Reflexión: Acércate

Anciana

ACÉRCATE.

Anciana

Ven, acércate, no te quedes ahí parada mirándome nada más, desde hace varios días he sentido tu presencia silenciosa, como si estuvieras espiándome.

Siempre hay mucha gente a mi lado, va a ser muy difícil que me encuentres sola por completo, no lo puedo ni lo quiero evitar. Es la familia que Dios me regaló, numerosa: mis hijos con sus cónyuges, los nietos, bisnietos y más, y eso que hay quienes no han podido cruzar el mar para visitarme en estos días. Todos, juntos o por separado, en esta casa siempre arman una gran algarabía, música para este mi corazón que late perfectamente desde hace casi un siglo, repartiéndoles a todos el amor que por cada uno siento en particular.

Siéntate tranquila, aquí junto a mi cama, no tengas prisa, todo tiene su tiempo, como cuando conocí a mi amado, hombre apuesto, galante. Juntos vivimos momentos maravillosos como no había imaginado; de la mano sorteamos mil dificultades. Él siempre trabajador, honrado a carta cabal. Hace años viajó a la eternidad, pero nunca me ha abandonado en cumplimiento al juramento que nos hicimos frente al altar de amarnos por siempre.

¿Sabes? Recientemente me vino a visitar, dijo que ya tiene un lugar preparado en exclusiva para nosotros, ahí gozaremos la dicha de estar juntos, solitos, como cuando estábamos recién casados.

Ya tengo varias semanas aquí en la cama, sin que pueda levantarme, estos viejos huesos ya no quieren mantenerme erguida, se han cansado. A veces los dolores que me causan en toda la espalda son muy intensos. ¿Serán los dolores del parto a la nueva vida? Probablemente. Jesús sufrió mucho antes de morir, para luego resucitar. Para mi debilidad humana son muy fuertes, a veces no los aguanto, pero me consuela saber que son menores a los que padeció el crucificado por mí, y por eso, hoy se los ofrezco por toda mi familia.

No te vayas, acércate, siéntate de nuevo, anoche, en la vigilia, estuve platicando con la Virgen María, ella siempre me ha acompañado, ha sido mi ejemplo a seguir como mujer, como esposa, como madre. Ya sabes cómo somos las mamás de preocuponas, por eso le he pedido los cuide a todos en sus necesidades; los cubra con su manto cariñoso para protegerlos de los peligros a los que se enfrentan; y su amor los guíe por los senderos de la vida.

Acércate un poquito más, para que cuando Dios me pida ir hacia Él pueda apoyarme en tu hombro, como bastón, pues no sé cuan largo sea el camino para llegar al lado de mi Salvador.

Llegado el momento, llévame de tu mano con el viento de la tolvanera, junto con las arenas del desierto, dispersando mis cenizas por todo el mundo para abrazar permanentemente a todos los de la familia.

Phillip H. Brubeck G.

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