar por mí a la escuela, otras eran porque no llegaba a dormir a casa, hasta que la razón de la discusión comenzó a ser mi madre porque no me cuidaba ni bañaba, no iba a la escuela a retirar mis calificaciones o no había comida en la refrigeradora.

Mientras era pequeño como hasta los doce estuvimos juntos. Recuerdo que la mejor época era en Navidad porque íbamos a casa de mis abuelos maternos y con mis primos jugábamos en el patio de la casa que tenía muchos árboles y arena, con un tanque de agua donde nos bañábamos debajo de un gran árbol que siempre estaba con sus hojas verdes. Ese patio era inmenso lleno de árboles hasta llegar a la cerca que delimita con la carretera donde los vehículos pasaban a gran velocidad.

Los abuelos cultivaban naranjas y limones. Cuando las flores vestían los árboles y la brisa soplaba haciéndolas bailar, ese aroma dulce llenaba mis pulmones hasta que sentía que las aspiraba por completo. Mi abuela preparaba una jarra con jugo de naranja y una torta blanca con conchitas de la planta rayada en un gran mesón debajo del árbol, para que comiéramos al salir del agua. Los tíos, Ricardo y Martha, vivían con ellos, tenían dos hijos, una niña de rizos amarillos llamada Carolina y un chico de mejillas rosadas por el sol llamado Jesús.

Me encantaba estar con mis abuelos, era muy feliz. Eufemia y Daniel eran especiales conmigo. Muchas veces mi madre me dejaba con ellos a pasar las vacaciones mientras ellos salían a resolver sus problemas. Hubo una época en la que se quedaban con nosotros, pero después de los seis años siempre estaba solo. Debo confesar que era mejor así que escucharlos pelear todo el tiempo.

Era una casa en el campo muy cálida, no como la mía que era fría y vacía a pesar de tener muchos muebles, cuadros, una biblioteca que llegaba casi al techo donde mi padre se encerraba a trabajar y una cocina donde la señora Rosa nos preparaba la comida, muy buena comida, pero siempre la comía solo porque llegaba en la tarde del colegio y a ella ya le tocaba irse a su casa.

Cuando cumplí trece años mis padres se separaron. Mi madre se casó con el médico que me ayudó con el asma emocional que desarrollé por las continuas peleas y la separación, se convirtió en mi padre ya que el mío no volvió a casa sino hasta que cumplí dieciocho años.

Fue una dura etapa, lloré mucho y me aislé de todos. Mi padre verdadero casi desapareció de mi vida y cuando me hice hombre ya no me importaba no saber de él, era como un fantasma. Después de la separación mi madre, Eufemia, solo dejó una foto familiar tomada en el árbol de la casa de mis abuelos cuando era niño para que no lo olvidara, pero todo lo demás poco a poco desapareció de la casa, junto con él.

Roberto tenía una hija de su primer matrimonio llamada Laura, casi de mi edad, y cuando entramos en la universidad comenzamos a frecuentar los mismos amigos. En realidad, era mi mejor y única amiga y sus amigos se convirtieron en los míos. Tuvimos una relación muy buena, nos ayudamos mucho y cuando regresamos de vacaciones a la casa Laura visitaba a su madre. Roberto, mi madre y yo íbamos a casa de mis abuelos en el campo.

La relación de Laura y su madre era muy trágica, se amaban, pero a la vez discutían mucho. Eso la hacía llorar todo el tiempo, y a mí, particularmente, me molestaba porque si se amaban, ¿por qué se hacían daño una a la otra? Me hacía recordar la forma en la que mis padres se trataban y cómo después cambiaron hasta no soportarse uno al otro.

Cada vez que sufría una crisis me llamaba para que la escuchara y le ayudara a superar la situación, solo escuchaba porque cómo podía decirle que se alejara de ella que le hacía daño, pero que debía aprender a manejar la situación dándole más amor y aceptando lo que no puede cambiar en ella. Esa había sido una fórmula que me habían enseñado tantos doctores a los que mi madre me llevó a que me ayudaran con el asma, incluyendo a Roberto.

Tal vez eran muy parecidas y por eso no se soportaban. Tenía un padre muy amoroso pero su madre no aceptaba su nueva realidad, ser una mujer divorciada y no había logrado otra pareja, por lo que manipulaba a Laura para que se preocupara por ella y no la dejara sola.

Me incomodaba esa situación, pero recordaba cómo mi abuela materna, Eufemia, me decía cada vez que lloraba porque mis padres discutían todo el tiempo, decía abrazándome y besándome en la cabeza mientras estábamos recostados en su cama.

─Cada día que pasa cariño debes darles más amor a tus padres. Están pasando por un momento difícil, pero a su manera te aman.

─¿Cómo pueden amarme si solo pelean todo el tiempo? ¿Seré yo la causa?

─No amor claro que no. Para cada uno eres importante y te aman, solo que ahora deben arreglar las cosas y necesitan estar a solas.

─¿No me quieren? le insistía mientras me acerqué a ella recibiéndome en su pecho donde escuchaba su corazón latir.

─Sí te quieren, cariño. Dales tiempo, eso es todo. No estás solo, cuentas con nosotros y con tus tíos. Eres un niño amado.

─No abuela, no como mis primos que sus padres los cuidan.

─Los tuyos también. Espera que resuelvan sus problemas y te darás cuenta que eres igual de amado que tus primos. Lo que ocurre es que no recuerdas cuando eras más pequeño, pero eras igual o más amado que ellos. Además, tu abuelo y yo te amamos hasta el cielo.

─¿Cuánto debo esperar?

─Un tiempito cariño. Cuando menos lo esperes, todo cambiará.

¿Qué ocurre conmigo? No sé por qué razón estas imágenes vienen a mi memoria, una tras otra como si fuera una película. Las veo venir, las disfruto y hasta siento en mí las emociones de entonces como: soledad extrema cuando recuerdo mi infancia en la casa, amor sincero cuando estaba en casa de mis abuelos, me sentía protegido, cuidado y amado, y cuando Roberto apareció haciendo que la vida de mi madre cambiara, no solo la hizo feliz a ella, también me ayudó a salir de mi encierro. Laura se convirtió en mi hermana y mis días en la universidad se hicieron más fáciles teniéndola cerca.

Éramos de la misma edad, ella hablaba hasta con las plantas y los animales mientras solo la observaba y me llenaba de su energía vital. Recuerdo cuando Roberto la trajo a casa para una cena antes de la boda, esa noche conversamos hasta la madrugada y a las 10 de la mañana del día siguiente parecía que habíamos dormido toda la noche. Nos quedamos en un hotel donde se celebraría la boda y dormimos en las sillas de la piscina, cuando amaneció y el sol nos cubrió el rostro nos despertamos, corrimos a la habitación para que nos encontraran durmiendo en ellas. Fue una magnífica noche, al menos para mí, había encontrado a alguien que me entendía como nadie más y a partir de ese día sería parte de mi familia, ya tenía por quien preocuparme y cuidar. ¡Qué bueno!

Laura y yo, vestido con una chaqueta negra con un pantalón y un corbatín del mismo color y ella con un vestido blanco con falda hasta cubrir los pies, esperábamos en una habitación cercana al salón, llena de sillas y con un espejo en la pared donde podías verte hasta la suela de los zapatos. Los míos brillaban y los de ella, con un pequeño tacón, tenían un diminuto lazo blanco con perlas iguales a las que adornaban su falda. En su cabello lacio negro tenía una pequeña tiara de flores silvestres que la hacía lucir muy hermosa.

Roberto entró a la habitación sonriéndonos y Laura se acercó a abrazarlo. Vestía una chaqueta con su pantalón y su corbatín negro con la camisa blanca como la mía. Se abrazaron, luego de mirarse a los ojos él se arrodilló frente a ella y comenzó a hablarle.

─Solo quiero que sepas que estoy muy feliz de tenerte conmigo en este día. Cómo quisiera que tu madre entendiera que ya no puedo seguir con ella, que ahora amo a esta mujer, pero que no le faltará nada nunca al igual que a ti. Ninguno de ellos tiene la culpa, no tienen que ver en la decisión que tomé en separarme de tu madre. Era muy difícil seguir con ella, ya no quiero más peleas en mi vida ni en la tuya.

─Lo sé papá, lo sé. Hay que darle tiempo.

─Claro. Sabes que te amo, ¿cierto?

─Si lo sé.

─Y a ella también, solo que ahora mi amor por ella no es igual, es importante en mi vida, pero quiero empezar una historia nueva al igual que Eufemia. Los dos hemos sufrido mucho y nos debemos esta oportunidad, no ha sido fácil tomar la decisión, pero juntos, todos, haremos posible tener una familia, hermosa llena de amor.

Roberto le besó en la mejilla, se puso de pie y estiró su brazo para que me acercara a ellos para colocarlo sobre mis hombros.

─Haré lo posible por darles a ambos una familia amorosa y nos esforzamos para ser mejores padres con ustedes. Queremos darles la oportunidad de que conozcan lo que es tener una familia llena de amor. A partir de ahora tendrán ambos dos madres y dos padres para ustedes y estoy seguro que cada uno, a su manera, serán atendidos y amados siempre.

─Claro ─le respondí sonriéndole.

─A partir de ahora son hermanos y nos agradaría mucho que así lo sintieran, para cuidarse uno al otro.

Sentí una paz en mi corazón pues sus palabras resultaron ciertas, en ese entonces teníamos catorce años, empezábamos a cambiar y cumplió todo lo que dijo a partir de ese día. Para mí Laura se convirtió no solo en mi hermana sino en mi amiga y mi confidente desde entonces.

La razón de todo

Hacía calor, era verano, Roberto había comprado para la familia una casa grande en una zona lujosa de la ciudad. La casa era muy grande hasta tenía piscina, pero ya nosotros teníamos dos años en la universidad. Ese verano Laura visitó a su madre, pero se quedó con nosotros, su madre había encontrado pareja y le comentó que podían salir juntas, pero que por favor no fuera a la casa a dormir. Para Laura fue un alivio, cada vez que llegaban las vacaciones era volver a vivir su infierno infantil, con sus peleas.

Laura y yo sentados frente a la piscina, en una tarde de sol radiante y de cielo azul despejado, nos reíamos recordando las travesuras que hacía en su colegio antes de conocernos. Rosa seguía en la casa, solo que ahora vivía con mis padres, acercándose a donde estábamos sentados al borde la piscina con los pies en el agua nos trajo una bandeja con té frío y unos tequeños.

─Alberto, hay alguien que quiere verte. Está esperando por ti en la sala.

─¿Quién es Rosa?, no espero a nadie.

─Tu padre está en la sala hablando con tu mamá.

─¿Mi padre?

─Eso dijo tu mamá que viniera por ti.

─Bien, veamos qué quiere. ─me levanté del suelo, limpié mis manos en la parte trasera de mi pantalón corto y descalzo entré a la casa.

Me encontré con un hombre muy delgado y calvo, su cabellera abundante como la mía, ya no estaba, llevaba puesta una chaqueta de cuero negro desgastada. Me quedé mirándolo cuando entré a la habitación, él se levantó de la silla y sonrió, se quitó sus lentes oscuros y los guardó en la chaqueta acomodándosela, se limpió las manos en el pantalón de jean negro.

─Hola, ¿cómo estás?

─Bien y tú, ¿qué haces aquí? ─le respondí acercándome a mi madre que seguía sentada, le tomé de la mano cuando ella la levantó, para sentarme en el apoya brazos de la silla.

─Tu padre ha venido a buscarte, quiere recuperar el tiempo perdido.

─¿El tiempo perdido?, no lo creo, no hay tiempo perdido.

─Lo siento hijo, sé que no me comporté como un buen padre, pero quiero que nos conozcamos un poco ─permanecía de pie y en vista de que no me acerqué a él, volvió a sentarse.

─Tu padre necesita ayuda, tiene problemas económicos, han embargado su empresa.

─¿Y a qué te dedicas?

─Vendo casas, invertí mucho dinero en la compra de unas viviendas, pero como el precio ha caído tuve que hipotecar la mía y bueno, no he podido cumplir con los compromisos…

─No entiendo qué tengo que ver en eso. Aún estoy estudiando y no tengo dinero que pueda prestarte.

─Vino a que le diéramos la garantía que tenía sobre la casa, donde vivíamos cuando estábamos juntos, y que guardamos cuando logré vender la casa antes de mi casamiento con Roberto.

─Ah caramba, pero ese dinero es para la universidad.

─Eso mismo le dije ─respondió mi madre.

─Entiendo que lo tengan ahorrado, pero es solo un préstamo que me permita recuperarme y lo devolveré con intereses.

─Bien, esa es una decisión de mamá, lo único que puedo decirte es que lo converses con ella. Que tengas una feliz tarde.

─Alberto, pero por lo menos podemos salir a tomarnos algo, ¿no te gustaría?

─No. Tranquilo, no te odio, simplemente no tenemos nada que hablar, ya no nos une nada. ─me levanté del asiento y regresé a la piscina con Laura. Era cierto que no había nada que me uniera a ese hombre, era un fantasma que había regresado del más allá sin tener nada que conversar, nada que nos uniera, era un desconocido para mí.

Ese momento me había marcado. Mi abuela tenía razón, debía darle mucho amor y eso hice mientras estaba desaparecido y ahora, que estábamos uno frente al otro, no había nada que me uniera a él. Era un desconocido, pero no generó en mí sentimiento alguno, nada bueno, tampoco nada malo.

A la hora de la cena de ese día Roberto y mamá conversaban sobre la visita de mi padre, mi madre le recordó que ellos habían adquirido una póliza de vida, la cual estaba pagada y cualquiera que muriera recibiría una suma considerable, pues habían pasado más de diez años. Con mucho sacrificio la siguió pagando, aunque él no lo hubiera hecho, principalmente para dejarme protegido si le ocurría algo a ella.

─¿Qué quieres hacer?

─No sé tengo miedo por Alberto, si no le presto ese dinero.

─¿Qué tiene que ver Alberto con ese dinero? Ese dinero tiene otro destino, si quieres prestarlo tómalo y dáselo, bien sabes que no lo necesita para su carrera porque con su beca tiene garantizada su estadía.

─Lo sé cariño, lo sé…

─Eufemia, disculpa lo que voy a decirte, ese hombre es un caradura, venir a pedirte dinero cuando te dejó sola, no se ocupó más de ustedes y casi pierdes la casa si tus padres no te ayudaban. No entiendo, ¿por qué debes ayudarlo ahora?

─Tienes razón, es mejor alejarlo de nosotros. Tengo un mal presentimiento, es todo.

─Lo más que puedo hacer es buscar con otro de mis amigos del banco, que renegocie la deuda que tenga, y le presten el dinero.

─Bien creo que eso es una mejor idea.

─Lo hago por ti, para mi debería estar en la cárcel, es un estafador, lo sabes.

─Roberto por favor, ayúdalo con esa propuesta del préstamo del banco y así lo alejamos de Alberto. No lo quiero cerca de él.

─Mañana llamo al banco y luego me comunicaré con él para que se presente y resuelva su problema. No lo quiero cerca de nuevo.

─Está bien.

No había entrado al comedor, los escuchaba cerca de la puerta que estaba abierta. Cuando terminaron de conversar quise entrar a la habitación y sentí una mano en mi hombro, cuando la vi era Laura, sonreía visiblemente feliz. Me sentí sorprendido cuando la vi, no sabía que estaba escuchando igual que yo. Solo sonreímos uno al otro.

Durante la universidad me inscribí en clases de ajedrez y terminé siendo parte del equipo. Era un nerd más, mientras que Laura era parte de las chicas que amenizaban en los partidos de basquetbol. En el tercer año evidentemente habíamos crecido, ya lucimos más maduros, Laura se convirtió en una linda mujer de piernas largas y cabellera negra lacia, era hermosa. Por mi parte había dejado de tener mi cabello rizado largo que llegaba a los hombros porque para las competencias debía lucir más pulcro, por lo que tuve que cortarlo. Mi cuerpo había crecido convirtiéndome en un chico de casi un metro ochenta y nueve, largo dedos y, gracias a Dios, el acné había desaparecido.

Finalizando el tercer año, antes de iniciar el cuarto año, Laura se enamoró de un chico del equipo de basquetbol. Al principio pensamos que era buena gente, pero empezamos a notar cambios en su temperamento, demasiado drásticos. En ese entonces comencé a salir con una de mis compañeras del equipo de ajedrez y Laura y yo nos distanciamos.

Ese año para las navidades Laura no vino a la casa, se quedó con el chico pues la había invitado a pasarla con los suyos. Roberto no estuvo de acuerdo, pero no podía intervenir para nada ya que Laura tenía veinte años. Fue muy duro para mí también porque nos hacíamos compañía, pero comencé a ver en ella distanciamiento y dejamos de hablarnos como lo hacíamos antes.

Al regreso de esa navidad fui a buscarla a su habitación y no la encontré. Su compañera me dijo que no regresó después de las fiestas, también lo busqué a él y al igual que ella, no había regresado. Días después supimos que lo habían detenido por vender droga en los baños del gimnasio y tenían que pagar una fianza de unos cuantos miles de dólares. Sus padres se negaron a pagarla, fue lo último que supe.

Roberto y mi madre aparecieron en la universidad buscando a Laura, pues teníamos casi tres meses sin saber de ella. Efectivamente se había retirado y con el dinero que tenía ahorrado alquiló una habitación con el chico basquetbolista a las afueras de la ciudad. Una tarde mientras recorríamos el centro de la ciudad caminando me la encontré, estaba desaliñada, evidentemente estaba drogada y sentada escondida en uno de los callejones detrás de los recipientes de basura. Roberto me ayudó a llevarla al hospital, la habían golpeado, tenía su ojo izquierdo hinchado y su labio roto, aún había sangre en él.

Recuerdo que cuando la vi sentí un dolor inmenso en mí, como si me hubieran robado el corazón, tuve mucha pena, rabia e impotencia. ¿Cómo había llegado a pasarle algo así? ¿Por qué lo había permitido? ¿Qué le había pasado para que cayera en ese estado? Tenía un futuro diferente, todas las oportunidades, cualquier otro camino menos este.

Mi nueva amiga me visita

Esa tarde el viento soplaba con frío y las hojas de los árboles se mecían con delicadeza. ¿Por qué todos estaban aquí? ¿Quién había fallecido?

Estaban todos alrededor de la fosa, el ataúd bajaba con las cuerdas y era colocado en la fosa, mientras los trabajadores empezaban a cubrirlo con tierra. Roberto sostenía a mi madre por los hombros mientras ella lloraba, había otras personas incluyendo a Rosa, la doméstica de la casa, hasta mis primos los acompañaban. ¿Sería mi abuelo quien había fallecido? Era un hombre anciano ya enfermo, pero abuela no estaba por lo que no debiera ser él.

Comprendí entonces que tal vez era otro miembro de la familia, mi padre, pensé. Tal vez había fallecido de repente. Me alejé de la gente hasta acercarme casi a la orilla del camino porque Laura estaba escondida detrás de uno de los árboles, alejada de todos, lloraba desconsolada y cuando abrió sus ojos, observando que ya el ataúd estaba colocado en la fosa, se alejó del lugar. Me dio mucho dolor, estaba muy delgada, su hermoso cabello había perdido brillo y lo tenía corto a la altura de los hombros, estaba algo desaliñada, era ropa vieja, desgastada y sus zapatos de tenis estaban sucios cubiertos de tierra.

Me volví a donde la gente estaba aún reunida, el cielo se cubrió con nubes negras, empezó a llover, comenzaron a retirarse incluyendo a mis padres. Continué caminando hasta llegar a estar frente al sitio donde estaba el ataúd y pude leer, aunque mis ojos estuvieran cubiertos de agua de lluvia, el epitafio: A nuestro amado hijo, Alberto. Fue como una corriente eléctrica. Ese ataúd que bajó a la tierra debía ser el mío. ¿Qué pasó? ¿Cómo ocurrió? ¿Cuándo pasó?

Una mujer vestida de negro se acercó a mi cuando terminó de llover, retiró de su cara una malla que cubría su rostro y colocando sus manos sobre su falda dijo:

─Me dicen que fue un buen chico, como hijo lo van a extrañar y como hermano aún más. Superó muchas cosas, sufrió la soledad y el abandono y sin embargo se recuperó de ello. Era valiente, muy valiente.

─¿Lo conociste?

─No, pero vine por él hace unos días.

─¿Viniste por él? ¿Quién eres tú?

─No importa mucho realmente, solo quiero que sepas que ese chico va a ser extrañado porque se dio a amar y amó mucho. Aún no estaba listo para irse, pero a veces esas cosas pasan.

─¿No estaba listo para irse?, ¿quién lo está?

─Bueno, según dicen cada uno tiene su fecha para irse, pero hay algunos que se adelantan.

─¿Se suicidan o los asesinan?

─¿Lo asesinaron? ¿Quién lo hizo y por qué?

─Eso debe averiguarlo él mismo, si no lo hace seguirá vagando en este plano.

─¿En cuál plano?

─En el plano que estás donde los ves a todos, sientes tus recuerdos, pero no puedes interactuar con ellos.

─Por eso me muevo de un sitio a otro y mis recuerdos llegan sin explicación alguna.

─Pues sí.

─Puedes decirme entonces ¿Qué pasó?

─No puedo, debes verlo tú mismo, descubrirlo.
─¿Cómo?

─Solo debes recordar, ver las cosas que son necesarias y escuchar lo que otros te han dicho.

─¿Dime por qué me ha ocurrido esto?

─Solo debes descubrirlo y te aseguro que entonces tendrá sentido.

─¿Quién eres?

─La compañera de todos los que mueren.

─¿La muerte?

─Si. Aún no te has despertado, sigues atado al mundo porque desconoces qué te ha ocurrido, pero tienes poco tiempo para entender las cosas, pronto vendrán por ti, te buscarán para llevarte porque no puedes seguir así por mucho tiempo. Para ti el tiempo no transcurre como para ellos.

─No quiero irme y dejarlos

─Lo sé, pero ya no puedes regresar, tu cuerpo está en la tierra y no hay vuelta atrás. Debes darte prisa.

Seguí a Laura que caminaba bajo la lluvia y tomó el autobús. Seguía llorando, apoyó su cabeza al vidrio viendo pasar las cosas afuera a gran velocidad. Cuando llegó al centro de la ciudad bajó del autobús y caminó hasta la plaza frente a un edificio con grandes ventanales. Se sentó en una de las bancas de cemento, comenzó a girar su cabeza buscando a alguien. Estaba nerviosa, giraba su cabeza de un lado a otro, se comía las uñas, cruzó sus piernas, sacó del bolsillo de su chaqueta una foto doblada donde estábamos los dos sentados en las gradas del estadio de la universidad.

─Te pedí que me ayudaras, necesitaba tu apoyo, que no me dejaras sola con todo esto. No me escuchaste, lo siento Alberto de verdad, pero era el único camino para sacar a Eugenio de la cárcel. No puedo estar sin él, siento que me muero si no estoy cerca.

─¿Qué fue lo que hiciste?

─Ayudé a tu padre a tener el dinero del seguro de vida. Sabía que conmigo no dudaría y me daría la mitad del pago para cumplirle a Eugenio, lo han maltratado en ese lugar, no puede inyectarse, lo tienen en desintoxicación. Sé que muere poco a poco. Debo ayudarle somos uno cuando estamos juntos. Sé que tú no lo entiendes porque no te has enamorado de verdad.

─Quien te hace daño, no te ama. No te das cuenta que ese amor te ha destrozado la vida. ¿Qué hiciste?

─Te dimos una mezcla de medicamentos que no será fácil de detectar y te provocó un fallo cardiaco.

En esa sala de hospital estaba amarrada de los pies a la cama, al igual que sus manos, cubierta con una bata gris y una sábana colocada sobre la mitad de su cuerpo hasta las rodillas. Estaba tan delgada que sus huesos se marcaban, cada vez que respiraba su esternón se levantaba y sus cabellos cubrían su rostro.

Acompañé a Roberto después que tenía varios días internada luego que la rescatamos de la calle, aquella tarde. Verla tan indefensa me hacía llorar por dentro, qué dolor tan profundo. ¿En qué momento pasó todo esto?, ¿en qué momento te perdí?, ¿en qué momento ese hombre te cambió hasta convertirte en eso que eres ahora?

Roberto leyó las indicaciones de los medicamentos al pie de la cama y se acercó a ella para revisar. Abrió sus párpados y con una linterna encendida probó su respuesta al estímulo, luego colocando el estetoscopio escuchó su corazón.

─¿Cuánto tiempo pasará así?

─Varios días. ¿Qué hice tan mal que mi hija se ha convertido en esto?

─Hiciste lo que pudiste, siempre lo hiciste. Esta es su decisión. Ninguno de los dos podemos hacer nada más. Debe decidir si regresa a casa o continúa con ese hombre.

─Tal vez no quiera regresar.

─Entonces solo nos tocará esperar. Ni siquiera yo me di cuenta de los cambios que estaba viviendo ella, sencillamente ese hombre le nubló la inteligencia y ella se dejó llevar sin restricción alguna.

Me invitó a su apartamento, perdido en un barrio en el centro de la ciudad. Acababa de salir del hospital, pero no quiso regresar a casa, decía que no tenía nada allí y que su vida era ahora en ese lugar. Ninguno intervino para hacerla cambiar de opinión, era inútil, la habíamos perdido. Sabíamos que si la forzábamos buscaría el momento adecuado y se iría. Me llamó diciendo que tenía una sorpresa para mí, que fuera a su apartamento.

Cuando llegué al lugar me pareció horrible, no solo estaba sucio y rodeado de basura alrededor el edificio, las paredes externas estaban cayéndose, dejando al descubierto las bases de hierro ennegrecidas por el exceso de agua. Había un mal olor de agua podrida, pues un río de agua negras bajaba al final de la calle. Vivía en el piso dos en el apartamento 2C. Toqué y ella abrió la puerta, al menos ahora su cabello estaba limpio y había cambiado su ropa por aquella que mi madre, Eufemia, le había llevado al hospital para cuando saliese.

─Gracias por venir.

─No puedo quedarme mucho tiempo, debo regresar mañana a la universidad.

─Si claro, tranquilo será una reunión corta.

Cuando cerró la puerta pasó delante de mí, me guio a la sala, encontré a mi padre sentado en el sofá, encima de la mesa del centro había unos vasos servidos. La miré extrañado, pero me senté en la silla frente a él y esperé paciente a que Laura tomase asiento.

─¿Cómo estás hijo?

─Bien. ¿Qué haces aquí?

─Tu hermana me invitó.

─No entiendo para qué te invitó y desde cuándo ustedes se hablan.

─Eso no importa Alberto ─respondió Laura─.Tu papá necesitaba hablarte y me ofrecí.

─No tenemos nada que hablar, eso lo sabes.

─Alberto, papá no debió intervenir entre ustedes. No tiene derecho a que tú no lo ayudes con su problema. Es una situación difícil y te necesita.

─No me necesita a mí, necesita dinero y no puedo dárselo. le respondí visiblemente molesto, mirándolo a la cara directamente, sabía que la situación no me agradaba en nada.

─Hijo, comprendo que estés confundido, que tu madre y ese hombre te hayan envenenado diciéndote cosas horribles sobre mí.

─No es eso, solo que comprendí que eres siniestro, eso es todo. Nadie me dijo nada sobre ti, tu ausencia y el alejamiento de todos esos años me demostraron que no querías saber nada de mí. Ahora es tarde, ya no son necesarias las escenas de padre abnegado. ¿Entiendes eso?

─Papá y Eufemia no entienden nada. Las personas como ellos no comprenden que la gente puede cometer errores y no por eso hay que desecharlas, considerarlas menos que nada.

─¿De qué estás hablando Laura? Nadie me dijo nada sobre él, tú lo sabes, siempre supiste todo lo que me costó superar su ausencia. Roberto cumplió lo que me prometió: darnos una familia amorosa y feliz.

─¿Te parece que eso hicieron? respondió Laura molesta, levantando sus manos, para después dejarlas sobre sus muslos y mirarme incrédula.

─Claro que sí. Laura aún puedes rectificar, regresa a casa conmigo y te ayudaremos a dejar a ese hombre y las drogas.

─No voy a dejarlo, él es mi mundo.

─¿Cuál mundo? ¿Esta vida llena de vacío, de suciedad, de soledad hasta que logre salir de la cárcel?

─Pronto saldrá.

─¿Cómo?

─Conseguiré el dinero y lo tendré de nuevo en casa.

─¿Para que te siga golpeando porque no puedes darle droga o dinero?, ¿para que siga vendiéndote a otros?

─No discutan muchachos ─intervino él, se acercó a la mesa, tomó los vasos entregándolos a cada uno─. Brindemos por esta reunión.

─No tengo nada que brindar ─Laura colocó su mano sobre la mía, sonrió mirándome como lo hacía unos años atrás, con ternura y cariño.

─Bebamos por nosotros dos, porque sigues siendo importante para mí. ¿Es que acaso has dejado de quererme como antes?

─Bien sabes que no ─le respondí mirándola con cariño.

─Eres el único que me escucha, eres lo que más extraño de casa, tu afecto me hace falta.

─Regresa a casa conmigo, deja todo esto, podemos ayudarte, recapacita, todo esto es un error.

─No lo es Alberto, no lo es.

─Laura tiene razón brindemos por este reencuentro entre ustedes y le agradezco que me haya invitado a ser testigo.

─Brindemos Alberto ─Laura levantó su vaso, lo llevó a sus labios mirándome fijamente y no pude negarme a beber el mío. Cuando tragué sentí que me quemaba la garganta y tosí.

─No me digas que no sabes beber aún ─Laura sonrió con picardía y bebió de nuevo del suyo así que hice lo mismo, bebí después que ella.

─Está muy fuerte. ─le respondí.

─No claro que no, ¿verdad que no? ─mi padre seguía con el vaso en su mano sin beber nada.

─¿Qué tiene esto? Me siento mal. ─coloqué mi mano en el estómago y al levantarme caí de rodillas en el piso.

─Esta es la forma de vengarme de tu madre y de Roberto por no querer darme el dinero para sacar de la cárcel a mi novio. Deben sufrir como yo, deben sufrir la soledad que a mí me embarga.

De nuevo en el parque, sentada en el banco colocó la foto dentro del bolsillo de la chaqueta negra, cuando levantó la mirada un hombre se acercó a ella. El hombre le entregó un sobre y se alejó del lugar. Laura revisó el contenido y sonrió levantándose. Cuando intentó cruzar la calle no vio que un auto venía a toda velocidad, la impactó levantándola por el aire y cayó sobre el capó de otro vehículo que venía en sentido contrario. El sobre se abrió y los billetes fueron levantados por el viento mientras comenzaba a llover.

Mi padre lo había hecho de nuevo, había estafado a otra persona, decididamente no tenía ningún escrúpulo, fue capaz de matar a su hijo por dinero, por cobrar el dinero del seguro de vida.

Lo siento por Roberto cuando se entere y mi madre igual, será un profundo dolor que le causará al enterarse que fue mi padre quien me mandó matar; quien, por envenenar el alma atormentada de Laura, había sido capaz de participar con él en esa atrocidad solo por dinero.

Regresé a casa, mi madre estaba recostada en mi cama, con mi almohada entre sus brazos. Me acerqué a ella por el otro lado de la cama y me recosté lo más cerca que pude para besarle la frente. Debía despedirme de ella.

─Siento haberte causado tanto daño madre, eres el amor de mi vida, te amaré por siempre hasta que volvamos a encontrarnos. Es mejor que no sepas la razón real de mi muerte, ya es bastante el sufrimiento que te causaron con mi muerte repentina, lo demás ya no importa.

─Debemos irnos ─escuche una voz dulce a mi espalda─ haz hecho bastante al recordar las cosas y a decidir que era mejor dejar las cosas como estaban. Ahora tu alma descansará en paz ─esta vez no era la mujer vestida de negro como aquella del cementerio, esta vez era una luz muy brillante la que me acompañaba con una paz a su alrededor.

─¿Y Laura, qué pasará con ella?

─Cargará con su error y deberá pagar por ello.

─No, no quiero eso. A pesar de todas las cosas, la amaba mucho, ya fue bastante el sufrimiento que vivió los últimos años.

─¿La perdonas?

─Si, ella no sabía lo que hacía. La perdono, déjala descansar en paz. Por favor dale consuelo a mis padres, Roberto y Eufemia, por favor, no quiero verlos sufrir por nuestra ausencia.

─Así será. Levántate y ven conmigo a un lugar donde ya no hay sufrimiento sino una inmensa e interminable paz.

─¿Veré a Laura?, ¿alguna vez podré verla?

─No, ella no podrá ir contigo al mismo lugar, si logra arrepentirse antes de que la muerte venga por ella podrán verse. Pero si su alma aún no está lista para reconocer sus errores, volverá de nuevo hasta que reconozca que sus actos y las decisiones que tomó fueron lo que la hicieron llegar a ese final. Nadie es capaz de hacerte daño, solo tú mismo. Siempre le faltó el amor por ella misma, no importa lo que hubiera hecho su padre por ella, nunca lo comprendió.

─¿Puedo hacer algo más por ella?

─No, bueno, puedes seguir enviándole el amor que aún profesas, para que su alma sea reconfortada, pero nada más.

─¿Será posible que siga sufriendo aún después de su muerte?

─Si llega a reconocer que su error fue no amarse lo suficiente, podrá dejar de sufrir, además debe arrepentirse por colaborar en tu asesinato.

─Ella solo hizo lo que le pidieron que hiciera, es aquel hombre que decía ser mi padre, el verdadero culpable.

─Para él el camino está trazado, su destino es una cadena perpetua, pues se atrevió, por dinero, a asesinar a su propia sangre.

─¿Alguien sabe que me envenenaron?

─No aún, pero cuando la enfermedad lo consuma pedirá ver a tu madre y al padre de Laura para confesarles su afrenta. Morirá solo, a manos de quienes engañó con el dinero de tu muerte.

─Es realmente penoso todo esto.

─Si, realmente lo es.

─Lo siento mucho, un padre no debería actuar de esa manera.

─Por eso es su pecado y su condena eterna. Jamás descansará, ni en la vida ni después de su muerte. El arrepentimiento que tendrá antes de morir, no le eximirá de su castigo. Debemos irnos, ya no podemos seguir en este plano, si quieres puedes besarla ahora que duerme.

─¿Me permites hablarle?

─Si, está soñando.

Me le acerqué de nuevo, sentándome a la orilla de la cama le acaricié la cabeza. Tomé su mano que reposaba sobre la sábana, la levanté despacio para besarla. Eufemia abrió los ojos y mirándome dijo:

─Sabía que vendrías a verme, lo sabía.

─Vine a despedirme, a decirte que todo estará bien, que tú y Roberto superarán todo.

─¿Tú estás bien?

─Si. Estoy bien, ya nada me hará daño ni tendré sufrimiento alguno.

─Qué bueno amor, me tranquiliza. Aún no entiendo por qué pasó, por qué te fuiste antes que yo, es un dolor muy grande saber que no voy a verte más.

─Lo sé, pero estarás bien, me amaste mucho y yo a ti. Seguiré en tu corazón y no estarás sola nunca más porque estaré contigo siempre, hasta que tu hora llegue y entonces ten la certeza que vendré por ti.

─Ay hijo mío, qué duro es esto ─sus lágrimas llenaron sus ojos y me acerqué para abrazarla. Cuando recostó su rostro en mi hombro se desvaneció, despacio la llevé a la almohada para dejarla dormir de nuevo.

─Te amo Eufemia, con todo mi corazón. Ahora descansa y cuando despiertes no tendrás más dolor, a partir de ahora cuidaré de ti.

Mary Agnes Vega.

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