Cuento: Cuadros y círculos

Cuadros y círculos.

La pared blanca era adornada por una horrible pintura, donde dos mujeres en una imagen borrosa tomaban café, los colores pálidos de la composición lo hacían francamente “de-tes-table». Muchas veces ella me dijo que lo odiaba y por eso, nunca lo quité de enfrente, al fin y al cabo, su presencia para mí era “equis”.

Era obvio, que fuera lo único que ella dejara después de la última discusión; platos y vasos volaron, hasta la pecera de vidrio vacía, que fue a caer a cinco centímetros de mi dedo gordo del pie derecho, no había de otra, sujetarla de las manos fue la mejor opción; luego, agarró sus cosas y se fue de la casa dejando la puerta abierta, la contradicción fue que la casa no era mía sino de ella, por lo que me dispuse lo antes posible a hacer el equipaje, antes que mandaran a sacarme a la fuerza y eso sería bochornoso. Después de algunos días llegó un paquete con la gacha pinturilla, no la hubiera aceptado pero la metiche de la vecina lo recibió cuando no estaba.

Yo creo que ella y su madre me odian, en lugar de regalarme en estas fiestas decembrinas: unos boletos para ir a un partido de futbol, ir a ver una churripelícula o de perdis, unos vales para una cena cursi con velas y músicos mustios con violines y vinillo francés, salen con sus cosas.

Mi exsuegra llegó orgullosa con ese cuadro, envuelto con un empaque, que, para mi mala suerte, no pude desprender de un tirón. Quería que esa bruja, viera como lo jalaba con sadismo, lo rompiera, agarrara lo restos los hiciera bolita y lo echara a la basura en un solo tiro para encestar de tres puntos.

Pero mala mujer me salió sello, no pude, con tanta cinta adhesiva ¿quién va poder? Ella se reía mustia tapándose la boca de loba, pero creo que por dentro se carcajeaba de lo lindo con mi torpeza, pero eso no fue todo lo que hizo, en la tarjeta de felicitación navideña, la tierna criaturita del señor, escribió y leyó delante de todos, que siendo una fecha importante la de navidad, y como una acción de buena voluntad, me condonaba la deuda de dos mil pesos, una humillación que me aguanté como los machos, sin chistar ni una palabra, pero yo estaba que me llevaba.

¡Maldita sea! El día que hipócritamente me ofrecí a colgarlo y decirle que su madre era una artista del pincel, y que tenía una habilidad innata para el arte pictórico, que ni Van Gogh hubiera hecho un cuadro con esa profundidad temática, que era obvio cuidar ese tesoro y conservarlo como legado para los nietos. Ahora sé, que vale solo unos cuantos pesos, ni para el alquiler del hotel al que me fui, mucho menos para el pago de la renta de una casa al otro lado de la ciudad.

Por el momento me voy a quedar con esa aberración artística, en una oportunidad entraré en la casa de la odiosa “grinch” y buscaré la forma de colgarlo cuando ellas estén descuidadas. Sin antes escribir, en los personajes del cuadro con color fosforescente, el nombre de ella y el de su hija.

Víctor Hugo González Fernández.

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