El legado de Pilarcito y Doña Nico
En el regazo de Los Potreros Pequeños, donde la tierra huele a yerbabuena y el cielo parece tocar la cima de los cerros, creció Pilarcito. A solo media hora a pie del pueblo Los Tres Canales de Agua, el pequeño dio sus primeros pasos entre senderos de tierra buena, compartiendo risas, travesuras y juegos infinitos con su hermano Blady y otros niños del lugar. La casa familiar, dirigida por la sabiduría serena de Don Baudo y el corazón noble de Doña Nico, era un remanso de fe y disciplina donde jamás faltaba la bendición de Dios.
Doña Nico distribuía con justicia la rutina del hogar: mientras a Blady le encomendaba otros quehaceres de la finca, a Pilarcito le confiaba una misión muy especial. Cada día, con la compañía de la naturaleza, su madre empacaba vasijas rebosantes de leche fresca, cuajadas suaves, mazorcas recién cosechadas u otros rubros producidos en la finca para llevarlas a los enfermos y a las familias más necesitadas de la localidad. Con una organización ingeniosa, Doña Nico dividía las entregas en turnos interdiarios para que la ayuda llegara siempre de manera constante y justa a todos los sitios que ella requería.
El niño tomaba los encargos con la devoción de un pequeño apóstol y la alegría de quien va a una fiesta. Se echaba a andar por los caminos serpenteantes entonando coplas campesinas, desafiando el vértigo al cruzar el puente colgante sobre el río o tomando el atajo de la peña que desembocaba en el perfume cítrico de Los Naranjales. En sus primeros años, nunca caminó solo; su fiel perro Caicer trotaba a su lado como un guardián silencioso hasta el día en que, a sus nueve años, le tocó despedirlo con lágrimas en los ojos. Sin embargo, en su memoria resonaban siempre las palabras de su madre al despedirlo: «Ve con Dios, hijo, pero no tardes tanto, que en esta casa nunca falta qué hacer».
Las décadas pasaron con la rapidez del agua del río. Pilarcito creció, vistió con orgullo el uniforme militar y sirvió con honor a la patria hasta alcanzar su bien merecido retiro. Al regresar ya adulto a sus viejos senderos, volvió a recorrer las casas de Los Tres Canales de Agua, porque siempre le gustaba visitar a su gente. Sorprendido, descubrió que el tiempo no había borrado su huella: ancianos y vecinos lo recibían con abrazos apretados y ojos humedecidos.
–¡Mira, Pilarcito! Aún me parece verte llegar con la jarra de leche que nos enviaba su mamá, decía uno.
–Tu madre jamás se olvidó de nosotros cuando tuvimos la fiebre; me trajiste la mejor cuajada de mi vida, recordaba otro abrazándolo y así sucesivamente cualquier persona recordando algo que había enviado su madre.
Entre sonrisas y memorias, una frase se repetía como un eco sagrado en boca de todos: «Pilarcito, tu mamá no trabajó para este mundo, sino para el cielo».
Moraleja: Las manos que dan con amor nunca se quedan vacías, pues el bien que sembramos en la tierra no se mide en riquezas materiales, sino en la huella imborrable que dejamos en el corazón del prójimo.
Willian García Molina.
Venezuela.



