El límite

El límite

—No, Luci, no voy a darte la razón. Así no puedes seguir. Cada día estás más nerviosa.

—Y tú, sabiendo lo que sabes, no puedes decirme eso. ¿Qué hago ¿Me voy a tu casa para que se presente allí y paguéis el pato vosotros?

—Si hiciera falta, sí.

—Con la boca pequeña, guapa. Sabes que no pongo yo en peligro a mis sobrinos. Ni a ti tampoco. Ni comprometo a Lorenzo, que tu marido, bueno es más que bueno, pero bruto un rato y es capaz de ir a buscar al Guille.

—Lo primero denunciar, como dicen en la tele. Yo te acompaño a una comisaría. Ahora mismo. Y después ellos tendrán soluciones, cuando lo dicen en la tele es que tiene que haber soluciones.

—Ya. Con treinta y dos euros en el bolsillo por todo capital.

—¡Dios! ¡Cuántas veces se habrá repetido esta conversación, y no sólo entre nosotras!

—Y tu idea no parece tan efectiva porque mira las noticias, a ver cuántas van ya este año.

—Míralo al revés, Luci. Cuántas se habrán librado al seguir el consejo.

—Sobre todo las que ya tenían orden de alejamiento ¿a que sí?

—Si nos puede el miedo, no hay nada que hacer.

—Ahí le has dao.

Se despidieron las hermanas con un abrazo preocupado. Bea tenía que recoger a los niños del colegio y a Luci la esperaba un trayecto de hora y media hasta su barrio; bajó las escaleras del metro con muy pocas ganas de viajar. Tenía tiempo de sobra, Guillermo no llegaba a casa hasta las nueve pasadas y todavía no eran las cinco. Había sido una buena idea aceptar aquel trabajo cerca de la casa de su hermana menor, se veían casi todas las tardes. No, no había sido una buena idea, de todas formas, no se había atrevido a contarle… cómo iba a contarle…

Aquel trabajo… las dos viejitas y la compasión que la había movido desde el primer día que se presentó a conocerlas; las dos tan sordas, casi nonagenarias, una de ellas con escasa movilidad, le inspiraron ternura. Habrían sido de jóvenes, como Bea y ella, eso sí, más listas, solteras las dos. Esta vez era diferente, se le rebelaba la conciencia, le había costado mucho registrarles los rincones hasta dar con el sobre del dinero y hurtarles un billete de cincuenta euros de vez en cuando, no podía mucho más porque no había de dónde aunque no le valieran explicaciones al Guille. Con el señor Sixto había sido diferente, era una mala bestia venida a menos por la enfermedad; había martirizado a su mujer, lo habían repudiado sus hijos, sólo la hija que vivía cerca se había encargado de buscarle una cuidadora, más por el qué dirán que por otra cosa, por la casa ni aparecía y hasta de administrar la pensión se ocupaba Luci para contento de su pareja, porque el sisarle cuanto podía a aquel cazurro, que incluso a veces le levantaba la voz, no le daba pesar alguno. Pero las viejitas…

Bajaba despacio, escalón a escalón, con la mano derecha en la barandilla metálica que hacía de pasamanos, dejando que cada peldaño le trajera una frase a la memoria, los ojos bajos, los labios apretados. Encogida el alma.

—Hazle de vez en cuando una monería en la cama, y que te deje el piso en herencia.

—Si tuviera con qué pagar todos los impuestos que vienen con eso después.

—Pues que te deje también los dineros, que para eso eres la única que lo aguanta.

—No digas tonterías, anda.

—¡Eh! ¡Aquí la única gilipollas eres tú! ¡Ojito con lo que sueltas! Y ya te las estás arreglando para traer los cuatrocientos euros hoy, que tengo que pagar una deuda.

—Si me faltan once días para cobrar…

—Te las apañas. Sin la pasta no entras. Avisada quedas, que conmigo no se juega y menos una… bien sabes lo que eres y cualquier día te vas a encontrar con lo que te mereces.

El portazo; lo sintió en la memoria casi tan cerca como aquella mañana, meses atrás. Aquel golpe y la amenaza la habían estremecido hasta erizarle el pelo, la mirada estuvo a punto de hacerla caer al suelo y aún ahora siente que se marea. En aquella ocasión se había librado de las bofetadas, cada una la dejaba sorda y atontada por varios minutos y a él le encantaba hacerlas restallar y se reía; la salvaron la ocurrencia de pedir un adelanto, la dificultad del viejo para entender los euros y la confianza que tenía en ella. Enseguida ya no se conformó el desgraciado con el sueldo escaso, ni con los escamoteos en la compra. Y después… después…

Se paró en seco. Un jovenzuelo atolondrado que la seguía casi se le cae encima y le gritó como un energúmeno en vez de disculparse por caminar embobado con la nariz en la pantalla del móvil. Harta de gritos. No puede más. No le cabe otro insulto. Ha encontrado un límite, le es imposible cargar con más culpas, consciente de que pocas le corresponden. Su cuerpo se cae sentado en el escalón, su cabeza se reclina en la pared, los ojos se le cierran, el pensamiento se bloquea. El límite. Siente un peso enorme sobre sí. Se encoge más. Ya no oye los improperios del chico. Sólo aprecia un muro frío con el que ha topado, no puede seguir, ni siquiera dar otro paso, ha llegado, no sabe a dónde; sí, al límite. No sabía que una palabra pudiera llegar a ser tan insistente, tan fatigosa: límite, límite, límite…

Varias personas la esquivan, alguna la mira de reojo. Unas bajan a los andenes, otras suben hacia la calle; Luci no las ve, apenas le llega un rumor lejano que no le importa. Pierde la noción del tiempo, sin desmayarse. Dos vigilantes suben hasta ella, quizá alertados por alguno de los viajeros, o por las cámaras o por la casualidad.

—Señora… ¿se encuentra bien?

—¿Qué le pasa? ¿No puede levantarse?

—No tiene mala pinta y tampoco parece que la agredieran, lleva el bolso en el regazo. Llama a una ambulancia.

Como parte de la respiración, Luci exhaló varias negativas. Incapaz de salirse del “no” a cuanto le preguntaban o sin que lo hicieran, parecía que estuviera programada para negar.

—¿Cómo que no? Si no puede moverse habrá que ayudarla ¿Le duele algo?

—Por lo menos está consciente. Que ya vienen. ¿Cierro la entrada?

—Sí, mejor desvía al público a la boca de enfrente.

Quizá el sentirse segura, acompañada, le permitió dejarse llevar. Despertó en urgencias. Intentó incorporarse, no se lo permitieron, le pedían explicaciones que no sabía dar, la informaron de que iban a hacerle unas pruebas, le pedían datos a los que no quería responder. Aparecieron dos agentes de policía que le abrieron el bolso y la identificaron. Le dijeron que iban a llamar a su casa; no lo hicieron ante la mirada suplicante que acompañó a un “no” más intenso que los anteriores.

—Se repite mucho el número de una tal Bea ¿es familia, señora? ¿la llamamos a ella?

—Mi hermana.

—Estupendo, ya habla. Tenemos que avisar a los suyos, Lucía. Ha sufrido un vahído.

—Tiene dos niños pequeños, no puede… déjenla en paz. Por favor.

—¿Y otro familiar cercano? ¿Con quién vive usted?

—Se le han disparado las pulsaciones, esperen fuera.

—Ya, las pulsaciones y el pánico ¿has visto qué expresión?

—Algo pasa aquí.

Esperaron, obedientes, en el pasillo de urgencias, los dos hombres uniformados, tras informar desde el coche patrulla a su superior. La médica salió del box apresurada, buscándolos con la mirada.

—No hay lesiones ni evidencia que lo recomiende, pero voy a intentar ingresarla en psiquiatría. Mi diagnóstico sería “miedo”, sin más, ya encontraré un eufemismo que justifique el ingreso. Está desorientada y ha empezado a repetir lo que podrían ser incoherencias. O no. Que se van a morir del susto, las pobres; no me pregunten más, eso repite, sufre por alguien y no se atreve a contarlo. Voy a pedir que la valore un especialista, mientras tanto.

—La que está aterrada es ella. Qué poco me gusta este asunto, qué poco. Déjenos pasar, doctora.

—Sólo uno de ustedes, creo que será mejor.

Al principio, Santos, el agente que se prestó voluntario para acompañar a Lucía, se limitó a saludarla y a justificar su presencia como algo rutinario en los casos de accidente en la vía pública. Sin darle más importancia, entabló una conversación insustancial. Se congratuló de que ya se encontrara mejor y de que no hubiera que lamentar una causa grave de salud, que un incidente pasajero lo tiene cualquiera, aunque el tiempo de observación es imprescindible y hay que tener paciencia. Se interesó por su trabajo, por si fuera necesario extender un justificante ante su ausencia, y se enteró así de que acudía como asistenta por horas a una casa del barrio, por las mañanas, así que esperaba que la dejaran irse pronto para llegar a su hogar a dormir y seguir la vida normal al día siguiente. Se emocionó al nombrar a las ancianas a las que cuidaba, se le alteró el gesto, se calló de pronto. No le pasó desapercibido el detalle al policía. Tuvo que nombrar Lucía a Guillermo, no le quedó más remedio, habría sido muy sospechoso ocultar la existencia de su pareja. En un intento de disculpa anticipada e innecesaria, dijo que solía llegar tarde a casa, que si le daban pronto el alta, ni siquiera tendría que contarle lo que había pasado. Tomó nota mental el detective, de una relación conflictiva, sospechó maltrato, no se acostumbraba al deleznable hecho a pesar de encontrárselo con demasiada frecuencia. El instinto le llevó a pulsar de nuevo aquella tecla.

—Debería llamar a su novio, Lucía, querrá venir a buscarla, hablar con los médicos, en fin, ya sabe, lo normal, no dejarla sola.

—No, no. No es nada. Si no ha sido tanto como para molestarlo esta noche.

—¿Gasta mal genio?

—No, bueno, es que… no le gusta que le alteren los planes, no…

—¿Trabajo nocturno?

—No. Él… bueno ahora está buscando, con el paro que hay, ya sabe.

—¿Y tiene plan todas las noches o se da la casualidad de que justo hoy…?

La crisis de llanto, las convulsiones, el cuadro nervioso fue suficiente para que la sedaran y no hubiera objeción alguna al ingreso solicitado por la joven residente que atendió a Lucía al llegar a urgencias.

Con toda la información extraída de la cartera y del teléfono de la mujer, tampoco fue difícil localizar al sujeto en su domicilio. Se oían los gritos a través de la puerta, los agentes escucharon cómo la fiera insultaba al contestador automático al no recibir respuesta, bramaba de rabia dejándole a alguien avisos amenazadores si no llegaba a tiempo para entregarle unas llaves que por lo visto, esperaba con muchísimo interés. El último mensaje lo condenó: “no creas que con esto me haces la puñeta, que voy a ir igual, mira tú si un llavín me va a frenar, y si se despiertan peor para ellas y si se llevan un golpe, tuya será la culpa, maldita zorra, que a ti ya te arreglaré yo en condiciones en cuanto te eche el guante”.

Le siguieron y lo pillaron intentando forzar la cerradura. Ante la posibilidad de que cualquier juez lo dejara libre por tan poca cosa como descerrajarles la puerta a dos ancianas, Lucía contó cómo había encontrado el cadáver del señor Sixto, meses atrás, tirado en el salón, la casa patas arriba, desaparecido cuanto de valor había; relató con detalle el susto que se había llevado, además del disgusto de quedarse sin trabajo. Y la sospecha de que aquella noche alguien le hubiera quitado las llaves del bolso reponiéndolas antes de que las echara en falta. Y la mala vida que le daba, encima de mantenerlo de vago. Guillermo se vino abajo, confesó sin necesidad de que mencionaran a la mujer; fue acusado de asesinato, además del robo y del allanamiento. También del intento de repetir los delitos en el momento de la detención.

Sin esperar a veredicto alguno, Lucía pidió prestado para un billete de avión cuyo destino no desveló ni a su hermana; sólo le dijo al despedirse que había comprendido que aquella obsesión con la palabra “límite” tenía su sentido, que pensaba llegar al límite de las distancias y le prometió dar señales de vida de vez en cuando. Bea tardó bastante en descubrir que las transferencias de los plazos de la devolución procedían de un banco en Melbourne. Y guardó el secreto, indignada ante el hecho de que siendo el monstruo el delincuente, la que tuviera que esconderse en las antípodas fuera su hermana.

Eva Barro.
Acesit en el Certamen de Relato Corto de
La Casa de León en La Coruña.
Abril 2022
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