Trazar juntos caminos de paz

TRAZAR JUNTOS CAMINOS DE PAZ

No debemos “encerrarnos en el miedo, el dolor o la resignación” para superar las circunstancias adversas que estamos viviendo, al contrario, mantengamos “el corazón abierto a la esperanza, confiando en Dios que se hace presente, nos acompaña con ternura, nos sostiene en la fatiga y, sobre todo, guía nuestro camino.”

Es la exhortación que nos hace el Papa Francisco en el mensaje de la 56 Jornada Mundial de la Paz celebrada el 1 de enero de 2023, titulado “Nadie puede salvarse solo. Recomenzar desde el COVID-19 para trazar juntos caminos de paz”, donde parte del recuento de los tres años que ha durado la pandemia de COVID-19, en los cuales, además de los problemas sanitarios, se han sumado guerras, conflictos sociales y políticos, así como crisis económicas, todo lo cual nos empuja “al túnel oscuro y difícil de la injusticia y el sufrimiento”, y como consecuencia nos sumerge en la depresión y la angustia de la impotencia de no poder cambiar nuestra realidad.

Cada sociedad, cada país, tiene sus problemas específicos. En México el Presidente de la República, con sus discursos de odio y rencor se ha encargado de polarizar a la sociedad enfrentando a sus seguidores contra los opositores, con lo que se genera un clima de violencia moral próximo siempre al estallamiento de la violencia física entre ambos grupos. Al mismo tiempo, los cárteles de la droga, a sangre y fuego mantienen amedrentada a gran parte de la población. Políticos corruptos de todas las denominaciones saquean las arcas públicas sin miramiento alguno, tratando de engañar a la gente con mensajes que alaban su honestidad. Una vez más la inflación se acrecienta de manera acelerada. En pocas palabras, no hay un principio de autoridad que ponga fin al caos.

El Santo Padre es certero al afirmar que “las diversas crisis morales, sociales, políticas y económicas que padecemos están todas interconectadas, y lo que consideramos como problemas autónomos son en realidad uno la causa o consecuencia de los otros.” En un pormenorizado análisis ético podríamos ver cómo la falta de aplicación de los valores morales nos han arrastrado a cada una de las situaciones mencionadas en el párrafo anterior, lo que conformaría un tratado de ética social de nuestros días.

Ante la magnitud de todos esos problemas es fácil desanimarse. Como individuos, en nuestra pequeñez, somos impotentes para solucionarlos, lo que nos lleva a actitudes de aislamiento buscando que no nos afecte; o a veces, el escepticismo nos paraliza, pues de nada sirve lo que yo pueda hacer. Así nos aislamos más, la sociedad se va desintegrando y es más fácil manipular a las personas.

La mayor lección que nos ha dejado la pandemia de COVID-19, puntualizó el Papa, “es la conciencia de que todos nos necesitamos; de que nuestro mayor tesoro […] es la fraternidad humana, fundada en nuestra filiación divina común”.

Nuestro actuar debe estar guiado por las virtudes teologales: fe, esperanza y caridad, como bien lo especifica San Pablo en la segunda epístola a los Corintios.

Fe es creer, tener confianza, creerle a Dios, confiar en Dios. Presentarle nuestros problemas confiados en que nos dará la fuerza para mantenernos de pie en el camino; que nos dará la claridad de discernimiento para tomar las decisiones adecuadas.

Esperanza es tener la certeza de que Dios nos dará tiempos mejores, que nuestras circunstancias van a cambiar para bien de todos en esta vida. La seguridad de que siempre está con nosotros, sosteniéndonos en los momentos de mayor debilidad.

Caridad es saber compartir de manera plena nuestro ser con los demás, conforme lo vayan requiriendo. Es actuar con justicia, rectitud, bondad, amabilidad, con mis padres, mi cónyuge, mis hijos, hermanos, parientes, amigos, vecinos, compañeros de trabajo, con los desconocidos que me rodean para que nadie pase desapercibido. Es aceptarlos como son, con sus virtudes y defectos; recibir con gratitud las cosas buenas que nos dan y corregirlos amablemente cuando estén mal. Círculos concéntricos de unos que se entrelazan con los de los otros, integrando cadenas de favores, de amor.

Para lograr la paz en nuestra sociedad, puntualiza el Papa Francisco, “es urgente que busquemos y promovamos juntos los valores universales que trazan el camino de esta fraternidad humana”; esos valores que parecen olvidados en un mundo de placer y consumo, de egoísmo y violencia; esos valores que nos enseñaron nuestros abuelos, nuestros padres, los cuales en su conjunto nos llevan a actuar en solidaridad para juntos alcanzar el bien común.

Si desde el seno familiar, con alegría y confianza empezamos a escuchar al otro, a comprenderlo, a ayudarlo, a perdonarle las ofensas que nos hayan infligido, las ondas concéntricas de la empatía se irán expendiendo, abarcando a más personas, para trazar juntos caminos de paz en este mundo.

Phillip H. Brubeck G.

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