Oda a la Hoja Sencilla
I
Mírala ahí, caída en el cuarto,
sobre el césped que han manchado los zapatos
de los caminantes que no saben detenerse.
Entre cortinas de polvo y sombras densas,
ella resiste, pura en su abandono,
ajena al trajinar que agota el cuerpo.
II
¡Oh, pequeña náufraga de los libros!
Tú, que guardas palabras bellas y difíciles,
que nos abres la puerta de la inteligencia;
hoy te vemos doblada por el maltrato,
pisoteada por el descuido de quien no mira,
y sin embargo, ¡qué útil es tu silencio!
III
Te dejas rayar, pintar y hasta destruir,
solo porque tu destino es la entrega.
Buscas un consuelo para tu agonía de estar sola,
deseando sentir sobre tu piel de fibra
el peso de una lágrima o el roce de una sonrisa;
estás sedienta de amor, de ternura y de pasión.
IV
Eres la voz que clama desde lo profundo,
un sonido tierno que nos invita a confiar.
No eres basura, aunque te pisen;
eres el barco que espera al navegante
para cruzar el mar azul de tus líneas cálidas.
Naciste para ser el mapa de nuestras almas.
V
Dime, amigo, ¿qué es para ti esta hoja?
¿Es el lugar donde descansas cuando sufres?
¿El refugio donde le escribes al ser amado?
Piénsalo bien: ella puede serlo todo o nada,
depende de lo que hagas con su cuerpo desnudo,
pues en su sola presencia, el universo entero
encuentra una forma de ser nombrado.
Tulio Anibal Rojas.
Venezuela.



