Su nombre es Pedro

SU NOMBRE ES PEDRO

Palabras iniciales…….

Pensar en las cosas no agradables que tiene la vida es un acto de valentía. Vivir es un acto de valor, de coraje, sobre todo para aquellos cuyas condiciones no son las mejores.

Para muchos vivir es un acto de supervivencia y cada día es un reto llegar a la noche y sobre todo despertar aún con vida, respirando y teniendo tu cuerpo completo sin que te hayan robado durante tu sueño alguna parte de ti, aunque sean los anhelos, la ingenuidad, la niñez, pero, sobre todo, las ganas de despertar en un mundo mejor.

Por eso debemos darle las gracias a aquel que nos dio una mejor oportunidad, nos preparó el camino para hacernos quienes somos ahora, aunque sus inicios no hayan sido fáciles.

Pedro era uno de esos tantos niños que nació en esos barrios olvidados en cualquier ciudad actual, perdida entre el barro rojo del suelo reseco, los latones del techo que se estremecen con el viento. Aquellas casas donde las paredes a duras penas tienen algún color y muchos duermen en una sola habitación, en un colchón en el suelo, mientras las ratas excavan en las paredes para lograr comer algo.

Ese pequeño tuvo que luchar por su vida desde el principio, su madre, una mujer cualquiera en este lugar, solo pensaba en la ausencia de un hombre en su cama al dormir. Nunca se preparó para ser madre, era apenas una adolescente de dieciséis años, al contrario, para ella fue una decepción saberse en estado, aunque albergaba la esperanza de que tal vez aquel con el que había estado lo hiciera feliz y prefiriera quedarse que huir ante la responsabilidad. Sin embargo, como muchos, al saber la noticia recogió sus pocas cosas de esa casa, de apenas dos habitaciones, y los abandonó perdiéndose para no regresar más.

Llamemos a esa mujer simplemente Madre. Durante los primeros meses pensó en perderlo, de hecho, hizo cosas terribles, que temo contarles, para que su hijo no naciera, pero Pedro estaba destinado a venir a este mundo. A pesar de que su Madre no se alimentó nunca para él, utilizaba medicamentos y cualquier cosa incluyendo cigarros o alcohol para huir de su vida, Pedro nació.

En el hospital las enfermeras que lo recibieron se asombraron de lo fuerte y sano de aquel bebé de piel canela y ojos profundamente negros, que había nacido de aquella joven huesuda. La abuela llegó a verlo y cuando le preguntaron el nombre ella dijo que lo llamaran Pedro, porque Pedro significa piedra y en eso tenía que convertirse para poder sobrevivir en aquel mundo en el cual había nacido.

La abuela se quedó con ellos hasta que Pedro pudo caminar, pero siempre estaba solo sentado en la arena, desnudo, lleno de barro rojizo en sus pies y en sus manitas. Madre simplemente lo alimentaba para que la dejara dormir o le permitiera salir con aquel hombre de turno.

Pedro aprendió a hablar gracias a los otros chicos que, como él, rondaban en el frente de las casas intercambiando la tierra que comían. Sin embargo, la primera palabra no fue mamá o papá porque no había recibido cariño de nadie.

Cuando tenía edad para ir a la escuela, al igual que los demás vecinos, lo inscribieron en el colegio del barrio para que estuviera lejos, lo bañaran, lo alimentaran, pero sobre todo para que no regresara a casa. Muchas veces Madre no fue a buscarlo entonces. Pedro con su pequeño morral a cuestas y los zapatos sucios caminaba calle abajo para llegar a su casa, debajo de un inclemente sol.

Una tarde llegaron a su casa algunos amigos de su madre y se quedaron unos días. Al principio Madre estaba contenta, no le pegaba al llegar a casa y muchas veces le dio de comer un pan solo con agua para dormir. Pero esos invitados de Madre tampoco lo querían, le golpeaban, y una de esas largas noches le dieron algo de beber que no fue solo agua. Cuando despertó su cuerpo le dolía, no podía caminar bien pues arrastraba una de sus piernitas. En medio de aquellos que dormían a su alrededor, se levantó y sin hacer ruido, salió de la casa para irse a la escuela.

Caminó despacio arrastrando su pierna derecha, se miró los brazos con moretones y luego de limpiarse la boca descubrió su mano llena de sangre. Sin embargo, siguió caminando hasta llegar a la escuela mientras los demás entraban a las aulas, Pedro con dificultad se aproximaba a la puerta de entrada y Maritza lo vio llegar. Se le acercó despacio y lo levantó en sus brazos dirigiéndose al baño. Solo llevaba puesto la franela roja del colegio, sucia con manchas de sangre, la ropa interior, unas medias y un zapato negro.

Maritza no le dijo nada, ya en el baño, limpió su rostro y cuando le levantó la camisita roja, su espalda estaba llena de moretones con manchas rojas, como correazos, supo que le habían azotado. Pedro le sonrió triste y Maritza solo lo acercó a su pecho, pues sentía que su corazón estaba destrozado. Pedro no podía regresar a su casa.

Los días pasaron, Pedro se quedó con Maritza y por primera vez desde que había nacido tenía la compañía de alguien que lo ayudaba a bañarse, lo peinaba por las mañanas, le preparaba de comer, lo llevaba al Colegio y esperaba por él para irse a casa al finalizar el día. Maritza compartió con él su soledad convirtiéndolo en su hijo y Pedro la hizo su mamá.

Una tarde durante la salida Madre se apareció en la puerta de la escuela, y con aquellos amigos se llevaron a Pedro a casa, a pesar de los gritos y el llanto del pequeño. Maritza sintió que le rompían el corazón y la destrozaban por dentro, pues sabía que ellos lo buscaban para utilizarlo en cosas tan malas, como vender esa porquería con la cual Madre se desprendía de su mundo.

Pedro no regresó al colegio al amanecer de aquel día. Se escondió de su Madre luego que lo cubrió de correazos por negarse a salir con sus amigos, pero se prometió así mismo, luego de conocer lo que hace una verdadera mamá por un hijo, que su Madre no lo vería más. Así fue, corrió por la noche oscura hasta perderse en el mercado y después montándose en un autobús llegó hasta el otro lado de la ciudad.

Solo tenía seis años, pero ya sabía contar y escribir su nombre, había perdido la inocencia de su niñez y distinguía aquellas cosas que le hacían daño de aquellas que no; aquellas que le permitían ganar un poco de dinero para por lo menos comer, y se alejó de aquellos que solo lo utilizaban para que les diera dinero, o de aquellos, que, por algún placer de adultos, le pagaban.

Pedro, poco a poco fue viviendo lo más aterrador que le puede pasar a un niño: vivir solo. Tuvo varios conocidos con los cuales compartía la comida que conseguían o el cartón para no dormir en el suelo al llegar la noche. Fueron muchos los que lo vieron y convivieron con él, pero cuando descubría algo malo los dejaba.

Había también algunos grandulones que se aprovechaban de los más pequeños y les quitaban lo que tenían, o los golpeaban hasta dejarlos casi muertos si no les daban lo que conseguían. Fue muy duro para él, pero siguió caminando porque había que encontrar un buen lugar para comer y para dormir, sin temor a que lo golpearan. Se unió con otros niños de su edad y descubrieron que juntos podrían defenderse de los grandulones, juntos podían defenderse más que estando separados.

Maritza seguía buscándolo por el barrio, esperanzada de encontrarlo, aunque Madre se había cansado de decirle que había muerto. Días después la policía llegó a buscarla y junto con sus amigos fueron a la cárcel por vender aquello que estaba prohibido. Sin embargo, Pedro no aparecía, la tierra se lo había tragado, la vida lo había perdido entre el bullicio de la ciudad y la indolencia de todos.

Una tarde, casi después de dos años, Maritza viajaba en su humilde auto por el centro de la ciudad y entre cartones vio a un grupo de niños que sucios huían de los policías que les perseguían. Estacionó su carro en la acera y se bajó esperanzada de que alguno de ellos fuera Pedro, pero los policías se los llevaron en una camioneta a un centro de refugio de menores, pues muchos de ellos solo robaban para vivir.

Maritza averiguó como pudo y llegó hasta el sitio donde lo tenían recluido. Ahí en un inmenso patio rodeado de árboles, los niños como Pedro caminaban debajo de las ramas ocultándose del sol de las tres de la tarde.

Era una tarde de marzo, la brisa soplaba fuerte, el aire era pesado pues todo estaba seco y desgastado, había demasiada tristeza y ausencia en ese patio. Despacio se acercó a aquel pequeño huesudo debajo del árbol que ocultaba su cara en sus piernas llenas de ronchas, manchas y cicatrices de la vida.

Maritza sonrió y se arrodilló frente a él llamándolo por su nombre. Pedro levantó su vista y entre lágrimas la reconoció. Creyó al principio que venía a buscarlo para llevarlo con Madre y le dijo que si lo entregaba a ella se encargaría de matarla con sus propias manos, jamás dejaría que sus amigos le tocaran más, ni ella tampoco, ya no era más un niño.

Maritza solo respiraba con dificultad mientras escuchaba la rabia y el dolor de cada una de las palabras de Pedro. Cuando terminó de hablarle extendió sus brazos, lentamente tocó sus manos y lo acercó a ella para proporcionarle aquel calor que tanto ansiaba. Ambos lloraron durante mucho rato y Pedro se abrazó a ella, luego caminando tomados de la mano salieron de ese patio.

Pedro tuvo una oportunidad de ser un hombre de bien, y a pesar de sus muchas cicatrices, en su cuerpo pequeño y en su alma de niño, aquella mujer supo con paciencia y mucho amor ayudar a cicatrizar cada una de sus heridas, las de su cuerpo y las de su alma.

Palabras finales….

Un niño es una bendición para cada madre y padre que los engendran, eso debería ser así porque es el don de la vida que se nos ha entregado a cada uno de nosotros. Dar vida no sólo es un derecho, es una responsabilidad.

Es nuestro deber llenarnos de amor y enseñarles a valorarse como seres humanos que son y a cuidar lo más sagrado de ellos: su inocencia, la cual no debe ser manchada por ningún adulto. Solo se es niño una vez, ¿por qué tenemos que apresurar las cosas?, ¿por qué tenemos que llenarlos de sufrimientos y de pesares que no son de ellos son solo nuestros?; ¿por qué tenemos que utilizarlos para hacer daño o para generar lástima en otros para que nos ayuden con el sustento que es solo nuestro deber darles? y ¿por qué tenemos que vender su inocencia haciéndoles pagar por un error del cual son completamente inocentes?

No te apresures en querer tener a alguien en tu vida por el simple hecho de descubrir el placer de estar con otro. Debemos ser responsables de las consecuencias de cada uno de nuestros actos, pero, sobre todo, que los hijos deben ser el producto del amor no de una noche de locura, no de un momento de placer irresponsable.

Hay que recordar que cada día que amanece en nuestras calles hay muchos Pedro, muchas Madre que viven sus vidas solamente despertándose y tratando de huir de sus pesares, en lugar de trabajar para superarlos. Hay muchos Pedro y ojalá haya muchas Maritza en el corazón de cada uno para que lleguemos a construir una sociedad donde se respete al ser humano y donde se valore la vida y la inocencia de cada uno de los niños de cualquier país de este mundo.

Mary Agnes Vega.

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