El poeta de los senderos ocultos
En los días de la infancia de Pilarcito, en aquella comarca de los Potreros Pequeños, cercana al pueblo de Los Tres Canales de Agua, el niño se movía siempre al compás de sus sueños. Sus pasos se perdían entre los perfumes de la naturaleza y por las noches, hallaba abrigo bajo la lámpara encendida de las estrellas.
Su madre, Doña Nico, solía encargarle algunas labores en su predio. Pilarcito, al recorrer los pequeños y serpenteantes caminos, iba conversando con el mundo: las flores, los terneros, las fuentes de agua, los árboles y el viento. Les hablaba en versos, algunos con rima y otros libres, que brotaban de forma natural y espontánea.
Pilarcito no era consciente de la belleza de esas cosas que nacían de su alma, hasta que un día, en la escuela, la maestra comenzó a hablar sobre la poesía y asignó la creación de un poema como tarea. En ese instante, Pilarcito se giró en su pupitre y le comentó a sus compañeros: «¡Qué tarea tan fácil! Yo no sabía que eso se llamaba poesía. Yo siempre digo esas cosas cuando camino haciendo mis tareas en la finca o cuando mi madre me envía a hacer mandados en otras aldeas». Nora de la Mora le animó: «Escribe algo de esas cosas que dices y tráelo mañana; nosotros veremos qué belleza podemos escribir también».
Al amanecer siguiente y de vuelta en la escuela, el trabajo que Pilarcito presentó como tarea asignada por la maestra fue un testimonio de su don: «Los Versos eran nacidos desde el alma y bajo el cielo».
Moraleja: La verdadera poesía no se aprende; reside en el alma que sabe conversar con el mundo y se revela en la sencillez y en lo noble del camino diario.
William García Molina.
Venezuela.



