Ruido de cansancio

Ruido de cansancio

Ruido exterior en aumento, no puedo estar concentrado ni con las bendiciones de musas, la ruda terapia de años, ni con las meditaciones de los mejores consejeros espirituales en línea. Puedo tener momentos de “Lapsus mensos”, pero no voy a hacer una novela con el detalle de lo que pasa en mi vida de escritor incomprendido. Escucho otra frecuencia, el ruido del agua cayendo en la cubeta, me regresa al mundo del “Cansancio permanente”. Tampoco voy a ser una ponencia filosófica aburridísima que a todos deje con el bostezo babeante, ni tratar de utilizar, aunque me tiente, la trampa-herramienta de la “IA”, que reproduce como mimeógrafo descompuesto textos sin alma y destruye la creatividad y talento.

Música jazzeada lenta, inspiradora la que en estos momentos desentume a las neuronas creativas, notas pícaras salpican mis pies desnudos y los acarician, pero esa cursilería por ahora, no va conmigo. Y no batallo para decidir que el Art rock es lo mejor ¡Je, je! Así que pongo más fuerte el volumen en mis audífonos patito, baratos, piratas en todo su ser, copias enviadas desde el oriente, que para mí cumplen con su función de trasmitir la frecuencia con baja fidelidad, pero fuerte, con sentimiento, eso es mejor que nada.

Tengo que conectarme, la ropa no espera, los trastes tampoco, menos la familia y las cuentas aparecen reproduciéndose como conejos. Esta última frase muy trillada pero igual las “cabritas se reproducen” que da miedo y crecen exponencialmente por minuto.

Tengo la “suerte” de estrenar un sartén abollado, si así como se lee, gol-pea-do y en tres la-dos, estaba al cincuenta por ciento de descuento y de buen tamaño, no iba a desaprovechar el “ofertón”, los que tiré a la basura, eran unas latas descarapeladas, donde se les pegaba lo que cocinaba aunque les pusiera kilos de manteca o medio litro de aceite. Ese lo compré en una tienda china, pues allí lo hallé “bara, bara” y no se ve tan “corriente”. ¿Y qué no dicen el que arriesga gana? Pues espero haber comprado el billete de lotería correcto.

Momento de lapsus; no lo puedo creer, caí redondo con esas artimañas mercadotécnicas, no niego mi debilidad y pues a probar el bendito artefacto y que Dios me dé buena mano en ese arriesgue. Del refri agarré el último tomate ya con manchas negras para preparar huevos a la mexicana. ¡Hum! En un sartén chino a ver si no me cobran derechos por la mezcla cultural, ya ven que es la moda de cobrar aranceles por todo, y por nada.

Pero volviendo a mi obsesión con las compras “fast”, se me ocurrió hacer un pedido en línea, en una plataforma de comercio electrónico para variar china. La competencia de la oferta y la demanda es feroz pero mi bolsillo por ahora no da para lindesas, por eso donde alcance.

Lo voy a platicar en tercera persona “pa´ no” sentirme tan mal.

Al borde de un ataque de ira, la señal del internet iba y venía, técnicamente una intermitencia, los bytes jugaban revoloteando, cumpliendo el principio de incertidumbre, la página no cargaba en su totalidad, daba un golpe fuerte en la mesa cada vez que lo regresaba a la página inicial. No había previsto realizar la transferencia bancaria tres días antes del plazo de pago, y no sirvió el esfuerzo de mantener el monto del dinero en otra cuenta con mayores rendimientos, obvio el resultado. De esta última, solo se obtuvieron unas cuantas monedas virtuales, centavos que no se ven en directo y solo servirían para solventar parte de su deuda con números cada vez más rojos. Para completar las mensualidades él era un “showman”, un cirquero financiero sobre una cuerda floja: filosa y resbaladiza, que a veces lo dejaba al borde del abismo, colgado con la punta de la barbilla sudorosa.

Después de mi primer fracaso matrimonial que al final fue una campal de técnicos contra rudos sin límite de tiempo, entendí a los locos de Chul Han, a los “Bocchi”, a los Tang Ping, los nuevos “solterones” de este milenio, mi ex me exigía capirotada de vulnerabilidad e invulnerabilidad, ser proveedor solvente con dos turnos o más y al mismo tiempo estar en casa como santo omnipresente, estar en competencia constante, con el vecino, con el amigo, con el compañero de trabajo siempre señalando ser menos en esa guerra que me metieron a la brava, terminando clavado con la cara llena de suciedad, en una trinchera con los músculos agotados y cansancio mental. Y como soy rebelde al status quo ya tengo listas mis banderas rojinegras para iniciar una huelga afectiva, pero siempre pasa algo que me detiene y vuelvo atrás, la fuerza traicionera de no negar la súbita presencia de Selma, que apareció con su delicada y sexi silueta de ángel de la guarda, cuando casi mi fe en la humanidad había terminado en el barranco.

Pero ese día la palabra mágica, más bien endemoniada: resonó en su oído, como el adictivo timbre de máquina de casino. “A crédito, meses sin intereses”, le hicieron brillar los ojitos y resolvió al instante ser todavía más flexible, con su bolso virtual deshilachado, ese mensaje perverso, lo recibió de forma inesperada mientras revisaba el face y el instagram, un instante en que algunas neuronas quedaron aplastadas por la bota del marketing que presionaba un botón, activando el mecanismo de consumo. Pensaba en varios productos en línea, se detuvo un poco al desplegarse el catálogo con miles de cosas que hasta cansaba la vista y no estoy exagerando, las fotos “fotoshopeadas” enseñaban la mercancía de primera calidad y de buen tamaño, un manjar a tres clicks de distancia.

Selma sorprendida, se queda con la mirada congelada. Porque río escandalosamente leyendo lo que se me ocurre y de repente con mis audífonos de globo me suelto bailando descompuesto, el nuevo playlist de música está para moverse toda la noche y con eso no caer en el silencio incómodo. Termino de picar la verdura, bonita me quedó: verde, blanco y rojo. Bandera bien definida, como debe ser, el sartén con aceite caliente comienza a humear, nada grave, bueno eso espero, vierto la verdura para después agregar los únicos huevos que quedan en el refrigerador, que todavía se conservan frescos, el sartén hasta este momento se comporta bien, solo el humillo inicial que no incomoda.

Días después recibió el envío dentro del día límite, esas compañías tienen sus mañas para entregar a tiempo, de otra forma pagarían multa por retraso, ¿será verdad? Eso ellos lo garantizan. Quince segundos sirvieron para destruir el empaque, para qué esperar más, si fue angustioso esperar el paquete que lo enviaron por mar ¡Mmmmh! Por el océano… ¿Para qué tan lejos realizó el pedido?

Le cambió la expresión cuando vio lo que llegó, no, no y no. ¿A que chino le vas a reclamar? Las cosas no eran del tamaño, colores opacos que daba a entender que no estaban bien almacenadas, frágiles que si los usabas para abrir una lata o cortar una carne, se doblaba la hoja con poco filo u otros se quebraban a la primera, cosas inservibles que mandaron con descaro despiadado. ¡Uff! Y qué decir del regalo que prometían. Un reloj “smart” más inteligente que uno. Él batalló para alcanzar la cifra meta de compra, ni sus luces del accesorio, buscó otra vez y “nel”, por ningún lado, no enviaron al ingrato de “última generación”. Para colmo salió hasta regañado por no leer las letras pequeñas, más bien microscópicas que apenas se podían leer en ese jeroglífico de español confuso, después de enviar mensajes reclamatorios, ellos explicaron que no lo habían enviado por negligencia personal del comprador o sea él, por no haber puesto una “fregada” palomita de aceptación en el casillero correspondiente, y que ni modo, que esa parte del procedimiento no se había cumplido. Ahora, culpable el comprador. Finalmente, muy amables agradecieron la compra de sus productos chatarra, bendito consuelo, una verdadera tomada de lo que queda de pelo.

El sueño de madrugada fue una frenética pesadilla, donde una serpiente gigante lo buscaba para carbonizar y comer con su gran cabeza llena de llagas y escamas. Varias cosas le parecían surrealistas: la primera, que de lejos el ser parecía un tigre o dragón de esos festivos de la comunidad china, la segunda si era serpiente de agua qué diablos tenía que hacer en tierra firme y la tercera no se explicaba de dónde diablos los dragones arrojan fuego, ¿tienen un caldero interno o porque el aliento es insoportable? Al final, en contra de su lógica pudo comprobar que se trataba de Leviatán, un alebrije-demonio hecho a semejanza del espíritu de los peores pecadores, y no se explicaba por qué a él, en las arenas movedizas del inconsciente lo tienen que perseguir los seres más repugnantes de la galaxia pudiendo escoger a miles de personas con el alma podrida.

En el hocico del ser híbrido resbalaba la baba y la sangre de sus víctimas, alcanzó a distinguir con claridad dos manos izquierdas que parecían recién arrancadas; eran delgadas y lisas, todavía rosadas, y en cada dedo índice una argolla matrimonial que brillaba con el fuego del hocico de la bestia. Asustado despertó diciendo: –A mí me toca bailar siempre con la más fea. Afortunadamente estaba Selma para consolarlo, estaba allí como todos los días confortando con serenidad, solo mirando con ternura…

Huelo raro, es el guiso que sigue en la estufa, por estar describiendo lo que pasa, la realidad llega y me ubica; por un momento parece que el sartén abollado está pasando la primera prueba, desayuno con tortillas, frijoles refritos y un café con un toque de cocoa y canela… Lo reconozco me distraje por extraer los apuntes del móvil y de escuchar la música hipnótica de Tangerine Dream, que me vuela la cabeza, así que cambio a Kitaro para recomponerme y desayunar como Dios manda.

Los de la plataforma le enviaron un bono porque la última reclamación fue algo subida de tono, casi una cuartilla que no los bajaba de no tener madre y ¡milagro!, compensaron la bilis generada que llevó a casi destrozar la mesa con el puño adolorido. Y claro él pensaba, no confíes en estos, eso es un plan con maña, para que sigas consumiendo y detener los malos comentarios de los productos de su plataforma, pero le quedó la espinita clavada, –es un bono, no a cualquiera, es de alto valor, tendré que aprovechar, tiene fecha de caducidad próxima, está abierto a cualquier compra. Se decía una y otra vez. El maestro diría: –Esos hábitos de consumo lo van a llevar a la quiebra. Yo creo que sí, pero lo bailado nadie se lo quita.

No me pudieron detener cuando agarré el cuchillo y se lo enterré sin remordimiento, lento para que sufriera, y todavía me acerqué lo más que pude para que me salpicara con su mala sangre, que el asaltante viera mi gesto de venganza, y aturdirse con carcajadas que me saldrían desde toda la víscera, el fulano encapuchado abría más los ojos; no sé si por la sorpresa, el dolor o por la impotencia de no poder hacer algo para detenerme, estaba bien atado, las manos bien apretadas para que no escapara, ¿cómo podría responder al filo que lo desgarraba? El grito no podía escapar, se detenía en las fibras de la tela que lo amordazaba y le quité la máscara de Leviatán o no sé de qué alebrije y allí estaban los ojos de Selma y dejé de apuñalar. Estúpido trabajo de home office y la deuda eterna me tienen loco de remate.

Despierto descompuesto y grito a Selma –No sabía que tú eras. Ella no entiende nada, –Alguien me quiere distraer, no me dejan pensar. ¿Quién es, quién interrumpe? Tomo un vaso con agua de la mesilla de al lado y sorbo el resto. Me quiero volver a recostar pero una vocecita dulzona me chilla “Ya no seas huevón”.

En una de esas se le ocurre checar otra pestaña del catálogo, sin querer se topa con la de los artículos para adultos y busca en el menú juguetes sexuales, algo para variar, no encuentra algo motivante, hasta que llega a las “sex doll”, las que tienen las medidas regulares de un humano, ve algunas un poco exageradas, voltea de reojo para bajar el móvil para que nadie se dé cuenta de lo que él está buscando y no quiere dar explicaciones obvias. Se detiene en la imagen de esa donde su cara se le hace familiar, decide que aquella es la adecuada, ya no importa que explote la tarjeta de crédito, ellos indican que todo será enviado en forma discreta, en una caja sin etiquetas, él espera que sea verdad, todavía le tiene un poco de respeto a su muje.

Cuando llegó el paquete le dijo a Selma que era un telescopio con tripié con varios filtros, los días anteriores de la llegada, fueron todo un show y para disimularlo, tuvo que estudiar a marcha forzada la “dinámica” materia de astronomía para “dummies” en dos volúmenes y casi sin monitos, para él esa disciplina, era para nerds, pero ni modo tenía que hacerle al vivo.

Parecía que Selma presentía algo, se comportó distante, no emitió palabra y ni siquiera se asomaba a la sala donde tenía el paquete todavía cerrado. Eso lo puso nervioso y no decidía el momento para abrir el envío.

La madrugada fue el momento, el cutter se desplazaba con cuidado sobre la cinta adhesiva para no hacer mucho ruido, después de sacar las partículas de empaque y desprender la bolsa protectora, lo primero que ve es una delicada mano rosada un poco más descolorida que la del catálogo, ansioso busca las demás piezas y suspira al percatarse que estaban completas, ahora se venía lo más difícil que era el ensamble, agarró el instructivo y hasta él mismo se sorprendió de lo fácil que fue, todo encajaba a la perfección, –Esos chinos cuando se aplican sí que son buenos.

Las diferencias son mínimas, casi la perfección: el color de la piel, el tamaño del busto, la cadera amplia, la cara afilada con rasgos de estereotipo asiático entre adolescente, madura y manos suaves. Completamente satisfecho. Y lo mejor, Salma la recibe bien, con la sonrisa de siempre, dándole a él por su lado. Porque ella sabe lo que Patty tuvo que pasar para estar en este país surrealista. Un largo viaje en barco atravesando el Pacifico, superando el estricto control de calidad de la fábrica donde la produjeron, esperando almacenada en un cuarto amplio, oscuro con otras modelos colgadas en sujetadores flexibles, y finalmente cayendo en manos que le cuidaran sin avergonzarse, mientras dure su periodo de vida útil, y llegue otra a reemplazarla.

Víctor Hugo González Fernández.
México.

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