Carta de amor imposible

CARTA DE AMOR IMPOSIBLE.

Se desnuda septiembre de un paisaje sediento
y es el año un milenio que de adviento se inicia.
De mi nombre ya sabes como sabe la noche
del tapiz que de estrellas sus misterios cobija.

Esta carta que escribo es tan sólo un pretexto,
una mancha en un pliego sin posible noticia,
un motivo que siempre se me allega en el pecho
en los tardos ponientes cuando el sol se declina.

Ayuntando recuerdos el zorzal de la tarde
por mis ojos rescata tu presencia sencilla
y el silencio cual rito de un altar equinoccios
por el aire hace un lecho donde duerme la prisa.

Hemisferios antiguos se desgajan del tiempo
y sus formas renacen de jornadas extintas
y afrontando presentes te rescatan y puedo
como en sueños tenerte a mi lado aprehendida.

Tus palabras me vienen de un octubre ya muerto
y es tu nombre en mi labio un rumor de caricia
amuleto que rompe las costuras del tiempo
y renueva en mi bosque viejas savias marchitas.

Cielos leves de entonces que alumbraban de ensueño
en la faz de la noche lunas llenas de envidia,
amapolas de sangre que rizaban las mieses
encrespando de besos su tibieza amarilla.

Los relojes crecieron horas largas al viento
y era el viento un diluvio inefable de dichas
y tus pasos llevaban como un eco mis pasos
y tu boca era espejo del cristal de la mía.

Hoy se abruma mi sangre de un ocaso de advientos
y memorias de envero en tu honor resucitan,
tus recuerdos de hiedra me remontan y pienso
que es el aire murmullo de tu agraz melodía.

Los umbrales que allegan la oquedad de mi sitio
hoy de antigua nostalgia de tu anhelo se habitan
y derriban los altos alminares del tiempo
y levantan palacios que conjugan tu cita.

Honda huella en la arcilla que conforma mi acervo
las auroras más altas hacia ti me derivan
y almuecines que llaman a oración por el estro
me reclaman al templo en que tu amor redimía.

El crepúsculo sabe conjurar sentimientos
ayuntar al recuerdo añoranzas perdidas
y enhebrar en la aguja que nos cose a la muerte
aquietadas vivencias del amor fugitivas.

Se disuelve la noche en un zumo de ocasos
y hay un viento de estrellas y una luz de cenizas
la memoria descuelga del perchero mi llanto
y es su lluvia salobre claridad que me alivia.

Esta carta que aviva tu nostalgia en mi pecho
con la noche que viene quedamente termina.
Que la muerte que anida de quietudes tu cuerpo
pronto venga a llevarme hasta el caz que te abisma.

Tuyo, Amadís.

Juan José Alcolea Jiménez.

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