Cuento: Desapareció.

DESAPARECIÓ.

Sonrisa

…la vi con claridad en el espejo, frente a mí durante todo el tiempo…

De pronto desapareció, no sé cómo. Aquel día había empezado normal, todo estaba en su lugar, cual debe ser, medio soñoliento procedí a rasurarme hasta quedar bien al ras, la vi con claridad en el espejo, frente a mí durante todo el tiempo, no podía ser fruto de la modorra, pues cuando terminé el afeitado el agua tibia en el rostro terminó de despertarme y la seguía viendo.

Igual me sucedió cuando terminé de vestirme y concluí el arreglo personal, con la rociada de loción en mis mejillas. Todo estaba más que a la perfección.

Para desayunar, saqué del refrigerador los frijoles refritos, esos que solo mi esposa sabe preparar perfectamente condimentados con su toque de comino, un par de huevitos, pero por más que busqué no logré encontrar el tocino, torcí la boca en un involuntario mohín, siempre lo hago cuando algo no sucede como lo planeo, “ni modo”, me dije, “voy a tener que quedarme con las ganas, y más con este terrible antojo que traigo desde anoche”, así que no me quedó otra que prepararme unos huevitos fritos bien bañados de esa salsa de tomate, chilito jalapeño y cebolla picados, guisada con aceite de oliva. Todo eso pasó a mi estómago auxiliado por una buena ración de café de Córdoba, Veracruz.

Caprichos del destino.

Hay veces en que el destino se encapricha por ponerse en mi contra, debía llegar temprano a la oficina, tenía una cita importante de negocios, y como si fuera hecho de adrede, el tráfico estuvo de más de lento, con constante operación bloqueo, por más que presionaba el claxon y de mi boca salían pestes en contra de los compadres cabezones que se empeñaban en no dejarme rebasarlos. Cuando al fin llegué al trabajo, cogí el portafolios, pero como tuve la sensación de que estaba olvidando algo, regresé al auto a buscar ese algo, de un lado y otro, en los asientos de adelante y atrás, en la guantera y el maletero, hasta convencerme que nada me faltaba.

Así llegué a la sala de juntas con quince minutos de retraso y esa sensación de un faltante. Buscando la mejor expresión de mi rostro, como buen hombre de negocios, saludé con el mejor ánimo posible después de ese infausto trayecto, repartiendo peticiones de disculpa por esa terrible realidad del tráfico citadino en hora pico. La reunión fue terrible, la tozudez de la contraparte me retorció una vez más la boca junto con el estómago y los intestinos. Hube de aguantarme, con lo cual logré que el asunto no saliera tan mal a final de cuentas, dejando pendiente la resolución final, pues se requería realizar varias acciones en los días siguientes para obtener el resultado final, mismas que me ayudarían a enderezar el rumbo en el sentido deseado.

Algo me falta.

Al término de esa reunión, el sentimiento de que algo me faltaba fue mayor, me puso inquieto por completo, no me hallaba en ningún lugar. La atención a los clientes me distraía un poco de ese pensamiento que amenazaba convertirse en una obsesión.

Regresé a la casa, como autómata ingerí los alimentos, escuché la relación de la jornada expuesta por mi esposa e hijos. Todavía antes de salir, deambulé por todas las piezas, para ver si recordaba qué era lo que estaba buscando y de casualidad lo encontraba, con el mismo resultado infructuoso.

Dicen que cuando uno llega a los cincuenta, la edad le empieza a hacer malas jugadas: cuando uno inicia la ejecución de una cosa, sobreviene la inconsciente correlación de ideas para acordarse de otro pendiente, por lo cual suspende la primera para atacar la segunda y se olvida por completo de aquella. El teléfono móvil y las llaves tienen cierta manía de esconderse por todos lados. Bueno, llega el momento en que uno se pone a refunfuñar, motivo por el cual le dicen que se está convirtiendo en un insoportable viejillo gruñón.

Por la tarde, de regreso en el trabajo, los asuntos me exigieron estar serio, por lo que no batallé para poner mi cara de circunstancia en esta ocasión, cuando casi siempre, por costumbre de mi forma de ser algo bromista y dicharachero, por regla general batallo para ponerme la máscara del hombre serio y formal. Sí, no tuve dificultad alguna, es más, no necesitaba fingir nada. Pues cómo no, esa susodicha sensación no me abandonaba para nada. Lo bueno es que no me afectó en el trabajo donde debía permanecer circunspecto. Sin embargo, Rosita la recepcionista algo me notó, porque me preguntó qué me pasaba, si estaba enojado, a lo que falazmente le respondí que todo estaba bien. Por la cara que puso sé que no me lo creyó, pues mi expresión facial decía todo lo contrario.

¿Qué desapareció?

Eso que había extraviado debió de haber sido algo de máxima importancia como para que el malestar no me abandonara durante todo el santo día, por eso, todavía al momento de coger mi ropa de dormir, todavía busqué debajo de la almohada y de las sábanas, pero gracias a las costumbres higiénicas de mi esposa, no encontré ni siquiera una migaja.

Resignado vi el noticiero nocturno hasta que los párpados cedieron por completo. De pronto, en la tranquilidad inconsciente del sueño regresó a mí; soñaba algo placentero acompañado por las notas de la sexta sinfonía de Beethoven, y con los acordes suaves se volvió a fijar en mis labios, los distendió para brotar espontánea la sonrisa que me había abandonado durante toda la jornada, desde que la fruncí por la falta del tocino.

Phillip H. Brubeck G.

 

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