La mochila

LA MOCHILA

Algunas uvas, naranjas, manzanas con olor a fermento. El pequeño casi siempre olvidaba sacar el refrigerio que su madre ponía en la mochila. ¡Qué asco! Tener que introducir la pequeña mano en el compartimiento escondite, donde trataba de esconder su refrigerio, compuesto de frutas a veces acompañadas con galletas rancias. No siempre alcanzando el éxito de alejarlo de los ojos de los voraces compañeros de estudio. Sentir ese pegajoso batidillo de harina, papel y fructuosa, era cotidiano, casi un rito pagano, el cual llegaba a su culminación cuando corría directo al baño para tirar en la coladera del fondo el producto hecho papilla.

En casa, quería probar algo diferente que no tuviera la sazón de su mamá o abuela, deseaba como el niño rico del salón, tener unas monedas para ir a la tiendita de la escuela y comprar dulces y golosinas que anunciaban minuto a minuto por la televisión y el internet; o negociar a buen precio una buena torta de sus compañeritos, ¡claro!, él degustaba los almuerzos candidatos de mejor ver; y si ese día no tenía apetito, se daba el lujo de adquirir un juguete de los que mercaba el señor de la esquina.

—¿Por qué no me das una moneda mamita?

—¡No, te la robarán los niños más grandes!

—¡Te lo juro mami! La voy a cuidar bien y ahorrar.

—¿Para que la quieres, para comprar porquerías que te picarán los dientes? ¡No, no y no!

—Pues le voy a decir a la abuela para que te regañe.

Sabía su madre que esa no era la razón de su negativa, la precaria situación económica le quemaba el seso y se ponía a ahorrar hasta el último centavo, creía que no podía compensar la falta del padre con el poco dinero que conseguía, el progenitor desapareció cuando supo que ella estaba embarazada, y como la dama en el truco del cajón del mago, se esfumó sin esperar el aplauso de la muchedumbre, él no lo conoció, no vio sus manos, no sintió un abrazo.

—¡Mamá!, ¿Alguna vez me amó mi papá? ¿Por qué se fue?

Y la soledad que sobrecogía su espíritu, tan sola, ahora abrumada de esa carga que significa criar a un hijo rebelde. Vivir difusamente en un carrusel frenético de incertidumbre de preguntas vivas con respuestas enfermas, muertas, cadavéricas.

—Bobo, te dieron otra vez esas tristes galletas y la fruta casi podrida como el alma de tu padre –dijo en tono burlón una voz desde el fondo del patio de la escuela.

Los días comenzaban a enfadar al pequeño que soñaba a la vuelta de la esquina encontrarse a un señor amable y pudiente que lo rescatara de su amarga orfandad, a veces quería ponerse un letrero que dijera: “Hey, estoy disponible, adóptenme”, iba lento hacia su casa-encierro, contando paso a paso para que fuera más larga la llegada.

Después de medio comer y juguetear con la cuchara y los alimentos, se sentaba un rato al pie de la escalera y su imaginación nerviosa se activaba; arriba estaba todavía más indefenso, el pánico se apoderaba y las pisadas eran torpes, alcanzando con dificultad el borde de los escalones, estuvo a punto de tropezar y caer varias veces, no era suficiente la compañía del angelito de la guarda, el cual se retiraba avergonzado de no poder ayudar al infante, el alado ya no era buena compañía.

Después de llegar de la escuela regresaba el alado celestial y aconsejaba agarrar sus sueños más felices, los metiera en su bolso de esperanzas y disfrutara la vida, cuando hacía caso, salía corriendo hacia el patio y exploraba sus mundos paralelos, y en estado de extraña paz, por un momento huía de la soledad.

¡Zas, de repente! El gato caía en la cabeza y rompía con ese momento de tranquilidad, el felino con cortas patas se lanzaba desde el borde de una pared, cuando lo veía más distraído iba a su encuentro, a la cita de siempre, a la coincidencia de dos almas en el oráculo del juego, un pretexto para vivir acompañados solo unas horas.

Inventaba diálogos, travesuras y juegos de adivinanzas; ese inocente entretenimiento, que se fue al caño con el invento de la realidad virtual. Y como todos tenía su preferido; casi siempre tenemos uno que nos encanta y que quisiéramos practicar eternamente.

Su cómplice Tony, el gato blanco y peludo como una espora, el huérfano soñaba en ser un Merlín moderno, y que por medio de sus “investigaciones y ensayos” descubre la pócima para transformar las cosas en dinero, era tanto meterse en esa ilusión, que le brillaban los ojitos. El felino tenía el papel de asistente sordomudo, lo miraba con sus grandes ojos azules; con débil maullido giraba lentamente su cabeza y se recostaba sin seguir indicaciones, se quedaba quieto y después se acomodaba en un cojín para iniciar con su siesta cotidiana.

Pero él no se rendía; sus instrumentos para esa alquimia; consistían en botellas de plástico, cartón, piedras y pedazos de juguetes que iba escogiendo y escondía detrás del elevado cedro en el pequeño patio trasero de la casa.

—Cuasimodo, Cuasi, estamos a punto de ser ricos, la suerte está con nosotros. ¡Hum! Te duermes en este momento, gato inútil.

—Parece que vienen por ti, que suerte tienes iras a casa temprano.

Esa noche no pudo dormir, no podía estar tranquilo, sabía que la abuela había muerto, el maldito destino impuso que él fuera uno de los protagonistas de esa tragedia, participando en la escena previa, donde el accidente mortal estaba predestinado…

Ese nombre de Cuasimodo, que de por sí es feísimo, lo había escuchado en las narraciones de la abuela recién difunta, cuando contaba a su modo la historia de Víctor Hugo, “El Jorobado de Nuestra Señora de París”; en especial ese ejemplar contenía muchas caricaturas y recortaba el relato. Nombró así al travieso gato, porque cuando se enojaba el peludo arqueaba su cuerpo, y por un momento quedaba con el esqueleto descuadrado muy parecido al del personaje del escrito.

Se le venía la emoción y lloraba sentado en la escalera, recordaba la plegaria de su abuela que con voz enérgica decía.

“Hijito, no seas como tu padre, no debes ser como él, tú debes ser un caballerito”. Pobre niño, presionado por las voces que le dicen que siempre tiene que hacer lo correcto y le merman la autoestima sin poder entenderlo. Una repetición y cantaleta, recalcitrante de su madre y abuela:

—Ya deja de soñar, pronto crecerás, la vida no es tan fácil.

—Vas a tener que ayudarme no tengo más dinero.

Pasó el tiempo enjugando sus lágrimas ya no sabía, si por la muerta o por la presión de crecer pronto y dejar rápidamente su encanto de niño.

—Levántate temprano no debes llegar tarde al trabajo, todos los días es lo mismo.

Desde hacía dos meses se dirigía en bicicleta, a un lugar apartado fuera de la ciudad, donde podría ensayar ese grito que emocionaría a miles de persona a través de un receptor a muchos kilómetros o en la misma sala del sorteo de la lotería nacional.

Sería la primera vez que su voz llamaría tanto la atención…

—¡A que mi profe, usted no conoce la historia del padre! Pos yo sí que lo conocí y lo vide despuesito de lo que me cuenta. Recuerdo que vivía allá, detrás de aquella iglesia a punto de caer, la del Sagrado Corazón. ¡Ahora está desaparecido! ¿Qué raro? El último día que se le miró estaba agarrando a pedradas a unos chuchos que le cerraron el paso y como si tuvieran rabia no paraban de ladrar, se le vio moqueando lloraba desesperado, insultaba con voz que daba miedo, los perros que ahora aullaban salieron disparados y no dejaron de correr. La sombra se paró en el antiguo atrio, hablaba entre dientes, y sin agua va, se encueró toditito, se paró en el centro muy decidido, hizo algunos desfiguros con el cuerpo hasta retar al mismito Dios. Cuentan que después, diosito lo castigo; y lo marcó poniéndole una figura como la de Caín, así que tenía que sufrir, vagar por los desiertos y pagar culpas por los que venían detrás de él; y uno no puede renegar de su destino, es ley divina y esa no se rompe. Esa última vez, se metió a las ruinas de la “mesma” iglesia y su cuerpo se iba derritiendo y eso se lo comió el polvo. La verdad, ni por casualidad quiero topármelo, es un ser apestado. Y eso que lo vi una vez, así de lejecitos y de todos modos se me enchinó el cuero; ¡eso de ver sombras es malo, muy malo!

Víctor Hugo González Fernández.
Cuentos del autoexilio.

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