El encuentro

EL ENCUENTRO

“Ese viejo Dios no vive ya: está muerto de veras.”
Friederich Nietzche: Así habló Zaratustra.

“Yo sé que, en mi arte, Dios está más cerca de mí
que de los demás; yo me acerco a Él sin temor;
yo siempre lo he reconocido y comprendido.”
Ludwig van Beethoven: Carta a Bettina Arnim.

Octavio, con las manos dentro de los bolsillos del pantalón y un cigarro sin encender adherido a sus labios, se acercó a la mesa donde estaban sus compañeros de clase.

– ¿Cómo estás? –le preguntó José.

– ¡Mmeeeh! –dijo mientras levantaba sus hombros y en la cara dibujaba un gesto displicente.

– ¿Cómo te fue con el ensayo?

– Pussss… –en esta ocasión sacó la mano del bolsillo, la extendió hacia el frente con la palma hacia abajo y con un movimiento de muñeca la movió de un lado a otro para dar a entender que le había ido más o menos bien.

Acostumbrados a sus respuestas con interjecciones, onomatopeyas de chasquidos de la lengua o expresiones sin sentido verbal, pudieron entender que para su compañero todo quedaba dentro de los rangos normales. De la mesa de al lado acercó una silla y se sentó junto a sus compañeros.

Los muchachos retomaron la plática interrumpida con la llegada de Octavio, Ana María, perfeccionista en exceso, se quejaba presionada por la gran cantidad de trabajos que los maestros les habían encargado: análisis de libros, ensayos, resúmenes, lecturas.

– Ya ni la amuela el profe Sigfrido –dijo Ana María–, nos encargó una novela como trabajo final y bien sabe que no se hace en un semestre; nos ha dado muchos ejemplos del tiempo que se tardan los grandes escritores profesionales, como Murakami, Gardner o Vargas Llosa, y eso que ellos nada más se dedican a escribir de tiempo completo.

– Lo que quiere es que vayamos poniendo en práctica los conceptos que vemos en clase –intervino Sofía–, que nos esforcemos en escribir con disciplina; si nos acostumbramos a tener por lo menos un par de horas al día exclusivas para nuestros escritos, se desarrollan las habilidades para redactar correctamente, las palabras fluyen con mayor facilidad, en orden, con el ritmo adecuado; pero además, con el ejercicio mental la imaginación trabaja más rápido.

– ¡Órale, maestra!, te aprendiste bien la lección –exclamó espontáneamente Esteban.

– Toma la vida con calma –señaló Octavio– haz lo que puedas, de cualquier forma debemos cumplir con todas las materias…

– Sí, pero me va a bajar el promedio y puedo perder la beca –interrumpió tajante la chica.

– Mira, Anamari, toma la vida con calma…

– ¿Pues cómo quieres?…

– …si los problemas tienen remedio, ¿para qué te preocupas?, y si no tienen remedio, ¿para qué te preocupas?

– Bájale a tu paranoia –le aconsejó Esteban– todavía nos queda un mes para salir a vacaciones.

– Bonitas vacaciones, si nos la vamos a pasar escribiendo la novela y los ensayos que debemos entregar luego y lueguito entrando, y para colmo, directo a los exámenes semestrales.

– Oigan, y a propósito de vacaciones, ¿a dónde van a pasar la Navidad? Mi papá ya hizo las reservaciones en Aspen–cambió de tema Marisol.

– Anda, qué padre –dijo Juan–, ¿y de perdida sabes esquiar?

– ¡Oh!, ¿pues qué crees?

– A mí se me hace que vas regresar con un yeso de recuerdo –bromeó Esteban– yo como soy pobre y de familia numerosa me voy a quedar aquí.

– Nosotros siempre vamos primero la misa de Navidad con mis abuelos y tíos, toda la familia –explicó Ana María–, y luego nos vamos a casa de los abuelos o de alguno de los tíos. Como nosotros vivimos en un departamento, no cabemos tantos, somos como cincuenta. Así que imagínense el relajo para la cena, armamos un alboroto de los buenos, porque regularmente nada más tres veces al año nos reunimos toda la familia, en los cumpleaños de mis abuelitos, que ya andan en los noventa, y en Navidad. No es por nada, pero mis abuelitos tienen razón cuando dicen que una Navidad sin tener como invitado a la mesa a Jesús, desde la misa hasta que se va el último, es como si celebráramos el cumpleaños en ausencia del festejado.

– A mí no me gusta la Navidad, siempre me trae muchos recuerdos tristes –aclaró Rogelio.

– Si quisieras podrías venir a mi casa, verás que te la pasarás muy bien, y así tendrías al fin un recuerdo bonito de Navidad –le invitó Sofía a Rogelio–, no hacemos tanta bola, siempre la pasamos nada más mis papás y mis hermanos. Antes de cenar hacemos una oración especial, y después de la cena nos repartimos los regalos, y el 25 vamos a misa. Y ¿tú, Octavio, qué onda?

– ¡Psss! –respondió Octavio en un susurro– ¿dónde más?, en mi depa.

– ¿Con quién?

– Pos solo, como siempre.

– ¿Es que no vas a ir con tu familia a festejar?

– ¿Festejar qué?

– La Navidad, menso –puntualizó Esteban mientras le propinaba un golpecito con la mano abierta en la cabeza–, no te hagas.

– Pero si son puros mitos para manipular a la gente, Dios no existe ni ha existido nunca.

– No es cierto, Jesús es el hijo de Dios, se hizo hombre para salvarnos –replicó Ana María.

– ¿Salvarnos de qué?

– Del pecado, de la muerte eterna.

– Puras tonterías, el pecado no existe, el hombre puede hacer lo que quiera, siempre y cuando no afecte a los otros, gozar de la vida, del sexo. Eso del nacimiento de Jesús es puro sincretismo, un pretexto que inventaron para cristianizar las fiestas saturnales romanas después de la noche más larga y festejar al sol invicto, su renacer, cuando después del solsticio de invierno los días empiezan a alargarse nuevamente. Dicen los historiadores que en esas fiestas los romanos adornaban sus casas con plantas y velas, había banquetes, intercambian regalos. Igualito que ahora, nomás que entonces eran en honor a Saturno.

– Lo que me fascina de la Navidad es que todo se transforma –intervino Marisol–, las luces, los adornos, la alegría, y en las tiendas tantas cosas bonitas para comprar, los regalos; y luego, unas comidas tan ricas. Por eso me puse a dieta para que lo que coma en diciembre no me engorde tanto, a final de cuentas.

– Ahí está la falsedad –agregó Octavio, con el cigarro apagado entre sus dedos índice y medio de la mano derecha– la manipulación psicológica de la sociedad de consumo, para que la gente compre y compre cosas. Digo, siempre hay pretextos para llenar las tiendas y hacer fiestas.

– Tú siempre con tu pesimismo, todo lo bueno de la vida te amarga.

– ¡Uy! ¡Ya! Perdóname por haber nacido.

Fue Sofía quien vio el reloj, recogiendo sus cosas mientras se ponía de pie, les dijo a sus compañeros que era hora de regresar al salón para la siguiente clase. En cuanto salieron de la cafetería, Octavio encendió el cigarro y aspiró el humo con fruición, mientras caminaban por los pasillos de los jardines universitarios. Al llegar al aula dejó que pasaran primero sus compañeros, dio una última chupada al cigarro, lo tiró al suelo y lo pisó.


Como a las diez de la noche, Marisol, vestida con un hermoso vestido rojo que le resaltaba la blancura de la piel de sus hombros al descubierto y se adhería perfectamente a su cuerpo, entró al restaurante del hotel acompañada de su madre, también con un lujoso vestido de fiesta, su papá y su hermano usaban trajes oscuros adecuados a la ocasión.

– Se te ve muy hermoso ese vestido, mamá –observó Marisol mientras se sentaba en la mesa reservada para la familia.

– Gracias hija, en la tienda ya me estaba volviendo loca con tantos vestidos hermosos, no hallaba con cuál quedarme, hasta que me decidí por este.

Durante la cena, mientras comían exquisitos manjares poco comunes en su tierra, acompañados de vino de mesa, los cuatro estuvieron hablando animadamente de las compras en los centros comerciales de Aspen, además de recordar los detalles divertidos del tiempo que estuvieron en la pista de esquí. Cuando terminaron de comer, la orquesta cambió el ritmo de la música, por lo que los papás se levantaron a bailar. Un muchacho alto, rubio, cuando vio a Marisol, fue a sacarla a bailar. Su hermano tampoco perdió la oportunidad, pues sacó a bailar a una chica a la que había visto desde que llegaron al restaurante.

De pronto paró la música, se escuchó el redoblar de la batería, por el micrófono se escuchó una cuenta regresiva:

Ten, nine, eight, seven, six, five, four, three, two, one, ¡merry christmas!

La música explotó a todo volumen con los gritos de los comensales, dándose abrazos y besos entre parientes y desconocidos. El baile se reanudó al ritmo del rock and roll, con mayor frenesí.


Cuando escuchó el timbre de la puerta, Sofía acudió a abrir, era Rogelio.

– Hola espero no haber llegado demasiado temprano –le dijo mientras la saludaba con un beso en la mejilla.

– No, llegaste en el momento exacto, pásale.

Se dirigieron a la sala. En la mesa de centro adornada con un tapetito de fieltro verde con nochebuenas, junto a unas figuras de cerámica con motivos navideños, dejó el regalo y la botella de vino rosado que llevaba.

– Mamá, ya está aquí Rogelio –anunció la joven con alegría.

La señora salió de la cocina limpiándose las manos en una toalla que dejó en el respaldo de una silla del comedor.

– Bienvenido, Rogelio –le dijo mientras lo saludaba con un beso en la mejilla– me alegra mucho aceptaras la invitación de Sofi. Toma asiento, ya no tarda en estar lista la cena. Sofi, por favor sírvele un ponche.

– Gracias señora, mire, aquí le traje este vinito para la cena.

– Gracias Rogelio.

La señora regresó a la cocina seguida por Sofía. Un par de minutos después, la joven volvió a la sala, puso las tazas con el ponche sobre la mesa de centro y se sentó en el sofá junto a su amigo. Mientras platicaban él se dio cuenta del brillo especial de los ojos de ella, la forma en que lo miraba, llena de ternura, lo que hasta cierto punto le cohibió y le hacía bajar la vista, además de robarle las palabras. Cuando estuvo lista la cena todos fueron al comedor, en una cabecera se sentó el papá, en la otra la mamá, Rogelio quedó junto a Sofía, frente a los hermanos menores de ella, Aydeé y Héctor. Enfrente de cada uno estaban servidos ya los platos, con una rebanada de pavo relleno, puré de papa y guarnición de verduras, y al frente las tazas con el ponche humeante. El papá, con los codos en la mesa juntó las manos, todos lo imitaron, y bendijo los alimentos:

– Te damos gracias, Señor por estos alimentos que vamos a comer, en esta fiesta especial en que recordamos tu venida al mundo para nuestra salvación; gracias porque estamos todos aquí reunidos, y en especial porque nos acompaña Rogelio; bendice estos alimentos, dale pan al que no tiene y a nosotros hambre y sed de tu justicia.

El papá descorchó la botella de vino rosado y todos se sirvieron un poco. Durante la cena estuvieron platicando animadamente. Cuando acabaron de comer el pavo, Sofía recogió los platos y los llevó a la cocina, regresó con un pay de manzana que había preparado como postre, y lo repartió a cada uno.

Después de un rato de sobremesa, ante la invitación de la mamá, fueron a la sala, junto al nacimiento y el árbol de Navidad. Ella fue la primera en entregar sus regalos a su esposo e hijos, y así se turnaron cada uno, con pequeños detalles de gran valor sentimental.

– Eres maravilloso –le dijo Sofía al oído mientras lo abrazaba, luego le dio un beso en la mejilla– mira, este regalito tiene tu nombre, el Niño Dios me encargó que te lo diera.

– Muchas gracias, Sofi –se dio la vuelta y de la mesa de centro tomó el regalo que había llevado– espero te guste este detallito.

Ella abrió de inmediato el regalo y se dio cuenta que era uno de sus perfumes favoritos, por lo que nuevamente lo abrazó.

– Realmente eres maravilloso, siempre lo he dicho.

Cuando Rogelio abrió el regalo, vio que se trataba de El libro de arena de Jorge Luis Borges, una obra que desde hacía meses había anhelado tener. La volvió a abrazar.

– Gracias Sofi, junto a ti sí vale la pena festejar la Navidad.

El efímero tiempo del abrazo pareció eterno por el encuentro que significaba para ambos, por el encuentro con el Dios del amor. En ese momento se escucharon los estampidos de los cuetes lanzados por los vecinos. Eran las doce de la noche.


Faltaban todavía veinte minutos para las nueve cuando Ana María y su familia llegaron al templo de la parroquia de Santa Teresita del Niño Jesús, por suerte encontraron lugares disponibles junto a los abuelos. Tras saludarlos, con devoción se santiguaron y se sentaron, esperando en silencio, cada quien con sus reflexiones.

Guitarras y panderos rompieron el silencio, por el pasillo central en procesión entró el párroco.

Vamos pastores, vamos,
vamos a Belén
a ver en ese niño
la gloria del Edén,
a ver en ese niño
la gloria del Edén…

Una emoción especial recorría su ser cuando escuchó el Evangelio de San Lucas con la narración del nacimiento del Jesús en Belén. Después de la comunión, arrodillada, en su cerebro resonaba el canto de los ángeles: “Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de buena voluntad”, y a su mente llegaron las imágenes de tantas personas que, por diversas circunstancias no tenían paz interior, como Marisol, siempre pensando nada más en las cosas materiales; o como Octavio, con su angustia de una vida intrascendente; o como le sucedía a ella, preocupada siempre para que las cosas salgan a la perfección; pero también pensó en las víctimas de la violencia por el maltrato familiar, las guerras, los delincuentes y mil formas más.

“Dios, enséñanos con la humildad y pequeñez del niño nacido en un pesebre, a confiar plenamente en ti, como lo hizo la Virgen María, que entre tantas carencias aceptó tu voluntad y vivió en plenitud el momento, sin preocuparse por las cosas materiales o el deseo de que todo sea perfecto, danos la paz, la armonía en nuestras almas para alabarte en todo momento, para vivir lo que nos enseñaste y llegar a tu morada santa al final de nuestros días. Ayuda a los que sufren por el hambre, las injusticias y la guerra…”

Concluyó su plegaria, permaneció arrodillada en silencio mientras el coro entonaba “Noche de paz”. Una gran tranquilidad la fue invadiendo, desplazando la ansiedad de las tareas universitarias y las prisas de la vida cotidiana. El encuentro íntimo con el Salvador le impregnó la armonía del ser.

Al término de la Misa acompañó a su abuelita hasta el altar para la veneración del Santo Niño.

En el atrio se encontraron con sus tíos y primos, todos se acercaron para saludar a los abuelos. Luego, en caravana, se trasladaron al hogar patriarcal. Conforme iban entrando a la casa, se abrazaban, todos hablaban con el elevado volumen de la emoción de encontrarse nuevamente, con la alegría del festejo. Cada familia llegaba con sus guisos directo a la cocina. El ponche empezó a circular para acompañar las papitas, churritos y chicharrones colocados en platones en el comedor y la sala, donde en cada pasada podían alcanzarlos con facilidad.

– ¡Atención familia! –se escuchó el vozarrón del tío Miguel, mientras golpeaba con un tenedor una botella, a manera de campana, para llamar la atención– ¡Por favor guarden silencio por un ratito!, vamos a bendecir la cena.

Todos obedecieron, se hizo el silencio como si no hubiera nadie. Todos se santiguaron.

– Gracias Padre Santo –oró el abuelo–, porque nos permites celebrar una vez más la Navidad, todos unidos, sin que falte nadie. Te pedimos que entres en nuestros corazones esta noche y permanezcas ahí por siempre, para que tu amor guíe nuestras vidas. Gracias por estos alimentos que recibimos de tus manos bondadosas, bendícelos para que nos den la fortaleza necesaria para vivir siguiendo tu ejemplo. Amén.

– Amén –respondieron todos.

– ¡Y que Dios bendiga todo lo que caiga a la barriga! ¬–sentenció el tío Miguel.

El bullicio se reanudó, las ollas y sartenes estaban dispuestos a manera de buffet, pollo en mole poblano, pavo relleno, tamales de rojo, verde y rajas, pozole, arroz rojo y blanco, espagueti en salsa de chile poblano, sopa de coditos con salsa de tomate gratinada con queso Chihuahua, ensalada de papa con apio, ensalada de lechuga, tomate y pepino. Había para todos los gustos hasta reventar. Siguieron los postres, pasteles de chocolate, tres leches y vainilla, flan napolitano; dulce de manzana con leche condensada, manzana, nuez, pasitas y malvaviscos; galletas de avena y de mantequilla, buñuelos.

Sonó la alarma de un teléfono celular.

– Ya es hora mamá –le dijo la tía Cecilia.

La abuela sacó de una vitrina la imagen del Niño Dios envuelta en una mantilla y se lo entregó a una pequeña de seis años.

– Lupita, hoy te toca a ti poner al Niño Dios en el pesebre –le dijo en tono ceremonioso.

La niña, tomó la imagen entre sus manos y con paso solemne se acercó al nacimiento, mientras todos contaban un villancico.

“Campana sobre campana
Y sobre campana una
Asómate a la ventana
Verás el niño en la cuna…”

Una vez que acostaron al Niño Dios, entre abrazos y besos, todos se desearon feliz Navidad, luego, Humberto, uno de los primos mayores, sacó a los niños al patio para encender los cuetes y luces de bengala, como parte de la antigua tradición familiar.


Dejó sobre el buró el plato con un par de sándwiches de queso con jamón y la botella de cerveza. Se sentó en la cama, recargando la espalda en la cabecera y se tapó las piernas con una cobija. Con el control encendió el televisor y se puso a buscar algo que le entretuviera. En el primer canal que sintonizó estaba un programa de cantantes en vivo con temas navideños, de inmediato cambió, otro igual, apretó otro botón y apareció una película de Navidad, de manera automática estuvo cambiando de canales, la mayoría con temas del día, hasta que al fin, después de veinte canales, dio con una película de guerra. Mucha acción, balazos y muertos, bueno para entretenerse mientras cenaba, la trama no le obligaba a pensar.

Cuando terminó de comer los sándwiches sintió la necesidad de algo más, así que fue por papitas y cacahuates y otra botella de cerveza.

Poco faltaba para que terminara la película, cuando escuchó a los vecinos del departamento de al lado gritar: “¡Feliz Navidad!” Al mismo tiempo, de la calle le llegó la tronadera de cuetes y balazos. A los pocos minutos escuchó sonar el teléfono. En la pantalla del celular vio que era Esteban.

– ¿Qué onda? –contestó mecánicamente con estilo rudo.

– ¡Feliz Navidad! ¬–el grito achispado de su amigo casi le reventó el oído.

– Bájale tres rayitas maestro, se nota que ya estás bien borracho.

– ¡Órale!, cómo eres aguafiestas. ¿Cómo te la estás pasando?

– ¡Puss! Sobreviviendo.

– ¿Pero qué estás haciendo, hombre?

– Viendo la tele.

– Pues vente pa’cá, tenemos muchas chelas y tamales a reventar, hasta para amanecernos.

– No, ahorita ya no tengo ganas de salir, estoy muy cómodo en mi cama.

– ¡Ah!, cómo eres aguado, pero bueno tú te la pierdes.

Cuando su amigo colgó, se dio cuenta que del departamento de arriba le llegaba el sonido de una cumbia y el rítmico taconeo de varias parejas bailando; de al lado le llegaba un corrido, y del departamento de abajo, también con gran volumen las canciones de la reina del pop.

“Espero que acaben rápido su escándalo para que me dejen dormir”, pensó. El poco sueño que había acumulado, se esfumó. Fue por otra cerveza y más botana. El televisor proyectaba una película policiaca, se puso a verla sin ponerle atención, se escucharon los gritos aterrorizados de la muchacha que era atacada con un cuchillo por el homicida, la sangre empezó a fluir con profusión, los ojos quedaron abiertos sin pestañear.

“¿Por qué todo esto?” –se preguntó–. “En realidad no tiene caso tanto escándalo, es una noche más como cualquiera.” Inconscientemente la angustia empezó a invadirlo, en esta ocasión, después de algunos meses tranquilos, volvió con mayor fuerza, la ansiedad amenazaba con robarle toda la tranquilidad, le alborotó los pensamientos alrededor de las preguntas que le asaltaban constantemente desde hacía tiempo sin encontrarle respuesta: “¿Por qué estoy aquí? ¿Para qué? Estudiar y tener una profesión. Trabajar para tener dinero, para comer, para comprar cosas, así toda la vida, y a final de cuentas voy a morir y se acabará todo, no hay nada más, la muerte es el punto final de la vida, eso está demostrado científicamente. No hay nada más allá…” –La película era incapaz de liberarlo de los razonamientos obsesivos desencadenados como un torbellino–. “Bueno, ya estuvo suave de estar angustiándome con estas cosas, es mejor dormir”.

Tomó el último trago de cerveza, dejó el envase vacío en el buró, cerró los ojos, un suave vaivén, como el movimiento del agua en un lago tranquilo lo fue arrullando, pero desde la profundidad un algo le recordaba su soledad, le removía las ascuas del caos, le impedía alcanzar la armonía del ser.

Phillip H. Brubeck G.

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