Cuento: Solución americana

Apaches

Solución americana

En el desierto puedes recordar tu nombre (encontrarte),
porque allí no hay nadie que te provoca dolor.
Canción: Caballo sin nombre (América).

—Subidas y bajadas cada vez más difíciles, no reconozco si llegué a Tres Castillos, los hermanos animales y los dioses no me señalan vereda segura, ¿dónde estás muchacha huérfana, mi diosa cuidadora?

Confundido por el sol extraño, no escuchaba el sonido del viento, el polvo seco iba desapareciendo el latido de su corazón, los tambores apaches cayeron en silencio como si se hubieran desgarrado para siempre, varias lunas y no encontraba a las familias, sudaba frio y la temperatura de su cuerpo bajaba con las horas, — ¿invierno en este ardiente verano?, ni una nube, el hacedor de relámpagos no está cerca, ¿nos olvidaron los dioses o se divierten con el sufrimiento del pueblo Indé?

Con mirada profunda ve la transformación, parece que no puede con la tristeza y el caparazón del coraje lo va endureciendo, su llanura ya no es la apachería, ¿Dónde quedó tu resistencia de espíritu Vitorio?

¿El silencio, es el ruido del viaje de las estrellas que giran en perfecta armonía? Cuando llegaron los de mirada voraz el paraíso se pudrió en pocos años.

Con dificultad se levanta, sube a una gran piedra boluda, huele el viento en diferentes direcciones, solo olor a carroña, que le causa náusea y pavor, con la mano envuelta en sangre seca, toca el polvo ardiente del suelo, por un instante dudó, no escuchó el ruido ansioso de sus perseguidores, doce horas de ventaja, es mucho o poco, valiosos minutos que se acortan contradictoriamente en direcciones opuestas; la prisión martirizante de una reserva y la otra, la distancia de sus cazadores desesperados de recompensa.

Muchas veces lo había intentado, lo vigilaron como el peor criminal, por eso demasiado tarde escapó, la distancia era de varios kilómetros en ruta tortuosa, casi a rastras llega al sitio de sus antepasados, observa los restos de una vieja fogata casi borrada por el viento, su tribu ¿Dónde está? ¿A dónde los llevaron?, los bárbaros en su avance borraron las pisadas para que nadie supiera a donde habían ido, no pueden dejar evidencias, no debe haber esperanzas. Los hermanos de sangre no pudieron aguantar la cobarde metralla que aniquilaba a sus críos, los que quedaron en la luna nueva, huyeron del exterminio, no era importante llevarse a cuestas tantas cosas, de todos modos, era muy poco lo que quedaba.

Ahora los campos están pálidos, no hay nadie que dance para halagar al dios de la lluvia, la falta del rito del florecimiento dejó inmóvil al hacedor de relámpagos, a lo mejor pensó que en esa temporada no lo necesitaban.

El caminar por siete lunas comenzaba a mermarlo, no era cansancio normal, era por los trabajos forzados que tuvo que soportar por parte de los invasores, sabía que no era el más fuerte, pero tenía la sabiduría para tumbar con poco esfuerzo a un venado maduro y derrotar cuerpo a cuerpo a cualquier enemigo; cuando lo vencía el sueño podía dormir, pero tenía una pesadilla recurrente, sus verdugos afilaban cuchillos para cortar cabezas, un rayo se clavaba en la tierra y derretía a todos los seres vivos como el fuego al hielo.

El ataque repentino los sacudió, eran hábiles pero no lo suficiente, cuando lo agarraron, solo vio al abuelo tribal clavar su lanza en el suelo, en ese instante el horizonte estaba eclipsado, el sabio alcanzó hincarse para un último rezo, antes de que una daga le atravesara el cuello. A Vitorio le cubrieron la cabeza con un saco, desde ese momento todo palideció hasta encontrarse con la muerte.

Fuego, sangre, explosiones, caos total en la aldea apache, las mujeres y niños corrían en direcciones indeterminadas, chillaban pidiendo ayuda, ese día los dioses los traicionaron, muchos heridos, más muertos, nadie detuvo la masacre. ¿Acaso alguien nos estaba soñando?

La profecía se estaba engendrando, solo las leyendas trágicas son las que se cumplen, súbitamente el ciclo cósmico de la tribu está terminando, solo las estrellas están allí como testigos, los pobladores originales no iban a quedar como pichones atrapados en una jaula, sabedores del sacrificio final se dejan ir por la tristeza, dejando a los espíritus de sus ancestros en paz, podrán vencer, pero esa victoria no es eterna y a su debido tiempo también serán polvo estelar.

Los acorralaron hasta el acantilado, se aventaban solos o en familia, era tanto el miedo a la esclavitud, que no importaba si estaban embarazadas o tenían hijos pequeños, saltaban al acantilado sin volver la espalda.

Él huía de la horda cegada por la avaricia, buscando cualquier indicio que lo llevara con los de su sangre, seguro estaba que contratacarían, agrupándose en algún lugar donde los dioses los guardarían, no se iban a rendir, arrebatarían a los intrusos sus tierras despojadas. ¿Pero a dónde se fueron?

Un último trance, como cuando se inició como verdadero hombre lejos de la tierra baja, veía sombras de gente en una piedra de sacrificio donde llenaban cántaros de sangre, gritos, lágrimas y polvo blanco, olor a carne quemada, imágenes concéntricas de animales rabiosos, de madres sin ojos buscando desesperadamente en agujeros que no tenían fin, luces en distintas direcciones y colores que lastimaban las pieles, filos ensangrentados, cabezas rodando y saltando sin parar, cuerpos desgarrados con cabezas de piedra, música ruidosa que vomitaba estribillos que caían a una cascada de agua espectral, al final en el barro cuerpos pegados unos a otros tratando de separarse sin lograrlo. ¿Qué culpa estaba pagando? ¿Qué dios se molestó con él?

Tuvo dificultades para acomodarse en el lecho revuelto, cerrar los ojos y conciliar el sueño, horas antes se sentía un superhéroe, los obstáculos fácilmente los podía vencer, pensaba en las victorias del pasado y en un futuro de millonario excéntrico, un nuevo edén edificaría con su talento y esfuerzo, pero se sentía abandonado, algo siempre le torcía la idea de bienestar, sospecha de que algo en su interior no estaba bien.

Su rutina, tener el agua a determinada temperatura, no menos de 20 grados, cepillarse los dientes treinta veces, cada vez en diferente lado de la dentadura; zarpar a la hora exacta 7:55 a.m. Surcar los mares de personas sin dejarse rozar, tragando humo espeso de la contaminación y de su cigarro electrónico, viendo de reojo al de enfrente y continuar con su paso atropellado sin pedir disculpas, los viernes en la noche, sexo casual de pisa y corre, vestido siempre en su “outfit” negro Paco Rabanne.

Como todos los días pasó la puerta automática, no le importaba responder el saludo del vigilante que se esforzaba por no pasar desapercibido, y pensaba, “tanto escalar sobre cadáveres de ejecutivos para regresar un simple saludo a un mortal”, pero desde temprano, un presentimiento no lo dejaba alejarse de la cama y le impedía realizar su acostumbrado show matutino; por si acaso, sorpresivamente regresó la cortesía. Estaba alerta, más atento que de costumbre, en su oficina empezó a barajar con la problemática que se presentaría ese día, ¿por qué sentía esa inseguridad, acaso se estaba volviendo del montón? En una hora tendría consejo de accionistas, expondría ante el pleno, su nuevo proyecto habitacional en Cancún, sabía que con la puesta en marcha de esa idea de inversión, sería el número uno del “top ten” y por fin nadie lo alcanzaría, todo un Donald Trump, en el ínter había dejado regados muchos billetes para que los procedimientos fueran rápidos, sin mayores obstáculos, una inversión que por sí sola le estaba redituando ganancias e influencia de largo plazo.

Nombrado el ejecutivo del año 2019, tenía muchas visitas en su redes sociales, diariamente entraban a su espacio virtual mínimo cincuenta personas, muchas para alguien que no le gustaba dar afecto, todas las noches revisaba el internet, se reía de los comentarios que hacían a su carrera y a su perfil, tecleaba no más de veinte palabras aparentemente con respuestas superficiales y confusas, pero siempre tenía el sarcasmo como ventaja para estar por encima del receptor.

Gerónimo, Jerome, Goyaalé; no estaba mal igual era el mismo, según el apelativo utilizaba una máscara social y jugaba a ver quién podía arrancársela y normalmente él desprendía a la de su rival exponiéndolo a los reflectores de la ironía.

Desde pequeño era un fanático de los libros ilustrados, en especial los de vaqueros y aventuras espaciales, admiraba a las tribus de comanches, y a la nación chiricahua, le causaba risa que los nombraran los pieles rojas, como si se aplicaran una “body paint” todos los días, era una apasionado de esas historias, y las recreaba con su juguetes aunque estos no tuvieran nada que ver con el viejo oeste, aunque renegaba de los finales predecibles, no le gustaba que los indios perdieran todas, que la caballería blanca los pusieran quietos, y ser, ”los malos” de las historietas, pagando con su desventura, la osadía de atravesarse a la “justificada” ambición y al desarrollo de América. Pero él tenía sus finales alternativos; imaginaba que los dioses indios por fin despertaban y se ponían a chambear en beneficio de la comunidad de nativos originales, mandando a los invasores con sus tribus sometidas de retorno a las trece colonias, o al centro de México, o más allá del infinito, igual son hijos del mismo barro aunque rechinen los dientes. Los vencedores en su amada tierra acordarían una alianza comercial y de paz, con los hermanos de otras etnias, todo entraría en una etapa de ajuste cósmico en un balance que la madre tierra agradecería, una fantasía justa para una mortífera realidad recurrente.

El cansancio lo había vencido, se quedó petrificado sobre un pastizal seco ¿En la tierra santa, qué puede pasar?

“Gerónimo” de un salto se levantó al escuchar su nombre, reaccionó como el ataque de una cascabel, voces familiares en su lengua, no eran los párrafos mal dichos de los facinerosos, veía borroso, ¿estaba soñando o ya estaba muerto?

— Tengo algo para que comas. No sé dónde fueron los mayores, ni las mujeres y los niños, algunos de los trescientos están escondidos en las montañas, en un reliz, donde no pueden entrar los asesinos, debemos ponernos en camino, escuché las pisadas, olí su hedor, te siguen muy cerca.

— Armas de fuego, pólvora que despedaza, deben morir con sus propias armas, no es justo para nadie, pero así debe ser, adelante, si no terminan con nosotros.

Ya no era luchar por la tierra ni por los animales y plantas, era una cuestión de supervivencia y honor, ¿Qué era realmente vaciar metralla sobre las legiones enemigas? Acaso un efecto novedoso y excitante para un piel roja, una regresión a su primitivo corazón de cazador, o una germinación exponencial hacia un odio nunca sentido. Una paz perdida en un laberinto hermético sin cerradura.

Días transcurrieron y encontró a los otros guerreros, los enseñó a matar con pólvora, pudo reorganizar un ejército temible, nuevas estrategias había aprendido de los invasores blancos, había espiado lo suficiente a los enemigos de las trece colonias y los del otro lado del gran río Bravo, pero a veces el tiempo gira con mayor rapidez, con tanto preparativo no se percató que era traicionado por los corrompidos, él era la suculenta lombriz de tierra, que atraía a los demás peces de colores, para de una sola pasada quedar atrapados por la gran red, él se transfiguró en ese momento en un ser sin nombre, un caminante sin vida.

— Muerto viviente, primero La Florida, después Oklahoma y Nuevo México, flores recién cortadas guiando el paso, corren los niños para verme y reírse, música desafinada de desfile, saludos en todas direcciones, aplausos de viejos y mujeres, una fiera amaestrada en medio del circo de los invasores, ganas de correr como el viento, como los venados, inválido no estoy, pero solo puedo poner en movimiento la mano y hacer muecas como si estuviera disfrutando esa farsa. Reservación, gueto, campo de concentración o de refugiados, favelas, maquiladoras y cárceles son lo mismo, lo digo con seguridad veo el futuro y aunque no entiendo todas las palabras, estas vibran en frecuencia baja, como la voz de la montaña y así será hasta que el hombre perezca con su propio veneno, tienes que ser veloz para atrapar al conejo y la ardilla y que no te vea el enemigo, ¿qué valen las plumas de colores y los vestidos renovados?, para los nuestros soy el otro, para ellos también soy el otro. Ya no me pertenezco ni pertenezco a mi tribu, estoy infectado por una rara enfermedad del alma, de otro mundo, soy ante muchos; el traidor y cobarde qué no lucho hasta la muerte, no entienden, sí no me rendía, todos seriamos cadáveres y no habría oportunidad de recuperar el legado que nos encomendaron los dioses.

Soy humillado aquí y allá también, yo sí que estoy solo, a veces trato de recordarme viendo mi manos y subiendo la mirada por sobre mi hombro rojizo, se siente mal en medio de esa muchedumbre a lo largo de la calle, pero sigo sonriendo, hasta hablo muy parecido a ellos, no sé por qué a lo largo del camino saludan a su antiguo enemigo vencido, al exótico capturado y sometido, siendo compasivo con él y los naturales, soy yo el que debe serlo, ¡pero eso, nunca! mucha sangre corrió por los campos, por ahora soy la diversión, ya vendrán otros. Aprende de los cuatro elementos, el universo está allí. Si fuera más joven saltaría de ese carruaje, mataría a varios, correría al campo e iría al oráculo de los antepasados a pedir perdón.

Subiendo a mi oficina en el penúltimo piso, la sensación extraña se incrementaba, el pánico de los ejecutivos se apoderó cuando escuchamos el ruido de las ametralladoras y de las granadas que explotaban en diferentes niveles del edificio; cortaron la luz, quedamos atrapados en el ascensor entre el piso veinte y veintiuno, nos mirábamos como preguntando ¿qué se hace en estos casos?, agarramos los celulares y empezamos a hacer llamadas a los familiares, otros a la seguridad del edificio, marcábamos a los números de emergencia, o a quien fuera, los afortunados trataban de mantenerse en línea el mayor tiempo posible. Los de seguridad, jamás nos contestaron, después supimos que ya estaban muertos. Más tronidos, y olor a plástico quemado, se escucharon voces del piso inferior, eran murmullos que se iban apagando; un temblor nos hizo caer al piso, no sé qué clase de explosivo fue, el corazón saltó casi fuera de mí, fueron segundos que no terminaban, tratamos de irnos a la parte más alejada de la puerta del elevador, donde pensamos era más difícil que nos hirieran, en ese instante estábamos en un péndulo que podía caer mortalmente, el miedo hizo que el espacio se expandiera mágicamente, pero solo era una jaula con mamíferos atrapados sin resignarse al matadero.

Me sentí aturdido por el pánico de los demás, los planes de grandeza se eclipsaron cuando vi de cerca la muerte, esa mezcla extraña de sangre y orina brotando por los orificios de algunos heridos, increíble, no sentí nauseas, yo tan delicado con los olores. Por un instante me sentí fuera de mi cuerpo, un extraño que estuviera en su episodio de “Matrix reloaded”, esperando su píldora azul; no dejaba de mirar, arrodillado me acercaba a los cuerpos caídos, uno me decía que no me arrimara más, una señora como de cuarenta y siete se aproximó a uno de ellos, de un inicio vaciló dando a entender que no lo conocía pero era evidente su interés, comenzó a acariciarle el cabello humedecido con sangre, no parecía que fuera su hijo o algún otro familiar; rezaba, le frotaba las manos y el pecho; el muchacho de nomás veintidós años, murió sin decir palabra. A ella, no le importó la sangre que le había brotado por la boca y le plantó un largo beso, y ese sí me provocó náuseas, y unas ganas de escupir, en ese instante guardé compostura y pensé qué haría Neo, si tuviera otra oportunidad.

Si la sangre tiene un gran porcentaje de agua, ¿por qué no beberla? Me dio escalofrió al pensar eso, pero algo me empujaba a tocar la sangre casi coagulada del muchacho, como pude me abrí camino, hasta tenerlo frente de mí, la dama no dijo nada cuando metí el dedo en el orifico donde entró la bala expansiva, pinté unas rayas en mi frente, el contacto me reanimó, volvía mi espíritu transformado a mi cuerpo cada vez más extraño, no sé qué vieron en mí, pedían que también a ellos los marcara con la letra inicial de su nombre, a lo mejor para estar en una especie de rito de despedida, o por si morían hubiera una pista para ser reconocidos.

Con una barra de hierro los terroristas abrieron el compartimiento, nos sacaron sin importar el estado grave de cuatro personas a culatazos y empujones; la dama con amplias caderas y vestido blanco no quería desprenderse del joven, ella fue la única que no fue marcada de rojo, como pudieron la separaron y la aventaron en un rincón junto con los demás cadáveres. Algo angustiada, buscaba en el bolsillo del saco del muerto, en un descuido de los asesinos, aventó el celular del novel ejecutivo por la ventana, ellos voltearon, cambiaron miradas, no dijeron nada, ¡nueva sacudida!, solo un disparo en el corazón, la señora adinerada que se ocultaba en una privada para esperar al muchacho todos los días a las ocho en punto, estaba muerta. ¿Ese día por qué subió? En fin, a mí no me importó más, no era como nosotros.

— Nunca confíes en un blanco o de cualquier color que te ofrece armas, pólvora y paz al mismo tiempo. Todos los que negociaron con nosotros nos traicionaron, por eso los guerreros tuvimos que matar extraños del lado donde nace el gran río, asaltamos la frontera mexicana, que no estuvieran cómodos; eso no está escritos en sus libros de historia, pero fue una vergüenza que un grupo de aborígenes hayan humillado al orgulloso ejército mexicano. Quisieron hacer un pacto según sus leyes y reglas, todavía no nos íbamos y ya no estaban disparando, ellos no cumplieron su palabra, perdieron el honor de verdaderos guerreros y se convirtieron en cóndores negros, ingenuamente entregamos casa, comida, hasta hijos y mujeres. ¿Ellos de que se desprendieron? Sí los dioses crearon esta única casa para cuidarla entre todos. Ahora somos los bandidos, los ilegales, los parias del mundo, los asesinos, como topos tenemos que meternos al otro lado de su nueva frontera.

Huimos de la reserva-cárcel de San Carlos. A Vitorio y Yú los persiguió Joaquín Terrazas y sus rifleros, por toda la sierra de Chihuahua, Sonora y Durango hasta que les dieron alcance y los mataron, eran los últimos verdaderos apaches, después nos perdimos en la mescolanza a la que nos sometieron. En mil novecientos veintiocho en México declararon la extinción de mi etnia.

— El recorrido en esa carreta es interminable; piensan que no conozco la historia, siempre pasa lo mismo; los aztecas, los mayas, los tlaxcaltecas, todos conocemos esas historias de traición y sufrimiento, todos somos hermanos unidos por el dolor que no nos pertenecía; a los que pudieron escapar les curamos las heridas y los arropamos, se volvieron hermanos y guerrearon con nosotros, a otros los matamos, era evidente que sus almas vagaban en oscuras grutas. Pronto voy a morir encerrado en cuatro paredes invisibles dentro de la reservación, donde el espíritu del viento se va alejando dejándonos el olor fétido de corazones podridos.

Nos vendaron los ojos para llevarnos a una casa de seguridad nos dijeron que no hiciéramos ruido y que no nos moviéramos, si no ahí mismo nos mataban, eso parece cliché pero así son de originales estos individuos, cuando llegamos nos desnudaron y revisaron cada compartimiento de nuestra ropa de marca, querían saber quiénes éramos. ¡Que no hubiera errores! A cada uno se iban llevando para interrogarlo, les pedían su clave de cajero, direcciones y teléfonos, cuando nos daban más fuerte, éramos mudos; los gritos se quedaban pegados a la cinta y a los trapos que nos pusieron en la boca, a mí me pegaron más porque no llevaba credenciales, las había dejado en el compartimiento de seguridad del escritorio; y claro que querían saber, si yo era ejecutivo de alto rango, para cobrar más rescate. No contaban con mi desfachatez a prueba de gente menor, sabia controlar las emociones, en medio de la golpiza, se me venían las imágenes de “Psicópata Americano” de su protagonista, de su elegante violencia; con mi frialdad acostumbrada negué una docena de veces mi identidad y solo repetía “a horse with no name”. Realmente no estaba mintiendo, había sufrido una transformación con el contacto de la sangre, mis sentidos se volvieron más agudos y mi fuerza aumentó como para tumbar a cuatro de los captores, no era yo el del viejo envase de úsese y tírese, estaba desapareciendo mi etiqueta que solía encadenarme.

Te golpearon y lo único que pudiste escupir fue Gerónimo, más golpes pero nunca revelaste tu verdadero nombre. “In the desert you can remember your name”, decías que estabas allí de visita, que tenías una entrevista de trabajo, no sé cómo te pudieron creer, pues no tienes cara de empleado, ahora sabes que los subestimaste, “cause there ain´t no one for to give you no pain”, al día siguiente uno de ellos tenía una copia de periódico y en ella tu cara y la pegó en la puerta justo delante de la silla de tortura, cada vez que te preguntaban y negabas, hacían que te tragaras un pedazo de ese diario, te aplicaban toques en los genitales y te rayaban la espalda con una navaja, “the ocean is a desert, with it´s life underground and a perfect disguise above”.

No eres candidato para tener el síndrome de Estocolmo. Estudiaste sus movimientos, los grababas en cámara lenta en tu nuevo cerebro, que incluye una nueva memoria con mucho espacio, ponías mayor atención cuando cambiaban de guardia y quedaban los más vulnerables, jóvenes enganchados con droga y vida superflua que va a un callejón sin salida, ingenuos que para sus jefes sus vidas valían menos que media dosis de “coca”, niños encandilados luchando guerras perdidas.

— Hipócritamente, lloraron mi partida tanto los unos como los otros, hubiera querido que el reconocimiento fuera en las tierras apache, donde los ancestros establecieron sus raíces, pero las nuevas generaciones están más interesadas en parecerse al blanco, en ser una mala copia de ellos, en ser mestizos sin nombre.

Me martirizarás y pensarás que me olvidarás con un buen pase y ”Buchanans”, momentáneamente borrarás de tu memoria; los gritos de dolor y súplica, mis ojos con mirada huidiza, sin poder evitarlo se irán encajando como anzuelos en el pez que quiere huir, y el temblor de mi cuerpo serán tus futuros episodios de abstención, ¡un mundo mejor! Eso es lo que te han hecho creer, cuando menos lo esperes me apareceré y cada vez será mi presencia más fuerte, implorarás que mi fantasma no se presente, desesperado rezarás para que en un enfrentamiento una bala se encargue de tu vida o que la locura te sorprenda para siempre.

Todas las hermandades tienen sus ritos y costumbres, algunas con intenciones raras. Miembros de la sociedad “Skull and Bones”, fueron a donde se encontraban los restos de Gerónimo, removieron la tierra, los de Yale sacaron su cadáver, y se llevaron la cabeza, tal vez no quieren algo que perturbe el “statu quo”, saben dar golpes bajos. ¡Verdad Francisco Villa! Compañero de vitrina…

— Me escapé, corrí como un “mustang” por caminos desconocidos, parecía un loco con esa facha, pero no me importo, con galope de huida no me di cuenta que estaba herido, no pude confiar en nadie, ahora estaba en un territorio hostil, no distinguía mi metrópoli moderna, y esa sensación de que cada minuto me estaba sintiendo solo. ¿A dónde fueron todos? En unos cuantos segundos esto se convirtió en un desierto, el pavimento arde, pero en cada paso siento más frío en el pecho.

— Desde hace años ya no estoy, también estoy muerto, ¿te mandaron cortar mi cabeza?, no tengas miedo, tu filo es menor a la memoria del mundo.

— Crees que me aterroriza dejar este mundo, para nada, si quiero puedo manipularte, soy el nuevo salvaje que salió de casa para no volver, la mayoría aceptó un pueblo en bancarrota, inversiones de réditos negativos a largo plazo.

— Seguro que es él. ¡Ya, córtale el cuello! Ya mañana averiguaremos si él era el que buscamos.

En el año 2009, Ramsey Clark representó a los descendientes de Gerónimo en un juicio para lograr el retorno de los restos de su antecesor, la demanda fue formulada contra Barack Obama, Robert Gates, y los Skull and Bones, esta petición se presentó al Congreso de los Estados Unidos de América.

Víctor Hugo González Fernández.
Julio 2019.

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