Una pequeña muñeca

Una pequeña muñeca

Una noche, el dios de la mala suerte vio todos los desperdicios que había en su mesa: telas, cabello, zapatos, pequeños lentes. Era un caos total.

Ordenó todo y tomó asiento para ponerse manos a la obra, estaba decidido a hacer una muñeca, para guardarla por siempre en su pequeña vitrina, mostrándole a los demás dioses lo talentoso que podía ser, una bella creación que asombraría a todos.

Para el dios de la mala suerte, el caos y la imperfección eran lo más bello y perfecto que había. La mala suerte jugaba un papel muy importante en la vida, así como la buena suerte; es por ello que estaba ansioso de mostrarle su obra a su mejor amiga: la diosa de la buena suerte.

Pasó horas cosiendo, tejiendo, pintando. Estaba cansado, pero no podía dejar de trabajar en darle vida a la muñeca más fea que había hecho: su cabello era similar a un estropajo, estaba enredado y muy corto, unos rizos que no estaban bien definidos ni cuidados, estaba seguro de que, si algo intentaba traspasarlos, quedaría atorado de por vida en ese lugar.

Su ropa tampoco estaba mejor, no combinaba y tenía hoyos en todas partes, llevaba un vestido que él mismo había hecho: tenía unos cuantos cuadrados rojos, blancos, negros, verdes, morados; también había dibujado unas flores, recortándolas con las tijeras menos afiladas que tenía, para pegarlas en el vestido como decoración. También le puso un saco café, con una gorrita de lana; tenía unos hoyos en la manga, pero seguro que la cubriría del frío.

Sus zapatos no eran más que unos zapatos impermeables, uno amarillo y otro negro, uno más alto que el otro; y su piel estaba llena de colores claros y oscuros.

Observó el producto final y encontró una felicidad enorme. Lo único que le faltaba era un corazón, así que buscó el corazón más enorme y bondadoso del lugar.

Al día siguiente la diosa de la buena suerte fue a visitarlo, había encontrado unas deliciosas y jugosas naranjas en el mercado, por lo que pensó en su buen amigo al instante.

Después de saludarlo, sus ojos vieron a la muñeca en la vitrina.

–¿Podrías regalarme esa muñeca? –preguntó fascinada la diosa de la buena suerte.

–Es mi más hermosa creación, la quiero para mí –le respondió el dios de la mala suerte, mientras se comía de un solo bocado la dulcemente amarga naranja.

–En tu mala suerte hay buena suerte, y en mi buena suerte hay mala suerte; tal vez esta muñeca es la mala suerte que necesito –le dijo la diosa de la buena suerte, quien estaba encantada con la muñeca.

A pesar de no querer soltar a su bella muñeca, decidió sacarla de la vitrina y dársela a la diosa de la buena suerte.

–Eres mi mejor amiga, así que sé que la cuidarás bien –sopló sobre la muñeca y esta cobró vida, parpadeó varias veces y les sonrió a ambos.

La diosa de la buena suerte amaba a la pequeña muñeca, así que decidió hablar con ella.

–¿Te gusta tu cabello?

–Sí.

–¿Te gusta tu vestido?

–Sí.

–¿Te gusta tu saco?

–Si.

–¿Te gustan tus zapatos?

–Sí.

Después de escuchar sus respuestas, decidió no cambiar nada en ella. Si la pequeña muñeca no quería, ella no la obligaría.

–A partir de hoy puedes hacer lo que más te guste.

–Sí.

Pero pasaban los días y la pequeña muñeca no se movía de su lugar, por miedo a causar algún problema. Después de ver esto, la diosa de la buena suerte quiso animarla a que hiciera algo más allá de ver lo que la rodeaba.

–Ven, vamos a tocar el piano.

–Sí.

Pero en cuanto tocó una tecla, un sonido muy ruidoso salió de él y después, esa tecla no volvió a sonar.

–No pasa nada –le dijo la diosa de la buena suerte-. Ven, vamos a pescar.

–Sí –le respondió la pequeña muñeca.

Mientras la diosa de la buena suerte sacaba los peces más regordetes y bonitos del río, volviéndolos a dejar en su lugar después de verlos un rato, la pequeña muñeca fue tirada al río por un enorme pez que mordió el anzuelo.

La diosa de la suerte se tiró al río para rescatarla.

–No pasa nada –le dijo nuevamente–. Ven, ayúdame a repartir buena suerte.

–Sí –le respondió.

Pero la buena suerte se escapaba de las manos de la pequeña muñeca, por lo que varias personas obtuvieron menos buena suerte de lo que esperaban.

–No pasa nada –la diosa de la buena suerte sonrió– Ven, vamos a comer naranjas.

–Sí.

Pero la pequeña muñeca no podía comer.

Por la noche regresaba al mismo lugar de siempre, quedándose sentada sin atreverse a moverse ni hacer mucho ruido. La pequeña muñeca estaba triste, sentía que no podía hacer nada bien. Así que lloraba y lloraba sin hacer ruido.

Al día siguiente, la diosa de la buena suerte la llevó a comprar zapatos nuevos.

Pero se rompieron tan pronto salieron de la tienda.

–No pasa nada –la diosa de la buena suerte volvió a ponerle sus impermeables–, estos te quedan mejor.

Día tras día, la diosa de la buena suerte le ayudaba o compraba cosas, y la pequeña muñeca siempre terminaba perdiéndolas o rompiéndolas. Así que noche tras noche ella lloraba por no poder ser cuidadosa como quisiera.

Después de mucho tiempo llorando, la pequeña muñeca decidió regresar con el dios de la mala suerte, estando con él ella podría hacer lo que quisiera sin dañar a nadie.

Minutos después de salir, una persona entró a robar la tienda de la diosa de la buena suerte, al día siguiente no habría nada de buena suerte para repartir.

La pequeña muñeca se detuvo, si regresaba con el dios de la mala suerte, ella estaría nuevamente en aquella vitrina, sin poder divertirse con su buena amiga la diosa de la buena suerte. Después de pensarlo, ella regresó a la tienda de la diosa de la buena suerte, encontrándose con los ladrones.

Al verla, los ladrones se asustaron demasiado, soltaron la buena suerte y se fueron a tropezones de allí, siendo atrapados por la policía pocos segundos después.

La diosa de la buena suerte salió de su habitación y le sonrió a la pequeña muñeca.

–En tu mala suerte hay buena suerte, y en mi buena suerte hay mala suerte –repitió esas palabras que le había dicho al dios de la mala suerte–. Cuando tú estás aquí, los ladrones tienen mucho miedo de entrar, creen que tu mala suerte les hará daño, así que mi tienda es tranquila y puedo repartir buena suerte. Pero cuando te vas, ellos entran y causan problemas.

–Pero no puedo hacer nada bien. Rompo y pierdo cosas, hago tu trabajo más lento. Eres muy buena conmigo, pero tengo miedo de que un día pierdas esa paciencia.

–Yo te quiero mucho, así como eres. Yo sé que no quieres causar esos pequeños problemas, por eso no me enojo. Traes felicidad y buena suerte a mí vida.

La pequeña muñeca lloró. Lloró muchísimo. Se acabó el papel de la diosa de la buena suerte.

Ahora podía hacer lo que quería sin miedo a cometer errores, porque había alguien que podía ayudarla.

Día tras día su enorme y bondadoso corazón se llenó también de buena suerte, teniendo la cantidad perfecta de buena y mala suerte.

Había veces en que se equivocaba, y había otras en donde no lo hacía; y en ambas situaciones la diosa de la buena suerte estaba con ella.

La diosa de la buena suerte estaba orgullosa de ella, y permanecieron así por mucho, mucho tiempo.

Melissa H. Esparza.

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