Un llanto sin fin: El vacío de las ausencias amadas
Sopla el aire, un lamento,
un eco de ausencias en mi ser, que no cesa.
Dolor que no tiene cura ni tarde ni pronta,
marca en el alma una promesa rota.
Familias desmembradas, amigos que se van,
apoyos vitales que ya no están.
Un vacío profundo que el ser abraza,
donde antes habitaba la más pura traza.
Su presencia, un sol que ahora es sombra,
gestos, voces, la dulce alfombra
de la compañía que se desvanece,
seres idos que ya no florecen.
La partida, un abismo, un sinfín,
ausencia no solo física, sino también de ti.
De historias tejidas, de sueños que aún vivían,
que con su adiós, en el aire, se perdían.
El primer indicio, el golpe tangible,
punto de inflexión, dolor sumergible.
Duelo que despierta, camino sin mapa,
realidad que se impone, almas que se escapan.
Aceptar sus pérdidas, danza de la vida,
aprender a vivir con la herida.
Construir un nuevo sentido, un faro en la noche,
mientras su recuerdo en el corazón es triste derroche.
Aunque su cuerpo no esté, etéreo y fugaz,
su enseñanza perdura, su amor es capaz
de trascender el tiempo, la distancia y el fin,
mantener viva la conexión, sin confín.
Reevaluar la vida, prioridades que cambian,
la ausencia un catalizador que nos llama.
Crecimiento personal, apreciar lo que es,
cuando el silencio resuena, ahogando cada vez.
Sus autenticidades, hoy resonando sin paz,
el eco del vacío, existencial y tenaz.
Pero la calma llega, un bálsamo sutil,
se adelantaron solo, hacia el lugar celestial y gentil.
En el palacio del Creador, donde la luz no mengua,
allí nos esperan, bajo la euritmia eterna,
un reencuentro en la eternidad, dulce consuelo,
más allá mi luto… en un sublime vuelo.
William García Molina.
Venezuela.



