Crisis del ser humano

Crisis del ser humano

Dra. Marcela del Palacio Rossetti.
México.

Leonora Carrington (1917-2011), una pintora, escultora y autora surrealista británica que se convirtió en mexicana, creó durante la segunda mitad de los años treinta una producción literaria y artística que refleja la desorientación del individuo moderno. El relato “La debutante” (1937), que forma parte del su libro La casa del miedo, narra la transformación de una joven de la aristocracia que finge ser alguien más en un baile social mediante un intercambio monstruoso con su amiga hiena. Por otro lado, el “Autorretrato (La posada del caballo del alba)” (1937-38) la representa a los veinte años rodeada de símbolos de animales: un caballo blando que es libre, un caballito de madera y una hiena lactante. Ambas obras revelan un yo fragmentado que borra las fronteras entre lo humano y lo animal, así como entre la inocencia y la barbarie. En el presente ensayo, se ubican estas piezas dentro del contexto surrealista de la época entre guerras, se resumen sus narrativas y se mostrarán cómo se refleja la crisis del sujeto contemporáneo.

A continuación, se analiza su estilo y referencias literarias, su lenguaje tanto literario como visual a través de la mirada de Roland Barthes (autoría, pluralidad de textos, yo fragmentado), además de identificar elementos simbólicos importantes (hiena, caballo, espejo) que expresan una ontología dispersa del yo. Finalmente, se cerrará con una reflexión sobre la importancia de esta crisis subjetiva en la cultura actual. La fragmentación del sujeto en la obra surrealista de Leonora Carrington. En 1937, Carrington se une al grupo parisino de André Breton, y su estilo refleja el surrealismo: un universo de sueños y cambios, presentándose como un “cuento de hadas” con un toque perturbador. Por otro lado, su “Autorretrato (La posada del caballo de alba)”, creado entre Londres y París entre 1937-38, ha sido considerado su primera obra genuinamente surrealista. Ambas obras emergen en el clima vanguardista de la época de entreguerras: Carrington se aparta de su vida como burguesa inglesa al escaparse con Marx Ernst y cultiva un lenguaje visual propio influenciado por mitos celtas y simbolismos personales. Tanto el relato como la pintura se inspiran en referentes surrealistas, como los viajes interiores de Swift en Gulliver, que se reflejan en “La debutante”, y en fuentes literarias propias: el caballo blanco se origina de leyendas celtas (la diosa Epona) y de su obra de teatro Penélope, mientras que la hiena aparece primero en “La debutante” como un agente de transformación relacionado con su propia vida.

En “La debutante”, Carrington rompe con la norma social establecida: la protagonista ignora las reglas de su baile de presentación y transfiere su identidad a una hiena con forma humana. La historia altera la lógica de cortesía y la distinción entre civilización y brutalidad al mostrar lo grotesco (la hiena consumiendo un rostro humano) como un reflejo fiel del ritual elitista. De manera similar, en el “Autorretrato”, la artista deconstruye el formato clásico del retrato: se presenta con orgullo ante el observador en un cuarto desolado, vestida como una amazona, rodeada de elementos inconexos (un caballito de madera flotante, una hiena viva) que irrumpen en el entorno cotidiano. Ambos trabajos desafían la objetivación del femenino: la joven debutante rechaza el papel del objeto pasivo y Carrington se niega a ser vista como una “musa” sumisa, en lugar de eso, impulsa una identidad creativa independiente. Este ataque directo a las normas según Aronand Orenstein, posee implicaciones políticas y feministas. Las creaciones de Carrington son intencionalmente intertextuales. La autora menciona de forma clara “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift (lo lee durante la narración), haciendo referencia tal vez a temas de la exploración de lo extraño y la transformación física, similares a los de la literatura fantástica. Además, el horror grotesco presente en la narración se remite al canon de lo fantástico y a la colección de humor negro en la que fue publicada. En el “Autorretrato”, Carrington utiliza mitos antiguos: el caballo blanco evoca a la diosa celta Epona, quien es la guardiana de la prosperidad y el pequeño caballito de madera hace alusión a su obra teatral Penélope (1939), que trata sobre una niña obsesionada con su caballo de juguete. Ambos elementos unen la pintura con su universo literario. También, la figura de Max Ernst, quien fue su pareja sentimental, se insinúa en la hiena del cuadro, que comparte sus ojos azules.

En conjunto, Carrington entrelaza “citas sin comillas” como dijera Barthes; entre sus textos y obras de arte: por ejemplo, el híbrido mujer-hiena se relaciona con arquetipos bovaristas y mitologías clásicas la femme-bête; mientras que el espejo y la silla victoriana (en “Autorretrato”) son símbolos recurrentes de su infancia (la niñez victoriana y su rebelión contra su familia). Estas intertextuales enriquecen el discurso artístico, ampliando las interpretaciones posibles dentro de la obra. Utilizando el marco teórico de Barthes, ambos objetos de estudios consideran las multiplicidades de sentido. De acuerdo con Barthes, la figura del autor pierde su papel de autoridad dando lugar a un texto accesible: como se menciona en “La muerte del autor”, la voz de la narradora La debutante se desvanece en la de la hiena consumidora, revelando que el relato se convierte en una red de citas (roles, símbolos, voces) más que en una expresión de la intención única de la autora.

Cada personaje (la protagonista, su madre, la hiena) funciona como portavoz de discursos variados: la moral colectiva, los instintos animales, la subversión infantil. Barthes sostiene que “cada texto es un tejido de citas” que ya existían y que el significado surge a partir de la conexión con el lector. En la obra de Carrington no hay un significado definitivo; en cambio, el texto es un “banquete” de significados posibles, una diversidad donde el lector puede encontrar su propio horror y humor. La relación a la noción de su sujeto fragmentado, Barthes indica que la escritura implica una desgastante pérdida de la subjetividad, es decir, el yo se despliega en partes diseminadas (el “punctum” de cada elemento). En “La debutante”, la identidad del protagonista se fragmenta (la fusión de su cabello con la melena de un caballo).

Siguiendo la lógica barhesiana, la pintura se interpreta como un texto heterogéneo donde ella ya no es quien se expresa, sino el propio lenguaje del surrealismo. La autora descompone la cohesión del sujeto: la figura femenina se observa en el reflejo de su alter ego animal, en un ambiente caracterizado por lo fragmentado. Los tres elementos que se manifiestan repetidamente en ambos textos y delinean la crisis ontológica del yo son: La hiena: En “La debutante”, la protagonista se enfrenta a una hiena que resulta ser su amiga. Este animal simboliza lo salvaje y primitivo dentro de una sociedad que se presenta como civilizada. Su presencia introduce la mezcla entre cuerpo y sujeto: el ser humano literalmente absorbe la identidad de los demás. En el “Autorretrato”, Carrington se ubica al lado de una hiena lactante que tiene una mirada casi humana.

Barthes interpreta a este animal como un ingreso de lo inconsciente en lo cotidiano: la artista se conecta con la hiena y la muestra al espectador. El animal representa una faceta del sujeto contemporáneo la femineidad inquietante, el instinto y la curiosidad insaciable que Carrington misma atribuye a la hiena. De este modo, la hiena se convierte en una metáfora del yo fracturado, un doble monstruoso que consume la imagen pública y deja al sujeto con “cara vacía”. El caballo (blanco y caballito mecedor): el Caballo es el emblema central de la libertad y el “yo animal” de Carrington. La artista confiesa que los caballos fueron sus animales predilectos desde que era niña.

En el “Autorretrato”, se representan un caballo blanco que escapa por el bosque visible a través de una ventana, mientras que en la cabecera flota un caballito de juguete. Críticos describen al caballo en su arte como el símbolo de la rebeldía y la libertad que forma parte de su identidad. Este animal evoca a la diosa celta Epona y recuerda el juguete infantil que se menciona en su obra teatral Penélope. Estas imágenes contrastan la domesticidad (el caballito, un juguete) con lo salvaje (caballo corriendo libre). El caballo refleja el anhelo de autonomía y el alter ego femenino de Carrington. Aunque el equino no se menciona directamente en el relato, su presencia se insinúa en la estructura ecuestre de la narrativa (el protagonista escapa en un asunto como un jinete). Este animal articula la relación ontológica del sujeto con sus raíces naturales y ancestrales, y también exhibe la tensión entre el “cuerpo cautivo/cuerpo libre” que experimenta el sujeto. Joanvi Chordá sostiene que, en Carrington, los caballos son alter egos de la artista que encarnan “una dicotomía entre la opresión y la liberación personal”, encapsulando su crisis interna como mujer desafiante ante las convenciones sociales.

El espejo: funciona como un motivo para la reflexión del yo y su distorsión. En “La debutante”, la hiena se observa en un espejo utilizando el rostro arrancado de la sirvienta. Esa escena concretiza la introspección inversa: el ser animal admira con orgullo su nuevo semblante humano, mientras se manifiesta la violenta transformación de la identidad. El espejo, que representa el reconocimiento propio, aquí esquiva la claridad: el individuo se encuentra con un reflejo que no puede existir (ella adora su nuevo rostro, pero es un cuerpo en descomposición). Esta representación suscita interrogantes sobre la naturaleza del yo: el espejo ya no proporciona un “espectro auténtico” del sujeto, sino la farsa que este adopta. En el “Autorretrato”, aunque no hay un espejo físico presente, la pintura actúa como un espacio metafórico de auto representación: Carrington se recrea a sí misma mediante elementos simbólicos (sus pantalones blancos evocan al caballo en el exterior, su chaqueta verde representa el bosque, y el cabello simboliza a la hiena).

De este modo, la obra es, en términos barthesianos, un espejo multifacético de significados. Ambos empleos del espejo (el literal en el relato y el simbólico en la pintura) enfatizan la fragmentación del sujeto: el yo no se presenta como una imagen única, sino como una composición de capas que reflejan realidades diversas.

El análisis de “La debutante” y el “Autorretrato (La posada del caballo del alba)” revela cómo Leonora Carrington reinterpreta la representación de un ser en conflicto a través de la desarticulación de la identidad. Al desafiar las reglas de la racionalidad contemporánea (civilización versus barbarie) y presentar una identidad femenina múltiple, la artista ejemplifica la “muerte del autor”, según Barthes: el narrador convencional se desaparece en el desorden de la narración, así como el individuo coherente es devorado por sus propias “hienas” internas.

Simultáneamente, la naturaleza plural y juguetona de sus imágenes, descrita como una celebración de significados inciertos, permite que le lector/espectador explore diversas interpretaciones. En su trabajo, la ruptura del sujeto no es simplemente una extravagancia surrealista, sino un método para poner en duda las ideas burguesas sobre un yo fijo. En la actualidad, la fragmentación y la ambigüedad de la identidad que Carrington propone cobran una nueva relevancia cultural al anticipar debates contemporáneos (género fluido, subjetividad cambiante) y al recordarnos que la subjetividad en la modernidad, siempre en crisis, se puede manifestar más allá de una coherencia unitaria. Como ha sido expuesto, la conexión entre el lenguaje literario y pictórico en Carrington enriquece nuestra percepción de un sujeto en conflicto interno, animando al lector a asumir un papel creativo que Barthes asignaban al espectador: todos reconstruyen su propio significado a partir de la red de símbolos y fragmentos que Leonora presenta.

Bibliografía

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