LOS HUESOS DE LOS MAPAS
Cuando te escupan discursos de pureza,
recuerda: hasta el agua embotellada
tiene memoria oceánica.
Hasta tu saliva
fue nómada.
La frontera no es una línea,
es una costra en la piel del planeta.
Es una cicatriz, donde los gobiernos
clavan banderas como suturas infectadas.
Nos dijeron que la tierra es quieta,
pero yo he visto continentes caminar
descalzos, con ropas de polvo,
arrastrando ríos como lágrimas secas.
Los náufragos no eligen el naufragio,
sus pies memorizan catacumbas,
sus hijos nacen con pasaportes de ceniza
y aprenden a rezar en idiomas impropios.
(¿Has olvidado, lector, que tu sangre
también es un tratado de conquista?
Que tus venas son fronteras dibujadas
sobre esclavos, pestes y galeones?)
Ahora escucha este secreto cartográfico,
los migrantes son los verdaderos tectónicos,
aquellos que, al cruzar, hacen temblar
los cimientos de la historia nacional.
Y cuando la patria te jure que eres puro
—raíz inmóvil, estirpe sin mancha—
recuerda: hasta el calcio de tus huesos
fue magma errante, exiliado del centro.
Gardenia Verchiel.
México.



