La sombra

LA SOMBRA

Los días comenzaban a enfadarle, el pequeño soñaba que a la vuelta de la esquina encontraría a un señor amable y pudiente que lo rescatara de su amarga orfandad, a veces quería ponerse un letrero que dijera: “Hey, estoy disponible, adóptenme”, iba lento hacia su casa-encierro, contando paso a paso para que fuera más larga la llegada, trataba de ver pájaros veloces e insectos que pudieran dar un gran salto, pero no se topaba con ninguno; colocaba una sonrisita mustia ensayada en el espejo, que los caminantes a veces regresaban con otra sonrisa más fingida. Esa mueca desaparecía al cruzar el umbral de la puerta de la morada materna, le costaba mantenerla, con tanto drama en el interior…

En la noche es difícil ver, y más sombras en medio de la polución nocturna, menos en luna nueva, los hipersensibles las miran siempre, están rodeadas de miles, estos entes incorpóreos se auto flagelan con sus remordimientos, siempre apresurados se agolpan, no hay respiro, buscando otra sombra más atormentada y con ello sentir que no está mal llevar un pesar como seña de Caín y volverse poderosos, cómodamente sádicos, y estar girando sin saberlo en un círculo vicioso de huerfanidad espiritual.

Esos monstruos todos los días mueren y resucitan, tiene una esperanza para salir del encantamiento perpetuo. Buscan y penan, en la nueva industria de los gurús y “coachins” certificados y capacitados los fines de semana. Pero por lo pronto, salen de sus casas con su máscara diseñada por publicistas de televisión barata y que según ellos nadie se percata de su naturaleza volátil.

Pobre niño, presionado por las voces que le dicen que siempre tiene que hacer lo correcto y que le merman la autoestima sin poder entenderlo. Una repetición y cantaleta recalcitrante de su madre y abuela: “Hijito, no seas como tu padre, no debes ser como él, tú debes ser un caballerito”

Y aprendió bien de esa comunidad de revista e internet. Esa transfiguración de caretas, mermaba su espontaneidad; ya no era el juego de niños, para sentirse mayor, y actuar como un hombre importante; dentro de él sabía que eternamente la llevaría puesta y cada día social seria cada vez más pesado. Él imaginaba que esos postizos parlaban entre sí, con esa amabilidad que ciertos primates aparentan.

—Que elegante es tu careta, deberías prestarla un ratito.

—Sí, pero me la regresas, así se me han perdido varias.

—Ja, ja, ja… me da cosquillas. ¡Ahora! ¿cómo me rasco?

— ¡Silencio, tocan la puerta! ¡Eres un idiota, como la devuelves!

Han sido varios días que ha descuidado la posición de su antifaz, herido en su dignidad se le revuelve el estómago lleno de antiácidos; aparentemente no le importa, está agotado y solo por su figura social la usa como puede.

Pronto se dio cuenta de la lobotomía a que lo sometieron; llevándolo a un conflicto físico-mental irreversible, inconcebible saber que no se puede; cuando otra parte de su instinto le dice que debe hacerlo. Se ha procesado una metamorfosis neurótica en su interior de dimensiones mundiales, que saldrá en las portadas de las revistas para adultos.

—“Ya deja de soñar, pronto crecerás, la vida no es tan fácil”.

En su momento de desvarió, sale atropellado hacia el parque de maduros cipreses y flores que no se dañan al ser pisadas, volviendo las voces huecas entrecruzadas con el sonido de los motores de fin de semana.

—¿Por qué no me das una moneda mamita?

—¡No, te la robaran los niños más grandes!

—¡Te lo juro mami! La voy a cuidar bien y ahorrar.

—¿Para que la quieres, para comprar porquerías que te picarán los dientes? ¡No, no y no!

—Pues le voy a decir a la abuela para que te regañe.

—¡Ya deja ese sucio gato!

Pronto tuvo visiones al sentarse en una banca de pino pintada de verde: a lo lejos un tiovivo multicolor hipnotizaba con su movimiento a los niños y creo más a los padres pues insistían que subieran al juego; alguna vez le habían dicho que era vidente, él nunca lo creyó, y esos espejismos violentos eran premoniciones mezcladas con pesadillas recurrentes.

Comenzó a dar un primer paso y como un chispazo recordó la última vez que estuvo sentado rodeado de gente en un auditorio; viendo al hijo no reconocido; quería por primera vez tocar con la mirada su rostro y escuchar su voz infantil. Y en medio de la muchedumbre, como loro mentalmente repetía “ese es mi chico; debí haber mecido tu cuna, todas las noches”.

Cerró los ojos, tragó saliva al darse cuenta que el pequeño estaba muy nervioso. Al hijo las piernas le temblaban, más miedo escénico al tomar en la mano aquella esfera que haría millonario a una persona ese día…

El hombre, recorre la sala con la mirada de ¿quién puede ayudar? Al voltear al extremo del foro alcanza a distinguir una sombra conocida revuelta entre las cortinas; hay distancias que se terminan tristemente, y este fue el caso. Cae embrutecido por la enmascarada que lo abruma; que lo hace meterse en su bloqueo, en su mecanismo de defensa.

Y él miró la transformación de ella; “Su pelo brilloso de estrellas se opaca, la lozanía de su piel termina sin ser disfrutada, y su caminar ahora más cansado no da ritmo, cómo ha cambiado el cosmos, se ve desfallecida, no es”.

Sin quererlo trata de explicar al herido interior femenino, interpretarlo a través de su apocalipsis es imposible; se vierte en letanías, en plegarias sacudidas de miedo; pero lo que más importa es la pesadez y auto flagelo de su abandono, de su desgraciado descuido. En su momento no lo quiso ni para su hijo ni para ella, y por fin cayó en el sobresalto de la irresponsabilidad y del esfuerzo de ella para enfrentar en el submundo carencias y complejos para su hijo sensible, y al paso de la imagen cambiante en el espejo y la soledad que sobrecogía su espíritu, tan sola, ahora abrumada de esa carga que significa criar a un hijo rebelde. Vivir difusamente en un carrusel frenético de incertidumbre de preguntas vivas con respuestas enfermas, muertas, cadavéricas.

Víctor Hugo González Fernández.
De la serie “Cuentos del autoexilio”.

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