El grito

EL GRITO

Cerró los ojos, tragó saliva al darse cuenta que al pequeño estaba muy nervioso. Al hijo las piernas le temblaban, entró el miedo escénico al tomar en la mano aquella esfera que haría millonaria a una persona ese día…

Todo le daba vueltas; ni supo cómo pudo sostenerse en medio de la expectativa del sorteo, se le cruzaban las ideas, desconoció que era verdad y fantasía, era un pozo confuso de fondos y formas que cabalgaban en un “pegaso” de mutiladas alas directo al precipicio.

Hacía dos meses se dirigía en bicicleta a un lugar apartado, fuera de la ciudad, donde podría ensayar ese grito que emocionaría a miles de personas, a través de un receptor a muchos kilómetros, o en la misma sala del sorteo de la Lotería Nacional.

—Lo tengo que lograr, por la abuela regañona y el gato Tony. ¡Uf! Qué rápido creciste, eras pequeño, saliste de la panza de tu mamá gata, tan lindo, una bolita de algodón, ¡miau! ¿ahora donde estas?; ya de grande te fuiste con las gatillas coscolinas, eso es lo que dijo mi mamá.

—¡Me duele la panza, mamá tengo miedo! –esas palabras contenidas le salían de sus ojos aterrorizados a punto de huir.

Al mismo tiempo recordaba los primeros movimientos del felino, sus pequeños ojos azules; el ponerse de pie, ¡ah!, cómo le daba trabajo ponerse en cuatro patas, trastabillando, comenzando su recorrido de aventuras; torpe pero gracioso.

—¡Diablos! El baño está lejos, no me vean así.

El felino parecía un pequeño copo de nieve que buscaba mantenerse cerca de la madre; se escuchaba ronronear feliz, ansioso de asomarse al mundo material; siempre listo a disfrutar de esa lechita caliente y de las ricas lambidas de su “ma” que siempre eran buenas.

—¡Ándale grita el número premiado! –se escuchó una queja fuerte pero cortés.

Sería la primera vez que su voz llamaría tanto la atención…

—Bobo, te dieron otra vez esas tristes galletas y la fruta casi podrida, como el alma de tu padre –dijo en tono burlón una voz desde el fondo del patio de la escuela.

—¡Niño muévete! ¿Estás bien?

Instantáneamente como la aparición de una estela de un “jet” en picada, revivió las emociones, se instalaban cómodamente y ahuecaban su cuerpecito con más agujeros que rallador de queso, cada día su orfandad se profundizaba; que va entender un pequeño que sentía que un meteorito invisible estaba muy cerca de su cabeza y le incubaba el virus en su cuerpo aplanado.

Esa noche no pudo dormir, no podía estar tranquilo, sabía que la abuela había muerto, el maldito destino impuso que él fuera uno de los protagonistas de esa tragedia, participando en la escena previa, donde el accidente mortal estaba predestinado…

¡Cómo le temblaban las piernas al pobre chico! Se acercó al micrófono que parecía un cubo alargado de metal con miles de ojos. Tragó saliva y ajustó sus cuerdas vocales para dar la gran nota.

Carraspeo, segundo intento, apretó los puños y otra vez el miedo comenzó a invadirlo.

—“¡N-n-nú, m-m-mero, m-m-mil, q-q-quinientos –sacaba la lengua y mojaba sus labios. Más carraspeo– ¡quinientos! ¡Q-q-quince o! ¡No…! Perdón. –El tartamudeo impidió que se escuchara con claridad. Y el número premiado seguía siendo una incógnita, volteaban a verse unos a otros para saber si alguien había captado el numero completo, en ese momento la confusión se hizo caos total; tomo aire tres o cuatro veces, y volvió a intentarlo Solo un murmullo ininteligible. Las palabras se le quebraron ante las miradas inquisidoras de los asistentes. Todo el esfuerzo, todos los ensayos tenían ese triste fin y como nunca se sintió miserable.

Cómo batalló la sufrida madre, para que le dieran la oportunidad de realizar ese trabajo. Atrás de las cortinas, fue más la vergüenza que proteger al crío, se vino a su mente, tener que enfrentarse a los familiares, a la chismosa de la colonia y a los chiquillos de la cuadra. Que de por sí, se burlaban de él y del vestuario de maniquí que utilizaría para esa fecha.

—Hijito, no seas como tu padre, no debes ser como él, tú debes ser un caballerito

Abriéndose paso otro de los niños arrebató la bola numerada y dio un fuerte empujón al “tartamudito”, el impulso que recibió fue intenso y cayó de bruces, casi no pudo meter las manos, y su cabeza rebotó en el piso, solo se produjo una pequeña herida en la boca, afortunadamente no se quebró ningún diente, de esto solo cuatro personas se dieron cuenta. El niño invasor con claridad disipó la gran duda y la tensión, que aumentó hasta ese instante.

Se levantó adolorido y con la algarabía del momento, discretamente el chico se desplazó hacia atrás, hasta llegar al fondo del escenario, y detrás de las cortinas quedó a salvo de las miradas, convirtiéndose en un espectador más del escándalo, que el locutor en turno imprimía a la noticia.

—Ya deja de soñar, pronto crecerás, la vida no es tan fácil.

En la noche es difícil ver, y más sombras en medio de la polución nocturna, menos en luna nueva, los hipersensibles las miran siempre, están rodeadas de miles, estos entes incorpóreos se auto flagelan con sus remordimientos, siempre apresurados se agolpan, no hay respiro, buscando otra sombra más atormentada y con ello sentir que no está mal llevar un pesar como seña de Caín y volverse poderosos, cómodamente sádicos, y estar girando sin saberlo, en un círculo vicioso de huerfanidad espiritual.

— ¡Hijito, ven, no corras, te vas a caer!

Víctor Hugo González Fernández.
Cuentos del autoexilio.

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