El eco de sus palabras

EL ECO DE SUS PALABRAS

Las olas rompían fuertemente con su estridente sonido, cubriendo con su furia las rocas destrozadas por su violencia y la espuma blanca terminaba diseminada en la orilla desapareciendo en la arena mojada. Mis pies los cubría el agua, llegaba hasta casi los tobillos, alcanzando el doblez de mi pantalón que arremangue para no mojarlo, pero fue inútil.

Como otras tantas veces, recorría la playa esperando que apareciese con su fuerte voz gritando mi nombre, para interrumpir el canto de las olas y el de las gaviotas al acercarse al mar.

Pedro había aparecido en mi vida una tarde caminando por la orilla, justo como quería que ocurriera hoy. Parecía que era el hijo de Neptuno que emergía de la mar con su hermoso cuerpo musculoso tallado en su piel morena, dorada por el sol, con su cabello negro corto, y sus piernas y brazos cubiertos de los vellos necesarios para verse hermoso. Me atemorizaba la idea que mi vida se convirtiera de nuevo en un cuadro gris en lugar de un arcoíris de colores vibrantes, de emociones fuertes e intensas.

Cuando le conocí era una simple secretaria de un pequeño bufete de abogados, estaba soltera, y aunque tuviese cuarenta y cinco años aún no me había enamorado. Me encantaba ir a la playa todos los fines de semana para perderme entre las olas, disfrutar del viento que rozaba mi piel y la acariciaba con la brisa fría como las manos de un enamorado que mojadas te llevan al paraíso. Las olas me golpeaban los pies mientras mis pensamientos iban y venían como sus recuerdos.

Nuestros encuentros casuales, al principio, se fueron haciendo frecuentes hasta hacerlos rutinario los fines de semana después del mes de abril de ese año, 1955, luego que cumplí cuarenta y cinco años.

Nos divertíamos correteando por la playa y bailando en un viejo restaurante que solo vendía pescado frito hasta las ocho de la noche. Nuestra primera salida fue hasta el amanecer, contándonos tantas cosas, tantas vivencias que nos parecía corto el tiempo. Esperar hasta el otro sábado se había convertido en una tortura para ambos. Para disminuirla nos comunicábamos todos los días, la primera llamada que recibía al llegar a la oficina era la suya, pues no estábamos en la misma ciudad, casi vivíamos equidistantes, pero siempre planeábamos nuestros encuentros en la playa para el próximo fin de semana.

De la nada me pareció verlo salir del agua caminando sonriente hacia mí, como lo había hecho tantos sábados en la tarde como el de hoy. Se acercaba lentamente, evadiendo con sus largas piernas las olas que luchaban por tumbarlo y limpiándose el agua de la cara, llevándose su cabello hacia atrás. Después estiraba sus enormes manos mojadas para tomarme por la cintura y elevarme lo más alto que sus brazos le permitían, quedando casi encima de su cabeza, para luego lentamente y sin dejar de verme a los ojos, bajarme hasta colocarme nuevamente en la arena. Era tan alto que tenía que levantar mi cara para verle al rostro y poder contemplar esos hermosos ojos verde azulado cuyas miradas me habían conquistado.

En ese momento, que me parecía eterno, éramos solo nosotros, era solo su corazón y el mío, que con su canto nos obligaba a respirar profundo varias veces, luego de llenar nuestros pulmones de aire, besarnos lentamente cerrando nuestros ojos para encontrarnos en el mismo sitio.

Viví durante muchos meses con un conflicto entre mis sentimientos y mis deberes porque por mis enseñanzas sabía que no debemos mezclarnos con gente comprometida, pero creo que ambos llegamos tarde a la vida del otro, pues nuestros sentimientos eran muy fuertes.

Me llevaba cinco años y luego que entró en mi vida no volví a sentir la soledad que me ahogaba en mi hogar a pesar de nunca había estado en él, pues nuestros encuentros siempre fueron en aquellas hermosas y blancas playas. Después de aquel abril de 1955 nuestros encuentros se hicieron tan frecuentes que esos fines de semana se convirtieron en los únicos recuerdos que atesoro de mis cuarenta años.

Conocí sus anhelos, el pesar que embargaba su corazón valiente, sus temores por perder lo que más amaba, sus hijas, y el más profundo deseo: tenernos el uno al otro. Pero las cosas no eran como las había querido, en su vida existía una familia a la cual se debía y a pesar de su existencia también estaba yo con quien quería disponer de más tiempo para compartir lo que él llamaba nuestro tiempo plus-perfecto.

Me costó mucho entender que en su corazón existieran dos afectos, por su mujer y por mí, cómo podría ser si para mi él llenaba todo. Muy pocas veces hablábamos de ella, a pesar de que no me gustaba que lo hiciéramos, entonces sorprendiéndome una noche me contó que ella había sido muy importante en su vida, le había dado el mayor de sus tesoros sus tres hijas y que por eso seguía con ella.

Su vida se había transformado en una llena de amor y esperanza en otra llena de odio, desesperanza, reclamos y pleitos continuos, porque ella sabía que había dejado de amarla y le exigió que siguiera con ella porque si no acabaría con su vida y la de sus hijas, haciéndolas infelices como lo era ella. Su esposa estaba enferma, sufría de trastornos emocionales, y a pesar que muchas veces lo intentó, comprendió que no podía dejarla, pues en su enfermedad les causaría daño a sus hijas y ellas eran su tesoro. Eso era impensable, hacerles daño, marcarlas para siempre en sus débiles almas, no podría con eso.

Cuando aparecí en su vida ya su esposa estaba enferma, con un cáncer, que la consumía. Tomaba los fines de semana para venir a la playa para recargar sus energías mientras los padres de ella la cuidaban. Siempre le respetaron su tiempo y en esos intermedios me conoció.

Nuestra primera vez, la primera vez que estuvimos juntos como hombre y mujer, fue especialmente difícil para mí. Luchaba entre lo que debía ser y lo que ahora tenía, entre esperar por aquello que aún a mis cuarenta y cinco años no había llegado, mi príncipe azul en su corcel, el único que fuera para mí, y sin saber si algún día llegaría.

Esa noche habíamos llegado juntos a la pequeña cabaña frente al mar, pues había pasado por mí al salir de su trabajo, íbamos tomados de la mano por todo el camino llevándolas ocultas mientras estábamos sentados uno separado del otro en cada ventana. Luego pasamos por la tienda donde compró unas hermosas rosas rojas y me las dio en el auto luego de besarnos.

– Estas son las rosas de mí amada –dijo sentándose a mi lado para abrazarnos.

Cuando llegamos a la cabaña me pidió que me quedara en el auto mientras él llevaba el equipaje adentro, luego al regresar abrió la puerta y sonriéndome dijo muy bajito, casi para que solo lo escuchara mi corazón

– Bienvenida a nuestro paraíso –luego colocando sus manos en mi espalda y debajo de mis piernas, me levantó en sus brazos llevándome con él hasta la cabaña y cerrando la puerta con su pie, mientras mi corazón danzaba en el pecho y mis pulmones se llenaban de su maravilloso perfume: su piel.

Caminó conmigo hasta nuestra habitación, sobre la cama blanca y azul había pétalos de rosas y me acostó delicadamente sobre ellos. Luego se levantó sentándose a mi lado en la orilla de la cama, estaba asustada, mis mejillas me delataron. Acarició mis mejillas con la parte posterior de su mano y luego con sus dedos los deslizó despacio sobre mis labios recorriéndolos lentamente.

– Eres para mí la mujer más hermosa que he visto. No dudes de mi amor por ti, porque es completamente real y verdadero.

– Lo sé –le respondí sentándome para acariciarle su bello rostro igual como había hecho conmigo. Simplemente estaba segura que era así, no podía haber otra mujer además de su esposa, no me mentía. Tenía su rostro limpio sin barba y su perfume era embriagador.

– Siento que nos hayamos encontrado tarde en la vida de cada uno, pero te aseguro que somos el uno para el otro. Mi amada Inés.

– Lo sé mi amado Pedro.

Luego de mirarnos profundamente a los ojos nos acercamos lentamente el uno al otro, colocó sus manos en mi espalda acercándome a él y le rodeé el cuello con las mías, para asegurarme que no se iría. Nuestros ojos se cerraron en el momento en que los labios se encontraron y luego de recorrer, lentamente, los besos pasaron de ser lentos a ser apasionados, a querernos integrar uno en la boca del otro, uno en el cuerpo del otro, uno respirar el aire del otro o llenarlo con el aire de tus pulmones.

Nuestro pulso se aceleró y respiró profundamente con cada beso, nuestros cuerpos se complementaron tan perfectamente que parecían que habían sido cortados justo a la mitad, encajaba uno en el otro sin esfuerzo alguno. Sus manos recorrían mi cuerpo con delicadeza, mientras en su camino besaba cada trozo de mi piel activando cada nervio y sentí que si no lo besaba por completo no podía demostrarle lo mucho que lo amaba, pues era mi cuerpo quien lo deseaba tanto o más que mi alma para hacernos uno solo.

Había sido afortunada pues mi primera vez había sido con el hombre que verdaderamente amaba. Sus manos recorrieron mi cuerpo tantas veces que pensé que desaparecería y recorrí el suyo tantas veces que casi puedo dibujarlo perfectamente, aún sin mirarlo, sin tenerlo frente a mí.


Para nuestro sexto aniversario su esposa falleció, desapareciendo de mi vida. Fue un tiempo difícil por no poder compartir su dolor, pero era el momento para que decidiera si aún podía estar en su vida y pasar a formar parte de ella de manera más transparente y completa sin escondernos, pero aún no había ocurrido. Vi en su rostro el dolor de la pérdida de la que había sido su esposa, la madre de sus hijas, que adoraba, consumirse por el cáncer. Luego de su muerte simplemente no volvió a comunicarse conmigo y no podía hacerlo yo porque era nuestro secreto. Pensé que era el momento para que arreglara las cosas, aclarara la situación con sus hijas y viniera por mí, en cualquier momento. No hubo una despedida, no hubo noticias, no hubo nada más que abandono

A pesar de toda la soledad y la tristeza que me invadió durante aquellos años de ausencia, cada día al despertar, la primera imagen que veía era su rostro a mi lado, como cuando despertaba con él en aquella cama de la playa escuchando el rumor de las olas. Así durante el día me parecía llevarlo conmigo a todos lados pues, aunque no quisiera sentía su olor cerca, escuchaba sus pasos seguirme, su risa en el autobús, sentía el roce de sus labios tibios con los míos aun sin acariciarlos.

La memoria jugaba conmigo pues lo veía en la parada esperando a que bajara y cuando se abrían las puertas su imagen se desvanecía por el viento entre los demás pasajeros que desesperados bajaban o subían.

Cada día era un reto, así que decidí vivirlo uno por uno, era el saber que podía superarlo uno tras otro pues no sabía cuándo aparecería de nuevo. Ni siquiera una llamada, un mensaje, una carta, nada, era como si se lo hubiese tragado la tierra, como si hubiese desaparecido con los suyos alejándose de mí, borrándome de su camino, de su existencia. Nunca tuve la suficiente entereza para buscarlo, pedirle una explicación, nunca lo hice, el miedo pudo más.

En mi familia habían aceptado el hecho de que sería la solterona. Nadie supo de Pedro, ese fue mi mayor secreto y mejor tesoro. Durante esos años de ausencia física, él seguía conmigo acostándose y levantándose cada día como un eterno fin de semana uno tras el otro.

Con los años me convertí en la tía solterona de la familia, en la tía consentidora de mis dos sobrinos hijos de mi hermano. Cada vez que esos niños me visitaban o cuando iba a verlos, las emociones por verlos prodigar afecto volvían a mí, llenándome de esperanza por mi futuro incierto, pero, aun así, podía darles todo el amor que mi cuerpo atesoraba para unos hijos que nunca tendré con Pedro de mis cuarenta y cinco años.

El tiempo pasa inexorable, sin pedir permiso, para no sólo hacerte más viejo, te vuelves más lento, regañón, gruñón y sobre todo testarudo, siempre crees tener la razón.

Imagino que sus hermosos pectorales fueron poco a poco disminuyendo la fuerza que los mantenía en su lugar y su barriga empezó a crecer, sus cabellos negros comenzaron a llenarse de líneas blancas por sus canas y de sus orejas a salirle largos pelos.

Había perdido la lozanía que aún conservaba de mis cuarenta años cuando le conocí y la piel empezó a cambiar de color, de textura, marcándose poco a poco, año tras año, cada una de las líneas una tras otra. El largo cabello negro que lucía cuando le conocí, ahora tenía algunos blancos por las canas, pero para él cada uno de mis cabellos era el más hermoso tesoro cuando podía acariciar su suavidad dentro sus enormes manos.

Se caían cada vez que lo peinaba antes de dormir, entonces una tarde decidí cortarlo a la altura del cuello. Aquella silueta que formaba al caer de mis hombros y recorrer la espalda, desapareció. Sentí que había perdido parte de mí, mis recuerdos y sus dedos entrelazados con el largo cabello negro; sin embargo, las plantas al cortarlas vuelven a convertirse en hermosas, tal vez mi cabello haría lo mismo, aunque ya no tendría la cantidad de antes ni su negrura.

Debía reconocer que, aunque él siguiera en mis recuerdos, no había la certeza de que regresara y debía continuar poco a poco con mi vida. Una vida sin el arcoíris de sus ojos, sin las emociones fuertes, sin las mariposas en el estómago, sin el aroma de su piel ni su tibieza a mi lado. Mi vida continuó lentamente y sin las emociones fuertes que él causó en mis cuarenta y cinco años.

Mi secreto siguió conmigo entre las sombras de mis recuerdos, cuando estaba en casa, y las emociones de mis fines de semana en la playa, cuando lo encontraba aún escondido entre las sombras de la que habíamos hecho nuestra cabaña en aquella playa. Los dueños de aquel hotel conservaban las cosas como estaban en aquellos años logrando que revivieran las experiencias vividas desde 1955 a 1961, el último año que compartimos en ese lugar.


Cuando pensé que no volvería a verle, pues habían transcurrido casi once años desde nuestro último encuentro en 1961, un sábado en el cual disfrutaba de la cabaña de la playa, en 1972, al despertar sentí su aroma, Pedro se encontraba sentado en la orilla de nuestra cama sonriéndome cuando lo reconocí. En mi sueño estábamos recostados en nuestra cama llenos de aquel amor loco de nuestras primeras noches juntos. Por unos minutos pensé que seguía soñando, pero no fue así. Estaba sentado frente a mí, de mi lado de la cama, simplemente observando. Tal y como lo había imaginado, sus cabellos negros estaban plateados y sus hermosos ojos azul verdoso se encontraba rodeados de unas arrugas producto de la edad, sin embargo, eran sus ojos los que me miraban, los que habían robado mi aliento tantas veces.

Para Pedro sencillamente seguía siendo aquella joven de largos cabellos negros y tierna piel blanca que se sonrojaba mientras mantenía fija su mirada en mi rostro y acariciaba mis labios con los suyos para lograr entrar en mí.

Me miró largo rato y luego acercó las manos a mi rostro acariciándolo suavemente, sus manos habían perdido la suavidad de antes, pero seguían siendo las suyas y su olor, que llenó mis pulmones de vida nuevamente, después de ser solo un recuerdo.

– Siento no haberte llamado ni haber venido como era nuestra costumbre vernos los fines de semana. Las cosas se salieron de control, pero lo importante es que estoy de nuevo contigo, eso es lo único que importa.

– ¿Qué pasó en tu vida? ¿Por qué no te comunicaste, no llamaste, no escribiste?

– Cosas, pero no vale la pena hablar de ellas. Tendremos tiempo para eso luego, debo preguntarte y quiero que seas sincera al responder: ¿Crees que puedes perdonar estos diez años de ausencia?

– ¿Ausencia?

– Si, aunque debo reconocer que nunca dejé de estar contigo, siento que te seguí a todos lados muchas veces.

– Te creo porque también lo siento así.

– Perdóname por favor.

– No hay nada que perdonar, lo importante es que estas aquí, que estamos juntos de nuevo.

Me abrazó y comenzó a llorar desahogándose, mientras lo llené de besos hasta que nos confundimos uno con el otro y nuestros besos comenzaron a inundar la habitación, desapareciendo la melodiosa canción de las olas al romper en la orilla y de las gaviotas al llegar al mar.

Nos encontramos como otras tantas veces, pero para mí parecía que seguía siendo 1961, el siguiente fin de semana que habíamos pasado juntos en nuestro paraíso, después de aquél nuestro primer encuentro.

Este fin de semana caminamos por la playa hasta el anochecer, nos sentamos abrazados en la orilla con una gruesa colcha mientras la luna nos bañaba con su luz y las nubes la ocultaban de vez en cuando mientras nos besábamos como la primera vez. No importaba las veces que lo hiciéramos, para mi cada uno era mejor que el otro, desapareciendo el anterior para convertirse el último en lo máximo.
Amanecimos, ese domingo, acostados uno con el otro en la orilla de la playa enrollados en la cobija gruesa, cuando sentimos que empezaba a llover, nos levantamos para correr hacia la casa antes de que nos mojamos por completo. Cuando estábamos dentro secó mi rostro con sus manos y besando mis labios recorrió mi rostro con sus dedos como dibujándolo entonces dijo casi como un suspiro

– Contigo he sido tan feliz, que cada momento de tristeza tu recuerdo lo compensa. Pase lo que pase no quiero que estés lejos de mí. Vine por ti para que estemos juntos de ahora en adelante, ya no hay razones para estar separados y ateniéndonos solo los fines de semana. Quiero tenerte conmigo todos los días hasta el día que me vaya de esta tierra.

– No es necesario irme contigo, pues contigo estoy y eso lo sabes.

– Quiero que prepares las cosas en tu casa y dejes todo listo, pues pasaré por ti para que iniciemos nuestra vida juntos, como debió haber pasado hace casi más de diez años, para darte lo que te mereces: el lugar a mi lado como mi esposa.

– ¿Por qué no viniste antes?

– Porque estaba enfermo y no quería que cargaras con un enfermo. Pensé que no me recuperaría y luego dejé que mis hijas hicieran cosas de las cuales me arrepiento. Mi vida solo puedo guiarla y decidirla yo, por eso regresé a buscarte, debes vivir conmigo. Primeramente, cuidé de ellas para que la ausencia de su madre no las afectara y luego, cuando enfermé, dejé que decidieran por mí. En aquel tiempo pensé que no me recuperaría, no era justo que cargarás con un enfermo cuyo futuro era la muerte. Sé que abusé de tu tiempo y quiero compensarte.

– ¿Compensarme?

– Si, teniéndote conmigo. Cada una de ellas ya tiene su vida hecha así que ahora puedo tener la mía, sin restricciones y sin remordimientos.

– Dejaste entonces que ellas prevalecieron antes que nosotros.

– Eran pequeñas y no entendían lo que había pasado con su madre y con nuestro matrimonio. Gracias a ti logré mantenerme con ella a pesar de sus celos y luego su enfermedad. En realidad, muchas veces pensé que me habías olvidado. Eso era lo que quería en aquel entonces, que te olvidaras de mí, y encontrarás otro hombre. Fui un tonto.

– Así es, un grandísimo tonto.

– Espero que este sea nuestro último fin de semana separados. Regresaré a casa para venir por ti el lunes, he arreglado todo para no dejarte e iniciar nuestra vida, amor mío. Ellas saben que existe una mujer en mi vida, mientras estuve enfermo te llamaba. Lo que no saben es que esa mujer eres tú mi amada Inés.

Nos amamos como nunca, parecíamos unos adolescentes desesperados por probarnos completamente y de nuevo fui inmensamente feliz. Estaba conmigo de nuevo, no era un recuerdo, estaba vivo conmigo recorriéndome con frenesí.

Pero ese lunes nunca llegó, el lunes no fue por mí a casa, no apareció en la entrada de la oficina ni tampoco hubo una llamada, una carta, solo un frío vacío. Cualquiera hubiera pensado que fue un sueño que tuve, un vívido sueño convertido en realidad por mis deseos de verlo de nuevo.

Días después cuando revisaba la prensa en la oficina vi el aviso de su muerte, sus hijas invitaban a su sepelio. Pedro sufrió un ataque cardíaco cuando regresó el domingo a su casa, luego de haber estado juntos.

Oculta entre los demás, lo acompañe a su última morada. Cuando pensé que todos se habían retirado, me acerqué a su tumba y comencé a llorar preguntándole con mis lágrimas por qué no me había dicho que su corazón estaba enfermo. Tal vez tanto sufrimiento, tanto dolor y lucha por decidir lo mejor, para todos y para nosotros, lo había debilitado hasta el punto de haberlo roto en pedazos.

Nunca imaginé el profundo dolor que sentía, solo pensaba en el mío. En mi caso solo tuve que decidir entre mis principios, lo que otros consideraban correcto y la felicidad que sentía cuando estábamos juntos. Sin embargo, comprendo ahora que, a pesar de lo profundo de los sentimientos de ambos, fue cobarde al no tomar la decisión de separarse de aquella mujer que fue su esposa, cuando pudo hacerlo. Comprendo que el deber con su familia tuvo mucho más peso que nuestros sentimientos, pero el mantenerse alejado sin darme una explicación no fue su mejor decisión, aunque tuve la oportunidad de alejarme de él y sus recuerdos, nunca lo hice. También fui cobarde, muy cobarde.

De vez en cuando iba a visitarlo, a llevarle flores a su tumba, esperando siempre que sus hijas no estuvieran. Todas las veces que fui jamás las vi, nunca coincidimos, no sé si fue el destino que trabajó para que no nos conociéramos o simplemente habían olvidado a su padre luego de muerto. Y pensar que él había dado su vida por ellas, había dejado de vivirla conmigo, el amor de su vida, dejándome a mí solamente con recuerdos de nuestros encuentros en aquella playa donde fuimos inmensamente felices.


Hoy cumplo ciento diez años, estamos en 2020. La vida ha sido buena conmigo, a pesar de la ausencia de Pedro. Mis sobrinos me han hecho tía abuela, vivo con uno de ellos luego que sus padres perdieran la batalla contra el cáncer, primero Rosa, su madre, y después Ignacio, mi hermano.

Cuando cumplí sesenta años empecé a trabajar con mi sobrino en su constructora, llevando la agenda y siendo su secretaria. Me mantuve productiva hasta ahora, y le agradezco que confiara en mí para cuidar con él su patrimonio, el cual ha hecho crecer después que mi hermano falleciera. Vivo con ellos desde entonces, vendí mi casa y las acciones del resort de la playa, porque decidí no seguir visitando mis recuerdos, había dejado de vivir muchos años por recordar mi pasado y tratar de revivirlo mil veces.

Mi cuerpo ha sido un fiel compañero, a pesar de mi edad, aun me muevo con facilidad, mis dedos están un poco deformes por la artritis, pero con un poco de mentol en las mañanas y al acostarme, los muevo no como antes, pero sigo atendiéndome sola, valiéndome por mí misma. Todos los días le agradezco a Dios que me dé las fuerzas para levantarme de mi cama y le agradezco al dormir por otro día más de vida.

No me arrepiento de nada de lo que viví, ni del tiempo que pasé sumida en sus recuerdos, pues en realidad éramos el uno para el otro. Luego de su muerte, cuando acepté que ya no habría posibilidad de reunirnos en esta vida, lo perdoné y me perdoné también, no había razón para estar más tiempo triste, pues con su muerte él se había liberado del remordimiento de no haber cumplido su promesa de hacerme su esposa.

Tal vez algo ocurrió esa noche al regresar a casa, algún reclamo, algún reproche cuando les avisó a sus hijas que vendría a casa con el amor de su vida. Sé que hiciste lo que estuvo a tu alcance y por ello no te reclamo nada ni te odio por eso, al contrario, te amo más. Ahora me llena de paz tu recuerdo, ahora formas parte de mí de una manera indivisible y total.

Cuando llega el verano mi sobrino y yo venimos a la playa, no a la misma de Pedro, sino a cualquiera, me sigue gustando el agua que llega a la orilla, las gaviotas volar en el cielo azul y la espuma de las olas mojar mis pies.

Sé que cuando mi tiempo llegue nos encontraremos nuevamente aquí y el eco de sus palabras gritando Inés me llevará directamente a sus brazos para confundirnos en un solo beso, en un solo ser, en una sola alma. Entonces viviremos juntos, para siempre, amándonos.

Mary Agnes Vega.

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