Cuento: Dios dirá (Primera parte)

Gato leyendo

DIOS DIRÁ

(Primera parte)

San Gallo

La dueña le dijo que era la parroquia de San Gallo, salieron a la callejuela, le enseñó la torre del campanario que sobresalía más allá del viñedo que estaba frente a la casa.

Después de la comida salió a dar un paseo acompañado de Prode, un hermoso perro labrador color miel. Con buen paso caminó por la vía Castello hasta dejar atrás las últimas casas del pueblo, la estrecha cinta asfáltica ascendía suavemente. Al llegar a la intersección con la vía Piva un sendero le invitó a subir a la montaña bordeando un par de huertas. Llegó donde empezaba una arboleda, se sentó sobre una roca, desde ahí podía contemplar a Pesina hacia el sur con sus calles caprichosas.

Del morral de cuero que colgaba de su hombro sacó una libreta y se puso a escribir las ideas que en ese momento bullían en su cerebro. Prode se le quedó viendo, ya sabía que cuando Guido sacaba su libreta no le iba a hacer mucho caso, dio un par de vueltas y se echó a los pies de su amigo. Aún y cuando vivía solo, tenía una especial predilección por ese lugar, a veces simplemente se dedicaba a contemplar el paisaje, hacia el fondo, en el horizonte se alcanzaba a distinguir Garda mojando sus pies en el lago. La tranquilidad de la campiña veronesa lo invitaba a reflexionar.

Hacía veinte años que lo habían asignado la clase de cuarto grado en la escuela elemental de Pesina, por eso dejó a sus padres y hermanos en Potenza, su ciudad natal enclavada en los Apeninos Meridionales. Recordó las ilusiones que lo acompañaron en su viaje hacia el norte, sabía que era un pueblo pequeño donde podría desempeñar plenamente su profesión de maestro y tendría tiempo para escribir cuentos y novelas. En eso no se equivocó, durante las mañanas se dedicaba a impartir sus clases, y por las tardes deba un paseo para matar el sopor de la digestión, no le gustaba dormir la siesta, prefería un poco de actividad física. De regreso a casa revisaba las tareas de sus alumnos, preparaba las clases del día siguiente para que no se les fuera a escapar ningún detalle cuando estaba frente a sus discípulos. A pesar de todo siempre le quedaba tiempo para escribir, leer o dibujar, con eso llenaba su vida sin permitir que la monotonía ingresara en su rutina.

Metió la libreta y la pluma en el morral, acarició en la cabeza al perro.

– Vamos Prode, es hora de regresar a casa.

El perro caminó metros adelante de su amo, moviendo la cola para demostrar su alegría; de vez en cuando volteaba para verificar que lo seguía. Cuando entró al pueblo pasó junto a unos niños que jugaban en la calle, quienes lo saludaron con algarabía. Los adultos con los que se cruzaba en el camino también lo saludaban de manera afectuosa, intercambiando algunas palabras con ellos.

Entraron a una pequeña casa con su fachada pintada de blanco y su techo de tejas anaranjadas. Mientras Guido se preparaba una taza de café, Prode tomó agua con avidez, luego ambos fueron al estudio, encendió la computadora y se puso a pasar en limpio los apuntes del cuento que había iniciado en el cerro, el viejo labrador se recostó en el tapete que estaba a un lado del escritorio. De pronto, sin hacer ruido alguno, con un salto ágil un gato de pelaje blanco con manchas negras se subió al escritorio y se sentó frente al monitor para entretenerse con las letras que aparecían una tras otra, supervisando el estilo y el contenido.

– Vamos a ver Cativello -le dijo Guido mientras con cariño lo hacía a un lado- tú puedes contemplar bien lo que escribo desde aquí, estás muy opaco y no me dejas ver lo que estoy haciendo.

El gato le contestó con un maullido.

– Anda pequeño quédate tranquilo, mañana es último viernes del mes, ya sabes que debo terminar este cuento para mis niños, como le hacía el señor Perbono, el maestro de Corazón, Diario de un niño de Edmundo de Amicis, siempre es bueno platicarles cosas nuevas a los muchachos, cuando les pones la emoción de una buena narración les reafirmas los conocimientos y aprenden a utilizarlos de manera práctica, porque puedes hacer una mezcla de las distintas materias como la historia lo vaya requiriendo.

Obligó al gato a echarse a un lado sobre el escritorio, con su pata delantera tocó la pantalla del ordenador.

– Tranquilo amigo -le dijo Guido al tiempo que le acariciaba el lomo-, déjame trabajar un poquito -las caricias hicieron que el gato empezara a ronronear.

– Vamos a ver… ¿en qué me quedé?…

“…atraídos por el ruido de los motores los niños llegaron a un claro del bosque, los tocones de los árboles quedaban como vestigios de una reciente tala clandestina. Se agazaparon tras unos matorrales desde donde pudieron observar cómo un camión vaciaba su carga de desechos industriales. Los niños tomaron fotografías con sus teléfonos móviles, y en una de ellas lograron captar al chofer que recibía órdenes de don Vito, el administrador de la fábrica…”

 

*****

Cuando llegó a Pesina tenía 25 años, el primer día se instaló en la casa de huéspedes, estaba cansado del viaje, por lo que después de la comida se quedó dormido. Poco antes de las seis la campana de la iglesia lo despertó para recordarle que era domingo, rápido se despabiló y le pidió a la dueña de la casa le dijera como llegar al templo.

La dueña le dijo que era la parroquia de San Gallo, salieron a la callejuela, le enseñó la torre del campanario que sobresalía más allá del viñedo que estaba frente a la casa. Caminó por la vía Carrara hasta llegar a la via Boldiera que tenía otro viñedo a la izquierda, contemplaba las casas de tres pisos con sus fachadas blancas, otras parecían más antiguas con sus bardas de piedra grisácea enmohecida por la humedad. Pronto llegó a la vía San Luigi con el pequeño jardín, la cafetería y el templo de fachada de líneas rectas blancas de planta rectangular y al fondo la torre con su gran reloj debajo del campanario. Al igual que otros feligreses, ascendió la escalinata de piedras blancas para participar en la celebración eucarística.

Al terminar la misa los muchachos del grupo juvenil de la parroquia formaron un corrillo bullicioso en el jardín, Guido los miró por unos minutos, uno de ellos, casi de la misma edad que él, llamó su atención, delgado, de cabello rubio crespo y mirada serena, por lo que se le acercó.

– Hola, buenas tardes -le saludó.

– Buenas tardes -le contestó el aludido.

– Me llamo Guido, acabo de llegar a Pesina, a partir de mañana empiezo a trabajar en la escuela elemental, me gustaría formar parte del grupo de ustedes.

– Bienvenido, yo soy Giuseppe -le dijo el joven mientras le ofrecía la mano para saludarle y formalizar la presentación, luego dijo gritando para llamar la atención de sus compañeros – ¡eh muchachos!, les presento a Guido, él es nuevo aquí y quiere entrar al grupo.

De inmediato lo rodearon para darle la bienvenida y presentarse. Así fue como conoció también a Cesare y Vittorio. A partir de ese momento empezó a fraguarse una amistad que habría de durar muchos años.

*****

Esa mañana, el viento soplaba frío anunciando las heladas de ese invierno, como siempre había hecho el camino desde su casa a pie. Al llegar a la escuela algunos niños le rodearon para saludarle, unos eran de su grupo, pero también había otros mayores que lo estimaban recordando las buenas experiencias cuando en años anteriores lo tuvieron como maestro. A todos les hablaba por su nombre con afecto, preguntándoles sobre sus sueños, su salud o sus padres, mientras caminaba lentamente.

Con su característica sonrisa entró en la oficina administrativa saludando a las secretarias y algunos maestros que estaban ahí. Registró su entrada como de costumbre, hablaron un poco sobre el clima y de lo que planeaban hacer ese fin de semana. Su vista se fijó en el reloj que colgado de la pared se dedicaba incansable a medir el ritmo de las actividades, quien le indicó que faltaban cinco minutos para el inicio de la clase. Se despidió de sus compañeros para dirigirse al aula que le correspondía en el cuarto grado de elemental.

En cuanto puso sobre el escritorio su portafolios se escuchó el timbre que anunciaba el inicio de las clases, los niños entraron haciendo bullicio, unos más que otros. Cuando todos se ubicaron en sus asientos, con voz suficientemente fuerte para dominar el barullo, Guido saludó de manera general al grupo, al cual respondieron en coro y luego pasó lista de asistencia.

– En ciencias naturales -empezó su clase- hemos estado viendo los distintos ecosistemas que hay en el mundo, algunos tienen una gran diversidad de plantas y animales, como son las selvas tropicales y los bosques. Veíamos que otros parece que no hay nada, como son los gigantescos desiertos como el Sahara y el Gobi o los casquetes polares, pero en realidad tienen también mucha vida, aunque no la vemos con facilidad.

Durante el siglo XX los hombres hemos aumentado mucho las actividades industriales, el uso de automóviles, las ciudades han crecido demasiado, fumigamos los cultivos con pesticidas y herbicidas. De esta forma generamos mucha contaminación dañando al medio ambiente, tiramos mucha basura y aceites que contaminan el suelo, hacemos descargas de aguas sucias a los ríos y mares, lanzamos humo de los vehículos y las fábricas a la atmósfera.

Uno de los efectos que ha tenido la contaminación es el calentamiento del planeta, la temperatura promedio ha ido aumentando poco a poco, por eso casi no lo notamos, pero eso está haciendo que el hielo en los casquetes polares se empiece a derretir.

– Maestro -le interrumpió Claudia-, el otro día, en el noticiero de la televisión informaron que se está desgajando un iceberg de muchos kilómetros en el Océano Ártico.

– Yo vi en Facebook la foto de un oso polar sobre un témpano, se veía muy flaco. ¿Es cierto que se van a extinguir? -apuntó Dorian antes de que Guido explicara algo con respecto a la intervención de su compañera.

– Así es niños -retomó la palabra el maestro-, aunque los daños han sido graves, todos podemos hacer algo para contaminar menos, por eso en 1997 en la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, se elaboró el protocolo de Kioto. Italia lo firmó en 1998, lo ratificó en el 2002 y entró en vigor en el 2005. Así nuestro país se comprometió a reducir sus emisiones de gases de efecto invernadero en 3.1%. El protocolo ha sido ratificado por 184 países, pero Estados Unidos, que es el que más combustibles fósiles usa, todavía no lo ha aceptado.

– ¿Qué son los combustibles fósiles, maestro? -preguntó Luigi.

– Son los que se formaron en el subsuelo por la presencia de productos vegetales y animales de hace muchos siglos que quedaron enterrados y que ahora hacen los yacimientos de petróleo y carbón mineral. Por eso en lo que llevamos del siglo XXI hemos visto cómo se genera energía eléctrica con sistemas solares y eólicos…

Las clases continuaron, a ciencias naturales le siguió el turno a Matemáticas. A media mañana tuvieron el descanso, todos los niños corrieron al patio de la escuela para jugar y desfogar el cansancio que se había acumulado en esas horas, pero la actividad física no fue suficiente cuando terminó el receso, por lo que reanudaron sus actividades académicas algo inquietos.

– A ver niños -exclamó Guido para captar la atención-, ¿qué día es hoy?

– ¡Viernes! -gritaron en coro.

– ¿Qué número?

– ¡Veinticinco!

– ¿Y eso qué significa?

– Que es el último del mes -dijo apresurada Alejandra- y nos toca cuento.

La última palabra funcionó como un interruptor de la corriente, pues de inmediato guardaron silencio.

– Es correcto -afirmó el maestro.

Aprovechando la atención generada por la expectativa que tenían los niños, empezó a leer el cuento que había escrito la víspera. Una historia en la cual un grupo de niños, precisamente de la edad de sus alumnos, cuando salieron de día de campo por un bosque cercano a la ciudad donde vivían, escucharon ruido de camiones en una zona donde no era común, la curiosidad los llevó a una zona donde aún se notaban los rastros de la tala clandestina que habían realizado recientemente, y en su lugar los camiones de una empresa estaba vertiendo desechos industriales.

Escondidos entre los árboles tomaron fotografías con sus teléfonos móviles y sigilosos regresaron a la ciudad. Ahí acudieron a la alcaldía donde un funcionario tomó nota de la denuncia de los pequeños, pero no la turnó a quien realmente le correspondía atenderla.

Los días pasaron, el tiradero clandestino siguió acumulando basura. En el ayuntamiento el mismo funcionario les decía que se estaba investigando el caso. Insatisfechos por esa respuesta, ellos se encargaron de indagar más a fondo y se dieron cuenta que había funcionarios corruptos involucrados, por lo que subieron las fotografías a las redes sociales. Tras muchas peripecias, en las que se puso en tela de juicio el decir de los niños, ayudados en la presión ejercida por estos medios, lograron captar la atención de autoridades de más alto nivel, hasta que al fin detuvieron a los responsables del ecocidio que se estaba realizando, clausuraron la empresa y los obligaron a pagar las acciones de limpieza de la zona del bosque que había sido afectada, así como a reforestarla. Al final el alcalde, en un acto público les agradeció a los niños su valor para denunciar estos actos ilícitos, entregándoles un reconocimiento a cada uno de ellos.

(Continuará…)

Phillip H. Brubeck G.

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